EL SUR de Adelaida García Morales

Que uno de los más grandes cineastas vivos lleve tanto tiempo fuera de los circuitos comerciales es un lujo inexplicable que nuestra cinematografía no debería permitirse, pero al menos, ya que este país no da para más, nos queda el consuelo de que la brevísima filmografía hasta la fecha de Víctor Erice nos ha dejado ya algunas de las mejores películas de las últimas décadas, a las que afortunadamente podemos volver una y otra vez.

        El sur (1983), su segundo largometraje, elegido por varias publicaciones como el mejor de todo el cine mundial de la década de los 80, es mi película española preferida, una obra maestra imprescindible que no necesita presentación pero que no habría sido posible sin el relato homónimo escrito por Adelaida García Morales, por entonces pareja sentimental de Erice. Publicado junto a otro estupendo relato titulado Bene en 1985, el texto no incluye algunas de las mejores escenas filmadas por Erice pero sí nos cuenta el viaje de Adriana (Estrella en la película, interpretada por Sonsoles Aranguren e Icíar Bollaín) a Sevilla tras el suicidio de su padre Rafael (en la película Agustín, al que da vida Omero Antonutti) y los días que pasa allí investigando su pasado, episodio que al parecer Erice no pudo llegar a rodar por falta de presupuesto. Lo que, desde luego, ambas obras comparten es la admiración y la curiosidad de una niña, el misterio y la tristeza de un hombre, y la soledad que une a ambos en una relación quizá enfermiza pero sin duda mágica e inolvidable.

        Este fragmento, presente en el relato y en la película, nos muestra a la pequeña Adriana/Estrella intentando llamar la atención de su padre, escondiéndose bajo una cama para que los adultos de la casa piensen que ha desaparecido y se esfuercen en buscarla. 

        A veces deseé escapar muy lejos de vosotros. Ensoñaba diferentes estilos de fugas siempre imposibles. Un día decidí escapar a tus ojos, aunque me quedara en casa. Quizás con mi fingida desaparición deseara descubrir en ti una necesidad desesperada de encontrarme. Así que me escondí debajo de una cama. Me armé de paciencia, dispuesta a no salir de allí en mucho tiempo. Al principio llegué a temer que ni siquiera advirtiérais mi ausencia. Al fin empecé a oír el rumor de pasos impacientes que me buscaban, la voz de mamá preguntando por mí y la de Agustina afirmando no haberme visto en toda la tarde. Mi propósito era alcanzar la noche allí abajo, pues sabía que la oscuridad agravaría vuestro susto. Mamá me acusaba: “Esta niña es capaz de cualquier cosa”. Y eso, más que preocuparla, parecía irritarla contra mí. Tú estabas en tu estudio pero no saliste a buscarme, aunque yo estaba convencida de que te habrían comunicado mi desaparición. La espera fue muy larga y, sin embargo, yo me sentía bien sabiéndome escondida de todos. Nunca llegué a conocer lo que tú pensaste o sentiste en aquellos momentos que, aparentemente, ni siquiera te inmutaron. Era ya de madrugada cuando me encontró mamá, que, pensando siempre mal de mí, esta vez acertó. “¡Cómo has podido hacernos esto!”, me gritó casi llorando. “Anda, vete a cenar”, me dijo después, casi con desprecio y, sin mediar ninguna otra palabra, se retiró a su habitación. Me sentí derrotada y llena de rabia. Pero cuando me senté a la mesa y te vi frente a mí, mirándome con indiferencia, percibí en tus ojos un sufrimiento inhumano. Entonces mi dolor se hizo banal y ridículo. Lo mío había sido sólo una mentira.

                           Publicado por Anagrama.

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