EL RULETISTA de Mircea Cartarescu

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Para empezar el 2013, una novela corta, de apenas 50 páginas, titulada El Ruletista (Ruletistul, 1993), que en España se puede encontrar publicada de manera individual o integrada en el libro Nostalgia. Su autor, el escritor rumano Mircea Cartarescu, comienza ya a sonar como un firme candidato al Nobel de los próximos años.

      el-ruletista-mircea-cartarescu-L-OTLLQ5El narrador de la novela, un escritor anciano que ve próxima su muerte, rememora en su última obra la época en que conoció al Ruletista, un tipo poco recomendable que, en una última huida hacia adelante, comienza a frecuentar los ambientes en los que se juega a la ruleta rusa. Pronto se convertirá en el jugador más famoso y rico de la ciudad, desafiando en sus intervenciones a todas las leyes de la fortuna y mirando a la muerte cara a cara, aunque quizás no sea buena suerte lo que le sobra en realidad al Ruletista.

     De lectura sencilla, rápida e intensa, casi febril, El Ruletista es un magnífico y preciso texto sobre la condición humana y la autodestrucción, pero también sobre lo real y lo ficticio, lo vivido y lo soñado, y sobre la propia creación literaria. En algunos fragmentos puede recordarnos a Dostoievski; en otros, al Borges de Las ruinas circulares. Inevitablemente, consigue que volvamos a las mítica escenas en que Christopher Walken jugaba a la ruleta rusa en El cazador (The Deer Hunter, 1978), la obra maestra de Michael Cimino.

El hombre sobre el que escribo aquí tenía un nombre cualquiera que todo el mundo olvidó porque, al poco tiempo, ya era conocido como “el Ruletista”. Al decir “el Ruletista” se referían solo a él, aunque ruletistas hubiera bastantes. Lo recuerdo con nitidez: una figura hosca, un rostro triangular sobre un cuello largo, pálido y delgado, de piel seca y cabellos rojizos. Ojos de mono amargado, asimétricos, creo que de diferente tamaño. Causaba una cierta impresión de desaliño, de suciedad. Ese mismo aspecto presentaba tanto con sus harapos de la granja como con los esmóquines que vestiría más adelante. ¡Dios mío, qué tentado estoy de escribir una hagiografía, de arrojar una luz transfinita sobre su rostro y de ponerle fuego en la mirada! Pero tengo que apretar los dientes y tragarme estos tics miserables. El Ruletista tenía una cara sombría, como de campesino pudiente, con la mitad de los dientes de metal y la otra mitad de carbón. Desde que lo conocí y hasta el día de su muerte (por culpa de un revólver, pero no de un balazo) presentó siempre el mismo aspecto. Y, sin embargo, ha sido el único hombre al que le fue concedido vislumbrar al infinito Dios matemático y luchar cuerpo a cuerpo con él.

                 Traducción de Marian Ochoa de Eribe Urdinguio.

                 Publicada por Impedimenta.

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