Archive for 23 octubre 2013|Monthly archive page

LAS FUENTES DEL AFECTO de Maeve Brennan

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La estupenda noticia del Nobel de Literatura concedido a la gran Alice Munro me pilló, casualmente, leyendo y descubriendo a una de sus escritoras preferidas, la irlandesa Maeve Brennan, una de las grandes cronistas de la ciudad de New York, donde vivió la mayor parte de su vida, y autora de un puñado de magníficos relatos. Varios de ellos, ambientados en su Dublín natal, fueron recuperados del olvido en 1997 gracias a la recopilación titulada Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses. (The Springs of Affection: Stories of Dublin).

El extenso relato que da título al volumen, publicado en The New Yorker el 18 de marzo de 1972, es una feroz obra maestra sobre las relaciones familiares, un ajuste de cuentas por parte de la protagonista con sus parientes muertos, en el que el apego a las costumbres y al decoro y el sacrificio personal intentan disfrazar y justificar el rencor y la amargura, el egoísmo y la envidia de quien ha malgastado su vida y ha sido una mera espectadora de la de los demás.

Su madre y sus dos hermanas habían desaparecido, y ahora también Martin. Min pensó en las tumbas, una por una -la tumba de una hermana, la de la otra, la de su madre, la de su hermano-, todos muertos y a la vez presentes, como medallas en la tierra. Y pensó que era muy justo que fuese ella la que permaneciera viva, porque de todos ellos había sido la única fiel a la familia. Era la única que no se había ido para casarse. Nunca había deseado afirmarse de ese modo, nunca lo había necesitado. Se asombró de la desvergüenza con que se habían exhibido Clare y Polly con sus maridos y Martin con la pobre Delia, pobre criatura. No parecía importarles lo que pensaran de ellos cuando se veían atrapados en aquella excitación, como animales. Era desagradable, y ellas parecían saberlo, mientras fingían que solo les importaba la ropa nueva que se comprarían y las flores que cultivarían en sus jardines. Y ahora todo había terminado para ellos; para lo que habían conseguido, podrían haberse controlado. Y ella, sola como siempre, había vivido para hacer el balance de todos. Era una gran satisfacción ver el final elevándose como el sol de la mañana. Min pensó que no mucha gente podía experimentar aquella satisfacción. Ver el final no era tan distinto de ver el principio de las cosas, y si de todas formas uno no iba a tomar parte, entonces ver el final era muchísimo mejor. Uno podía sentir celos de la gente que empezaba, pero era casi imposible sentir celos de los muertos.

Traducción de Isabel Núñez.

Publicado por Ediciones Alfabia.

EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE (1957) de Jack Arnold

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Tanto James Whale en su obra maestra La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935) como Tod Browning en Muñecos infernales (The Devil-Doll, 1936) nos mostraron, cuando el cine aún echaba mano mucho más del talento y la imaginación que de los medios tecnológicos, lo fascinantes que pueden resultar para el espectador los seres humanos diminutos en una película. Posiblemente inspirándose en esas dos joyas del cine, y añadiendo unas gotas de la tremenda La parada de los monstruos (Freaks, 1932), también de Browning, el gran Richard Matheson publicó en 1956 su novela El hombre menguante (The Shrinking Man), un incontestable clásico del género fantástico.

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Al año siguiente, el guión escrito por el propio Matheson fue llevado a imágenes por Jack Arnold, un cineasta todoterreno acostumbrado a manejarse con bajos presupuestos, que ya había hecho sus pinitos en el género y cuya filmografía probablemente dormiría el sueño de los justos de no ser por El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man).

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Entre Arnold y Matheson dieron a luz una cumbre de la fantasía, una obra maestra de la ciencia-ficción, del cine de aventuras, del cine en general y con mayúsculas. Pero no se quedaron ahí. Sobre todo en su extensa parte final, en la que el pobre Scott, el pequeñísimo Scott que ya apenas es más grande que una cerilla, ha de luchar contra toda clase de peligros domésticos que ponen en peligro su vida y procurarse alimento y agua utilizando para ello toda su inteligencia e imaginación, demostraron que el cine de género, además de entretenernos, también sabe hablarnos de manera profunda de temas como el miedo, la libertad (ahí queda esa imagen para la historia: Scott ofreciendo un pedazo de comida, a través de una reja que para él es como su jaula, a un pájaro mucho más grande que él y que disfruta de su libertad), la soledad de los que son diferentes o lo que supone nuestra existencia en relación con el universo, algo tan ínfimo y tan único a la vez.

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Editada en DVD por Universal.

 

EL POLICÍA QUE RÍE de Maj Sjöwall y Per Wahlöö

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Entre 1965 y 1975, la pareja sentimental formada por la traductora Maj Sjöwall y el periodista Per Wahlöö escribieron conjuntamente diez novelas policiacas protagonizadas por el comisario Martin Beck.  La  breve serie terminó al morir Wahlöö en 1975, y desde entonces es considerada como una influencia indiscutible por buena parte de las siguientes generaciones de novelistas escandinavos del género.

a893b754344a564c366f7e16d6572390El policía que ríe (Den skrattande polisen, 1968) es la cuarta entrega de la serie y, para mi gusto, una de las mejores. En ella el comisario Beck y sus colaboradores han de investigar el asesinato de ocho personas que viajaban en un autobús de línea regular en Estocolmo, entre las cuales se encontraba un joven policía ayudante de Beck. A medida que avanzan en el caso, van descubriendo que el múltiple crimen guarda relación con otro ocurrido años atrás que no pudo resolverse.

Como en el resto de novelas de la serie -todas estupendamente escritas y con un ritmo trepidante, entre lo mejor del género negro en Europa-, lo primordial no es tanto conocer el nombre del asesino (no estamos ante el tipo de novela en que varios personajes importantes en la trama aparecen como sospechosos hasta quedar solo uno) como la realista reconstrucción de un lento proceso de investigación, que tiene más de esfuerzo y de echarle horas, incluso de suerte a veces, que de magia deductiva, lo cual las hermana, en mi opinión, en muchos aspectos con la corriente norteamericana del género a la que pertenecen, entre otros, Ed McBain, Joseph Wambaugh o George Pelecanos. Junto a esa crónica del trabajo policial, la visión extremadamente crítica que los autores vierten sobre una Suecia que pasa por ser un modelo de sistema social pero bajo cuya fachada perfecta se extienden el crimen, el tráfico de drogas y la corrupción política.

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El policía que ríe fue la primera novela no escrita en inglés que recibió, en 1971, el premio Edgar Allan Poe. Este hecho propició su adaptación norteamericana al cine de la mano de Stuart Rosenberg, un estupendo film titulado aquí San Francisco, ciudad desnuda (The Laughing Policeman, 1973), con Walter Matthau y Bruce Dern como protagonistas.

La única persona que observaba el vehículo en ese momento era un hombre arrimado al muro de una casa, unos ciento cincuenta metros más arriba, en Norrbackagatan. Era un ladrón, que estaba a punto de romper un escaparate. Miró el autobús, porque quería que se quitara de en medio, y esperó a que pasara.

Vio cómo, efectivamente, el autobús frenó al llegar al cruce y luego comenzó a girar a la izquierda con los intermitentes encendidos. Luego se perdió de vista. El ruido de la lluvia era ensordecedor. El individuo levantó la mano y echó abajo el cristal.

Lo que no pudo ver fue que el giro nunca llegó a completarse.

Por un instante, el autobús rojo de dos pisos pareció detenerse en mitad de la curva. Luego, cruzó transversalmente la calzada, atravesó la acera y penetró medio cuerpo por la verja de alambre que separa Norra Stationsgatan de los desiertos solares de la terminal ferroviaria, sita al otro lado.

Allí se detuvo. El motor se paró. Pero los faros y la iluminación interior continuaron encendidos. Las ventanas empañadas seguían brillando como antes, cálidas y acogedoras en medio del frío y de la oscuridad. Y la lluvia azotaba el techo de chapa.

Pasaban tres minutos de las once de la noche, el 13 de noviembre de 1967. En Estocolmo.

Traducción de Martin Lexell y Manuel Abella.

Publicada por RBA.

LOS HUESOS DEL INVIERNO de Daniel Woodrell

WoodrellEl éxito de determinadas adaptaciones cinematográficas propicia, por fortuna, que la literatura de algunos estupendos y desconocidos novelistas, como es el caso de Daniel Woodrell, llegue a ver la luz en nuestro país.

Aunque Ang Lee ya había llevado al cine la novela Woe to Live On (1987) en la decepcionante Cabalga con el diablo (Ride with the Devil, 1999), el reconocimiento le llega a Woodrell tras el estreno y las nominaciones al Oscar de Winter’ s Bone (2010), estupenda adaptación, dirigida por Debra Granik, de la novela publicada en 2006 y traducida aquí bajo el título Los huesos del invierno.

Huesos del inviernoEl argumento gira en torno al personaje de Ree Dolly, una joven de 16 años que ha de hacerse cargo de una madre trastornada y de sus dos hermanos pequeños y cuyo padre, un delincuente en libertad condicional, lleva días desaparecido. Si no consigue encontrarlo o demostrar que ha muerto antes de treinta días, la ley les quitará la casa y los dejará en la calle.

Esa búsqueda la llevará a pedir ayuda al patriarca del clan familiar, solo para descubrir un microcosmos en el que imperan las drogas, el alcohol y la violencia, regido por antiguas y sagradas reglas que no deben romperse y donde es mejor no hacer demasiadas preguntas y mirar hacia otro lado.

Winter's Bone PosterAmbientada, al igual que otras novelas de Woodrell, en las nevadas y gélidas montañas de Ozark, en Missouri, Los huesos del invierno nos muestra, bajo los códigos narrativos del género negro (el propio Woodrell etiquetó su estilo como country-noir) una sociedad rural cerrada en sí misma, que dicta sus propias leyes y soluciona sus problemas de manera endogámica, por encima de una autoridad policial que no se inmiscuye y en la que los jóvenes tienen su destino marcado por la tradición familiar y por una forma de vida dominada por la pobreza y los instintos más primarios, tan dura y despiadada como el clima que la rodea.

Afortunadamente, en contraste con la historia que nos cuenta, la trabajadísima prosa de Woodrell, de las que te obligan a releer y apreciar detenidamente cada detalle, consigue extraer poesía de cada una de sus escogidas palabras, creando con ellas la belleza que probablemente Ree y sus hermanos nunca conozcan. Quienes gusten de la literatura del gran Cormac McCarthy, con toda seguridad encontrarán en Los huesos del invierno muchos y buenos motivos para disfrutarla.

Las laderas tejidas de hielo se deshacían. El hielo resbalaba por todas partes, ramas, tallos, tocones, piedras, y caía tintineando al suelo. La bruma se levantaba por encima de las hondonadas y se posaba en los raíles, aunque no se elevaba mucho más arriba de la cabeza de Ree. Le tiznaba las mejillas de churretones como lágrimas aplastadas. Veía el cielo, pero con los pies envueltos en bruma. Las macizas traviesas, humedecidas, olían a alquitrán; Ree las iba pisando y aspirando el alquitrán en la niebla y oyendo el sonido cristalino del hielo en los árboles y el chasquido al quebrarse. Se limpió de las mejillas la niebla que parecía lágrimas y se encasquetó la capucha. Trozos de hielo más grandes caían sordamente a tierra. Riachuelos de hielo fundido abrían pequeños canales en la nieve de la ladera. Se oía el hielo, se oían los regueros y las botas hacían ruido al pisar. Se detuvo en un puente que cruzaba un arroyo helado. Quería ver la profundidad del agua a través de los agujeros de la capa de hielo. Estaba extrañamente quieta, observando, quieta y observando en el puente, hasta que comprendió que buscaba un cuerpo debajo del hielo, y se puso de rodillas y lloró, lloró hasta que las lágrimas le llegaron al pecho.

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

Publicada por Alba Editorial.