Archive for 23 noviembre 2013|Monthly archive page

MONSTRUOS DE HOY (1963) de Dino Risi

i-mostri-di-dino-risi-L-241N6xDurante los años sesenta comenzaron a proliferar en la comedia italiana las películas divididas en breves episodios. Interpretadas por los más grandes actores del momento, generalmente dando vida a varios personajes cada uno, se servían de un humor bastante bestia e irreverente para poner patas arriba todos y cada uno de los estamentos de la sociedad de la época.

El film canónico de este subgénero es Monstruos de hoy (I mostri) de Dino Risi, escrito por el propio director en colaboración con Elio Petri y Ettore Scola, entre otros. Veinte episodios para sonreír, reír a carcajadas y algo más, que tuvieron su continuación en ¡Que viva Italia! (I nuovi mostri, 1973), dirigida por Risi, Scola y Mario Monicelli.

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Desde el pobre de solemnidad que en lugar de pagar al médico de sus hijos se gasta el dinero en el fútbol (impagable ver a Gassman celebrando un gol a grito pelado) o el pícaro que pide limosna engañando a la gente, hasta el clero, los políticos, la policía y los abogados, Monstruos de hoy no deja piedra sobre piedra. Su humor negro de trazo grueso se posa sobre la mentira, la hipocresía, la vagancia, la incultura, sobre cada una de las lacras presentes en las personas, sea cual sea su posición social.

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Y, de postre, un último episodio que deja huella, una pequeña obra maestra titulada El noble arte, una crítica feroz al negocio del boxeo en la que Gassman y Tognazzi, impresionantes, comienzan divirtiéndonos y terminan helándonos la sonrisa en la boca. Una comedia que termina en drama con la que Risi nos advierte de que, en el fondo, nos estamos riendo de cosas muy serias.

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Editada en DVD por Tribanda.

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A TIRO LIMPIO (1963) de Francisco Pérez-Dolz

a_tiro_limpio_63Durante los años 50 y 60 se realizaron en nuestro país unas cuantas estupendas películas del género negro, hoy bastante olvidadas tras la sombra de un cine mucho más popular en su momento y que a veces parece que era el único que se hacía por estos lares. Varias de ellas, a menudo con un marcado tono realista e, incluso, documental, bastante alternativo en relación con el del cine que solía hacerse en Madrid, fueron filmadas en Barcelona. Entre las mejores, la pionera Apartado de correos 1001 (1950) de Julio Salvador o esta magnífica A tiro limpio, la única película dirigida en España por Francisco Pérez-Dolz (en algunas antologías el segundo apellido aparece escrito “Dolç”, por lo que probablemente fue castellanizado en su momento), quien, si no me equivoco, solo volvió a ponerse tras la cámara para codirigir junto a Marcello Baldi el film italiano Los jueces de la Biblia (I grandi condottieri, 1965).

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Filmada en buena parte en exteriores y dialogada parcialmente en catalán (todo un lujo para la época), con una maravillosa fotografía en blanco y negro a cargo de Francisco Marín, A tiro limpio es una breve, seca y violenta historia de atracadores sin concesiones a la galería. Heredera, por supuesto, de los clásicos americanos pero aún más del cine negro francés, su atmósfera tensa y claustrofóbica alberga una heterogénea gama de personajes que actúan por distintos motivos pero que tienen en común la ambición y el trágico destino. Puro cine negro, puro noir repleto de luces y sombras con un reparto encabezado por el siempre cumplidor José Suárez, María Asquerino y un Luis Peña dueño de la función que se sale en su papel de asesino sin escrúpulos y cuya relación con su compinche francés Antoine es tan ambigua como la que mantenían los dos matones interpretados por Lee Van Cleef y Earl Hollyman en la obra maestra de Joseph H. Lewis Agente especial (The Big Combo, 1955).

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Editada en DVD por Manga Films.

 

 

 

URSÚA de William Ospina

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Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando al metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo historias de perlas y esmeraldas.

Llegué a Ursúa (2005) sin previo aviso, por casualidad, la misma que a menudo nos revela algunas de las mejores cosas de nuestra vida. Abrí el libro, leí las primeras líneas, lo cerré y me lo llevé a casa con el convencimiento de que iba a disfrutar como un enano. Casi quinientas páginas después, Ursúa me parece una de las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, y seguro que me quedo corto. Hay quien habla de crisis de la novela; en caso de que la haya, William Ospina es ajeno a ella.

Por lo que me contó puedo afirmar que Ursúa, el hombre más valiente que he conocido, sintió miedo. No lo confesaba así, pero me declaró su malestar, su repugnancia; lo único que halló para oponer a esas apariciones fueron las sentencias latinas del credo, y las dijo, erizados los brazos, con un comienzo de escalofrío en la espalda. Él podía entender a un dios como Cristo, así estuviera clavado en un leño, tumefacto y sangrante, pero no soportaba la idea de un mundo donde los dioses fueran monstruos y bestias. Tal vez habría podido imaginar que muchos hombres, mucho tiempo atrás, habían labrado esas piedras por años y años, pero él, y creo que todos los otros, sentían nítidamente que detrás de esas imágenes, más allá, en la selva vecina, bien podían estar los seres que la piedra imitaba, que en esas fronteras podía comenzar un país de súcubos más feroces que su tosca representación en la roca.

ursua-9788439726418Pedro de Ursúa, fundador en 1549 de la ciudad de Pamplona en la actual Colombia, uno de tantos hombres que cruzaron el océano hacia las Indias, hacia las Américas, guiados por los cantos de sirena de la gloria y la fortuna, es el protagonista de una monumental novela que nos cuenta hechos de sangre y oro tal como ocurrieron, que modifica algunos, que inventa otros, que mezcla la historia, la fantasía y la leyenda para hablarnos, más allá de géneros, sobre el arte del recuerdo y de los cuentos. Quien narra es uno de los personajes que conocieron y acompañaron a Ursúa, testigo de su fiebre y su crueldad, su valentía y su miedo y los de muchos otros, y sus palabras -las de Ospina-, de una fluidez y belleza que admite pocas comparaciones, exprimen al máximo las posibilidades de la narrativa: Ursúa resulta agotadora de puro buena. Incluso las mejores novelas nos tienen acostumbrados a espaciar calculadamente sus mejores momentos entre fragmentos de transición; Ursúa, en cambio, no da tregua. Es como un cuento perfecto en que cada palabra y el lugar que ocupa son los precisos, en que cada línea nos sorprende y nos pide volver sobre ella. Ursúa es un cuento perfecto de cientos de páginas.

Y, por si fuera poco, esto no ha hecho más que empezar. Estamos solo ante la primera parte de una trilogía que continúa con El país de la canela (2008) y La serpiente sin ojos (2012), las cuales no tienen pinta de bajar el listón. Que siga la literaria fiesta.

Cuando los horizontes se entristecen, como le oí decir un día a Castellanos, miro al pasado y siento vértigo. Recorro en tardes mansas las colinas de Santa Águeda del Gualí, la aldea que fundó con sus últimas fuerzas el licenciado Gonzalo Jiménez, quien ahora se consume devorado por un fuego interior. Veo allá abajo las llanuras de Tierra Caliente, manchadas de bosques, en cuyo centro se yerguen unas sierras aisladas y escalonadas como si ocultaran pirámides. ¿Cómo logré llegar a estas tierras felices? ¿Cómo sobreviví a los ríos y a los años? Acaso sólo porque el dios de los cuentos necesita una voz que los relate, escapé a los peligros, indemne, mientras en cada episodio iban siendo sacrificados quienes parecían ser los triunfadores.

Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna última la declinación y la muerte.

Publicada por Mondadori.

EL REGRESO de Joseph Conrad / GABRIELLE (2005) de Patrice Chéreau

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El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.

Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.

Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

Traducción de J. M. Lacruz Bassols.

Publicada por Editorial Funambulista.

GabrielleMoviePosterEl recientemente fallecido cineasta Patrice Chéreau acometió la difícil tarea de llevar las palabras de Conrad a imágenes y, en mi opinión, no salió demasiado airoso del reto, creando un envoltorio lujoso pero falto de alma que no consigue involucrarme.

Desde el primer momento intenta dotar de mayor importancia al personaje femenino para que no sea simplemente el detonante del drama, dándole un nombre, titulando con él la película y arropándolo con escenas y personajes secundarios que no aparecen en la novela. Esto, lógicamente, no invalidaría por si solo la adaptación, de no ser porque esos elementos nuevos no aportan nada a lo creado por Conrad, no consiguen equilibrar lo que dicen y hacen ambos personajes y aparecen como postizos ante la esencia primera del texto. Lo que sí logran es que la película naufrague entre dos aguas y que una actriz portentosa como Isabelle Huppert, quien al parecer tuvo más de un encontronazo con Chéreau, parezca despistada y, quizá por única vez, sin saber qué hacer con su personaje.

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Editada en DVD por DeAPlaneta.