Archive for 30 diciembre 2013|Monthly archive page

AVARICIA de Frank Norris

Frank_Norris_ReadingEl mayor proyecto cinematográfico del gran Erich von Stroheim, y uno de los más colosales de la historia del arte, se convirtió en una empresa mastodóntica e imposible para la época que en la sala de montaje se iba a las ocho o nueve horas de metraje. Finalmente, Avaricia (Greed, 1924) se estrenó en una versión censurada de algo más de dos horas y media -al parecer existe otra de unas cuatro horas- y aun así fue suficiente para que se la considere una de las más importantes películas de la historia, un compendio de la narrativa del cine, de las pasiones humanas del drama y de la integración de diversos escenarios y géneros a partir de la evolución de los personajes.

avariciaComo suele ocurrir en estos casos, la novela en que se basa es mucho menos conocida que el film de Stroheim. Traducida al español hace unos pocos años con su título cinematográfico, Avaricia (McTeague, 1899) es uno de los ejemplos maestros del naturalismo norteamericano, que proviene en buena parte de la literatura de Zola y que, junto a la novela de detectives, tanto influyó en la posterior aparición del género negro. Autores como, por ejemplo, James M. Cain tienen su escuela, sin duda, en la novela naturalista.

Plagada de simbología perfectamente integrada en el relato, Avaricia se desarrolla casi por completo en un espacio urbano y se traslada, en su parte final, a las minas de oro de las montañas y al desierto, donde la historia alcanza su clímax con situaciones próximas al wéstern. Entre ambos ambientes, la novela nos muestra cómo el deseo, la envidia, la pobreza y la codicia pueden llevar a las personas, incluso a las más bondadosas, al engaño, el robo y el crimen; cómo los instintos más primarios aparecen de repente para acabar con la amistad y el amor y desembocar en la muerte.

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Los dos hombres se abrazaron de repente y, a renglón seguido, empezaron a rodar y forcejear sobre la superficie caliente y blanca. McTeague empujó a Marcus hacia atrás, hasta que éste tropezó y cayó sobre el cuerpo del mulo muerto. La jaulita del pájaro se zafó de la silla con la violencia de la caída y rodó por el suelo; los sacos de harina se escurrieron. McTeague le quitó el revólver a Marcus y lo blandió a ciegas. Los dos luchadores quedaron envueltos en unas asfixiantes nubes de polvo de álcali, fino y penetrante.

McTeague no supo cómo mató a su enemigo, pero, de repente, Marcus quedó inmóvil bajo sus golpes. Después tuvo un último arrebato de energía. La muñeca derecha de McTeague quedó atrapada; algo se cerró con un clic en torno a ella; luego, el cuerpo que forcejeaba quedó mustio e inmóvil tras una expiración profunda.

Al ponerse de pie, McTeague sintió un tirón en la muñeca; estaba amarrada a algo. Cuando miró hacia abajo vio que Marcus, en es último forcejeo, había encontrado fuerzas para esposarle las muñecas. Marcus estaba muerto; McTeague estaba atado a su cuerpo. Todo lo que lo rodeaba, inmenso, interminable, desplegaba las leguas inconmensurables del Valle de la Muerte.

McTeague se quedó mirando a su alrededor con ojos estúpidos, primero al horizonte lejano, luego al suelo, luego al canario medio muerto que gorjeaba débilmente en su pequeña prisión dorada.

Traducción de Olga Martín Maldonado.

Publicada por La otra orilla.

ATTACK THE BLOCK (2011) de Joe Cornish

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En uno de los tantas veces recordados diálogos de Casablanca (1942) de Michael Curtiz, el mayor Strasser le pregunta a Rick su opinión sobre la posibilidad de que el ejército alemán invada Nueva York, y Rick le contesta que hay barrios de Nueva York en los que no les aconsejaría que se metieran. A saber si Joe Cornish pensó en la desafiante respuesta a la hora de escribir y filmar su primera película, pero sin duda le viene como anillo al dedo.

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En Attack the Block no son los nazis sino un nutrido grupo de extraterrestres con malas pulgas y aspecto de mono peludo el que ataca a todo lo que se mueve en un barrio londinense. Pero a él se enfrenta una banda de duros adolescentes orgullo de cualquier madre: fuman droga, trafican con ella, atracan a jóvenes indefensas, tienen armas y saben qué hacer con ellas. Vamos, un ejemplo de corrección. Igualitos a los protagonistas de esa ñoñez -eso sí, estupendamente filmada- que J.J. Abrams estrenó también en 2011 y que responde al título de Super 8.

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Con muchos menos medios y poco ánimo de trascender, pero dispuesto a que nadie se aburra ni un instante, Cornish nos ofrece en 80 minutos un cóctel de acción, comedia, transgresión, mala baba y sentido del ritmo cinematográfico, aderezado todo ello con unas gotas de sangre y la influencia, perfectamente asimilada, de las pelis de bichos foráneos filmadas por Spielberg o Joe Dante  y de cualquier wéstern o policiaco en el que Hawks, su alumno aventajado Carpenter y algunos otros mostraban a un grupo de personas asediadas en un espacio cerrado. De momento, Cornish  sólo es un discípulo de todos ellos que ha realizado una estupenda ópera prima, pero apuesto a que será conveniente seguirle la pista.

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Editada en DVD por Avalon.

Joan Fontaine: recuerdos desde Viena, en 1900…

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Parece que la parca anda haciendo horas extras estos días entre las grandes estrellas del cine: tras los de Eleanor Parker y Peter O’Toole, hoy hemos conocido la noticia del fallecimiento, a los 96 años, de Joan Fontaine, una de las grandes actrices del Hollywood de los años 40 y 50 y hermana menor de Olivia de Havilland, con quien no se llevaba precisamente bien.

Aquí la recuerdo en algunas de sus mejores películas: Rebeca (Rebecca, 1940) de Alfred Hitchcock, en la que compartió protagonismo con Laurence Olivier; Sospecha (Suspicion, 1941), también de Hitchcock y junto a Cary Grant, film por el que conseguiría el Oscar; Alma rebelde (Jane Eyre, 1943), un estupendo drama romántico de Robert Stevenson en el que se medía a Orson Welles, y Ivanhoe (1952) de Richard Thorpe, en la que competía con Elizabeth Taylor por el amor de Robert Taylor.

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Y mención aparte para Carta de una desconocida (Letter from an Unkown Woman, 1948) de Max Ophüls, quizá mi película preferida de toda la historia del cine. En mi memoria, Joan Fontaine siempre será la Liza de esta maravilla ambientada en Viena, en 1900…

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En recuerdo de Peter O’Toole

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Hace unas pocas horas se dio a conocer la noticia del fallecimiento, a los 81 años, del gran actor irlandés de cine y teatro Peter O’Toole, candidato al Oscar en numerosas ocasiones y finalmente premiado, de manera honorífica, en el año 2003. Su primer papel importante, y el que marcaría irremediablemente toda su carrera, fue en la majestuosa película de David Lean Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962). Su transformación, más que interpretación, en la histórica figura del oficial británico T. E. Lawrence sigue siendo una de las presencias en una pantalla más impresionantes de la historia del cine.

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Tras el film de Lean, aquí lo recuerdo en las otras dos películas que más me gustan de su filmografía, en otras dos colosales interpretaciones: Lord Jim (1965) de Richard Brooks, un clásico de aventuras según la novela de Joseph Conrad, y El león en invierno (The Lion in Winter, 1968) de Anthony Harvey, el drama histórico en el que formó una pareja insuperable junto a Katharine Hepburn, dando vida respectivamente a Enrique II Plantagenet y a su maquiavélica esposa Leonor de Aquitania.

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Y, para finalizar, otro de los grandes momentos de Lawrence de Arabia, inmejorable a modo de despedida. Descanse en paz.

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Hasta siempre, Eleanor Parker

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El lunes día 9 se nos fue, a los 91 años, la gran Eleanor Parker, una de las mejores y más bellas actrices del cine norteamericano y uno de sus talentos más desaprovechados. A pesar de ser conocida como “la mujer de las mil caras” por su versatilidad interpretativa y de haber sido nominada al Oscar en tres ocasiones, por Sin remisión (Caged, 1950) de John Cromwell -donde brillaba a la misma altura, por lo menos, que Agnes Moorehead-, Brigada 21 (Detective Story, 1951) de William Wyler y La melodía interrumpida (Interrupted Melody, 1955) de Curtis Bernhardt, en su filmografía no abundan los grandes títulos y su estrella se apagó, incomprensiblemente, demasiado pronto. Aun así, quien esto escribe siempre tendrá reservado un rinconcito en sus altares para la maravillosa Lenore de Scaramouche. Por suerte para nosotros, André Moreau prefirió enamorarse de Aline de Gravillac, y así Lenore terminó por pertenecernos un poquito más a todos.

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Aquí la recuerdo en sus tres películas que más me gustan: las citadas Sin remisión -en la que interpretaba a una inocente reclusa que se convertía en delincuente sin escrúpulos dentro de la cárcel- y Scaramouche (1952) de George Sidney, y Cuando ruge la marabunta (The Naked Jungle, 1954) de Byron Haskin.

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Gracias por todo.

CARRIE (1952) de William Wyler

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Es más que probable que, tras el gran éxito del film de George Stevens Un lugar en el sol (A Place in the Sun, 1951), basado en la novela de Theodor Dreiser Una tragedia americana (An American Tragedy, 1926), la Paramount pensara que tenía la diana asegurada llevando al cine otra obra de Dreiser y dejando el proyecto en las manos adecuadas. Así, bajo la batuta del coleccionista de Oscars William Wyler y con la presencia de una estrella como Jennifer Jones, la adaptación de la primera novela de Dreiser, titulada La hermana Carrie (Sister Carrie, 1900), parecía tener todos los ingredientes para resultar una apuesta ganadora.

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Pero, al parecer, la historia de la hermosa Carrie, por cualquier medio que nos llegara, estaba destinada al cajón del olvido. Tanto en su día la novela de Dreiser, que trataba temas como el sexo, el escándalo social o el adulterio de manera demasiado directa para la moral de la época, como después la película, con un Laurence Olivier que no era precisamente un gran reclamo para la taquilla, fueron dos enormes fracasos. Aún hoy, Carrie sigue siendo una de las obras menos conocidas de su director.

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Realizada en la que para mí es la mejor etapa de la carrera de Wyler, la que nos regaló obras maestras como La heredera (The Heiress, 1949) o Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), Carrie consigue sortear todos los obstáculos de una historia en la que abundan las situaciones dificilmente creíbles y que podían haberla hecho caer en el ridículo. Gracias a una sabia contención dramática y a una elegantísima puesta en escena que contiene algunos de los planos y movimientos de cámara más hermosos del cine de Wyler, termina siendo una preciosa y triste historia de amor y destrucción, la de un hombre culto y respetado que abandona a su esposa y a sus hijos, su cómoda posición económica y su prestigio social por el amor de una joven mujer en el que cree ver su última ocasión de conocer una verdadera y breve felicidad. A este inolvidable personaje le dedicó el gran Laurence Olivier la que posiblemente sea su mejor interpretación para el cine.

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Editada en DVD por Paramount.

 

LOS ZORROS VIENEN DE NOCHE de Cees Nooteboom

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Algunos escritores, ya sea por su estilo literario, porque lo que nos cuentan tiene algo que ver con nuestra propia experiencia o, simplemente, por las fotografías que de ellos conocemos, nos parecen más cercanos que otros, tan merecedores de afecto y simpatía como dignos de admiración. En mi caso, uno de ellos es Cees Nooteboom, quizás la figura más relevante de las letras neerlandesas actuales junto a Harry Mulisch.

Cees Noteboom-Los zorros vienen de noche_tapaCandidato al Nobel desde hace ya varios años, periodista, poeta, novelista, autor de libros de viajes -algunos de ellos dedicados a España-, Nooteboom es además uno de los grandes cultivadores europeos del género breve, como demuestran, de nuevo, las ocho piezas que componen Los zorros vienen de noche (‘s Nachts komen de vossen, 2009), ocho relatos en los que la preciosa, elegante y depurada prosa característica del autor, tan sencilla en apariencia, nos habla sin dramatismos, con ternura y nostalgia, a menudo apoyándose en una fotografía pero también simplemente en un instante retenido, sobre la muerte y la memoria, sobre las huellas que deja en nosotros el pasado, sobre lo que vivimos y sentimos en cierta ocasión y el recuerdo que de ello guardamos, que no siempre coinciden.

Aquí os dejo un fragmento de Góndolas, el relato que da inicio al libro y uno de mis preferidos.

Todo comenzó de un modo muy simple. Una isla griega, la casa de los amigos de unos amigos, que le dejaron porque sentían pena por él debido a su reciente divorcio. No estaba acostumbrado a estar solo y anhelaba a todas horas compañía femenina. Un paseo marítimo pavimentado por donde caminaban o paseaban aquellas figuras femeninas a las que él deseaba abordar. Pero no se atrevía por temor a ser tachado de imbécil. “Engatusar a las mujeres”, llamaba a eso su amigo Wintrop. La expresión era bonita, pero él nunca fue capaz de hacerlo. ¿Cómo era aquel verso de Lucebert? Rondando barcas femeninas en la noche. Sí, eso sí que lo hacía. Pasear de un lado a otro y vuelta a empezar. Rondar, callejear, mirar. Hidra, barcas de pescadores, blancas en la noche oscura, meciéndose suavemente, iluminadas por la luz de neón de las altas farolas del muelle. Golondrinas, cipreses, ¿o acaso era todo ello producto de su imaginación? ¿Existían en aquella época las luces de neón? ¿Por qué iba a corresponder su recuerdo con la realidad? Transfórmalas en luces amarillas, escucha una lechuza, observa las formas oscuras de los pinos. El mar sigue siendo el mismo y bate suavemente contra el muro del muelle. Todo lo demás es reemplazable, el arsenal de objetos con los que se guarnece la memoria.

Traducción de Isabel-Clara Lorda Vidal.

Publicado por Ediciones Siruela.