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DEMENTIA / DAUGHTER OF HORROR (1955) de John Parker

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De todas las películas distintas, extrañas, sorprendentes que en la historia han sido, sin duda Dementia es una de las que encabezan la lista, y más teniendo en cuenta que estamos ante una película americana de 1955. Fue la única escrita y dirigida por un tal John Parker y, como a menudo sucede, su popularidad es mucho menor que su posible influencia en la filmografía de otros prestigiosos cineastas.

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Sus difíciles primeros pasos ya dan una idea de su rareza para la época: a la primera versión, ya sin diálogos aunque con música y efectos de sonido -la titulada Dementia-, se le cortaron varias escenas, se le añadió la voz de un narrador y se la rebautizó con el título de Daughter of Horror. Al parecer, no fue a verla ni el Tato.

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De apenas una hora de duración, Dementia nos muestra el onírico paseo nocturno de una joven por los bajos fondos de la ciudad, donde se encuentra con los más pesadillescos y estrafalarios personajes. El robo, el crimen, las fantasías sexuales, el sentimiento de culpa, el miedo y, a la vez, la atracción por lo desconocido, se dan la mano en una noche muda de atmósfera expresionista entre el cine negro y el de terror, repleta de libertad creativa y de elementos surrealistas, con la que Freud y Buñuel probablemente se habrían puesto las botas. Y, por qué no, podemos también rastrear en ella cierta influencia del cine de Orson Welles: sus primeros planos, sus picados y contrapicados, la exuberante profundidad de campo en algunas de sus escenas… e incluso el parecido de uno de los personajes con Welles, quizá como pequeño homenaje.

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En cuanto a su influencia posterior, no me parece descabellado apostar por ella en el cine de David Lynch, en el del director canadiense Guy Maddin -otro de los grandes “raros”-, o en la tempranera película de Coppola titulada, curiosamente, Dementia 13 (1963). Y, sobre todo, sería interesante preguntarle a Polanski cuántas veces vio el film de Parker antes de comenzar a rodar Repulsión (Repulsion, 1965).

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Editada en DVD por Art House Media.

 

 

 

CÉSAR DEBE MORIR (2012) de Paolo y Vittorio Taviani

CaesarCuando has visto unas cuantas películas de determinado director y no has encontrado en ellas nada que te entusiasme, lo normal es que deje de interesarte, perderle la pista, más aún cuando no se prodiga demasiado y sus nuevos trabajos no se anuncian precisamente a bombo y platillo.

De los hermanos Taviani, como de muchos otros, ya ni me acordaba, entre otras razones porque andaban bastante desaparecidos y porque ni siquiera las que pasan por ser sus obras más prestigiosas, como Padre padrone (1977) o La noche de San Lorenzo (La notte di San Lorenzo, 1982), me gustaron demasiado en su día. Pero en 2012 una estupenda y premiada película volvió a colocarlos a la cabeza de un cine italiano que no se da demasiadas alegrías.

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En César debe morir (Cesare deve morire), la cámara de los Taviani filma de manera sencilla y austera, intensa y emocionante, los ensayos y la representación del Julio César de Shakespeare, interpretado por un grupo de presos de la cárcel Rebibbia de Roma que, en algunos casos, no parecen en absoluto actores aficionados. Con la ayuda de la magnífica fotografía, alternando el blanco y negro y el color, de Simone Zampagni, el film nos recuerda, por si hacía falta, la vigencia del teatro de Shakespeare, al relacionar las tensiones que aparecen entre los personajes de la obra con las que ocurren entre los presos a diario, y pone énfasis en la fuerza del arte como método educativo, de libertad intelectual, de reinserción social y de tantas otras cosas. En apenas una hora y cuarto, una lección de cine que mezcla el drama y el documental como pocas veces.

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Editada en dvd por Cameo.

EL BANQUETE DE LOS GENIOS de Manuel Hidalgo

2009022802105740_375En noviembre de 1972, el cineasta George Cukor organizó en su mansión de Hollywood una comida en homenaje a Luis Buñuel, cuya película El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972) ganaría el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa en marzo de 1973. Buñuel acudió a la comida acompañado de su hijo Rafael, de su guionista Jean-Claude Carrière y del productor Serge Silberman. Cukor, a su vez, invitó a unos cuantos amigos y compañeros de profesión: Billy Wilder, George Stevens, William Wyler, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Wise, Robert Mulligan, John Ford y Fritz Lang, quien no pudo acudir debido a su delicado estado de salud.

EL-BANQUETE-DE-LOS-GENIOSDe la reunión se conservan varias fotos de los invitados conversando y unas cuantas del grupo posando para la cámara. Estas últimas, a pesar de que en ellas no aparece Ford porque tuvo que retirarse, indispuesto, antes de tiempo, muestran la que todavía hoy está considerada como la mayor concentración de talento cinematográfico que se haya visto.

El novelista, guionista y crítico de cine Manuel Hidalgo ha querido recordar aquel momento histórico en su estupendo libro El banquete de los genios (2013). En él realiza un exhaustivo análisis de El discreto encanto de la burguesía, repasa las personalidades y las filmografías de los invitados y su posible relación con las de Buñuel y, por supuesto, se centra en recuperar las sabrosas anécdotas relacionadas con la reunión. Una invitación en toda regla, que se lee de una sentada, para cualquier buen amante del cine.

En esta foto aparecen conversando George Stevens y Billy Wilder mientras, fumando sentado, John Ford los escucha.

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Y aquí la foto de familia. De pie, de izquierda a derecha: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silberman. Sentados, de izquierda a derecha: Billy Wilder, George Stevens, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulian.

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Publicado por Ediciones Península.

LA ÚLTIMA PELÍCULA de Larry McMurtry

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La primera noticia que tuve de la literatura de Larry McMurtry me llegó gracias a una serie de estupendos wésterns que adaptaban varias novelas suyas en formato televisivo. No creo exagerar si digo que el mejor de ellos, Paloma solitaria (Lonesome Dove, 1989) de Simon Wincer, está entre las obras maestras de la historia del género.

Captura-de-pantalla-2013-01-07-a-las-13.19.30El siguiente encuentro llegó de la mano de Ang Lee y Brockback Mountain (2005), una estupenda película escrita por McMurtry. Y fue por esas mismas fechas cuando, por casualidad, descubrí que este gran escritor era también el autor de la novela La última película (The Last Picture Show, 1966), en la que se basó un jovencísimo Peter Bogdanovich para, en 1971, estrenar su mejor film, el que le situó a la cabeza de la nueva generación de cineastas de Hollywood, la de los Coppola, Scorsese, Spielberg, etc, etc. Por desgracia, y a pesar de algunas otras buenas películas, Bogdanovich no volvió a estar a la altura de las expectativas que despertó su obra maestra.

La historia que nos cuenta McMurtry está ambientada en Thalia, una pequeña, decadente y aburrida población de Texas sin ningún aliciente para los jóvenes que viven en ella y en la que los mayores dejan pasar el tiempo contemplando sus monótonas vidas. La amistad, la traición, el primer sexo adolescente, los amores que resisten nostálgicamente el paso del tiempo, los intentos por recuperar brevemente la juventud arruinada… van pasando impregnados de tristeza ante nosotros mientras asistimos a la desaparición del cine local, de los sueños y de la inocencia, y al auge de la televisión.

Con la ayuda de un reparto maravilloso y de la impresionante fotografía en blanco y negro del tres veces ganador del Oscar Robert Surtees, Bogdanovich supo dotar a las imágenes del film, en plena época de revolución del cine americano, de todo el aroma clásico que pedía el texto de McMurtry y que había aprendido de los grandes maestros, y regalarnos uno de esos finales que siempre guardaremos en nuestra memoria.

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Un día, un viernes por la tarde, la señorita Mosey tuvo que entrar en el cine a buscar una cosa que se había olvidado y dejó que Billy la acompañara. La pantalla apagada estaba como muerta, pero el muchacho se alegró de estar dentro, por lo menos, de modo que subió al palco y se sentó a esperar. La señorita Mosey pensó que ya habría salido y cerró con llave; no cayó en la cuenta de que podía haberse quedado en el palco hasta bien entrada la noche, cuando Sonny empezó a preocuparse de verdad y se puso a preguntar a los vecinos. Cuando entraron, Billy seguía sentado en silencio con su escoba, en medio de la oscuridad, esperando con la absoluta certeza de que la proyección empezaría de un momento a otro.

Durante todo el mes de octubre y todo el mes de noviembre, Billy añoró el cine. Sonny no sabía qué hacer, pero era una mala racha en general y ni siquiera sabía qué hacer consigo mismo. Ahora tenía otra concesión para bombear. Quería trabajar aún más para agotarse y así no pasar las noches en vela, sintiéndose solo. No había muchas novedades, y no creía que las fuera a haber. Un día fue a Wichita y compró un televisor, pensando que tal vez ayudaría a Billy a superarlo; pero no fue así. Billy veía la tele mientas Sonny estuviera por allí, pero en el momento en que Sonny se marchaba, él también. No confiaba en la televisión. Siguió acercándose al cine cada noche, con viento del norte o sin él: se sentaba en el bordillo de la acera a esperar, muerto de frío y desconcertado. Sabía que tarde o temprano abriría, y a Sonny no se le ocurría la manera de hacerle entender que el cine no volvería a funcionar.

Traducción de Regina López.

Publicada por Gallo Nero Ediciones.