Archive for 11 junio 2014|Monthly archive page

NO LLAMES A CASA de Carlos Zanón

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Allá por el siglo XIX, la literatura española de Galdós y compañía novelaba la realidad de su época, la miseria, la ambición, las diferencias sociales, el poder del sexo y el dinero… De ahí al Naturalismo y de este a la novela negra, unos pocos pasos y algunos elementos característicos que, en mayor o menor medida, encontramos en la narrativa urbana de Marsé, Vázquez Montalbán o Casavella, y ahora en la de Carlos Zanón, cronistas todos ellos de la Barcelona real de su tiempo, aquella que no aparece en los folletos turísticos ni en las campañas que nos quiere vender la parada de los monstruos política (así, sin comillas) a la que alimentamos.

41YP-OgGIGL._SY445_En No llames a casa -tercera novela de Zanón y la primera que leo-, Bruno, Cristian y Raquel son tres delincuentes de poca monta que se dedican a chantajear con fotos comprometedoras a tipos poco cuidadosos en los encuentros con sus amantes. Un trabajito fácil y de rápidos beneficios que, al tropezarse con Max, uno de sus “clientes”, se complicará de un modo que nunca imaginaron.

Mediante esos personajes, Zanón enfrenta, mezcla e iguala la Barcelona canalla y marginal, la de la prostitución, los tugurios, la droga y la delincuencia, con una más acomodada y “normal”, la de las personas con su piso, su familia y su amante pero con sus propios problemas a cuestas en esta época de crisis, capaces de reaccionar de manera insospechada en función de unas circunstancias que pueden convertirnos en delincuentes sea cual sea nuestro estatus.

Con unos estupendos diálogos, un ritmo muy cinematográfico (al parecer, Daniel Calparsoro está preparando su adaptación) y la incorporación de elementos propios del género negro como cierto aire romántico y ese inevitable destino trágico de los que siempre pierden, No llames a casa nos trae a un escritor al que habrá que seguir muy de cerca, de los que poseen el no tan frecuente arte de crear ambientes y personajes absolutamente vivos y de sabernos contar su historia. 

-No tengo todo el tiempo del mundo. ¿Has traído la pasta?

Javier por fin reaccionó. Volvió la cara hacia Bruno y le miró, pero sus ojos no decían nada, no querían ir más allá de eso, de enfocar al tipo al que le estaba entregando un sobre blanco, mojado por la lluvia, arrugado en uno de sus bordes. Bruno cogió el sobre, lo sopesó y notó que no había mucho ahí dentro.

-¿Cuánto hay, Misterios? No quiero bromas.

Pero Javier, de repente, echó a correr por el andén sin que a Bruno le diera tiempo de retenerlo. Abrió el sobre y, sí, su experiencia le había dicho lo correcto. No había dinero. Solo un papel con HIJO DE PUTA a mano, en azul, pulso firme, tres palabras que eran una concreción de todo lo que quería decirle. Algo breve, que no pudiera ser interrumpido: un escupitajo a los ojos, a la boca de su extorsionador. Javier pasó entre el deficiente y sus libros, el niño y su hermana, la canguro, la madre, y se dirigió hacia las escaleras mecánicas con los faldones de su impermeable a modo de aletas aerodinámicas, negras baratas. Bruno se conjuró para joderle las entrañas hasta que descubrió que la carrera de Javier no iba dirigida hacia donde él suponía.

No lo supo hasta que vio saltar a esa figura como un cuervo desgarbado, un Batman de chiste, a las vías y enfrentarse a los faros encendidos que venían por el túnel. Apenas un suspiro antes de la colisión, Javier se encorvó, se hizo niño, quién sabe si quiso volverse invisible, desaparecer, despertar de su pesadilla o ajustar su cuerpo a toda la maquinaria que, supone, tendrá debajo una de esas máquinas que sirven para trasladar multitudes, desmenuzar suicidas, esconder ratas e indigentes.

Bruno quedó conmocionado unos instantes. Pocos. Miró a su alrededor, por si alguien le estuviera observando, señalándole con el dedo o acercándose para preguntarle por qué Javier el Misterios había querido parar un tren. Pero no había nadie.

Publicada por RBA.

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TRES SAMURÁIS FUERA DE LA LEY (1964) de Hideo Gosha

Tres_samurais_fuera_de_la_ley-384461559-largePara que el aficionado a las buenas historias de samuráis no viva únicamente de las obras maestras de Kurosawa y Kobayashi, el cine doméstico, por fortuna, nos acerca de vez en cuando alguna joya olvidada que nos amplía el panorama. Este es el caso de Tres samuráis fuera de la ley (Sanbiki no Samurai), una estupenda película del no menos olvidado Hideo Gosha que tiene algún punto en común con la obra maestra de Kurosawa Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954).

En esta ocasión no son siete sino tres los samuráis que acaban uniendo sus fuerzas para ayudar a unos campesinos que han secuestrado a la hija del magistrado local con el fin de negociar unas mejores condiciones de vida, aunque a la postre serán los tres luchadores, ante la cobardía de los campesinos, quienes les tendrán que sacar las castañas del fuego enfrentándose solos a los sicarios del magistrado.

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A pesar de esa marcada crítica, el film de Gosha es ante todo un entretenimiento de primera fila en el que prima la acción, una película de espadachines de apenas hora y media tan cercana o más al cine norteamericano como a sus parientes japonesas, quizá más accesible para el gran público pero filmada también con mano maestra. En definitiva, todo un descubrimiento para los que gustan del buen cine japonés.

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Editada en DVD por Filmax.

EL CASO DE LOS BOMBONES ENVENENADOS de Anthony Berkeley

1001013109Anthony Berkeley fue, junto a los actualmente mucho más conocidos Agatha Christie, Dorothy L. Sayers o Gilbert K. Chesterton, uno de los escritores británicos del género detectivesco más populares de su época, hasta el punto de ser admirado por Truffaut y Hitchcock. De hecho, la novela de Berkeley titulada Before the Fact (1932), escrita bajo el seudónimo Francis Iles, fue adaptada por el cineasta inglés, con múltiples cambios, en Sospecha (Suspicion, 1941).

En El caso de los bombones envenenados (The Poisoned Chocolate Case, 1929), Roger Sheringham, fundador del Círculo del Crimen, invita a los otros cinco miembros a que investiguen cada uno el-caso-de-los-bombones-envenenados-por su cuenta un asesinato que Scotland Yard no ha podido resolver. Todos ellos son, de alguna manera, detectives aficionados y famosos, excepto un tal Ambrose Chitterwick, un hombre corriente sin especiales méritos para pertenecer al Círculo, con el que, probablemente, Berkeley personifica al lector y lo introduce en la novela como un personaje más. A lo largo de las siguientes veladas, tendrán que presentar sus conclusiones y el nombre del posible asesino; no por casualidad, Chitterwick será el último en intervenir.

Estamos pues ante una novela atípica, casi un ensayo sobre el género, en la que no se nos muestra cómo evoluciona la investigación llevada a cabo por un detective, sino las diferentes soluciones que se pueden aplicar a un mismo caso, todas ellas verosímiles. Con ello, Berkeley parece teorizar sobre el género diciéndonos lo que al fin y al cabo ya sabemos: que el autor puede jugar con nosotros para, finalmente, presentarnos al culpable que considere más conveniente, siempre y cuando resulte creíble, y que nosotros, los aficionados al género, podemos ir eligiendo, a partir de las pistas, a nuestro propio asesino particular.

Es posible que a alguno se le ocurra una teoría nada más oírlo; otros podrían establecer líneas de investigación que quisieran seguir antes de pronunciarse. En cualquier caso, sugiero que nos demos una semana de plazo para elaborar nuestras teorías, verificar nuestras hipótesis y hacer nuestra propia interpretación de los hechos recopilados por Scotland Yard, y que en ese período de tiempo no discutamos la cuestión con nadie. Puede que no saquemos nada en claro (es lo más probable), pero aun así será un interesantísimo ejercicio criminológico  de carácter práctico o académico, según las preferencias de cada cual. Y lo más interesante será comprobar si llegamos o no a la misma conclusión. Damas y caballeros, se abre el turno de preguntas, o comoquiera que se diga. En otras palabras, ¿qué les parece? -Y Roger volvió a sentarse muy satisfecho en su silla.

Traducción de Miguel Temprano García.

Publicada por Lumen.