NO LLAMES A CASA de Carlos Zanón

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Allá por el siglo XIX, la literatura española de Galdós y compañía novelaba la realidad de su época, la miseria, la ambición, las diferencias sociales, el poder del sexo y el dinero… De ahí al Naturalismo y de este a la novela negra, unos pocos pasos y algunos elementos característicos que, en mayor o menor medida, encontramos en la narrativa urbana de Marsé, Vázquez Montalbán o Casavella, y ahora en la de Carlos Zanón, cronistas todos ellos de la Barcelona real de su tiempo, aquella que no aparece en los folletos turísticos ni en las campañas que nos quiere vender la parada de los monstruos política (así, sin comillas) a la que alimentamos.

41YP-OgGIGL._SY445_En No llames a casa -tercera novela de Zanón y la primera que leo-, Bruno, Cristian y Raquel son tres delincuentes de poca monta que se dedican a chantajear con fotos comprometedoras a tipos poco cuidadosos en los encuentros con sus amantes. Un trabajito fácil y de rápidos beneficios que, al tropezarse con Max, uno de sus “clientes”, se complicará de un modo que nunca imaginaron.

Mediante esos personajes, Zanón enfrenta, mezcla e iguala la Barcelona canalla y marginal, la de la prostitución, los tugurios, la droga y la delincuencia, con una más acomodada y “normal”, la de las personas con su piso, su familia y su amante pero con sus propios problemas a cuestas en esta época de crisis, capaces de reaccionar de manera insospechada en función de unas circunstancias que pueden convertirnos en delincuentes sea cual sea nuestro estatus.

Con unos estupendos diálogos, un ritmo muy cinematográfico (al parecer, Daniel Calparsoro está preparando su adaptación) y la incorporación de elementos propios del género negro como cierto aire romántico y ese inevitable destino trágico de los que siempre pierden, No llames a casa nos trae a un escritor al que habrá que seguir muy de cerca, de los que poseen el no tan frecuente arte de crear ambientes y personajes absolutamente vivos y de sabernos contar su historia. 

-No tengo todo el tiempo del mundo. ¿Has traído la pasta?

Javier por fin reaccionó. Volvió la cara hacia Bruno y le miró, pero sus ojos no decían nada, no querían ir más allá de eso, de enfocar al tipo al que le estaba entregando un sobre blanco, mojado por la lluvia, arrugado en uno de sus bordes. Bruno cogió el sobre, lo sopesó y notó que no había mucho ahí dentro.

-¿Cuánto hay, Misterios? No quiero bromas.

Pero Javier, de repente, echó a correr por el andén sin que a Bruno le diera tiempo de retenerlo. Abrió el sobre y, sí, su experiencia le había dicho lo correcto. No había dinero. Solo un papel con HIJO DE PUTA a mano, en azul, pulso firme, tres palabras que eran una concreción de todo lo que quería decirle. Algo breve, que no pudiera ser interrumpido: un escupitajo a los ojos, a la boca de su extorsionador. Javier pasó entre el deficiente y sus libros, el niño y su hermana, la canguro, la madre, y se dirigió hacia las escaleras mecánicas con los faldones de su impermeable a modo de aletas aerodinámicas, negras baratas. Bruno se conjuró para joderle las entrañas hasta que descubrió que la carrera de Javier no iba dirigida hacia donde él suponía.

No lo supo hasta que vio saltar a esa figura como un cuervo desgarbado, un Batman de chiste, a las vías y enfrentarse a los faros encendidos que venían por el túnel. Apenas un suspiro antes de la colisión, Javier se encorvó, se hizo niño, quién sabe si quiso volverse invisible, desaparecer, despertar de su pesadilla o ajustar su cuerpo a toda la maquinaria que, supone, tendrá debajo una de esas máquinas que sirven para trasladar multitudes, desmenuzar suicidas, esconder ratas e indigentes.

Bruno quedó conmocionado unos instantes. Pocos. Miró a su alrededor, por si alguien le estuviera observando, señalándole con el dedo o acercándose para preguntarle por qué Javier el Misterios había querido parar un tren. Pero no había nadie.

Publicada por RBA.

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