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ROSY & JOHN de Pierre Lemaitre

final

Antes de abrirse las puertas del Premio Goncourt en el año 2013 con Nos vemos allá arriba (Au revoir là-haut), ambientada en la Primera Guerra mundial, el escritor parisino Pierre Lemaitre ya era un reconocido y premiado autor de novelas policiacas, varias de ellas protagonizadas por el comandante Camille Verhoeven. Rosy y John (2013), la más breve de la serie con apenas 150 páginas, tiene su origen en un folletín por episodios titulado Les Grands Moyens (2011), un encargo destinado a ser leído en smartphone, lo cual influye ya no solo en su brevedad, sino también en su estructura y en su endiablado ritmo.

En esta ocasión, Verhoeven se enfrenta a un joven que, tras hacer estallar un obús en plena calle, se entrega a la policía y les avisa de que hay otros seis programados para explotar. La condición para señalarles la situación de los obuses, que liberen a su madre, encarcelada por el asesinato de la novia del joven, y que les embarquen en un avión rumbo a Australia tras entregarles cuatro millones de euros. Tras este planteamiento, en el que entramos sin prolegómenos de ningún tipo, la novela nos mete de cabeza en una frenética carrera contra el reloj con sorpresas a cada vuelta de página, en la que John manipula a la policía y Lemaitre a nosotros en un juego del ratón y el gato que va sembrando dudas en torno a las intenciones reales del detenido.

Sin florituras estilísticas ni digresiones innecesarias que entorpezcan su ritmo, Rosy y John es una estupenda lectura para una noche veraniega de insomnio que además -cosa que, por desgracia, no siempre sucede en el género- nos reserva un magnífico final a la altura del resto de la novela.

La explosión tiene lugar a cincuenta metros. Por mucho que se lo esperase, le asombra su potencia. Se queda con la boca abierta, y en su rostro se leen a la vez la admiración y la ansiedad.

La detonación abofetea a los clientes del café y hace temblar el suelo como si, bajo sus pies, el metro hubiese sido sustituido de repente por un tren de alta velocidad. Las mesas se tambalean, los vasos vibran y se derraman, y harán falta varios segundos para que las miradas de estupefacción se vuelvan en la dirección correcta. Será en ese mismo instante cuando el andamio se ponga en movimiento para derrumbarse con un terrible estruendo.

El joven se levanta y se marcha sin pagar la consumición, aunque nadie va a reparar en ello. Da unas cuantas zancadas y se dirige al metro, que está lejos.

Llamémosle Jean. De hecho se llama John, pero esa es una larga historia. Se hace llamar Jean desde la adolescencia, ya volveremos a ello más adelante. Por el momento, pues, Jean.

La bomba ha funcionado aceptablemente. Según sus cálculos, es para estar satisfecho. Aunque albergue dudas sobre el alcance final de la operación, tendría que dar sus frutos.

Los supervivientes intentan ayudar a las víctimas. Jean se mete en el metro.

Él no va a ayudar a nadie. Él es quien ha puesto la bomba.

Traducción de Juan Carlos Durán Romero.

Publicada por Alfaguara.

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