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EL FUEGO DE LOS DIOSES (2): de robots silentes a ordenadores que suplican

Como no podía ser de otro modo, el arte cinematográfico -paralelamente a la literatura- ha contribuido decisivamente desde sus inicios a desarrollar la idea de la creación de vida artificial por parte del hombre, moldeándola en imágenes cuando esta todavía era tan solo una mera hipótesis y centrándose enseguida en la posibilidad de que, gracias a la tecnología, seamos capaces, en un futuro que ya es presente, de crear robots cada vez más parecidos a los humanos. Y es que, como es bien sabido, a menudo es la realidad la que imita al arte.

La primera aparición conocida en el cine de algo similar a un robot fue en el cortometraje A Clever Dummy (1917), una comedia en la que un inventor crea un maniquí mecánico a imagen del conserje del edificio en el que vive. Enamorado de la hija del inventor, el conserje suplanta a su doble para poder estar cerca de la chica, lo que provoca divertidos malentendidos.

Más cercana a la ciencia-ficción se encuentra El hombre mecánico (L’uomo meccanico, 1921), una película italiana de la que solo se conservan sus últimos veintitantos minutos. El argumento gira en torno a una banda de delincuentes que asesina a un científico para hacerse con el robot gigante que ha creado y utilizarlo para cometer sus fechorías.

Ambas presencias robóticas no son más que meros antecedentes de María, la mujer artificial creada para suplantar a la líder de un movimiento obrero y servir a los malvados planes de las clases dirigentes; el primer robot verdaderamente relevante de la historia del cine y el primero asociado, como tantas veces después, a una futura sociedad distópica, la que nos mostró Fritz Lang en su obra maestra Metrópolis (Metropolis, 1927), un film espectacular de referencia obligada y que aún en la actualidad resulta sorprendente.

Muchos años más tarde será la ficción televisiva la que dé pasos decisivos respecto a la representación de las relaciones entre el hombre y la máquina de apariencia humana. La canónica serie americana The Twilight Zone, creada por Rod Serling y emitida entre 1959 y 1964, acogerá el tema, ya desde su primera temporada y de manera recurrente, interpretándolo desde diversos puntos de vista. El primer episodio en hacerlo fue el estupendo El solitario (The Lonely, 1959), en el que a un condenado a pasar unos años recluido en un planeta desértico se le concede la compañía de un robot femenino con capacidad de sentir y de enamorarse. Al acabar la condena del preso, las autoridades deberán destruir a la “mujer” que ha hecho mucho más soportable su soledad.

En 1968, el visionario cineasta Stanley Kubrick nos regaló un clásico ineludible de la ciencia-ficción titulado 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odissey), basado en la novela de Arthur C. Clarke. En él aparece uno de los grandes referentes de la inteligencia artificial, una computadora llamada Hal 9000 que intenta hacerse con el control de una nave espacial y eliminar a sus tripulantes. Su desconexión, su agonía, sus súplicas para que le dejen seguir viviendo, más impactantes aún en su voz que en la de cualquier ser humano, suponen todavía hoy uno de los momentos más emocionantes de la historia del cine.

 

El FUEGO DE LOS DIOSES (1): de Prometeo a Frankenstein

En sus diversas y complementarias versiones, el mito nos muestra la doble faceta del titán Prometeo como creador de los hombres, modelándolos con arcilla a imagen y semejanza de los dioses, y como su principal benefactor, al entregarles el fuego robado a Zeus en la mayor de las muchas trastadas que, al parecer, gustaba de dedicarle al padre omnipotente.

Creación de vida, rebeldía ante el poder divino y entrega a la raza humana de la que podría ser considerada como primera forma de tecnología. El mito prometeico, por tanto, como piedra angular, como punto de partida y referente ineludible para uno de los temas más apasionantes, ya sea desde el punto de vista religioso, filosófico, artístico o científico: el ser humano como creador de inteligencia artificial, como creador de vida a su imagen y semejanza capaz de comportarse y reaccionar en según qué situaciones de manera similar a la nuestra. El paso del homo sapiens al homo deus.

…y alegremente dimos muerte a los Dioses.

(Ragnarök, Jorge Luis Borges).

Romanticismo. Época de desafíos, de transgresión de las normas, de abrir las puertas a la imaginación tanto en la vida real como en su representación. El arte se vuelve desobediente, el artista no reconoce autoridad alguna y acoge el mito prometeico como una de sus grandes inspiraciones: Goethe, Byron y Percy Shelley dedican poemas a Prometeo. El cuento y la novela apagan la luz y encienden una vela para dar la bienvenida a la fantasía y al miedo, para indagar en sus límites y en los del hombre como creador. Mary Shelley, esposa del poeta, parte del poema de Milton El paraíso perdido (Paradise Lost, 1667) para dar a luz a su inmortal criatura: en 1818 nace Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus). Con un claro antecedente en la leyenda judía del Golem (siglo XVI), esta celebérrima novela va mucho más allá al contarnos la historia del científico que crea un cuerpo a partir de órganos de cadáveres y le da vida gracias a la electricidad generada por una tormenta. Nuestros miedos, nuestros anhelos y nuestras preguntas reflejados en los de un monstruo que se sabe diferente y que busca, como cualquiera, ser aceptado. El pistoletazo de salida para la ciencia-ficción literaria y para una polémica que llega, y de qué manera, hasta nuestros días.

Aquí estoy, dando forma

a una raza según mi propia imagen,

a unos hombres que, iguales a mí, sufran

y se alegren, conozcan los placeres y el llanto,

y, sobre todo, a ti no se sometan,

como yo.

(Prometeo, J. W. Goethe).

Traducción de Luis Alberto de Cuenca.