Archive for 28 julio 2018|Monthly archive page

LA CICATRIZ (1948) de Steve Sekely

John Alton, autor del libro de referencia sobre la fotografía en el cine Painting With Light (1949), fue uno de los grandes directores de fotografía de la época dorada de Hollywood. De origen húngaro, su trabajo brilló en todo tipo de géneros, especialmente en el noir, donde dio luz a varias obras maestras y a estupendos films no demasiado conocidos como La cicatriz (The Scar), también conocida en Estados Unidos por el título Hollow Triumph. Aquí unió su talento al del director Steve Sekely, también inmigrante húngaro, y al de Paul Henreid, el tercero en discordia en Casablanca (1942), un tipo con talento e inquietudes, mejor actor de lo que se suele reconocer, y que en esta ocasión -no fue la única- ejerció también como productor.

La película nos cuenta la historia de John Muller (Henreid), un delincuente inteligente y con estudios universitarios que nada más salir de la cárcel planea el atraco a un salón de juegos propiedad de un conocido mafioso llamado Rocky Stansyck. El golpe no sale como estaba previsto: la banda de Muller es eliminada y este ha de esconderse de los hombres de Stansyck, que lo buscan para matarlo. Pero un giro de la suerte parece venir en su ayuda. Al ser confundido con un psiquiatra llamado Bartok, de enorme parecido con él, Muller decide asesinarlo y ocupar su lugar, aunque para ello tendrá que hacerse una cicatriz como la que tiene el doctor en la mejilla izquierda. Enamorado de la secretaria de Bartok (magnífica, como siempre, Joan Bennett), decidirá huir con ella; pero a la rueda del destino siempre le gusta juguetear con los personajes del noir antes de llevárselos por delante.

Además de la impresionante fotografía de Alton y de unos estupendos diálogos -guion de Daniel Fuchs a partir de la novela de Murray Forbes, cuyo argumento no es difícil imaginarlo en manos de Hitchcock-, en el film destaca la sobresaliente dirección de Sekely: secuencias como la del atraco o la de la persecución nocturna y planos como el que cierra la despedida de los dos amantes los firmaría cualquier maestro del cine. Todo ello hace de La cicatriz una mayúscula muestra de cine negro, toda una sorpresa situada solo un peldaño por debajo de los mayores exponentes del género.

 

 

 

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FAT CITY de Leonard Gardner

Tully se fue temprano a la cama aquella noche, harto de pollo frito y puré de patatas, y oyendo los ruidos de la calle se dejó llevar con su derrota hacia la oscuridad.

En 1972 se estrenó Fat City, ciudad dorada (Fat City), una de las mejores películas de John Huston para quien esto escribe. Protagonizada por Stacy Keach, en el mejor papel de su vida, Jeff Bridges y Susan Tyrrell, candidata al Oscar a la mejor actriz secundaria por su interpretación, nos mostró sin cortapisas el lado más amargo, cruel y poco romántico de la derrota. Gracias a la realista fotografía de Conrad L. Hall, el film olía a mugre, a sudor, a alcohol, a soledad, a sueños rotos. Y, de propina, nos reservaba una de las escenas finales más hermosas y desesperanzadoras que nos haya dejado el cine.

Ese fragmento tan simbólico, en el que un Billy Tully vencido, sentado a la barra de un bar, contempla su rostro envejecido en un espejo mientras el mundo se paraliza, literalmente, a su alrededor, no aparece en la novela original de Leonard Gardner -se le debió de ocurrir al propio Gardner al escribir el guion o, incluso, a John Huston-, pero sí está en ella todo lo demás, la historia de un exboxeador que va de hotel en hotel, de bar en bar y de trabajo en trabajo, y que decide volver al entrenar para regresar al ring como una forma de no darse aún completamente por vencido, de aferrarse por última vez de manera desesperada, y quizá engañosa, al único sueño que ha dado sentido a su vida. Junto a él, un joven llamado Ernie, en el que Billy se ve reflejado, que empieza a dar sus primeros pasos en el boxeo y que pronto descubrirá que, para la mayoría, la vida real tiene poco que ver con promesas de éxito.

Áspera, cruda, limada hasta despojarla de cualquier adorno innecesario -el propio autor declaró que había depurado las 400 páginas de la primera versión hasta dejarlas en unas 200-, Fat City (1969) es la única novela escrita hasta ahora por Leonard Gardner y una de esas obras maestras de la literatura estadounidense que muestran la otra cara del American Dream. Su inicio ya deja bien a las claras en qué fango nos movemos. Aquí os lo dejo.

Vivía en el Hotel Coma, que tal vez tomaba el nombre de algún fundador de la ciudad -un explorador de California o un pionero- o de algún inmigrante italiano fallecido mucho tiempo atrás que no fundó más que el hotel. Con independencia de a quién conmemorase, el hotel era un monumento mediocre, y Billy Tully no tenía intención de quedarse allí. Seguía guardando la ropa limpia en la maleta que tenía sobre la cómoda, lista para abandonar aquel alojamiento por otro mejor a las primeras de cambio. A lo largo del año y medio transcurrido desde que le dejó su mujer había vivido en cinco hoteles. Observó desde la ventana el raquítico horizonte de Stockton -una ciudad de ochenta mil habitantes rodeada por pantanos, riachuelos y los terrenos cultivados del delta del río San Joaquín-, una vista de edificios de oficinas, chapiteles, chimeneas, torres de agua, tanques de gas y tejados bajos de residencias que se alzaban entre árboles sin hojas en medio de calles completamente planas. Desde su ventana veía hombres entrar y salir de bares y licorerías, cafés, tienda de segunda mano y hoteles sin ascensor. Unas palomas del color mismo de las calles picoteaban en las canaletas, volaban entre edificios, iban de cornisa en cornisa y arrullaban en el alféizar de Tully. Su habitación era alta y estrecha. Marcas de cabezas grasientas oscurecían el papel pintado entre los barrotes del cabecero de la cama. La persiana estaba hecha trizas, la bombilla apenas daba luz y los vecinos parecían sufrir todos alguna afección pulmonar.

Traducción de Rubén Martín Giráldez.

Publicada por Underwood.

CUANDO SIENTO EL TEMOR DE QUE MI VIDA ACABE de John Keats

                  Here Lies One

    Whose Name Was Writ in Water

Este precioso epitafio está escrito en la tumba del gran poeta romántico John Keats, situada en Roma, donde vivió los últimos años de su corta vida. En la capital italiana, junto a la Piazza di Espagna, se puede visitar la casa donde vivió, convertida en museo dedicado a su obra y a la de su contemporáneo y admirador Percy Shelley, quien le dedicó la elegía Adonaïs (1921).

Aquí os dejo, en inglés y en castellano, uno de mis poemas preferidos de “alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. La traducción es de Alejandro Valero para el libro Odas y sonetos, publicado por la editorial Hiperión (nombre que corresponde, por cierto, al título de uno de los poemas extensos de Keats). Como curiosidad, el poema es recitado en una escena de La piel fría (Cold Skin, 2017), de Xavier Gens, adaptación más que correcta de la estupenda novela homónima de Albert Sánchez Piñol.

Cuando siento el temor de que mi vida acabe

sin que mi pluma espigue mi fecundo cerebro,

sin que pilas de libros con caracteres guarden,

como ricos graneros, el grano madurado;

cuando observo en el rostro de la noche estrellada

vastos, nublados símbolos de un romance sublime,

y pienso que no pueda vivir para rastrear

sus sombras con la mano mágica del destino;

y cuando siento, hermosa criatura de un instante,

que ya nunca podré volver a ver tu imagen,

ni disfrutar tampoco del poderío idílico

del amor instintivo; entonces, en la orilla

del ancho mundo quedo solitario, y medito

hasta que amor y gloria naufragan en la nada.

When I have fears that I may cease to be

Before my pen has gleaned my teeming brain,

Before high-pilèd books, in charactery,

Hold like rich garners the full-ripened grain;

When I behold, upon the night’s starred face,

Huge cloudy symbols of a high romance,

And think that I may never live to trace

Their shadows, with the magic hand of chance;

And when I feel, fair creature of an hour!

That I shall never look upon thee more,

Never have relish in the faery power

Of unreflecting love ! – then on the shore

Of the wide world I stand alone, and think

Till love and fame to nothingness do sink.

 

 

LA LLAMADA (1965) de Javier Setó

Durante su visita a un cementerio, una pareja de jóvenes enamorados, Pablo y Dominique, se jura que si uno de los dos muere, el otro volverá del más allá para continuar su amor eternamente. Días después, ella toma un vuelo que sufre un accidente en el que no hay supervivientes, pero aparece negando haber muerto. El novio comienza entonces una investigación que lo llevará a conocer la terrible verdad de su novia y de su inquietante familia.

Increíble e injustamente olvidada, La llamada es una de las propuestas más a contracorriente del cine de terror, y del cine en general, rodadas en nuestro país. Protagonizada por Emilio Gutiérrez Caba y la actriz belga Dianik Zurakowska, y con estupendos secundarios como Carlos Lemos y Paco Morán, la película nos sitúa en un Madrid fantasmal -estupenda fotografía en blanco y negro de Francisco Sánchez- en el que se dan cita el mundo de los vivos y el de los muertos para mostrarnos, como pocas veces ha hecho nuestro cine, todo el imaginario de la literatura romántica y gótica, el que disfrutamos en los relatos de Bécquer o Edgar Allan Poe. Sin estridencias ni sustos facilones, gustará sobre todo a quienes busquen en el género una elegante puesta en escena con imágenes sugerentes.

Advertencia: al ser una coproducción entre España y Estados Unidos, en Internet circulan dos versiones. La americana se titula The Sweet Sound of Death y tiene un metraje un poco más largo.

EL INCIDENTE (1967) de Larry Peerce


Una de las mayores satisfacciones que puede llevarse un aficionado al cine es toparse, por pura casualidad, con una película de la que no había oído hablar, de un director al que no conocía, y descubrir que no solo es entretenida, como cabía esperar por su argumento, sino que se trata de un peliculón en toda regla. Este es el caso de El incidente (The Incident), de un tal Larry Peerce, una gran sorpresa ya desde su primera secuencia, en la que brillan especialmente la fantástica fotografía en blanco y negro de Gerald Hirschfeld y la planificación de Peerce y en la que se nos muestra a un par de jóvenes de juerga etílica (estupendos Martin Sheen y Tony Musante), aburridos y hastiados, que no encuentran nada mejor que hacer para huir de sus frustraciones que asaltar violentamente al primer incauto que se cruza en su camino. Dos estereotipos que Peerce y el guionista Nicholas E. Baehr utilizarán para tratar la violencia sin sentido presente en la sociedad y cómo reaccionamos ante ella.

Tras este magistral inicio, la cinta nos presenta al resto de personajes que completarán el drama, cada uno con su carácter, sus prejuicios y sus neuras, solitarios o en pareja, personas anónimas que, como cada noche, se dirigen al metro. En un mismo vagón, coincidirán con los dos delincuentes, dispuestos a continuar su particular noche de violencia, convertidos en un mero vehículo para que el resto de pasajeros muestren realmente su verdadera personalidad, para que las máscaras caigan ante una situación inesperada y extrema. Cobardía, egoísmo, hipocresía, racismo… Los personajes se ven reflejados en un espejo que les devuelve su imagen deformada y en el que también nos vemos nosotros, los espectadores, transformados en protagonistas a los que la cámara subjetiva sitúa en primera persona ante la amenaza, preguntándonos qué haríamos en esa situación.

Con una Thelma Ritter desaprovechada, pero cuya presencia siempre se agradece, y un estupendo Beau Bridges como rostros más conocidos, El incidente nos regala un fascinante estudio sobre la sociedad y la violencia, servido mediante una sorprendente lección de ritmo narrativo y de puesta en escena en un espacio reducido y cerrado, que me recuerda a dos obras maestras como Doce hombres sin piedad (12 Angry Men, 1957), de Sidney Lumet, y Funny Games (1997), de Michael Haneke. No anda muy lejos de ellas.

LA CASA DE LOS NOMBRES de Colm Tóibín

Como ya hicieran Eugene O’ Neill en A Electra le sienta bien el luto (Mourning Becomes Electra, 1931), Jean-Paul Sartre en Las moscas (Les mouches, 1943) o Álvaro Cunqueiro en Un hombre que se parecía a Orestes (1969), el estupendo escritor Colm Tóibín recupera para su última novela la historia protagonizada por Orestes, Clitemnestra, Electra, Ifigenia, Agamenón y Egisto. A partir de las diferentes versiones escritas por Sófocles, Esquilo y Eurípides, La casa de los nombres (House of Names, 2017) nos vuelve a situar ante una literatura que, en principio, les puede parecer ajena a muchos lectores, pero que sigue estando en los cimientos de buena parte de la ficción contemporánea.

Crimen, venganza, sexo, adulterio, el poder, el destino marcado, los fantasmas de la conciencia… Con una prosa sencilla, poderosa y poética, Tóibín actualiza la tragedia griega, la madre de las obras de Shakespeare, la abuela de películas como El padrino.

Este es el magistral inicio de la novela, en la voz de Clitemnestra.

Me he familiarizado con el olor de la muerte. El olor nauseabundo y dulzón que se coló con el viento en las estancias de este palacio. Ahora me resulta fácil sentirme serena y contenta. Paso la mañana contemplando el cielo y la luz cambiante. El trino de los pájaros se eleva a medida que el mundo se llena de sus propios placeres, y más tarde, al declinar el día, el sonido declina con él y se apaga. Observo cómo se alargan las sombras. Es mucho lo que se ha esfumado, pero el olor de la muerte permanece. Tal vez haya entrado en mi cuerpo y este lo haya acogido como a un viejo amigo de visita. El olor del miedo y del pánico. El olor está aquí igual que el mismísimo aire; retorna igual que retorna la luz de la mañana. Es mi compañero constante; ha dado vida a mis ojos: ojos que se empañaron con la espera y que ya no están empañados, ojos que ahora refulgen de vida.

Ordené que se dejaran los cadáveres a la intemperie, al sol, un par de días, hasta que el dulzor dio paso al hedor. Y me gustaron las moscas que acudieron, sus cuerpecitos perplejos y valientes, zumbando en busca del festín, acuciadas por el hambre incesante que sentían en su interior, un hambre que yo había llegado a conocer y había llegado a apreciar.

Todos tenemos hambre. La comida tan solo azuza nuestro apetito y nos afila los dientes; con la carne nos entran ganas de más carne, de la misma manera que la muerte ansía más muerte. El asesinato nos vuelve voraces, llena el alma de un satisfacción violenta y tan deliciosa que genera el gusto por buscar más satisfacción.

Un cuchillo que, con pericia y precisión, penetra la carne blanda debajo de la oreja y cruza la garganta sigiloso como el sol cruza el cielo, aunque más deprisa y con mayor fervor, y acto seguido la sangre oscura del hombre mana con el mismo silencio inevitable con que la oscura noche cae sobre las cosas conocidas.

Traducción de Antonia Martín.

Publicada por Lumen.