Archive for 28 diciembre 2018|Monthly archive page

HOMBRES IMPRUDENTEMENTE POÉTICOS de Valter Hugo Mãe

Entre las novedades literarias de este año que acaba, una de las más singulares, ya desde su precioso título, es Hombres imprudentemente poéticos (Homens imprudentemente poéticos, 2018), la última novela hasta la fecha de Valter Hugo Mãe. Y utilizo el término “novela” aunque en puridad no se ajuste exactamente a la naturaleza del texto, lo cual puede servir de aviso ya de inicio para muchos navegantes.

Su delgado argumento nos lleva a una aldea japonesa y a la confrontación entre dos de sus vecinos: Itaro, un artesano fabricante de abanicos que vive con su hermana ciega, Matsu, y con su criada, Kame, y Saburo, un alfarero que cuelga el kimono de su esposa, asesinada al parecer por un espíritu, en el espantapájaros de su jardín para que, de algún modo, continúe acompañándolo. El odio entre ambos hombres y el deseo de verse muertos será el núcleo de esta novela protagonizada en realidad por la magia, las creencias, los rituales y la belleza del Japón tradicional.

Encabezada por una cita del gran escritor Yasunari Kawabata y dedicada a los cineastas Yasujiro Ozu y Hayao Miyazaki, Hombres imprudentemente poéticos es una extraordinaria obra escrita a contracorriente, ajena a modas o escuelas, en la que la sintaxis, la significativa ausencia del adverbio “no”, las sugerentes expresiones y palabras y sus hermosas connotaciones consiguen unir sutilmente prosa y poesía hasta hacerlas inseparables, como si fueran un mismo género.

Sospecho que estamos ante una novela que, al menos en nuestro país, no encontrará demasiados lectores y que, probablemente, su autor sea consciente de ello; sospecho que Valter Hugo Mãe también sea, en cierto modo, un hombre imprudentemente poético.

Para sentir la ilusión de algún alivio, Matsu comenzó a contar historias tontas acerca de la vecindad. Escuchaba las conversaciones de quienes pasaban por el camino. En algunas ocasiones, abandonaban su recorrido e iban a saludarla, elogiando sus maneras recatadas al sol. Y la joven reconocía las voces y los olores, la pisada e incluso el sonido de los tejidos mejores y peores. Por el sonido, Matsu distinguía a las personas y las memorizaba sin confusión. Por simpatía, a las pocas personas de la comunidad les gustaba alegrar a la joven ciega, contándole tan solo peripecias simpáticas, aventuras y asombros cómicos que servían de ayuda para cargar con la oscuridad. Por la noche, sin ignorar lo terrible de la vida pero queriendo a su vez alegrar a su hermano y a su madre de cerca, Matsu hablaba, a menudo inventando versiones propias de los rumores más simples, otorgándoles mayor grandeza y mayor interés. Lentamente, por afecto, el artesano Itaro y la señora Kame se entregaban a la satisfacción de aquel instante. Podía ocurrir que protestasen por la difícil verosimilitud de los relatos, podía ser que añadiesen datos que ellos habían escuchado durante los breves descansos de su trabajo, o podía pasar que tan solo riesen. Estaban vivos y juntos, pensaban. Estaban vivos y juntos. La felicidad podía ser aquello. Matsu, por incapacidad de contenerse, decía aquello mismo: la felicidad está en la atención a un detalle. Como si el resto se ausentase para admitir la fuerza de un instante perfecto.

Traducción de Martín López Vega.

Publicada por :Rata_

BERGMAN, SU GRAN AÑO (2018) de Jane Magnusson

El 2018 cinematográfico ha sido, por encima de todo, el “año Bergman”, el del centenario del nacimiento de un genio sueco que para algunos sigue siendo el paradigma de cineasta peñazo -sospecho que la mayoría de los que piensan así no ha visto ni media película suya- y para otros es uno de los directores que mejor y más intensamente han mostrado en la pantalla la soledad, la duda, el odio, el deseo o el miedo a la muerte y uno de los mayores creadores de imágenes que nos haya dado el arte del siglo XX.

Uno de los actos conmemorativos de su centenario ha sido el estreno del estupendo documental Bergman, su gran año (Bergman – ett år, ett liv), que nos presenta tanto la visión del mito reverenciado por su cine y su teatro como la sincera y nada complaciente del ser humano complejo y contradictorio. Compuesto por escenas de algunas de sus películas, momentos de rodaje y entrevistas tanto al propio Bergman como a familiares, colaboradores y otros cineastas admiradores de su obra, el film de Magnusson repasa la vida y la filmografía del controvertido realizador tomando como epicentro el año 1957, en el que su personalidad, sus relaciones, su pensamiento y hasta su propia biografía comienzan a verse reflejados en sus películas y en el que, incluso enfermo del estómago, experimenta una frenética actividad creadora que lo lleva a montar dos espectáculos teatrales, a dirigir televisión y a estrenar dos obras maestras como El séptimo sello (Det sjunde inseglet) y Fresas salvajes (Smultronstället). Dos horas imprescindibles para los seguidores de Bergman; dos horas de frenesí cinéfilo que ojalá fueran cuatro.

 

 

MEURTRE EN 45 TOURS (1960) de Étienne Périer

Quien haya leído Las diabólicas (Celle qui n’était plus, 1952) o De entre los muertos (D’entre les morts, 1954), o haya visto las respectivas adaptaciones al cine de Clouzot y de Hitchcock, ya sabrá que las historias escritas por Pierre Boileau y Thomas Narcejac nos aseguran entretenimiento, sorpresas constantes, misterio, asesinatos y, a menudo, la presencia de algún supuesto difunto que en lugar de descansar tranquilamente se empeña en seguir amargando la vida a los vivos. Pues todos esos elementos los volvemos a encontrar en la muy desconocida película de Étienne Périer Meurtre en 45 tours, adaptación de la novela À coeur perdu (1959).

Su argumento gira en torno a un triángulo amoroso compuesto por un famoso compositor de canciones (Jean Servais), su esposa e intérprete de sus éxitos (Danielle Darrieux) y el joven amante y pianista de ella (Michel Auclair). El marido, consciente de que lo engañan, juega abiertamente al ratón y al ratón con la pareja de amantes exponiéndoles cínicamente su adulterio y la posibilidad de que lo quieran ver muerto. Poco después, sufre un accidente de carretera y su cadáver, a pesar de que ha quedado terriblemente desfigurado, es reconocido tanto por su mujer como por el dueño de la discográfica, pero les extraña que su inseparable perro, que iba con él en el coche, haya desaparecido. Días más tarde, la viuda recibe una grabación con la última composición de su marido y un mensaje grabado con su voz. Comienzan entonces las sospechas de que en realidad no ha muerto y de que quiere aterrorizarlos y acabar con ellos.

Desgraciadamente, este asesinato a 45 revoluciones no es una obra maestra esperando a ser (re) descubierta -huelga decir que Périer no es ni Clouzot ni, faltaría más, Hitchcock-, ya que tanto a la construcción de los personajes como a la puesta en escena les faltan un par de peldaños para jugar en primera; pero como no solo de obras maestras vive el cinéfilo y las comparaciones, ya se sabe, son odiosas y castradoras, quien se anime a verla se encontrará con las imponentes  presencias de Danielle Darrieux y Jean Servais, con la gran fotografía de Marcel Weiss -magistral, sobre todo, la escena onírica- y, en fin, con un estupendo divertimento, repleto de tensión, pistas falsas y giros de guion que juegan con el espectador tanto como el argumento con sus personajes, merecedor de ser rescatado del olvido.

 

 

DRÁCULA (1979) de John Badham

Exceptuando el Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922) de Murnau, mi adaptación al cine preferida de las andanzas del chupasangre creado por Bram Stoker es el Drácula (Dracula) de John Badham, a pesar de que elimina una de mis partes preferidas de la historia, la que le sirve de prólogo y que narra la visita de Jonathan Harker al castillo del conde. Inspirada, como la versión de Tod Browning de 1931, más en la obra de teatro escrita por Hamilton Deane en 1921 y revisada por John L. Balderston en 1927 que directamente en la novela, se aleja completamente de la visión del personaje ofrecida por la Hammer y supone un claro precedente y referente de la de Coppola.

En toda la extensión del término, el film de Badham probablemente sea el más romántico de todo el ciclo vampírico. Por un lado, la iconografía y la atmósfera propias del Romanticismo están presentes a lo largo y ancho de la película y son parte primordial de la visión adoptada de la historia; por otro, más allá del elemento terrorífico, aquí prima la historia de amor entre Lucy (Kate Nelligan) -de manera caprichosa, los nombres de los personajes femeninos, Lucy y Mina, están intercambiados con respecto a la novela y a otras versiones- y el conde (Frank Langella), personaje retratado de manera mucho menos monstruosa que en otras ocasiones y al que la propia Lucy llega a definir como “el más solo y cariñoso de los hombres”. En este aspecto, destaca tanto la arriesgada puesta en escena de Badham, con momentos casi oníricos como la cena de los dos enamorados en la residencia del conde o el plano teñido de rojo pasión y sangre en el que consuman su amor, como la estupenda música de John Williams, uno de sus mejores trabajos en mi opinión.

Pero, lógicamente, la película no se olvida del género al que pertenece y nos ofrece también varios fragmentos magníficos de puro terror, desde sus primeras imágenes, que muestran la llegada a la costa inglesa del barco que transporta a Drácula y el salvaje asesinato de la tripulación, pasando por la secuencia en que una Mina ya poseída atraviesa una de las ventanas del sanatorio mental tras asesinar al bebé de una de las enfermas y la que nos muestra el enfrentamiento con su padre, el profesor Van Helsing (Laurence Olivier), hasta el formidable y sorprendente final, posiblemente el más poético y ambiguo de todas las versiones y el momento más singular de una adaptación del mito hoy demasiado olvidada y que quizá habría sido aún mejor filmada en blanco y negro, como tenía previsto originalmente Badham.