DIARIO DE UN DESESPERADO de Friedrich Reck

Mi vida en esta ciénaga pronto entrará en su quinto año. Desde hace más de cuarenta y dos meses pienso odio, me acuesto con odio, sueño odio para despertar con odio: me asfixia verme prisionero de una horda de monos perversos, y me devana los sesos el eterno enigma de este mismo pueblo, que hace unos años velaba tan celosamente por sus derechos y que de la noche a la mañana se ha hundido en este letargo, en el que no solo tolera el dominio de los inútiles de ayer, sino que además, para colmo de vergüenza, ya no está en condiciones de percibir como ignominia su propia ignominia.

 

Estas palabras pertenecen al Diario de un desesperado (Tagebuch eines Verzweifelten), escrito entre mayo de 1936 y octubre de 1944 por Friedrich Reck y publicado por primera vez en 1947. Conservador, monárquico, clasista, poco amigo de la democracia, amante de la naturaleza y enemigo de la mecanización de la sociedad, Reck ya había dejado clara su postura contraria al nazismo en otra obra titulada Historia de una demencia colectiva (Bockelson. Geschichte eines Massenwahns, 1937) -que fue inmediatamente secuestrada por el gobierno-, en la que establecía un paralelismo entre la locura que se estableció en 1534 en la ciudad de Münster, donde los habitantes sucumbieron ciegamente al control de los predicadores anabaptistas encabezados por Johann Bockelson, y la que se adueñó de toda Alemania bajo el régimen nazi; pero es en su diario donde podemos acceder de manera definitiva a sus nada ambiguas opiniones en torno al tema.

A lo largo de sus páginas, Reck desprecia e insulta sin contemplaciones tanto a Hitler -al que llega a calificar de “aborto hecho a base de basura y estiércol”- y sus secuaces como a sus conciudadanos cómplices, a la “masa” que se ha dejado lavar el cerebro por las falsas promesas de una banda de gánsteres con delirios de grandeza, haciendo hincapié en la colaboración y abnegación de determinadas clases sociales y en las causas por las que sus país ha llegado a esta situación. A pesar de que sus ideas en relación con otros temas no serían precisamente populares actualmente, resulta inevitable admirar la firmeza de sus argumentos y la clarividencia con que prevé, con años de antelación, el fin de los verdugos y la derrota de Alemania, de los que no pudo ser testigo al morir, víctima del tifus, en el campo de concentración de Dachau en febrero de 1945.

El siguiente fragmento pertenece a la entrada del 11 de agosto de 1936. En él, Reck narra un encuentro casual con Hitler y la posibilidad que tuvo de matarlo.

Volví a verlo de cerca una vez más. Fue en aquel otoño de 1932, cargado de presagios, en el que Alemania empezó a tener fiebre. Friedrich von Mücke y yo estábamos cenando en la Osteria Bavaria de Múnich cuando él -por otra parte solo, sin su Guardia de Corps habitual- entró en el local y tomó asiento en la mesa de al lado. Allí estaba, convertido entretanto en un hombre poderosísimo en Alemania… y allí, sentado, se sintió observado y criticado por nosotros, muy incómodo, motivo por el cual adoptó enseguida el gesto obstinado de un pequeño funcionario que ha entrado en un local normalmente inaccesible para él, pero que, una vez ha tomado asiento, exige a cambio de su buen dinero “que le sirvan y traten igual de bien que a esos distinguidos caballeros de ahí”.

Sí, allí estaba sentado, un Gengis Khan vegetariano, un Alejandro abstemio, un Napoleón sin mujeres, una miniatura de Bismarck que habría tenido que guardar un mes de cama si se hubiera visto forzado a tomar aunque solo fuera uno de los desayunos del viejo Canciller de Hierro…

Yo había venido en coche a la ciudad y, por aquel entonces, en septiembre de 1932, como las carreteras eran ya bastante inseguras, llevaba encima una pistola lista para disparar; en aquel local casi vacío habría podido hacerlo, sin más.

Lo habría hecho, si hubiera sabido el papel que iba a desempeñar ese puerco, y los años de sufrimiento que nos esperaban. Por aquel entonces, no lo consideraba más que un personaje de revista satírica, y no disparé. Tampoco habría servido de nada, porque el Consejo del Altísimo ya había decidido nuestro martirio, y si entonces lo hubieran atado a las vías del tren, el vertiginoso expreso habría descarrilado antes de alcanzarlo. Hoy se oye hablar de muchos atentados que estaban destinados a él, y todos fracasaron. Así será, y tendrá suerte hasta que llegue su hora. Cuando esta haya llegado, la perdición irá arrastrándose hasta él desde todos los rincones…, incluso desde rincones en los que él nunca ha pensado.

Traducción de Carlos Fortea.

Publicado por editorial minúscula.

 

 

 

 

 

 

 

 

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