EL HOMBRE QUE CAYÓ EN LA TIERRA de Walter Tevis

Era humano, pero no propiamente un hombre. También, como el hombre, era susceptible al amor, al miedo, al intenso dolor físico y a la compasión de sí mismo.

A estas alturas cualquier lector sin (demasiados) prejuicios sabe que tras la etiqueta «de género» podemos encontrar tan buena literatura como en las novelas que no llevan incorporada dicha etiqueta y que tienen más facilidad para ganarse el prestigio académico. Aunque a sus autores difícilmente les vayan a dar un Nobel, las obras maestras del wéstern, el policíaco, el terror o la ciencia-ficción, cada una con sus señas de identidad propias y tan reconocibles para sus aficionados, nos han hablado de los mismos temas que sus hermanas «más importantes» y lo han hecho con la misma intensidad y la misma belleza. Como siempre, todo depende del talento de quien se ponga a ello. Paradógicamente, en un arte mucho más joven como es el cine, hace ya tiempo que se sabe que las grandes películas de Ford, Mann o Hitchcock no son solo meros entretenimientos y que han de analizarse con la misma profundidad que las de Bergman, Fellini o Dreyer.

En El hombre que cayó en la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1963), el gran Walter Tevis nos contó la historia del extraterrestre, procedente del planeta Anthea, Thomas Jerome Newton, uno de los personajes más fascinantes de la ciencia-ficción. Tras una devastadora guerra en su planeta, Newton, de apariencia y sentimientos prácticamente humanos, aterriza en la Tierra con el objetivo de conseguir dinero para construir una nave en la que transportar a nuestro planeta a los pocos antheanos sobrevivientes. Gracias a su inteligencia superior, creará inventos revolucionarios que le harán ganar una gran fortuna, destinada a llevar a cabo sus planes; pero no tardará en darse cuenta de que tendrá que pagar un gran peaje por convertirse en un hombre.

Con este argumento, es lógico que encontremos la novela en la estantería de la ciencia-ficción, pero El hombre que cayó en la Tierra es muchísimo más que eso. Es un texto ambiguo -desde su mismo título, mucho menos simple de lo que parece-, alegórico y conmovedor sobre la ambición y el fracaso, sobre la alteridad y el desarraigo, sobre una sociedad que nos devora y que nos muestra todas nuestras debilidades y, ante todo, sobre la invencible soledad del hombre entre la multitud. Es una obra maestra de la literatura que se sitúa más allá de los géneros y que mal harían dejándola escapar los lectores por la simple razón de no ser demasiado aficionados a las historias con naves espaciales. Una pena que la adaptación al cine que dirigió Nicolas Roeg y protagonizó David Bowie, estrenada en 1976, no estuviera, ni mucho menos, a su altura.

Se contempló a sí mismo largo rato, y luego empezó a llorar. No sollozaba, pero de sus ojos brotaban lágrimas -lágrimas exactamente iguales que las lágrimas de un humano- que se deslizaban por sus enjutas mejillas. Estaba llorando de desesperación.

Después se habló en voz alta, en inglés:

-¿Quién eres tú? -dijo-. ¿Y a qué lugar perteneces?

Su propio cuerpo le devolvió la mirada; pero él no pudo reconocerlo como suyo. Le resultaba extraño y espantoso.

Fue en busca de otra botella. La música se había interrumpido. Un anunciante estaba diciendo: «… salón de baile del Hotel Seelbach en el centro de Louisville, captado para usted en Worldcolor: las mejores películas y revelados en fotografía…». Newton no miró a la pantalla; estaba abriendo la botella. Una voz de mujer empezó a hablar: «Para almacenar recuerdos de las próximas vacaciones, de los niños, de las tradicionales comidas familiares del Día de Acción de Gracias y Navidad, no hay nada mejor que las fotografías en Worldcolor, llenas de resplandeciente vida…».

Y en el sofá, Thomas Jerome Newton yacía ahora bebiendo, con su botella de ginebra abierta, sus dedos sin uñas temblando, sus ojos gatunos vidriosos y mirando fijamente al techo con angustia…

Traducción de José María Aroca.

Publicada por Editorial Contra.

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