EL BOSQUE DEL LOBO (1970) de Pedro Olea

Manuel Blanco Romasanta fue una de las figuras más tristemente famosas de la Galicia del siglo XIX. Asesino en serie y presunto licántropo (o, utilizando el término gallego, lobishome), ha generado leyendas en torno suyo y ha inspirado canciones, libros y, por supuesto películas: en 2004 se estrenó Romasanta, la caza de la bestia, una lujosa producción de conseguida atmósfera pero que no pasaba de ser, a ratos, entretenida; en 1970, la estupenda El bosque del lobo, con guion de Juan Antonio Porto y del propio director, Pedro Olea, inspirado tanto en el folclore generado alrededor del personaje como en la novela de Carlos Martínez-Barbeito El bosque de Ancines (1947).

Su historia nos lleva a una época en la que en los pueblos aún imperaban el fanatismo religioso, las creencias en brujas, demonios y hombres lobo, la pobreza y el analfabetismo generalizado, tiempos en que las gentes se trasladaban a pie de una población a otra y de la misma manera se encargaban de entregar la correspondencia. Es aquí, en esta Galicia rural, donde encontramos a Benito Freire, trasunto de Romasanta, un buhonero que se gana la vida vendiendo su mercancía en aldeas y ciudades y que, digno de la confianza de sus paisanos y conocedor de los mejores caminos para transitar a través de los bosques, acompaña en sus desplazamientos a los incautos viajeros, ignorantes de que Benito sufre desde la infancia un extraño mal que le provoca una especie de ataques epilépticos que lo empujan a asesinarlos.

Tanto film de terror como, en mi opinión, reflejo crítico de una época, según el cual Benito es visto no solo como verdugo sino también como víctima de sus experiencias infantiles, de su miedo cerval al sexo y de las leyendas ancestrales que difunde la ignorancia y en las que cree reconocerse, El bosque del lobo es magnífica por su conseguidísima atmósfera realmente desasosegante, por la concisión tanto de su guion como de la dirección de Olea, que hace un uso magistral de la elipsis y consigue que no sobre un solo plano, que cada escena aporte algo, y por la enorme interpretación del que quizá sea mi actor español preferido, José Luis López Vázquez, uno de los muchos grandes intérpretes españoles que tuvieron que esperar tiempos y papeles mejores para obtener tardío reconocimiento a su talento.

 

 

 

 

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