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LA TIENDA EN LA CALLE MAYOR (1965) de Ján Kadár y Elmar Klos

Eslovaquia, 1942. Segunda Guerra Mundial. En una pequeña ciudad encontramos al carpintero Tono Brtko (impresionante Jozef Króner), que, harto de su mala situación económica y de las quejas de su ambiciosa e insoportable esposa y a pesar de no comulgar con el poder fascista, acepta la propuesta de su cuñado Markus, el principal caudillo local, para quedarse con uno de los comercios que son expropiados a los judíos: la mercería de la viuda Lautmann (igual de impresionante Ida Kaminska), una anciana medio sorda y orgullosa que ni siquiera se ha enterado de las circunstancias que la rodean. Tras aceptar la propuesta de los dirigentes de la comunidad judía de recibir un generoso sueldo a cambio de que la señora Lautmann continúe en su negocio, Tono va cada día a ayudarla y comienza a cogerle cariño; pero cuando llega el día en que los judíos van a ser deportados, tendrá que escoger entre proteger a su nueva amiga o protegerse a sí mismo.

Ambientada en la época en que Eslovaquia era un estado afín a la Alemania nazi gobernado por un partido nacionalista y antisemita, el Partido Popular Eslovaco de Hlinka, liderado por el presidente Jozef Tiso, La tienda en la calle mayor (Obchod na korze), galardonada con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa y una de las grandes obras del cine checoslovaco, tiene uno de sus mayores atractivos en una estructura que la divide en dos partes claramente diferenciadas. La primera, marcada por la comicidad de su protagonista, de sus divertidas borracheras, su imitación de Hitler y su inadaptación a su nueva posición social, nos muestra una ciudad cuyos acomodados habitantes viven plácidamente, ajenos a la realidad de sus conciudadanos judíos, realidad que a los espectadores en ningún momento se nos muestra de manera explícita. La segunda arranca, aproximadamente, con el linchamiento público de un simpatizante y protector de la comunidad semita, amigo de Tono, y desemboca en el sábado en que los judíos son reunidos en la plaza para trasladarlos, engañados, a un campo de concentración, mientras Tono es testigo de la escena encerrado en la mercería junto a su ignorante anfitriona.

El tono distendido ha desaparecido definitivamente. Mientras se emborracha, ahora sin ninguna diversión, nuestro protagonista se debate trágicamente entre entregar a la anciana para salvar el pellejo o esconderla confiando en que las autoridades se hayan olvidado de ella. Y, para mostrárnoslo, Ján Kadár y Elmar Klos filman uno de los fragmentos más terribles e impactantes que nos haya dejado el cine, una larguísima y estremecedora secuencia que nos lleva al auténtico objetivo del film: colocar a Tono, y a nosotros con él, ante el espejo, ante el dilema moral en una situación límite. Quizá el mismo dilema ante el que se encontraron tantos otros durante el terror nazi; quizá los mismos que acabaron por pensar, como insinúa la película, que la armonía definitiva entre las distintas culturas y religiones solo es posible en los sueños.

BAJO CIELOS INMENSOS de A. B. Guthrie, Jr.

De repente, mientras el resto observaba, el indio con el pelo corto dejó escapar un grito y espoleó a su caballo hasta ponerlo al galope directamente hacia ellos. Cabalgaba agachado sobre el caballo, sólo asomaba el borde superior de la cabeza y las piernas a los lados.

Summers se apoyó en una rodilla de nuevo y apuntó con el rifle, y nada parecía moverse en él a excepción del extremo de su cañón, que seguía la trayectoria del jinete. Boone también se había agachado, con el rifle hacia arriba, y miraba las pezuñas extendidas del caballo y los belfos resoplando. Estaría encima de ellos en un segundo. El caballo se ralentizó levemente y la cabeza rapada se movió, y el agujero negro del cañón apuntó al cuello del caballo. El rifle de Summers estalló, y en lo que dura un pestañeo el caballo corría libre, huyendo en círculo y regresando con el resto. El indio se quedó tirado boca abajo. No se movía.

-Ahí va uno para los lobos -dijo Summers. Alargó el brazo y pasó a Boone el rifle vacío y tomó el cargado y disparó-. ¡Carga rápido!

Parafraseando lo que dijo John Ford en cierta ocasión, el tipo de la foto se llamaba A. B. Guthrie Jr. y escribía wésterns. Novelas y guiones, para ser más exactos. Entre los segundos, el más conocido es el de Raíces profundas (Shane, 1953), de George Stevens, a partir de la novela de Jack Schaefer; entre las primeras, Bajo cielos inmensos (The Big Sky, 1947), que inspiró el film de Howard Hawks Río de sangre (The Big Sky, 1952); The Way West (1949), llevada al cine por Andrew V. McLaglen en la no demasiado destacable Camino de Oregón (The Way West, 1967), o These Thousand Hills (1956), que Richard Fleischer convirtió en una película a menudo injustamente menospreciada y que aquí se tituló Duelo en el barro (These Thousand Hills, 1959).

El inicio de Bajo cielos inmensos -de las pocas veces que el título español mejora el original- nos sitúa en 1830. Un muchacho llamado Boone Caudill, harto de soportar a su padre y fascinado por los relatos que ha oído de su tío Zeb Calloway, se escapa de su casa en Kentucky con la intención de encontrar a su tío y emular su vida aventurera. Pronto, en el camino, se encuentra con otro chico, Jim Deakins, y juntos deciden viajar a las zonas inexploradas del oeste. Su aprendizaje a bordo de la barcaza Mandan, que remonta el Misuri para intentar comerciar con los belicosos indios pies negros; su amistad con el experimentado cazador Dick Summers; las luchas con los indios y con la naturaleza salvaje; la caza del búfalo y del castor; las rendezvous que se celebran entre los diferentes grupos de aventureros para comerciar y divertirse, y la relación de ambos con la squaw pies negros Ojos de Cerceta, decisiva en el desenlace, irán desfilando a lo largo de los siguientes trece años y de las quinientas páginas de esta novela portentosa, mientras vemos cómo ambos protagonistas van convirtiéndose, como Summers y el tío Zeb, en auténticos mountain men y cómo el mundo libre y salvaje que conocen comienza a retroceder ante la civilización y el progreso.

Elegía de una época que se acaba, novela iniciática y aventurera, Bajo cielos inmensos es una obra maestra de la literatura wéstern y de cualquier literatura cuyo espíritu, en relación con el cine, debemos buscar más en esa maravilla de William A. Wellman titulada Más allá del Missouri (Across the Wide Missouri, 1951) que en la desangelada, reducida, postiza y edulcorada adaptación de Hawks escrita por Dudley Nichols, en la que no queda ni un atisbo de la riqueza y el atractivo de sus memorables personajes, de la épica y la lírica que desprende a raudales la extraordinaria prosa de Guthrie.

Todavía no había oscurecido tanto como para que Summers no pudiera ver. Boone se llevó la copa a los labios. Sus ojos estaban dirigidos a la lejanía, contemplando el Teton, imaginó Summers, y las montañas y los búfalos, y viendo también a ojos de Cerceta, aunque no hablase de ella. Durante unos segundos Summers también lo vio todo, y sintió que se le encogía el estómago, con el deseo de vivir solo de nuevo, y libre, con el deseo de ver indios con plumas en el pelo y squaws con capas escarlata. Y luego el sentimiento se apagó, dejando una pequeña herida que no le molestaba demasiado si no la apretaba. Ahora estaba demasiado viejo, tenía una mujer blanca y pronto también un bebé, y el ayer ya se había perdido, de alguna manera. Trabajar el campo era la forma de vida más adecuada para él cuando se paró a pensar en ello fríamente.

Traducción de Marta Lila Murillo para Valdemar.