LOS PÁJAROS de Daphne du Maurier

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30303717558Tras adaptar dos de sus novelas en la poco afortunada Posada Jamaica (Jamaica Inn, 1939) y en la espléndida Rebeca (Rebecca, 1940), Alfred Hitchcock regresó al universo literario de Daphne du Maurier con Los pájaros (The Birds, 1963), posiblemente su película más arriesgada y, aún hoy, una de las más singulares de la historia del cine, cuyo guion, escrito por Evan Hunter, cambió personajes, escenario y situaciones, pero conservó intacta la esencia del texto original.

La historia que escribió du Maurier nos sitúa en la campiña inglesa, donde cierto día, al llegar el invierno, los pájaros comienzan a agruparse en enormes bandadas organizadas y a mostrarse agresivos con las personas. Tras un ataque nocturno a su hogar, el granjero Nat Hocken se da cuenta de que no están ante un hecho aislado y, tras reforzar todos los posibles accesos a su casa, decide recluirse en ella junto a su familia. Mientras resisten a duras penas las agresiones cada vez más violentas y suicidas de los pájaros, la radio informa de que la caótica situación afecta a todo el país.

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Publicado en 1952 como parte del libro The Apple Tree, que volvió a publicarse en 1963 con el título The Birds and Other Stories, el relato, de unas treinta páginas, se mantiene como uno de los más fascinantes de su autora, gracias sobre todo a dos aspectos que Hitchcock, cómo no, supo apreciar y conservar al transformarlo en imágenes: la ausencia de molestas conclusiones que intenten explicar la actitud de los pájaros y su final abierto, que consigue prolongar el desasosiego más allá de su lectura.

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Al pasar por el portillo, oyó un zumbido de alas. Una gaviota negra descendía en picado sobre él, erró, torció el vuelo y se remontó para volver a lanzarse de nuevo. En un instante se le unieron otras, seis, siete, una docena de gaviotas, blancas y negras mezcladas. Nat tiró la azada. No le servía. Cubriéndose la cabeza con los brazos, corrió hacia la casa. Las gaviotas continuaron lanzándose sobre él, en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el batir de las alas, las terribles y zumbadoras alas. Sentía sangre en las manos, en las muñecas, en el cuello. Los agudos picos rasgaban la carne. Si por lo menos pudiese mantenerlas apartadas de sus ojos… Era lo único que importaba. Tenía que mantenerlas alejadas de sus ojos. Aún no habían aprendido cómo aferrarse a un hombre, cómo desgarrar la ropa, cómo arrojarse en masa contra la cabeza, contra el cuerpo. Pero, a cada nuevo descenso, a cada nuevo ataque, se volvían más audaces. Y no se preocupaban en absoluto de sí mismas. Cuando se lanzaban en picado y fallaban, se estrellaban violentamente y quedaban sobre el suelo, magulladas, reventadas. Nat, al correr, tropezaba con sus cuerpos destrozados, que empujaba con los pies hacia delante.

Traducción de Adolfo Martín. Publicado por Orbis.

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