LEJOS DEL BOSQUE de Chris Offutt

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Kay se echó a llorar. Los hermanos se marcharon y Gerald se sentó en el sofá junto a ella. Abrazada a las rodillas y mordisqueándose la uña de un pulgar, emitía un jadeo gutural que a Gerald le hizo pensar en los sonidos que se le escapaban en la cama. Extendió la mano para consolarla. Ella se encogió para evitar el contacto, luego se rindió a sus caricias.

-Nadie entiende por qué se fue -dijo Kay-. No había hecho ninguna trastada y no tenía cuentas pendientes con nadie. Nunca dio explicaciones. Cogió y se largó sin más. En otoño hará ya diez años.

9788412220544Si hay algo en literatura que me sigue sorprendiendo, es la gran cantidad de escritores norteamericanos que son maestros del relato corto; en concreto, de ese tipo de relato que en una sola escena, en un diálogo, en una anécdota, con la mayor economía narrativa, es capaz de comunicarnos sobre los personajes, su carácter y su mundo mucho más de lo que nos dicen las palabras.

El último de esos autores que he descubierto es el estadounidense Chris Offutt. De sus obras traducidas al castellano, hasta ahora he leído una estupenda novela titulada Noche cerrada (Country Dark, 2018) y dos libros de relatos: el magnífico Kentucky seco (Kentucky Straight, 1992) y Lejos del bosque (Out of the Woods, 1999), que me parece aún mejor, una obra maestra compuesta por ocho historias cuyos protagonistas van pasando de puntillas por la vida, acostumbrados a sus particulares derrotas y frustraciones y conformes con seguir cargando con ellas, ajenos por completo a las promesas del sueño americano.

El fragmento del inicio y el siguiente pertenecen al relato que da título a la colección, uno de mis preferidos. Su protagonista, Gerald, ha de viajar de Kentucky a Wahoo, Nebraska, para traer de vuelta a uno de los hermanos de su esposa, Kay, al que creen en un hospital herido por un disparo. Al llegar a Wahoo, Gerald se encuentra con que su cuñado ha muerto y decide llevarse el cadáver de regreso a Kentucky en su camioneta.

Se apeó de la camioneta y esperó. Todo seguía igual: la casa, los árboles, la gente. Reconoció las hojas y la silueta de las ramas recortadas contra el cielo. Sabía de qué modo caería la luz y hacia dónde se proyectarían las sombras. El olor del bosque le resultaba familiar. Y sería así siempre. De golpe y porrazo, como si le hubiesen arrojado un cubo de agua, entendió por qué Ory se había largado.

Traducción de Javier Lucini para Sajalín editores.

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