EL ESCAPULARIO (1968) de Servando González

El-escapularioHe tenido ocasión de ver un par de películas del cineasta mexicano Servando González y ambas invitan a seguir revisando la breve filmografía de este director muy poco conocido en España. La primera de ellas y, al parecer, la más prestigiosa de cuantas realizó, Viento negro (1965), es un estupendo drama que transcurre en el seno de un grupo de constructores de una vía ferroviaria en el desierto y que gana muchos enteros en su segunda y despiadada mitad. La otra es El escapulario, un film de corte fantástico con alguna secuencia cercana al terror, acaso más modesto que el anterior pero con algunos lujos por parte de la cámara de González la mar de jugosos.

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En su nocturno inicio, los espectadores acompañamos a un joven sacerdote (Enrique Aguilar) hasta la casa de una anciana moribunda (Ofelia Guilmáin) para darle la extremaunción. Pero antes de morir, la mujer le hace entrega de un escapulario que, según ella, protege de la muerte a quien lo posea e insiste en contarle una historia que tiene que ver con los poderes milagrosos del objeto y con sus cuatro hijos. Comienza así un flashback que nos trasladará a una batalla entre el ejército mexicano y los rebeldes y a una historia de amor entre un modesto trabajador y una muchacha rica y que nos irá desvelando la identidad de los cuatro hermanos y su relación con el escapulario.

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Más allá de un guion que mantiene nuestro interés durante todo el metraje, la verdadera protagonista de El escapulario es la cámara de Servando González, que cuenta con la inestimable ayuda de la fotografía de Gabriel Figueroa, colaborador habitual de Buñuel que también trabajó para otros grandes como Ford o Huston. La planificación del director, repleta de picados, contrapicados, planos subjetivos y composiciones realmente retorcidas, sobre todo en las escenas ambientadas en el frente- cuya impresionante atmósfera puede recordar a algunos relatos de Ambrose Bierce-, quizá nos pueda parecer por momentos gratuita o excesivamente esteticista, pero la imaginación y la brillantez que desprenden resultan, a la postre, fascinantes. Y la secuencia de los ahorcados en el bosque es de las que no se olvidan. Junto a estos alicientes, el sorprendente final, que acaba de colocar al film de lleno en el género fantástico, pone la guinda para que El escapulario merezca ser recuperada, quizá en una doble sesión junto a El helecho dorado (Zlaté kapradí, 1963), de Jirí Weiss, otra película de ambiente mágico e inquietante que a saber si influyó en la cinta de González y en la cual es una camisa bordada por una mujer enamorada el objeto que protege de la muerte.

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