EL ALMA DEL INGENIO. SOBRE WILLIAM SHAKESPEARE de Gilbert K. Chesterton

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Shakespeare es tan grande que oculta Inglaterra.

Parece ser que uno de los propósitos literarios de Gilber Keith Chesterton a lo largo de su vida fue escribir un libro sobre el-alma-del-ingenioShakespeare; por desgracia, nunca llegó a realizarlo. En su lugar, y no es poca cosa, nos han llegado muchos de los artículos que escribió sobre el más influyente de los dramaturgos, recopilados por Dale Ahlquist, presidente de la American Chesterton Society. En España, dicha recopilación se publicó hace un par de meses, bajo el título El alma del ingenio. Sobre William Shakespeare (The Soul of Wit: G. K. Chesterton on William Shakespeare, 2012), y entre mis lecturas de 2022 ocupa con diferencia el primer puesto.

Quienes hayan leído a Chesterton conocen ya la elegancia de su estilo, su lucidez crítica y su sentido del humor. Cuando todo ello se vuelca con pasión para escribir sobre Shakespeare, para analizarlo desde un punto de vista nada académico a menudo a la contra de opiniones establecidas como indiscutibles y siempre atento a la intemporalidad de sus argumentos y sus personajes, solo podemos estar, por supuesto, ante una obra imprescindible, ante un festín de inteligencia literaria en el que uno de los grandes se pone al servicio del más grande.

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Y sin embargo, creo que la obra más grande de todas es aquella en que el trono del destino se ve sacudido por un instante. Creo que la obra más grande del mundo es Macbeth. Creo que Macbeth es la obra suprema porque es la única obra cristiana; y acepto que se me acuse de prejuicio. Pero por cristiano, en este asunto, me refiero a su fuerte sentido de libertad espiritual y de pecado; a la idea de que el mejor de los hombres puede ser tan malo como él quiera. Podemos llamar a Otelo víctima de la suerte. Podemos llamar a Hamlet víctima del temperamento. No podemos llamar a Macbeth víctima de nada más que de Macbeth. Los espíritus malignos lo tientan, pero nunca lo obligan; ni siquiera lo asustan, pues es un hombre muy valiente. A menudo me he extrañado de que nadie haya descubierto el paralelismo tan evidente que existe entre los asesinatos de Macbeth y los matrimonios de Enrique VIII. Los dos eran originalmente hombres valientes y afables; acaso mejores que sus semejantes. Los dos dudaron ante su primer crimen, el primer apuñalamiento y el primer divorcio. Los dos descubrieron el destino que hay en el mal: Macbeth siguió asesinando, y el pobre Enrique siguió casándose. Sólo hay un fallo en el paralelismo: por desgracia para la historia, Enrique VIII no fue depuesto.

Traducción de Aurora Rice para Editorial Renacimiento.

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