Archive for the ‘Cine’ Category

HAMLET (1964) de Grigori Kozintsev

Las dos últimas películas que dirigió Grigori Kozintsev, y las dos que más prestigio le proporcionaron, son sendas aproximaciones al inagotable universo de William Shakespeare. La segunda, El rey Lear (Korol Lir, 1971), es una obra maestra que se queda a muy poca distancia de Ran (1985), de Akira Kurosawa, la mejor adaptación de esta obra en mi opinión. A la primera de ellas, Hamlet (Gamlet), el calificativo “de obra maestra” se le queda pequeño y, desde luego, está a años luz del resto de adaptaciones, incluidas las muy populares de Laurence Olivier y Kenneth Branagh.

Al igual que en su segunda incursión shakespeariana, Kozintsev escribió el guion a partir de la traducción de Boris Pasternak y contó con el compositor Dimitri Shostakovich y con el director de fotografía Jonas Gritsius. Tanto la música como la luz y las sombras, protagonistas, lo cual no es decir poco, al mismo nivel que el texto -pocos cielos se habrán visto en el cine como los filmados aquí por Kozintsev y Gritsius-, envuelven las pasiones de Hamlet (excepcional Innokenti Smoktunovski) y el resto de personajes, los innumerables detalles de la puesta en escena y la danza creada por los majestuosos movimientos de cámara, formando con ellos una sinfonía de imágenes casi fantasmales, una especie de sueño repleto de violencia, locura y muerte cercano, en ocasiones, al terror.

Al igual que hicieran Welles y Kurosawa -o que David Lean lejos de Shakespeare-, Kozintsev es capaz de aunar lo épico y lo lírico, el sentimiento y el espectáculo, lo íntimo y lo público, la caracterización de cada personaje y las consecuencias de sus actos en el desarrollo de la trama y de acogerlos en un envoltorio visual digno compañero de algunas de la más hermosas palabras que se han escrito. Desde la aparición del espectro del padre de Hamlet clamando venganza hasta el encuentro con el sepulturero y la calavera de Yorick, pasando por la representación teatral, a instancias de Hamlet, del crimen perpetrado por el rey Claudio o por el suave movimiento de cámara que nos guía hasta el cadáver de Ofelia bajo las aguas, el Hamlet de Kosintsev es una sucesión de planos de inacabable belleza que por sí solos podrían explicar por qué el cine es un arte.

CANOA (1976) de Felipe Cazals

La noche del 14 de septiembre de 1968, en plena época de manifestaciones estudiantiles y persecución de todo lo que oliera a comunismo en Méjico, cinco trabajadores de la Universidad de Puebla llegaron bajo un fuerte aguacero al pueblo de San Miguel Canoa, dispuestos a escalar el volcán La Malinche. La tormenta los obligó a posponer sus planes para el día siguiente y a pedir cobijo a los lugareños para pasar la noche, pero se encontraron con una negativa general, incluido el cura; solo uno de los habitantes, enfrentado a la mayoría de sus vecinos y, especialmente, al párroco, consintió en recibirlos en su casa. Lo que siguió fue una noche infernal en la que la mayor parte de la población, convencida por el cura de que los cinco jóvenes eran estudiantes comunistas que venían a colgar su bandera y a repartir propaganda, invadió la casa de su vecino, que resultó asesinado junto con su hermano, y linchó a los cinco excursionistas. Dos murieron y los otros tres, muy malheridos, consiguieron sobrevivir gracias a la tardía intervención de la policía.

Ocho años después de este suceso, cuyos principales instigadores nunca fueron juzgados, se estrenaba Canoa, galardonada con el Oso de Plata del Festival de Berlín. Escrita por el crítico de cine Tomás Pérez Turrent -su debut como guionista- y dirigida con mano maestra por Felipe Cazals, una película angustiosa y terrible que es tanto una crónica y una denuncia de los hechos ocurridos aquella noche como un thriller y hasta un ejercicio de terror absoluto, apoyándose en una estructura y un montaje que alternan ambos aspectos.

Así, mientras la narración de los sucesos nos lleva de la mano a través de una noche fantasmal repleta de violencia y sinsentidos; con una secuencia, la de los chicos charlando en la casa sin sospechar -el espectador sí lo sabe- lo que está a punto de ocurrir, que es una lección de suspense puro, las intervenciones de uno de los lugareños -una especie de maestro de ceremonias, casi a la manera de Henry Hill (Ray Liotta) en Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese- mirando a la cámara, a nosotros, para ir explicándonos el contexto en el que se desarrolló el linchamiento, o la entrevista con el cura, auténtico controlador de la vida social y económica del pueblo y del fanatismo de sus feligreses, interrumpen drásticamente el terror para recordarnos que no estamos ante una ficción de género y recuperemos la perspectiva.

Crítica feroz pero objetiva, sin caer nunca en sentimentalismos panfletarios, de la (in)justicia, la manipulación y el fanatismo, Canoa es un film incomodísimo que, por un lado, nos tira a la cara un capítulo de la historia negra de la humanidad y, por otro más cinéfilo, nos puede recordar películas como La jauría humana (The Chase, 1966) de Arthur Penn o Perros de paja (Straw Dogs, 1971) de Sam Peckinpah, por no hablar de todo el cine de terror que sigue el modelo ya tan trillado según el cual un grupo de inocentes jóvenes se va de excursión y, sin comerlo ni beberlo, se topa con el infierno. La diferencia es que en este caso el infierno fue real.

 

 

 

 

 

 

LLUEVE SOBRE MI CORAZÓN (1969) de Francis Ford Coppola

Llueve sobre mi corazón (The Rain People) es la última y la mejor de las pequeñas películas que realizó Francis Ford Coppola antes de pasar a la historia del cine con mayúsculas con El padrino (The Godfather, 1972), y en ella aún quedan patentes su gusto y admiración, compartidos por la mayoría de sus compañeros de generación, por un cine europeo en el que los directores contaban historias sencillas de manera muy personal y con total libertad, en el que director era el autor de la película. Trasladando esto a las ciudades y carreteras de Estados Unidos, Coppola escribe y dirige un film protagonizado por personajes abandonados que navegan a la deriva y que bebe claramente de la multitud de maravillosos relatos que pueblan la literatura norteamericana del siglo XX.

Aquí los personajes son Nat (Shirley Knight), una mujer embarazada que abandona a su marido durante una temporada para sentirse libre y encontrarse a sí misma; Jimmy (James Caan), un autoestopista al que Nat recoge, exjugador de fútbol americano que, por culpa de un golpe en la cabeza sufrido durante un partido, ha perdido parte de sus facultades mentales, y Gordon (Robert Duvall), un policía de tráfico viudo que aún busca a su esposa en otras mujeres y con el que Nat tendrá una fugaz y dramática aventura. Los tres son “gente de lluvia”, the rain people -título y póster, entre mis preferidos del cine-, personas frágiles, desorientadas, que intentan huir de algo o buscan sin saber qué.

Llueve sobre mi corazón no es una obra maestra, pero sí una pequeña joya imperfecta que transpira autenticidad por todos sus poros, una Road Movie triste y desoladora que derrocha cariño por sus personajes y que en su última secuencia, la que transcurre en la caravana de Gordon, guarda fragmentos del cine más hermoso y personal que haya filmado Coppola.

KWAIDAN de Lafcadio Hearn

Escritor británico nacido en Grecia, Lafcadio Hearn pasó buena parte de su vida en Japón. Allí se casó, se nacionalizó japonés, trabajó como periodista y como profesor y se dedicó a estudiar la historia, las costumbres y las leyendas niponas. De las obras que nos legó, quizá la más popular sea Kwaidan (Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things, 1903), una recopilación de cuentos fantásticos en los que los fantasmas son los principales protagonistas: una joven que, antes de fallecer, le promete a su novio que volverá a nacer para casarse con él; un sacerdote que regresa de la muerte convertido en jikininki, un devorador de cadáveres; el espectro de una joven esposa, que vuelve al mundo de los vivos para recuperar una carta comprometedora; la Mujer de Nieve, una bellísima y terrible aparición que perdona la vida a un leñador a cambio de que no revele a nadie que la ha visto…

Mi relato preferido del libro, “La historia de Miminashi-Hoichi”, nos cuenta lo que le acontece a un virtuoso músico ciego: tras ser invitado por los fantasmas de un clan que murió en una famosa batalla a tocar para ellos, el sacerdote en cuya casa vive tendrá que trazar en todo el cuerpo del músico un texto mágico que lo libere del poder de los aparecidos. Por desgracia, se olvidará de pintar el texto en las orejas.

A la hora del crepúsculo, el sacerdote y su ayudante desnudaron al trovador y, valiéndose de unos pinceles, le trazaron en el pecho, en la espalda, en los labios, en las manos y en las piernas, en fin, hasta en las plantas de los pies, el texto piadoso del sûtra llamado Han’nya-Shin-Kyo. Cuando terminaron esta operación, el sacerdote dijo a Hoichi:

-Esta noche, poco tiempo después de que yo marche, te irás a sentar en el pórtico, y esperas allí. Probablemente vendrá una voz y te llamará; pero, ocurra lo que ocurra, no contestes ni te muevas. Seguirás sentado y sin hablar, y en actitud meditabunda. Si te agitas o haces algún ruido, serás partido en dos trozos. No temas nada, ni tampoco intentes pedir ayuda, porque ninguna ayuda humana podrá salvarte. Si cumples todas las instrucciones según te las doy, el peligro desaparecerá y no tendrás nada que temer de aquí en adelante.

Traducción de Pablo Inestal.

Publicado por Alianza Editorial.

El cuento de Hoichi y sus pobres orejas es uno de los cuatro del libro que escogió el gran Masaki Kobayashi para adaptarlos al cine. El resultado, conocido en España como El más allá (Kwaidan, 1964), es una de las grandes obras maestras del cine fantástico.

 

 

PYGMALION (1938) de Anthony Asquith y Leslie Howard

La obra de teatro de George Bernard Shaw publicada en 1912, inspirada en el mito clásico de Pigmalión y Galatea y que llevaba implícita la crítica de su autor a lo mal que hablan el inglés los propios británicos, ha conocido dos adaptaciones cinematográficas a su altura. La más conocida, por supuesto, es My Fair Lady (1964), la magistral versión musical de George Cukor que se llevó un saco de Óscars y que fue protagonizada por unos deslumbrantes Audrey Hepburn y Rex Harrison.

No tan famosa, por desgracia, es Pygmalion, una deliciosa comedia romántica y, por momentos, muy loca dirigida por Anthony Asquith y Leslie Howard. El propio Howard interpreta a Henry Higgins, el experto profesor de fonética que le apuesta al coronel Pickering que en seis meses convertirá a la harapienta y vulgar vendedora de flores Eliza Doolitle (Wendy Hiller) en una dama de modales exquisitos y dicción perfecta. Para ello, se la llevará a vivir a su casa, donde la someterá a extenuantes clases tratándola como a un mero objeto de experimentación; pero, al igual que el Pigmalión escultor, acabará enamorándose de la Galatea que ha creado.

Mucho menos lujosa, por descontado, que la posterior versión de Cukor, la de Asquith y Howard emplea la mitad de tiempo en explicarnos la historia gracias a una magistral lección de montaje y elipsis narrativa que nos impide pestañear para no perdernos nada. Junto a esa brillante puesta en escena nada teatral, absolutamente cinematográfica, unos diálogos divertidísimos (Óscar al mejor guion adaptado) dichos a ritmo de ametralladora por un reparto soberbio desde los protagonistas hasta el último secundario, con mención especial para Wilfrid Lawson, que interpreta al aprovechado padre de Eliza. Todo ello para una enorme comedia que merece situarse mucho más cerca, en cuanto a prestigio, de su hermana cantada y en colores.

 

 

LA TORRE DE LOS SIETE JOROBADOS de Emilio Carrere

Junto a los escritores de principios del siglo XX que suelen aparecer en los libros de literatura española, los Unamuno, Machado, Baroja y demás, hubo otros mucho menos populares que dedicaron su pluma a la novela de género, a entretener con tramas fantásticas, a una literatura que, por lo general, nunca ha sido tomada demasiado en serio por estos lares.

Uno de estos autores fue Emilio Carrere, periodista, poeta, novelista y tantas otras cosas cuyo nombre está asociado sobre todo a su novela La torre de los siete jorobados (1924) -aunque, al parecer, buena parte de ella fue escrita, imitando el estilo de Carrere, por el también escritor de tramas fantásticas Jesús de Aragón-, una historia imposible que mezcla lo policiaco con las aventuras, el misterio con el humor: robos, asesinatos, fantasmas, una sociedad secreta de jorobados que practica rituales satánicos y una ciudad de origen hebreo construida bajo los suelos del Madrid más castizo. Literatura de evasión pura y dura pero muy bien escrita -algunos pasajes recuerdan al Quevedo más caricaturista-, que en el país de Gaston Leroux, en el de Conan Doyle o en el de Allan Poe -uno de los ídolos literarios de Carrere- sería probablemente más reconocida.

Verdaderamente, el señor Catafalco tiene una presencia inquietadora. Es alto y escuálido, como una sombra; bajo el arco peludo de las cejas tiene un ojo pequeñito y relampagueante, que contrasta con el otro ojo, dilatado, turbio y alucinador, que se abre como una llaga redonda entre los costurones de su cara fláccida, de un color blanquecino, rodeada de una gran barba negra. Su nariz es un enorme pimiento abatido sobre la boca cárdena, rasgada y burlona como la de una carátula faunesca. Porque su nariz, ¡ah!, es una nariz única en su tamaño, en su forma, en su hediondez. Enorme breva que amenaza desprenderse, calabaza por lo descolorida, excepto en la punta, que ostenta un simpático color de ladrillo; como la de Cyrano, se baña en el vaso cuando liba su dueño feliz, y en su seno un constipado sencillo tiene las resonancias imponentes de una tempestad.

Publicada por Valdemar.

Muchos de los que hemos llegado a la novela y a su autor lo hemos hecho gracias a la adaptación cinematográfica dirigida en 1944 por Edgar Neville, uno de nuestros cineastas más inclasificables y más interesados por el género policiaco. Protagonizada por Antonio Casal, es una hermosa rareza para su época, convertida con el paso del tiempo en película de culto, que traslada estupendamente el ambiente de la novela y que brilla especialmente en las escenas de apariciones fantasmales. Por desgracia, hoy en día resulta demasiado ingenua al eliminar buena parte de los momentos más intensos de la novela y al añadir una meliflua historia de amor inexistente en el original literario, aspectos probablemente ajenos a la voluntad de un director como Neville.

SHURA (1971) de Toshio Matsumoto

También conocido en el mercado anglosajón por los títulos Demons -que sería, aproximadamente, la traducción del título original- y Pandemonium, el film Shura tiene como protagonista a Gengobe (Katsuo Nakamura), un ronin abandonado a los placeres mundanos mientras espera la orden de reunirse con sus antiguos compañeros para llevar a cabo una venganza. Sin apenas datos al respecto, podemos tomar a Gengobe como uno de los legendarios samuráis de Ako; pero el relato que veremos en pantalla nada tiene que ver con la épica histórica, sino con la tragedia personal del protagonista: una geisha llamada Koman (Yasuko Sanjo), de la que está enamorado, elabora un plan junto a su marido y sus amigos para engañarlo y quedarse con su dinero. Deshonrado y puesto en ridículo, Gengobe se convertirá en un demonio sanguinario que dejará de lado cualquier código para asesinar a quienes han arruinado su vida.

Shura está basada en una obra de Nanboku Tsuruya, y no cuesta nada, de hecho, imaginarse su historia, desarrollada casi exclusivamente en interiores, representada sobre un escenario; aun así, la película de Matsumoto es un gigantesco espectáculo cinematográfico que ni siquiera se ve empañado por el montaje vanguardista de algunos planos, muy típico de los 70, que nada bueno aporta. Durante dos y cuarto, la potencia de sus imágenes, exquisitamente planificadas, nos deja hipnotizados contemplando una sinfonía nocturna de violencia, sangre y horror, adornada con elementos oníricos y fantasmales, que siempre, incluso en sus momentos lindantes con el gore o en sus impactantes primeros planos, está dominada por la elegancia y la belleza.

Buena parte de dicha belleza hay que apuntársela a la fotografía en blanco y negro, con pocos blancos y muchos negros, de Tatsuo Suzuki, que hace más que recomendable el visionado en pantalla grande. La oscuridad ya no es aquí solo un componente estético, sino incluso, como pocas veces, un protagonista fundamental de la película, un símbolo en el que solo cabe ya la muerte, que envuelve a unos personajes abandonados para siempre por la luz y del que surgen como trágicos fantasmas shakespearianos dominados por la venganza, el deseo, el engaño o la ambición. Y es que mucho hay del teatro de Shakespeare en esta maravilla del cine inexplicablemente poco conocida.

 

 

 

 

 

 

 

 

47 RONIN. LA HISTORIA DE LOS LEALES SAMURÁIS DE AKO de Tamenaga Shunsui

El relato protagonizado por los 47 ronin (samurái sin señor) de Ako es uno de los hechos más famosos de la historia de Japón. Acaecido en nuestro año de 1703 -era Genroku japonesa-, convertido en leyenda a lo largo de los años por medio de sus muchas versiones y motivo de orgullo para el carácter nipón, ha estado presente en la novela, en el teatro kabuki y en el bunraku y, ya en el siglo XX, en el cine y en el cómic. Popular incluso en Occidente, el mismo Jorge Luis Borges se hizo eco de él en el cuento “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké”, incluido en el volumen Historia universal de la infamia (1935). Fue en dicho cuento, precisamente, donde leí por primera vez sobre la leyenda.

El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal.

La versión novelada de los sucesos que escribió Tamenaga Shunsui, titulada en su edición española 47 ronin. La historia de los leales samuráis de Ako (Iroha Bunko), es quizá la forma literaria más accesible para nosotros de conocer la historia de estos 47 samuráis que esperaron pacientemente casi dos años para, aun conociendo las consecuencias, vengar la muerte de su señor Asano, obligado por las leyes a practicarse el seppuku o suicidio ritual por haber atacado al maestro de ceremonias que lo ofendió y cuyo nombre da título al cuento de Borges; una historia repleta de aventura, tragedia y poesía, marcada por el sentido del honor de unos personajes que, tras consumar su venganza, aceptaron también el castigo del suicidio.

Después, relató brevemente la vida de los cuarenta y siete ronin, deteniéndose a menudo para enjugar las lágrimas de sus mejillas. Su elocuencia emocionó profundamente a los oyentes, quienes, de vez en cuando, dejaban oír piadosas exclamaciones y mojaban sus mangas con el rocío de la pena y la alegría.

Cuando hubo hecho el elogio de todos los mártires, concluyó así su oración:

-El recuerdo de sus sufrimientos, de su heroísmo y su lealtad está grabado en una tablilla de oro, y el roce del tiempo, que casi todo lo borra, no podrá menos que dar más lustre a sus gloriosos nombres.

Traducción de Ángel González y Marián Bango.

Publicada por Satori Ediciones.

La historia de estos 47 vengadores ha conocido, desde los tiempos del cine mudo, muchas adaptaciones a la pantalla, incluida alguna estadounidense que podía haberse quedado en el baúl de los proyectos. El gran Kenji Mizoguchi realizó una de las más conocidas, La venganza de los cuarenta y siete samuráis (Genroku chusingura, 1941), pero no me parece que pueda contarse entre sus mejores películas. De las que he visto, recomendaría 47 Ronin (Chusingura), de Hiroshi Inagaki, un estupendo film que cuenta los hechos básicamente de la misma forma que la novela de Shunsui y que, a pesar de sus tres horas y media, no se le hará nada pesada al espectador habituado al cine japonés clásico.

 

 

VIVIR PARA GOZAR (1938) de George Cukor

Cuando pensamos en nuestras comedias preferidas, supongo que lo habitual es recordar aquellas que más nos han hecho reír; pero como para todo hay excepciones, en mi lista también estaría Vivir para gozar (Holiday), una comedia romántica con la que me río poco pero sonrío continuamente, un homenaje a la elegancia y la inteligencia cuya locura, a diferencia de la de muchas otras screwball comedies, tiene una clara base ideológica y una enorme finalidad crítica, no en vano sus guionistas, Donald Ogden Stewart y Sidney Buchman, eran escritores de izquierdas cuyos nombres fueron incluidos en la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas.

El guion de Vivir para gozar, basado en una obra de teatro de Philip Barry -amigo de Ogden Stewart- que ya había sido llevada al cine en 1930 por Edward H. Griffith, tiene como protagonista a Johnny (Cary Grant), un joven soñador que, a punto de casarse con una chica de la alta sociedad de New York, descubre durante una visita a la mansión en que vive la familia de la novia que tanto esta como su futuro suegro ya le han planificado una vida que consistirá en aburrirse y amasar dinero, con lo que los planes de boda se van yendo poco a poco al traste. Junto a Johnny se posicionarán Linda (Katharine Hepburn) y Ned (Lew Ayres), hermanos de la novia, y el matrimonio Potter (Edward Everett Horton y Jean Dixon), amigos, mentores y casi padres de Johnny. Y, cómo no, entre Linda y Jonny nacerá algo más que una amistad.

Aparte del trabajo de los actores, son dos los aspectos sobresalientes que hacen de esta película una de mis comedias favoritas aunque, insisto, no nos partamos de risa con ella. El primero hay que anotarlo en el haber de Cukor y tiene que ver con la puesta en escena. Demasiado a menudo las películas cuyo germen es una obra de teatro no logran enmascarar su origen, no consiguen el preciso ritmo cinematográfico que les impida resultar acartonadas, estáticas, teatrales en el mal sentido. Cukor -como Hawks, como Mankiewicz- era un maestro a la hora de trasladar el teatro a la pantalla, y aquí consigue que una historia desarrollada en interiores y en muy pocos espacios avance con asombrosa fluidez, sin que apenas reparemos en lo inhabitualmente largas que son muchas de sus escenas.

El segundo aspecto tiene que ver con un guion que entre travesura y travesura de los personajes introduce de forma nada subliminal una mirada ante la vida no precisamente acorde con el capitalismo estadounidense. Y lo hace con una gravedad y hasta una melancolía poco frecuentes en la comedia clásica -basta compararlo con el de una película, curiosamente, del mismo año, la oscarizada Vive como quieras (You Can’t Take it With You) de Frank Capra, con ingredientes similares pero mucho más loca y disparatada, mucho más screwball-, enfocadas sobre todo en los personajes de Linda, una mujer enclaustrada en unas normas que no comparte y sin fuerzas para huir de ellas, y de Ned, un joven alcohólico que recurre a la botella y al cinismo para sobrevivir a su familia. Ambos ven en Johnny una ráfaga de aire fresco que les devuelve algo que creían perdido para siempre y lo acogerán en la habitación en la que pasan la mayor parte del tiempo, el cuarto repleto de juguetes en el que crecieron, símbolo de una inocencia no del todo perdida, un verdadero hogar dentro de una casa que no lo es. El único lugar donde son tan felices como lo somos nosotros en películas como esta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TRAS EL CRISTAL (1986) de Agustí Villaronga

Hace un par de noches vi por segunda vez Tras el cristal. De la primera han pasado más de veinte años, y lo primero que uno piensa al volver a verla, conociendo la tremenda polémica que suscitó en su momento y los problemas que tuvo para llegar a buen puerto en la década de los 80, es si en esta época actual de supina gilipollez el proyecto podría haber salido adelante. Quién sabe. Pero más allá de discusiones éticas sobre su contenido, que poco tienen que ver con el arte, de lo que no me cabe duda es de que sigue siendo la misma estupenda película que vi entonces, de que sus imágenes continúan destilando buen cine por los cuatro costados.

La historia que nos cuenta el film, por si alguien aún no la conoce, gira en torno al doctor Klaus (Gunter Meisner), un médico nazi que realizaba experimentos con niños de los que abusaba sexualmente. Tras un intento de suicidio, se ve obligado a permanecer conectado a un pulmón de acero, bajo los cuidados de su esposa Griselda (Marisa Paredes) y de su hija Rena (Gisela Echevarría). Un día, aparece en la casa un extraño joven llamado Ángelo (David Sust) -personaje que se me antoja casi viscontiniano-, que se ofrece para cuidar al doctor. Pronto sabremos que el muchacho fue una de las víctimas de Klaus y que está dispuesto a ocupar su lugar para revivir las atrocidades que experimentó siendo niño.

Tras el cristal es el primer largometraje de Agustí Villaronga, pero en él ya están presentes, como suele ocurrir en el caso de los verdaderos autores, algunas de las constantes de buena parte de su filmografía: los traumas que causa en la infancia la violencia ejercida por los adultos -tema que quizá en parte le llegue al cineasta por medio de la referencial El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell, y que estará también presente en otras dos grandes películas suyas como son El mar (2000) y Pa negre (2010)-, generadora a su vez de más violencia y de atracción por el mal, y la preocupación por la exquisitez formal, por la elegancia de una puesta en escena que embellezca y a la vez potencie los elementos perturbadores de su cine. Como ejemplo mayor de este segundo aspecto, la larga secuencia del asesinato de Griselda, una maravilla de planificación, tensión y suspense que muestra, en mi opinión, la influencia del cine de Hitchcock -pienso, sobre todo, en Crimen perfecto (Dial M for Murder, 1954)- y del mejor giallo.

Seguramente Tras el cristal no sea una obra maestra porque, como la mayoría de óperas primas por buenas que sean, no llega a ser tan redonda en su conjunto como lo son sus mejores momentos; pero aun así queda como una de las películas más valientes y desasosegantes de una cinematografía que no anda sobrada de joyas del género y como el primer triunfo en la carrera de uno de nuestros más brillantes cineastas, de un artista con un mundo propio y una manera de plasmarlo en la pantalla perfectamente reconocibles.