Archive for the ‘Cine’ Category

HÔTEL DU NORD (1938) de Marcel Carné

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hotel-du-nord-movie-poster-1938-1020242400Dos jóvenes amantes, Renée (Annabella) y Pierre (Jean Pierre Aumont), alquilan una habitación en el Hôtel du Nord con la intención de suicidarse. Según lo previsto, Pierre dispara a su novia, pero después es incapaz de seguir con el plan y huye ante la presencia de Edmond (Louis Jouvet), un matón y proxeneta que se aloja en el hotel y que ha acudido al oír el disparo. Arrepentido de su cobardía, acaba entregándose a la policía.

Trasladada a un hospital, Renée sobrevive y es contratada como camarera en el hotel. Su presencia altera la rutina de los clientes y pronto empiezan a surgirle pretendientes, pero ella sigue enamorada de Pierre y comienza a visitarlo en la cárcel, aunque este, en un principio, la rechaza. Este hecho hace que Renée se plantee cambiar de vida por completo y acceda a huir con Edmond, a quien buscan unos antiguos socios para eliminarlo por haberlos traicionado, pero en el último momento se arrepiente y decide esperar a Pierre, lo que significará el fin para Edmond.

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Film coral basado en la novela de Eugène Davit, Hôtel du Nord supuso en su momento una de la muestras más populares del realismo poético que abanderó Marcel Carné y del romanticismo exacerbado en el cine gracias a la historia de los amantes protagonistas. Vista hoy, es una buena película en la que el interés por las figuras de los dos jóvenes se desplaza hacia dos personajes aparentemente secundarios que se van adueñando paulatinamente de la escena y a los que el guionista Henri Jeanson dedica las mejores líneas de diálogo: la prostituta interpretada por la enorme actriz Arletty y, sobre todo, el proxeneta al que da vida Louis Jouvet, uno de los grandes del cine europeo. Su confesión a Renée, sentado en un banco del parque, entre las sombras nocturnas, de cuál es su verdadera identidad y de que, tras haberla conocido, está dispuesto a renunciar a su pasado y cambiar de vida, y su entrega voluntaria para morir a manos de quienes lo persiguen tras entender que su amada sigue queriendo a Pierre son los dos momentos más hermosos de la película, y hacen de Edmond uno de los grandes paradigmas del antihéroe trágico, que tantos grandes personajes dará más adelante al noir norteamericano.

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Editada por Cameo.

EL SILENCIO DEL MAR de Vercors

FR: Vercors (alias Jean Bruller) lors de la remise du prix liiteraire de laResistance

El mar, “hogar tranquilo”, como lo llama Valéry, tan sereno y silencioso bajo el cielo azul, no por ello disimula menos la refriega de los animales en las profundidades, que se desgarran entre sí y se devoran unos a otros. Así, bajo el silencio de la joven y su tío se encuentra todo el ardor y los sentimientos escondidos, toda la violencia de un combate espiritual.

Así explicaba el propio Jean Bruller el significado del título de El silencio del mar (Le Silence de la mer, 1942), su obra más conocida y uno de los hitos de la narrativa sobre la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Publicado, junto a otros relatos, de manera clandestina bajo el seudónimo de Vercors -nombre de un macizo el-silencio-del-mar-en-edicin-de-ctedramontañoso que fue escenario de enfrentamientos entre partisanos y alemanes-, el texto hizo enormemente famoso a su autor en toda Francia cuando ni siquiera sus más allegados conocían su verdadera identidad.

Esta alegórica historia tiene como protagonista al oficial Werner von Ebrennac, un soldado alemán que ha de instalarse durante una temporada en una casa de una localidad cercana a París en la que viven un anciano y su sobrina. Durante su estancia, este hombre amable, culto y refinado, pero demasiado idealista e ingenuo con relación a las intenciones de su país, intenta entablar diálogo con los otros dos personajes hablándoles sobre su admiración por la historia y la cultura francesas y trasladándoles sus equivocadas ideas sobre el entendimiento entre Francia y Alemania. La respuesta que obtendrá por parte del anciano y de la muchacha -de la propia Francia- será el silencio más absoluto, la callada resistencia.

Después de un breve viaje a París para entrevistarse con sus superiores, von Ebrennac descubrirá que la verdadera intención del ejército alemán es someter a Francia y eliminar su identidad, lo que le llevará a adoptar una trágica decisión. Solo entonces, por primera y única vez, recibirá una palabra y una mirada de sus anfitriones.

El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso, como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovilidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, desorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo significao no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

-Siento una gran estima por las personas que aman a su patria -y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en el ángel esculpido sobre la ventana-. Ahora me gustaría subir a mi habitación -dijo-. Pero no conozco el camino.

Publicado por Cátedra, con traducción de Santiago R. Santerbás.

Tras realizar el corto Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (1946), el gran Jean-Pierre Melville escogió el relato de Vercors para dirigir su primer largometraje, estrenado en 1949. La homónima adaptación, que sigue paso a paso el original literario, es una película magnífica, hermosa, triste y desoladora, que ya contiene algunas de las características del “cine silencioso” de su autor. En mi opinión, la mejor de su primera etapa, hasta la llegada de las grandes obras maestras encabezadas por El confidente (Le Doulos, 1962).

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Editada por Memory Screen.

LA DIOSA (1960) de Satyajit Ray

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Tras dirigir El mundo de Apu (Apur sansar, 1959) -tercera parte de la impresionante Trilogía de Apu, con la que se dio a conocer en todo el mundo-, Satyajit Ray realizó otra obra maestra titulada La diosa (Devi), probablemente la película más misteriosa, compleja y controvertida de su filmografía y, en mi opinión, una de las más hermosas, un retrato parcial de la sociedad bengalí de 1860, en la que la nobleza comenzaba a entrar en decadencia, y un estudio nada complaciente ni maniqueo en torno a las consecuencias del fanatismo religioso y de la sumisión a sus creencias.

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El film nos traslada al seno de una familia de la clase alta compuesta por el anciano patriarca Kalikincar (Chhabi Biswas) -un hombre anclado en el pasado y en sus supersticiones religiosas-, sus dos hijos -uno de los cuales se encuentra en Calcuta estudiando-, las esposas de ambos y un nieto. Cierto día, Kalikincar afirma que en un sueño le ha sido revelado que su nuera Doyamoyee (Sharmila Tagore) es la reencarnación de la diosa Kali. Ante la pasividad de los familiares, que no creen en el anuncio divino pero que tampoco hacen nada por desafiar la autoridad paterna y desmentirlo, el rumor de la reencarnación se extiende y los creyentes van llegando a la casa para adorar a la diosa y pedirle que cure a sus enfermos. Al enterarse de la noticia, Umaprasad (Soumitra Chatterjee), el esposo de Doyamoyee, regresa de Calcuta dispuesto a llevarse consigo a su mujer, pero su indecisión a la hora de desobedecer a su padre y a la ortodoxia religiosa y el desconcierto nacido en la muchacha al ver que los enfermos sanan en su presencia provocarán la tragedia familiar en forma de muerte.

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Si bien es cierto que el film critica la fe ciega en los postulados religiosos y muestra hasta qué punto era difícil, en aquella sociedad, oponerse a ellos, creo que también nos ofrece maravillosas ambigüedades a las que agarrarnos como espectadores: por un lado, no queda claro si el anciano ha tenido ese sueño y cree en él o si no es más que un engaño para rebelarse contra las ideas modernas de los jóvenes, para conseguir que los ancestrales dogmas ortodoxos vuelvan a entrar en su casa y que su hijo Umaprasad deje sus estudios y regrese al redil; por otro, el hecho de que algunos enfermos que acuden ante Doyamoyee se recuperen pero esta no sea capaz de impedir que la muerte entre en su propio hogar nos sitúa ante la posibilidad de estar contemplando una serie de casualidades o ante la de una verdadera reencarnación de Kali, de la diosa regeneradora de vida para los que creen en ella y de la diosa de la destrucción para los que dudan. Diferentes posibilidades de lectura que no hacen sino enriquecer aún más esta portentosa película.

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Desde el punto de vista puramente cinematográfico, La diosa nos regala, como buena parte del cine de Ray, una sucesión de momentos mágicos: las escenas nocturnas en la alcoba de Doyamoyee, maravillosamente fotografiadas por el gran Subrata Mitra, habitual colaborador del cineasta; la peregrinación de creyentes a casa de Kalikincar mientras escuchamos el canto agradecido de un hombre cuyo hijo ha vuelto a la vida ante la supuesta diosa; el regreso a casa de Umaprasad, justo en uno de los instantes en que su esposa, con lágrimas en los ojos, es adorada por sus fieles, o el impresionante y turbador plano final en que vemos a Doyamoyee huyendo entre la niebla -quizá la niebla de su propia mente-, uno de esos instantes sublimes que engrandecen por sí solos el cine.

En cierta ocasión, Akira Kurosawa afirmó: “No haber visto el cine de Ray es como existir en este mundo sin haber visto el sol o la luna”. También en cierta ocasión alguien dijo que la exageración es la mejor forma de mostrar la verdad.

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LA CALLE SIN NOMBRE (1948) de William Keighley

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Es comprensible que al encontrarnos ante cierto tipo de cine cuya principal finalidad es hacer propaganda de la infalibilidad del F.B.I se nos disparen las alarmas y optemos por pasar de largo; pero, como por encima de los dudosos propósitos siempre está el talento de los que hacen las películas, una vez superados los prejuicios podemos encontrarnos con obras más que dignas e incluso estupendas que, de paso, pueden ayudarnos a ver la evolución del policiaco americano a lo largo de los años, desde el cine de gánsters en que se situaría G Men contra el imperio del crimen (G Men, 1935) de William Keighley, pasando por el cine de espías en lucha contra los nazis de La casa de la calle 92 (The House of 92nd Street, 1945) de Henry Hathaway, hasta la adopción de ciertos elementos del cine negro que podemos observar en La calle sin nombre (The Street with no Name), también dirigida por Keighley.

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La calle sin nombre, mi preferida, comparte con las otras dos, además de la exaltación de la labor del F.B.I, ciertos aspectos documentales con los que se pretende hacer más reales y creíbles la historia y la propaganda, la presencia del secundario Lloyd Nolan en el papel de uno de los agentes y el elemento argumentativo de la infiltración de un “topo” de los servicios secretos en la banda criminal de turno, aquí interpretado por Mark Stevens. Pero, por otro lado, en ella coinciden determinados elementos que la enriquecen hasta situarla muy por encima de lo que suele ser habitual en este cine al servicio de la causa.

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Tanto la planificación de un Keighley especialmente inspirado que no se conforma con el encuadre más sencillo como la fotografía de puro cine negro a cargo de Joseph MacDonald, que deslumbra en las abundantes escenas donde la oscuridad se rompe solo al encenderse una cerilla o una linterna, y el complejo guion original de Harry Kleiner, que se preocupa de que los malos no sean meras caricaturas y de dar empaque a los estupendos secundarios, hacen de La calle sin nombre un film repleto de una ambigüedad ante la que la mera lucha de las autoridades contra el crimen se va difuminando. Y como guinda del pastel, un Richard Widmark que llena la pantalla interpretando a Stiles, el jefe de los criminales, un tipo inteligente y cruel de tintes homosexuales sutilmente mostrados que supone una evolución a partir del tarado que empujaba ancianas inválidas por las escaleras en El beso de la muerte (Kiss of Death, 1947) de Hathaway.

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Editada por Fox.

 

 

 

 

RECUERDO DE UNA NOCHE (1940) de Mitchell Leisen

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Recuerdo de una noche (Remember the Night) nos cuenta la historia de una ladrona llamada Lee (Barbara Stanwyck) cuyo juicio se aplaza por las fiestas navideñas. El fiscal del distrito, Jack Sargent (Fred MacMurray) se apiada de ella y, tras pagar su fianza, la acompaña a casa de su madre. Ante el rechazo de esta, Jack decide llevarse a Lee a pasar la Navidad y la Nochevieja con su propia familia.

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Respondiendo a una de las características más reconocibles del cine de Leisen -la mezcla de diferentes géneros en una misma película con sorprendente fluidez-, Recuerdo de una noche comienza siendo, hasta la visita a la madre de Lee, una divertidísima comedia marca de la casa de su guionista Preston Sturges y en su último tercio, cuando Lee ha de pasar finalmente cuentas con la justicia, pasa a adquirir un tono más serio y oscuro de drama romántico, en el que brilla especialmente la fotografía de Ted Tetzlaff.

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En medio, las escenas junto a la madre y la tía de Jack (Beulah Bondi y Eizabeth Patterson), una pareja de ancianas entrañables que hacen pasar a Lee las mejores Navidades de su vida, y la fiesta de Nochevieja en el granero del pueblo, que acabará por unir para siempre al abogado y la ladrona rehabilitada gracias al espíritu navideño, acaban de redondear un film repleto de buenas intenciones hollywoodienses pero también de esa maravillosa inocencia recreada a base de talento cinematográfico a la que nunca nos cansamos de regresar.

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Editada por Impulso.

¡FELIZ 2016 PARA TODOS!

LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR (1988) de Ermanno Olmi

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coverLa breve novela La leyenda del santo bebedor (Die Legende vom heiligen Trinker, 1939), testamento literario de Joseph Roth, nos cuenta la historia de Andreas, un vagabundo de buen corazón que duerme bajo los puentes de París al que un singular anciano le ofrece doscientos francos con la condición de que, el día que pueda, vaya a la iglesia y se los ofrende a Santa Teresa de Lisieux. Tras aceptar el dinero y darle al desconocido su palabra de honor, Andreas se convertirá en el protagonista de una serie de sorprendentes situaciones, extrañas coincidencias y encuentros con varios personajes, algunos regresados del pasado, que dificultarán de diversas maneras el cumplimiento de su palabra.

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Ganadora del León de Oro en Venecia, La leyenda del santo bebedor (La leggenda del santo bevitore) es una adaptación bastante fiel a la novela dominada de arriba abajo por la habitual elegancia en la puesta en escena de Ermanno Olmi, que opta por darle al film un tono de serena tristeza alejado de dramatismos, al que contribuyen los pequeños flashbacks que nos muestran, sin apoyarse en la palabra, el pasado de Andreas (impresionante interpretación de Rutger Hauer) y el porqué de su situación actual.

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El París que recorremos de la mano de nuestro protagonista -las tiendas, los hoteles, las calles nocturnas y, por supuesto, los cafés y las tabernas- tiene algo de irreal, de sueño pintado por la fotografía de Dante Spinotti en el que van apareciendo los figurantes que acompañarán a Andreas en sus últimos días, los que vuelven del pasado -la mujer de la que se enamoró y que causó indirectamente su desgracia, el célebre boxeador amigo de la infancia, el compañero de trabajo en la mina- y los recién llegados a su vida -el extraño que le ofrece los doscientos francos (Anthony Quayle); el sastre que le da trabajo fiándose de él sin garantías y le paga, precisamente, doscientos francos; la joven bailarina que le acompaña durante dos días con sus noches-, personajes que parecen existir solo en esos momentos que comparten con Andreas antes de su último acto de honradez y de su muerte, como si le fuera otorgada, por un lado, la posibilidad de recuperar lo bueno de su pasado y, por otro, la de merecer, por última vez, la confianza de un buen hombre y la compañía de una joven bonita.

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Obra maestra sobre la redención más íntima y personal, sobre la segunda oportunidad para los abandonados de sentirse persona y disfrutar de nuevo brevemente de lo que no debería negársele a nadie, religiosa y mística en el más amplio sentido, La leyenda del santo bebedor nos guarda para su parte final una larga secuencia sin diálogos de cine descomunal, la que nos muestra las últimas horas que pasa Andreas, antes de realizar, por fin, su ofrenda, en la taberna donde se refugia habitualmente junto a otros vagabundos. Pocas veces el cine nos ha hecho sentir tan intensamente la amenaza del frío, el viento y la lluvia tras unos cristales, el calor acogedor de una pequeña estufa, la soledad de unas personas que comparten abrigo sin dirigirse la palabra, la compañía del abundante vino por el que una pareja de ancianos le devuelve a Andreas la imagen de sus padres y este les muestra el reloj que le dieron al dejar su hogar y que aún conserva… Solo por ese fragmento inolvidable, Olmi debería tener reservado un rinconcinto en los altares del cine.

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Editada por Videohits.

¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

 

MENSCHEN AM SONNTAG (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

Los_hombres_del_domingo-691848423-largeUnos años antes de abandonar Alemania a causa de la llegada al poder del partido nazi, Fred Zinnemann, Robert y Curt Siodmak, Edgar G. Ulmer y Billie (Billy) Wilder colaboraron en la realización de una película muda difícilmente clasificable que mostraba, a caballo entre la realidad y la ficción, la vida cotidiana de los berlineses de la época. Titulada Menschen am Sonntag, es conocida actualmente en español como Gente en domingoHombres en domingoLos hombres del domingo. Oficialmente, Robert Siodmak y Ulmer se encargaron de la dirección, Wilder y Curt Siodmak del guion y Zinnemann de la fotografía, aunque resulta imposible, como es lógico, dilucidar dónde empezaban y acababan las funciones de cada uno.

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Interpretada por actores y actrices no profesionales, la película se desmarca del trágico pesimismo expresionista que aún imperaba en el cine alemán y recurre a un nuevo realismo luminoso y humanista para mostrarnos cómo pasan un caluroso domingo de verano los habitantes de Berlín, centrándose en la ficticia historia de dos chicos y dos chicas que hacen una excursión a un lago durante la que los coqueteos, las bromas y la alegría por sentirse aún lejos de la rutina del lunes van dando paso al deseo, los celos y la tristeza.

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Estamos pues ante un film que probablemente estaba llamado a abrir nuevas vías en la cinematografía de su país, un eslabón por fortuna no perdido del cine europeo que descubrió a un grupo de grandes cineastas y cuya influencia, si no en el cine alemán posterior, quizá sí se pueda rastrear en el cine francés de los años 30 -por ejemplo, en la breve filmografía de Jean Vigo o en la obra maestra de Jean Renoir Una partida de campo (Une partie de campagne, 1936)- y, aunque sin su carga dramática y de denuncia social, en el neorrealismo italiano.

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Editada por Feel Films.

 

LA MUJER DE LA ARENA (1964) de Hiroshi Teshigahara

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La breve, ecléctica y fascinante filmografía de Hiroshi Teshigahara vivió su momento de esplendor en los años 60, época en que el cine japonés vio nacer su particular Nueva Ola con directores como Nagisa Oshima o Shohei Imamura a la cabeza. Durante esa década realizó siete películas en colaboración con el escritor Kôbô Abe y el músico Tôru Takemitsu, la más prestigiosa de las cuales sigue siendo La mujer de la arena (Suna no onna), nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y Premio Especial del Jurado en Cannes.

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Basada en la novela homónima de Abe -autor también del guion- publicada en 1962, esta extraña e incomparable película cuenta la historia de un joven entomólogo (Eiji Okada) que busca insectos para su colección en una zona desértica cercana a la costa. Al perder el autobús para volver a su casa, los lugareños a quienes pide ayuda le recomiendan que vaya a pasar la noche al hogar de una viuda (Kyôko Kishida), una casa situada en el fondo de una duna. A la mañana siguiente descubrirá que no puede salir del lugar y que ha sido engañado para pasar el resto de sus días ayudando a la mujer en el interminable trabajo que realiza cada noche: sacar la arena que se ha ido acumulando durante el día para que no acabe sepultando la casa.

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Esta situación en principio absurda se va convirtiendo en una compleja pesadilla alegórica de raíces kafkianas -Kafka es uno de los principales referentes en la literatura de Abe- sobre la existencia humana y el papel del individuo en una sociedad contemporánea que lo atrapa y lo observa, precisamente, como a un insecto, en una rutina sin sentido marcada eternamente por un reloj de arena. Nuestro protagonista pasa paulatinamente del desconcierto ante lo que no entiende a rebelarse contra una situación extrema que pone a prueba sus límites; de la frustración tras su abortado intento de huida a aceptar esa situación de esclavitud, unida a la renuncia a cumplir sus sueños de llegar a ser un gran entomólogo, como algo habitual y cotidiano ante lo que no vale la pena luchar.

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Dejando a un lado los múltiples temas que toca y las diversas lecturas que de ella pueden extraerse, La mujer de la arena es también, y sobre todo, una obra maestra por su puesta en escena, por la magia de sus planos, por sus inquietantes imágenes cortesía del director de fotografía Hiroshi Segawa, otro habitual en el cine de Teshigahara. Es difícil encontrar otra película que nos haga sentir con tanta fuerza e intensidad la claustrofobia y la asfixia, el calor y la sed, el sudor, la sensualidad y el deseo animal de los cuerpos al unirse o la impotencia de un personaje al verse tratado como un pelele cuya función es divertir a los causantes de su cautiverio, en una escena crucial, memorable e imposible de olvidar.

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THE PRIVATE AFFAIRS OF BEL AMI (1947) de Albert Lewin

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La gran novela de Guy de Maupassant Bel Ami (1885) ha sido llevada al cine y a la televisión en muchas ocasiones; la última, en 2012 con el título Bel Ami, historia de un seductor (Bel Ami), dirigida por Nick Ormerod y Declan Donnellan. De todas esas adaptaciones, la mejor considerada con diferencia es The Private Affairs of Bel Ami -conocida actualmente en español como La vida privada de Bel Ami o como Los asuntos privados de Bel Ami-, de Albert Lewin, director de solo seis películas cuyo refinado gusto por los textos bien escritos se hacía extensible a las imágenes con que los ilustraba.

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El protagonista de la historia es Georges Duroy -personaje hecho a la medida de George Sanders y en el que solo me imagino, a la misma altura, a James Mason-, un caradura con gran éxito entre el sexo femenino que está pasando una mala racha económica. Durante un paseo por París, se encuentra en una terraza con su antiguo amigo Charles Forestier, quien le ofrece un puesto de redactor en el periódico en que trabaja y le presenta en sociedad. A partir de aquí, Duroy -a quien en adelante se le conocerá como Bel Ami, el protagonista de una popular canción de la época- vislumbra la posibilidad de ir ascendiendo en el escalafón manipulando y destruyendo a las mujeres que se sienten atraídas por él, con el objetivo final de lograr un matrimonio de conveniencia y hacer carrera política.

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Ante un texto enorme como el de Maupassant y con un elenco impresionante de actores y actrices -junto a Sanders, John Carradine, Ann Dvorak, Angela Lansbury, Warren William y Susan Douglas, a cual mejor-, un cineasta con estilo propio no podía contentarse con poner la cámara de manera impersonal y que el diálogo y los intérpretes lograran por sí solos un film entretenido pero plano en su puesta en escena. El talento de Lewin como escritor -suyo es el guion, como el de sus otras cinco películas- y como director deja su huella a lo largo de todo el metraje, consiguiendo una adaptación ejemplar con momentos sublimes, en los que brilla especialmente la fotografía de Russell Metty, como la escena en la que, junto al lecho de un agonizante Forestier, su todavía esposa y Bel Ami planean su futuro juntos o la larga secuencia final con el duelo bajo la lluvia, uno de los más bellos jamás rodado.

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Editada por Feel Films.

 

LAS MANOS DE ORLAC (1935) de Karl Freund

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La novela de Maurice Renard Les Mains d’Orlac (1920) -la historia de un pianista al que tras perder las manos en un accidente le trasplantan las de un asesino ajusticiado, con las previsibles consecuencias- ha sido adaptada al cine en tres ocasiones, todas ellas conocidas en España con el título Las manos de Orlac: la alemana Orlacs Hände (1924), realizada por Robert Wiene -el director de El gabinete del Dr. Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920)-; la americana Mad Love (1935), de Karl Freund, y la inglesa The Hands of Orlac (1960), dirigida por Edmund T. Gréville. Pero el partido que el cine le ha sacado a la novela de Renard no se queda aquí, ya que es bastante probable que sea la fuente de la que han bebido otros films con manos u otras partes del cuerpo de las que es recomendable no fiarse, desde la estupenda La bestia con cinco dedos (The Beast with Five Fingers, 1946) de Robert Florey hasta el tercer episodio de Bolsa de cadáveres (Body Bags, 1993) de John Carpenter y Tobe Hooper -aquí es el ojo de un asesino el que es trasplantado a un jugador de béisbol-, pasando por La mano (The Hand, 1981), el segundo largometraje de Oliver Stone, y tantas otras.

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En la adaptación dirigida por Freund, Orlac y sus nuevas manos ceden el protagonismo al doctor Gogol (Peter Lorre), el cirujano que accede a realizar el trasplante al pedírselo la esposa del pianista, una actriz llamada Yvonne de la que Gogol está enamorado en secreto hasta el punto de hacerse con su figura de cera, expuesta en un museo, y llevársela a casa para adorarla e imaginar que pasa sus días con la auténtica. Tras ser rechazado por la joven, en el colmo de su locura amorosa ideará un plan para asesinar al padre de Orlac de manera que este, guiado por las manos del asesino que ahora son suyas, parezca el culpable.

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Estamos pues ante una historia de corte fantástico y, sobre todo, de amour fou, un absoluto delirio que se disfruta al máximo solo si no se toma demasiado en serio, con reminiscencias del expresionismo del que procedía Freund -presentes sobre todo en las escenas desarrolladas en el edificio donde vive Gogol-, y que gira en torno de un mad doctor -otro de los iconos a los que acude a menudo el género- enamorado de manera malsana y fetichista, al que Lorre presta la más alucinada de sus interpretaciones, lo cual no es decir poco.

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Y como punto álgido de lo delirante que llega a ser la película, ahí queda para el recuerdo el momento en que Gogol, disfrazado de manera indescriptible, se cita con Orlac haciéndose pasar por Rollo, el asesino al que guillotinaron, y, antes de convencerle de que esas manos que una vez fueron suyas son las causantes de la muerte de su padre, le dice: “Sí, me cortaron la cabeza; pero el doctor Gogol me la volvió a poner”. Un puro dislate y, a la vez, una escena inolvidable.

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Editada por Feel Films.