Archive for the ‘Cine francés’ Category

EL SILENCIO ES ORO (1947) de René Clair

De todos los cineastas que empezaron su andadura en el cine mudo, que ayudaron a desarrollar el lenguaje cinematográfico, que influyeron decisivamente en otros directores y cuyas películas aparecían casi siempre en las listas de las mejores, quizá sea René Clair el más olvidado de todos. Puede que la razón la encontremos en que incluso su cine sonoro sigue hablando básicamente con la imagen, sigue siendo básicamente mudo -con la pereza que ello supone para muchos espectadores-, o en que sus historias y la carga crítica que a menudo llevan consigo parecen hoy demasiado inocentes, demasiado naíf; lo cierto es que películas que a mí me siguen pareciendo vivas, frescas y repletas de poesía visual, como Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930), ¡Viva la libertad! (À nous la liberté!, 1931) -que tanto influyó en el Chaplin de Tiempos modernos (Modern Times, 1935) o 14 de julio (14 Juillet, 1933), duermen desde hace tiempo en los museos de la memoria cinéfila: hoy ya casi nadie habla de René Clair y, lo que es peor, casi nadie ve el cine de René Clair.

Mi película favorita de Clair -y una de las más recomendables para quien quiera (re)descubrir a este cineasta- es El silencio es oro (Le silence est d’or), la primera que realizó en Francia tras volver de su etapa norteamericana. Nos cuenta la historia de Emile (Maurice Chevalier), un director de cine mudo ya maduro, apasionado de la vida y de las mujeres, que se enamora de una muchacha de la que tiene que hacerse cargo. Al ver que la joven solo siente cariño por él y que en realidad a quien quiere es a un joven ayudante del cineasta, Emile aceptará hacerse a un lado, consciente de que su juventud, su mundo y su cine van quedando irremediablemente atrás.

Su título proviene del proverbio La parole est d’argent, mais le silence est d’or, lo cual nos da todas las pistas para saber por dónde van los tiros: diálogos estupendos pero al servicio de la puesta en escena más elegante, siempre atenta al gesto, al detalle y a la mirada, a lo que se une el aprovechamiento del espacio y el dominio del encuadre, en el que van entrando y saliendo los personajes como si se deslizaran dentro del plano, lo que da lugar a secuencias que parecen casi coreografiadas para un musical, y, en fin, esa capacidad que solo tenían los más grandes para transformar el cine en vida, para unir la alegría y la tristeza en una misma escena de la manera más natural, para que salgamos de sus películas con una sonrisa que alberga a la vez la felicidad y la melancolía.

 

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HÔTEL DU NORD (1938) de Marcel Carné

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hotel-du-nord-movie-poster-1938-1020242400Dos jóvenes amantes, Renée (Annabella) y Pierre (Jean Pierre Aumont), alquilan una habitación en el Hôtel du Nord con la intención de suicidarse. Según lo previsto, Pierre dispara a su novia, pero después es incapaz de seguir con el plan y huye ante la presencia de Edmond (Louis Jouvet), un matón y proxeneta que se aloja en el hotel y que ha acudido al oír el disparo. Arrepentido de su cobardía, acaba entregándose a la policía.

Trasladada a un hospital, Renée sobrevive y es contratada como camarera en el hotel. Su presencia altera la rutina de los clientes y pronto empiezan a surgirle pretendientes, pero ella sigue enamorada de Pierre y comienza a visitarlo en la cárcel, aunque este, en un principio, la rechaza. Este hecho hace que Renée se plantee cambiar de vida por completo y acceda a huir con Edmond, a quien buscan unos antiguos socios para eliminarlo por haberlos traicionado, pero en el último momento se arrepiente y decide esperar a Pierre, lo que significará el fin para Edmond.

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Film coral basado en la novela de Eugène Davit, Hôtel du Nord supuso en su momento una de la muestras más populares del realismo poético que abanderó Marcel Carné y del romanticismo exacerbado en el cine gracias a la historia de los amantes protagonistas. Vista hoy, es una buena película en la que el interés por las figuras de los dos jóvenes se desplaza hacia dos personajes aparentemente secundarios que se van adueñando paulatinamente de la escena y a los que el guionista Henri Jeanson dedica las mejores líneas de diálogo: la prostituta interpretada por la enorme actriz Arletty y, sobre todo, el proxeneta al que da vida Louis Jouvet, uno de los grandes del cine europeo. Su confesión a Renée, sentado en un banco del parque, entre las sombras nocturnas, de cuál es su verdadera identidad y de que, tras haberla conocido, está dispuesto a renunciar a su pasado y cambiar de vida, y su entrega voluntaria para morir a manos de quienes lo persiguen tras entender que su amada sigue queriendo a Pierre son los dos momentos más hermosos de la película, y hacen de Edmond uno de los grandes paradigmas del antihéroe trágico, que tantos grandes personajes dará más adelante al noir norteamericano.

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Editada por Cameo.

EL SILENCIO DEL MAR de Vercors

FR: Vercors (alias Jean Bruller) lors de la remise du prix liiteraire de laResistance

El mar, “hogar tranquilo”, como lo llama Valéry, tan sereno y silencioso bajo el cielo azul, no por ello disimula menos la refriega de los animales en las profundidades, que se desgarran entre sí y se devoran unos a otros. Así, bajo el silencio de la joven y su tío se encuentra todo el ardor y los sentimientos escondidos, toda la violencia de un combate espiritual.

Así explicaba el propio Jean Bruller el significado del título de El silencio del mar (Le Silence de la mer, 1942), su obra más conocida y uno de los hitos de la narrativa sobre la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Publicado, junto a otros relatos, de manera clandestina bajo el seudónimo de Vercors -nombre de un macizo el-silencio-del-mar-en-edicin-de-ctedramontañoso que fue escenario de enfrentamientos entre partisanos y alemanes-, el texto hizo enormemente famoso a su autor en toda Francia cuando ni siquiera sus más allegados conocían su verdadera identidad.

Esta alegórica historia tiene como protagonista al oficial Werner von Ebrennac, un soldado alemán que ha de instalarse durante una temporada en una casa de una localidad cercana a París en la que viven un anciano y su sobrina. Durante su estancia, este hombre amable, culto y refinado, pero demasiado idealista e ingenuo con relación a las intenciones de su país, intenta entablar diálogo con los otros dos personajes hablándoles sobre su admiración por la historia y la cultura francesas y trasladándoles sus equivocadas ideas sobre el entendimiento entre Francia y Alemania. La respuesta que obtendrá por parte del anciano y de la muchacha -de la propia Francia- será el silencio más absoluto, la callada resistencia.

Después de un breve viaje a París para entrevistarse con sus superiores, von Ebrennac descubrirá que la verdadera intención del ejército alemán es someter a Francia y eliminar su identidad, lo que le llevará a adoptar una trágica decisión. Solo entonces, por primera y única vez, recibirá una palabra y una mirada de sus anfitriones.

El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso, como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovilidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, desorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo significao no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

-Siento una gran estima por las personas que aman a su patria -y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en el ángel esculpido sobre la ventana-. Ahora me gustaría subir a mi habitación -dijo-. Pero no conozco el camino.

Publicado por Cátedra, con traducción de Santiago R. Santerbás.

Tras realizar el corto Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (1946), el gran Jean-Pierre Melville escogió el relato de Vercors para dirigir su primer largometraje, estrenado en 1949. La homónima adaptación, que sigue paso a paso el original literario, es una película magnífica, hermosa, triste y desoladora, que ya contiene algunas de las características del “cine silencioso” de su autor. En mi opinión, la mejor de su primera etapa, hasta la llegada de las grandes obras maestras encabezadas por El confidente (Le Doulos, 1962).

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Editada por Memory Screen.

TERESA RAQUIN (1953) de Marcel Carné

zzzzzzzEl escritor francés Émile Zola fue uno de los principales representantes del Naturalismo, ese movimiento ideológico y literario que, como ya se ha indicado aquí en otras ocasiones, tanta influencia ejerció en el posterior género negro. Entre sus más relevantes novelas, hay dos que demuestran claramente esa influencia y que tienen varios elementos comunes: Teresa Raquin (Thérèse Raquin, 1868) y La bestia humana (La bête humaine, 1890). La segunda fue llevada al cine en 1938 por Jean Renoir, en una adaptación estupenda bajo el mismo título, y en 1953 por Fritz Lang, dando como resultado una de sus obras maestras americanas: Deseos humanos (Human Desire).

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Precisamente en 1953, Marcel Carné dirigió la adaptación homónima de Teresa Raquin, que supuso su mayor éxito -ganó el León de Plata en el Festival de Venecia- tras la ruptura profesional con el guionista Jacques Prévert y que, como curiosidad, era una de las cien películas preferidas de Akira Kurosawa.

La historia que nos cuenta les resultará muy familiar a los aficionados al cine negro, con las salvedades de que aquí la pareja de amantes no actúa por ambición económica (aunque esta sí aparece con relación a un personaje secundario y crucial) y de que la protagonista no es precisamente una femme fatale: la joven Teresa (Simone Signoret) está infelizmente casada con su primo Camille, un tipo enfermizo, aburrido e insoportable, dominado por una madre igual de insoportable, que vive con ellos. La aparición de Laurent (Raf Vallone), un atractivo camionero italiano, despierta en ella los instintos de la juventud que permanecían aletargados y le abre la puerta a la posibilidad de una nueva vida.

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Pero estamos en territorio naturalista, en territorio negro, y ya sabemos que aquí la felicidad brilla por su ausencia, que aquí el que la hace la paga. Quien se deja llevar de manera irracional por sus instintos primarios, intentando alterar el orden establecido, acaba sucumbiendo a los giros de la suerte, al destino escrito, a la fatalidad.

Carné muestra a esos personajes que desean y odian, que chantajean y matan, que no se resignan a lo que les ha tocado en el sorteo sin recurrir a excesos melodramáticos, sin interferir tomando partido o juzgándolos, tan solo dejando que la realidad estropee naturalmente los guiones que habían intentado escribir para sus propias vidas.

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Editada en DVD por Cinecom.

 

 

EL REGRESO de Joseph Conrad / GABRIELLE (2005) de Patrice Chéreau

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El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.

Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.

Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

Traducción de J. M. Lacruz Bassols.

Publicada por Editorial Funambulista.

GabrielleMoviePosterEl recientemente fallecido cineasta Patrice Chéreau acometió la difícil tarea de llevar las palabras de Conrad a imágenes y, en mi opinión, no salió demasiado airoso del reto, creando un envoltorio lujoso pero falto de alma que no consigue involucrarme.

Desde el primer momento intenta dotar de mayor importancia al personaje femenino para que no sea simplemente el detonante del drama, dándole un nombre, titulando con él la película y arropándolo con escenas y personajes secundarios que no aparecen en la novela. Esto, lógicamente, no invalidaría por si solo la adaptación, de no ser porque esos elementos nuevos no aportan nada a lo creado por Conrad, no consiguen equilibrar lo que dicen y hacen ambos personajes y aparecen como postizos ante la esencia primera del texto. Lo que sí logran es que la película naufrague entre dos aguas y que una actriz portentosa como Isabelle Huppert, quien al parecer tuvo más de un encontronazo con Chéreau, parezca despistada y, quizá por única vez, sin saber qué hacer con su personaje.

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Editada en DVD por DeAPlaneta.

NO TOQUÉIS LA PASTA (1954) de Jacques Becker

No toquéis la pasta (Touchez pas au grisbi) es un film negro, de gánsters, de atracadores, pero no hay en él apenas acción ni escenas violentas, ni siquiera el típico tenaz policía que ejerza de contrapunto asomando las narices. De hecho, Becker ni se molesta en mostrarnos el atraco que desencadena la historia que nos cuenta. Lo que a él le importa, ante todo, es el retrato de Max (Jean Gabin), un delincuente ya maduro, de los de la vieja escuela, amante de las mujeres, de la buena música, del buen comer y del mejor beber, a quien ya no atrae la vida nocturna y que sólo piensa en retirarse tras cambiar el oro obtenido en el atraco por dinero en metálico. Un personaje que tiene varios puntos en común con el que interpretaría poco después Roger Duchesne en Bob el jugador (Bob le fambleur, 1956) de Jean-Pierre Melville.

        Pero al pobre Max, como no podía ser menos, se le complican las cosas. Su compinche en el atraco, su gran amigo Ritón, le cuenta el asunto a su novia (una jovencísima Jeanne Moreau), propiciando la entrada en escena del amante, un nuevo gánster con el careto de, quién si no, Lino Ventura, el cual secuestra a Ritón y ofrece su vida a cambio del oro. Para Max, la amistad está por encima de todo. Esa amistad que hemos visto tantas veces en las películas de Howard Hawks, la que no necesita de gestos o palabras, sólo de hechos. Así, con la colaboración de otro par de amigos, accede al intercambio, pero es traicionado. Es entonces cuando Becker abre un paréntesis en la tranquila vida de Max y nos regala una trepidante persecución nocturna a tiro limpio impresionantemente filmada.

        Son sólo unos pocos minutos dentro de una película austera y pausada, sin detalles de cara a la galería, cuya huella creo que está presente en posteriores films franceses del género -sobre todo en las grandes obras de Melville- y que nos ofrece uno de los grandes personajes creados por el enorme Jean Gabin. Raymond Chandler dijo de Bogart que todo lo que tenía que hacer para dominar una escena era entrar en ella. Gabin no necesitaba más.

LA JETÉE (1962) de Chris Marker

En un muelle de París, un niño ve por un instante a una mujer y ese recuerdo le acompañará el resto de su vida. En ese mismo momento, un hombre que aparece corriendo cae muerto. Años más tarde, la tierra ha sido devastada por la III Guerra Mundial y aquel niño, ya adulto, es utilizado en experimentos para viajar en el tiempo. Al regresar al pasado, entablará una relación con aquella mujer que vio en el muelle.

        En uno de los momentos más hermosos del film, la protagonista (Hélène Chatelain) se despierta en su cama y mueve los párpados. Es el único plano en que Chris Marker filma brevemente el movimiento. El resto de los apenas treinta minutos de La Jetée está montado con fotos fijas acompañadas de música y de la voz en off de un narrador, pero esto no debería echar para atrás a ningún aficionado al mejor cine: probablemente nunca el séptimo arte nos haya dado tanto en tan poco tiempo. Maravillosa historia de amor y de ciencia-ficción, La Jetée es literatura ilustrada, un relato fotografiado, una obra maestra sobre los breves momentos que se fijan en nuestra memoria para no abandonarnos nunca. Y, de regalo, su sorprendente final nos deja (al menos a mí) con la boca abierta.

        Influida, como tantas otras películas, por De entre los muertos (Vertigo, 1958) de Hitchcock, su huella no ha dejado de notarse en el posterior cine de ciencia-ficción, y Terry Gilliam la homenajeó en 12 monos (12 Monkeys, 1995).

               Editada en DVD por Intermedio.

EL SALARIO DEL MIEDO de Georges Arnaud

Contemporáneo de Sartre, Camus y Malraux, Georges Arnaud, de nombre real Henri Girard, no es precisamente uno de los escritores franceses más prestigiosos del pasado siglo. Activista político a favor de la independencia de Argelia, conoció el éxito gracias, sobre todo, a su novela El salario del miedo (Le salaire de la peu, 1950). Escrita tras su estancia en Sudamérica, cuenta la historia de unos exiliados que malviven esperando un trabajo que les permita ganar lo suficiente para largarse. A cuatro de ellos les llega la oportunidad: deberán conducir un camión cargado de nitroglicerina que al menor descuido les hará saltar por los aires.

        Con cierta crítica hacia la explotación capitalista, la novela es ante todo un estudio sobre el miedo a morir, sobre los límites que puede llegar a soportar la condición humana (que diría Malraux) para conseguir aquello que se desea por encima de todo, sin saber que las paradojas del destino esperan a la vuelta de cualquier curva. Sin recurrir a golpes de efecto ni a parafernalias estilísticas, el gran logro de Arnaud es hacernos sentir de la manera más directa cómo la angustia de los personajes va creciendo a cada minuto, a cada segundo de un trayecto que les hará descubrirse a sí mismos.

        La popularidad de la novela fue aún mayor tras el estreno en 1953 de la extraordinaria adaptación cinematográfica de Henri-Georges Clouzot, mucho mejor, desde luego, que el remake de 1977 titulado Carga maldita (Sorcerer), dirigido por William Friedkin y con nuestro Paco Rabal formando parte de un reparto internacional.

        El siguiente fragmento corresponde a la que es, posiblemente, la escena más terrible de la novela y de la película de Clouzot, protagonizada por unos estupendos Ives Montand y Charles Vanel.

        “Johnny sigue retrocediendo delante de los faros. Como en un sueño, resbala y tropieza en esa pesadilla de fango; como en un sueño, tropieza y cae de espaldas. Pero no es un sueño, porque no se despierta al gritar. Con la cabeza fuera del líquido que cubre por completo su cuerpo caído, grita una y otra vez. El camión continúa avanzando implacablemente hacia él. Gerard lo ha visto todo, pero no levanta el pie para frenar; lo importante es pasar. La rueda delantera llega al pie del rumano, lo pisa, lo aplasta contra el fango que se solidifica bajo la enorme presión. Johnny forcejea, grita, siente cómo le trituran la pierna, aúlla como si lo mataran. Sturmer, con la mirada fija en lo alto de la cuesta que va a subir, no presta atención a ese cuerpo desarticulado que está aplastando, o tal vez ahogando, quién sabe, bajo las ruedas; qué importa, hay que pasar. Hay que pasar.”

               Traducción de Encarna Castejón.

               Publicada por Editorial Debate.

NOCHE Y NIEBLA (1955) de Alain Resnais

El documental Noche y niebla (Nuit et brouillard) no pide ningún análisis cinematográfico. Ni siquiera necesita gustarnos o no. Simplemente, ahí está como una de las pruebas más horribles y explícitas de lo ocurrido en los campos de concentración nazis durante la II Guerra Mundial. Sus contundentes imágenes de archivo en blanco y negro, no aptas para estómagos sensibles, y el material filmado en color por Resnais años después en el desierto campo de concentración, igualmente terrorífico porque despierta sin dificultad nuestra imaginación, siguen resultando hoy casi insoportables, por lo que no cuesta imaginar la enorme polémica que causaron en su momento.

         Imprescindible para conocer hasta dónde pueden llegar la crueldad y la capacidad de sufrimiento de la raza humana.

     

            

                   Editada en DVD por Filmax.

THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: “¡No hablaré!”. Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.