Archive for the ‘Cine francés’ Category

MEURTRE EN 45 TOURS (1960) de Étienne Périer

Quien haya leído Las diabólicas (Celle qui n’était plus, 1952) o De entre los muertos (D’entre les morts, 1954), o haya visto las respectivas adaptaciones al cine de Clouzot y de Hitchcock, ya sabrá que las historias escritas por Pierre Boileau y Thomas Narcejac nos aseguran entretenimiento, sorpresas constantes, misterio, asesinatos y, a menudo, la presencia de algún supuesto difunto que en lugar de descansar tranquilamente se empeña en seguir amargando la vida a los vivos. Pues todos esos elementos los volvemos a encontrar en la muy desconocida película de Étienne Périer Meurtre en 45 tours, adaptación de la novela À coeur perdu (1959).

Su argumento gira en torno a un triángulo amoroso compuesto por un famoso compositor de canciones (Jean Servais), su esposa e intérprete de sus éxitos (Danielle Darrieux) y el joven amante y pianista de ella (Michel Auclair). El marido, consciente de que lo engañan, juega abiertamente al ratón y al ratón con la pareja de amantes exponiéndoles cínicamente su adulterio y la posibilidad de que lo quieran ver muerto. Poco después, sufre un accidente de carretera y su cadáver, a pesar de que ha quedado terriblemente desfigurado, es reconocido tanto por su mujer como por el dueño de la discográfica, pero les extraña que su inseparable perro, que iba con él en el coche, haya desaparecido. Días más tarde, la viuda recibe una grabación con la última composición de su marido y un mensaje grabado con su voz. Comienzan entonces las sospechas de que en realidad no ha muerto y de que quiere aterrorizarlos y acabar con ellos.

Desgraciadamente, este asesinato a 45 revoluciones no es una obra maestra esperando a ser (re) descubierta -huelga decir que Périer no es ni Clouzot ni, faltaría más, Hitchcock-, ya que tanto a la construcción de los personajes como a la puesta en escena les faltan un par de peldaños para jugar en primera; pero como no solo de obras maestras vive el cinéfilo y las comparaciones, ya se sabe, son odiosas y castradoras, quien se anime a verla se encontrará con las imponentes  presencias de Danielle Darrieux y Jean Servais, con la gran fotografía de Marcel Weiss -magistral, sobre todo, la escena onírica- y, en fin, con un estupendo divertimento, repleto de tensión, pistas falsas y giros de guion que juegan con el espectador tanto como el argumento con sus personajes, merecedor de ser rescatado del olvido.

 

 

LA MUJER DE MARTIN GUERRE de Janet Lewis / EL REGRESO DE MARTIN GUERRE (1982) de Daniel Vigne

Hace unos pocos años pudimos descubrir en nuestro país a una gran escritora estadounidense llamada Janet Lewis, gracias a que la editorial Reino de Redonda publicó sus novelas La mujer de Martin Guerre (The Wife of Martin Guerre, 1941), El juicio de Sören Quist (The Trial of Sören Quist, 1947) y El fantasma de Monsieur Scarron (The Ghost of Monsieur Scarron, 1959), inspiradas por la lectura del libro titulado Famous Cases of Circumstancial Evidence, una antología de casos verídicos en los que se dictaron sentencias judiciales a partir de pruebas, al parecer, no demasiado concluyentes. En junio de este mismo año, las tres obras han vuelto a publicarse agrupadas en un solo volumen bajo el título Casos de pruebas circunstanciales, casi 900 páginas de una prosa elegante, fluida, exquisita, más cercana a la de las grandes novelas del siglo XIX que a la que nos trajeron las nuevas técnicas narrativas del XX.

La historia que nos cuenta La mujer de Martin Guerre -citada incluso por el gran Michel de Montaigne en uno de sus ensayos- probablemente sea, gracias al cine, la que nos resulte más conocida. Acaecida en el siglo XVI en un pueblo francés, sus protagonista son Bertrande de Rols y Martin Guerre, dos jóvenes casados desde los once años por un acuerdo entre sus familias. Años después de la boda, Martin, cansado de la tiranía de su padre, abandona a su esposa y a su hijo y huye del pueblo. Después de pasar varios años en la guerra y de conocer la noticia de la muerte de su padre, Martin vuelve a su casa dispuesto por fin a ser el cabeza de familia, pero tras un tiempo de felicidad Bertrande comienza a sospechar que el hombre que regresó junto a ella no es el joven con el que se casó, sino un impostor.

A lo largo del verano, poco a poco la sombra fue creciendo en su mente. Luchó contra ella en vano. Su sospecha se vio fortalecida de mil pequeñas maneras; tan nimias, que la avergonzaba mencionarlas. Pensó en hablar de ello al confesarse, pero se contuvo, diciéndose: “El cura pensará que estoy loca”.

Pero la idea le pesaba en la mente y un día tras otro siguió dándole vueltas al asunto, volviendo sobre sus pasos como un animal acosado, tratando de evitar el descubrimiento que sabía que la estaba aguardando. Pero conforme fue pasando el tiempo, se vio cada vez más y más abocada a la obligación de admitir que desvariaba sin remedio, o de reconocer que estaba aceptando de forma consciente como marido a un hombre al que creía un impostor. Si hubiera estado en su mano poder escoger, a no dudarlo habría preferido estar loca. Durante días, y luego semanas, se apartó como enfebrecida de lo que en su fuero interno sentía que era la verdad, diciéndole a su alma atormentada que lo hacía para proteger la seguridad de sus hijos, de su familia, desde el tío Pierre hasta el más pequeño de los pastores, hasta que, por último, una mañana que estaba sentada sola, hilando, la verdad se le presentó por fin, fría e ineludible.

Traducción de Antonio Iriarte.

Publicada por Penguin Random House.

De las dos películas inspiradas en la historia real de Martin Guerre y su esposa, la prescindible Sommersby (1992) quizá sea la más conocida. Dirigida por Jon Amiel y protagonizada por Richard Gere y Jodie Foster, trasladaba la acción a la Guerra de Secesión norteamericana.

Mucho más interesante, con una excepcional ambientación de la época, me parece El regreso de Martin Guerre (Le retour de Martin Guerre), la película en que se inspiró el remake de Amiel, dirigida por Daniel Vigne y con unos estupendos Gérard Depardieu y Nathalie Baye en los papeles de Martin y Bertrande. A raíz de lo que podemos leer en sus títulos de crédito, el guion -escrito por el propio Vigne y Jean-Claude Carrière, colaborador habitual de Buñuel- no tiene en cuenta la novela de Lewis e introduce, con respecto a la versión de esta, sustanciales cambios en torno a la actitud de Bertrande respecto a su marido.

LA EVASIÓN de José Giovanni

Tras un pasado delictivo que a punto estuvo de terminar con su cuello bajo la guillotina, Joseph Damiani aprovechó sus experiencias y las de algunos compañeros de fechorías para escribir novelas y guiones bajo el seudónimo de José Giovanni. Más adelante hizo también carrera como cineasta, pero esta faceta, a tenor de las películas suyas que he visto, me parece mucho menos interesante que la de escritor.

Su primera novela, y la que le abrió las puertas del éxito, fue La evasión (Le trou, 1957), a la cual siguieron otras tres en 1958, una de ellas, la estupenda Hasta el último aliento (Le deuxième souffle), con la que el cineasta Jean-Pierre Melville realizó una de sus varias obras maestras.

La evasión cuenta la historia verídica de cinco compañeros de celda (Manu, Roland, Maurice, Geo y Monseñor) que organizan una fuga de la prisión para la que cavan un túnel subterráneo que los llevará a las alcantarillas de la ciudad y de ahí a la libertad. Con un estilo austero y directo, poco literario si se quiere, se centra, por un lado, en el aspecto moral, en la amistad y la camaradería entre estos cinco hombres que han de compartirlo todo en pocos metros cuadrados y en la posibilidad de una traición imperdonable; por otro, en la descripción hasta el mínimo detalle de todos los aspectos relacionados con el plan de fuga: los muñecos de cartón que han de hacer para que los suplanten durante las rondas nocturnas, las herramientas rudimentarias que crean para cavar, picar y serrar, el descomunal trabajo físico y los accidentes que casi llevan a la muerte a algunos de ellos…

Además de que nos proporcione una magnífica lectura de primera mano sobre un tema no demasiado presente en la novela negra, a La evasión hay que agradecerle sobre todo que sin ella no existiría la que para mí es una de las obras maestras imprescindibles del cine francés, la última película que dirigió el gran Jacques Becker, con la colaboración del propio Giovanni en el guion y de su hijo Jean Becker como ayudante de dirección. Adaptación fiel a la novela, con algunos cambios en la caracterización de los personajes y la eliminación de algunas escenas sin excesiva importancia, supone uno de los más claros entre los muchos ejemplos que rebaten el tan manido como falso tópico de que el libro siempre es mejor que la película.

-Mañana será otro día -dijo Geo.

Esa noche, la máxima sólo a él le invitaba al sueño. Se  dio la vuelta hacia la pared, mientras Monseñor daba rienda suelta a una necesidad incontrolable.

-Todo esto nos está ocurriendo para que lo recordemos con más fuerza -dijo-. Tengo un abogado, casi un amigo después de tanto tiempo, que conoce mi vida mejor que yo. En una vida hay señales, llamadas, y los que no las escuchan nunca llegan a ser felices, me ha dicho con frecuencia.

-¿Nunca has sido feliz? -preguntó Willman.

-Tengo que remontar lejos para encontrar un poco de felicidad -prosiguió Monseñor-. He pensado mucho últimamente. Me parece que desde que saqué un revólver del bolsillo, nunca más volví a ser feliz.

Manu pensó en una frase de Dostoievski: “Amigo mío, no se puede vivir plenamente sin piedad”.

Escuchaban a Monseñor con una especie de angustia; presentían que nunca volvería a ser feliz, ni tendría paz en la tierra, y que lo sabía. Volvería a empuñar el revólver. Todas las cartas estaban sobre la mesa respecto a ese tema. Sufría los caprichos de una rodada profunda, como quedan marcadas en los caminos después de una helada.

Traducción de Esperanza Martínez Pérez.

Editada por Akal.

LA CAÍDA DE LA CASA USHER (1928) de Jean Epstein

A veces la crítica cinematográfica ha clasificado las películas por el predominio en ellas de características propias de la poesía, la narrativa o el ensayo, siempre teniendo en cuenta, como a menudo en la literatura, que difícilmente esa “separación de poderes” puede ser radical. Si seguimos esa categorización, queda claro que el cine de Jean Epstein, uno de los grandes innovadores franceses en la época del mudo, es eminentemente poético, como se puede comprobar ya en la temprana y excelente Coeur fidèl (1923), que cuenta una típica historia de amores desgraciados valiéndose de preciosas imágenes que, ante todo, buscan lirismo y sentimiento.


La cúspide de este estilo es La caída de la casa Usher (La chute de la maison Usher), un film de una hora de duración que cuenta con una fotografía deslumbrante de Georges y Jean Lucas y una enloquecida interpretación de Jean Debucourt. El guion, escrito por el propio Epstein y por su amigo, por aquel entonces, Luis Buñuel -algunas fuentes hablan de que el aragonés también colaboró en la dirección-, toma como base el relato de Edgar Allan Poe que le da título, pero además añade elementos de otros cuentos del escritor estadounidense, como “El retrato oval” “El enterramiento prematuro”, lo cual nos puede dar una pista de las intenciones de Epstein.

Al contarnos la historia del pintor Usher, que vive recluido en su mansión dedicado a pintar el retrato de su esposa, cuya vida se va consumiendo a medida que el cuadro se completa, el cineasta francés busca no tanto adaptar al cine una narración en concreto como, sobre todo, plasmar en imágenes la esencia de la literatura de Poe. Por medio de escenas impresionantes que parecen sacadas de una pesadilla -el traslado del ataúd a través del campo, sobreimpresionado por la imagen de las velas; el regreso de la amada desde el más allá-, nos traslada a un mundo de iconografía romántica y decadente dominado por la obsesión amorosa y por la muerte, un mundo de sensaciones poéticas que se sustentan en el relato de unos hechos, pero cuya importancia se sitúa muy por encima de este.

 

LAS PELÍCULAS DE MI VIDA (2016) de Bertrand Tavernier

Una de las películas que más he disfrutado este año es el documental Las películas de mi vida (Voyage à travers le cinéma français). De título español obviamente engañoso, el film es un recorrido apasionante para muy cinéfilos por la cinematografía francesa entre 1930 y 1970, tres horas de gran cine que no solo se hacen cortas, sino que dejan con ganas de, al menos, tres horas más.

Al igual que hacía Martin Scorsese en su “viaje” por el cine americano, Tavernier realiza una selección muy personal del cine que más le gusta y no necesariamente del más prestigioso. Así, en el documental tienen cabida desde imprescindibles como Renoir -quien, por cierto, no sale muy bien parado en el plano personal-, Godard, Becker o Carné -a quien Tavernier defiende ante la opinión de muchos de que no era nadie sin Prévert y el resto de sus colaboradores habituales- hasta cineastas demasiado olvidados como Jean Grémillon, Maurice Tourneur o Edmond T. Gréville, pasando por actores como Jean Gabin y músicos como Joseph Kosma, hasta el recuerdo de sus encuentros y colaboraciones con Jean-Pierre Melville o Claude Sautet, entre otros.

En resumen, un viaje a lo largo de cuatro décadas del cine francés para recordar alguna de nuestras películas preferidas y para descubrir a un buen puñado de cineastas que, como acostumbra a pasar, han quedado a la sombra de los grandes nombres.

EL SILENCIO ES ORO (1947) de René Clair

De todos los cineastas que empezaron su andadura en el cine mudo, que ayudaron a desarrollar el lenguaje cinematográfico, que influyeron decisivamente en otros directores y cuyas películas aparecían casi siempre en las listas de las mejores, quizá sea René Clair el más olvidado de todos. Puede que la razón la encontremos en que incluso su cine sonoro sigue hablando básicamente con la imagen, sigue siendo básicamente mudo -con la pereza que ello supone para muchos espectadores-, o en que sus historias y la carga crítica que a menudo llevan consigo parecen hoy demasiado inocentes, demasiado naíf; lo cierto es que películas que a mí me siguen pareciendo vivas, frescas y repletas de poesía visual, como Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930), ¡Viva la libertad! (À nous la liberté!, 1931) -que tanto influyó en el Chaplin de Tiempos modernos (Modern Times, 1935) o 14 de julio (14 Juillet, 1933), duermen desde hace tiempo en los museos de la memoria cinéfila: hoy ya casi nadie habla de René Clair y, lo que es peor, casi nadie ve el cine de René Clair.

Mi película favorita de Clair -y una de las más recomendables para quien quiera (re)descubrir a este cineasta- es El silencio es oro (Le silence est d’or), la primera que realizó en Francia tras volver de su etapa norteamericana. Nos cuenta la historia de Emile (Maurice Chevalier), un director de cine mudo ya maduro, apasionado de la vida y de las mujeres, que se enamora de una muchacha de la que tiene que hacerse cargo. Al ver que la joven solo siente cariño por él y que en realidad a quien quiere es a un joven ayudante del cineasta, Emile aceptará hacerse a un lado, consciente de que su juventud, su mundo y su cine van quedando irremediablemente atrás.

Su título proviene del proverbio La parole est d’argent, mais le silence est d’or, lo cual nos da todas las pistas para saber por dónde van los tiros: diálogos estupendos pero al servicio de la puesta en escena más elegante, siempre atenta al gesto, al detalle y a la mirada, a lo que se une el aprovechamiento del espacio y el dominio del encuadre, en el que van entrando y saliendo los personajes como si se deslizaran dentro del plano, lo que da lugar a secuencias que parecen casi coreografiadas para un musical, y, en fin, esa capacidad que solo tenían los más grandes para transformar el cine en vida, para unir la alegría y la tristeza en una misma escena de la manera más natural, para que salgamos de sus películas con una sonrisa que alberga a la vez la felicidad y la melancolía.

 

HÔTEL DU NORD (1938) de Marcel Carné

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hotel-du-nord-movie-poster-1938-1020242400Dos jóvenes amantes, Renée (Annabella) y Pierre (Jean Pierre Aumont), alquilan una habitación en el Hôtel du Nord con la intención de suicidarse. Según lo previsto, Pierre dispara a su novia, pero después es incapaz de seguir con el plan y huye ante la presencia de Edmond (Louis Jouvet), un matón y proxeneta que se aloja en el hotel y que ha acudido al oír el disparo. Arrepentido de su cobardía, acaba entregándose a la policía.

Trasladada a un hospital, Renée sobrevive y es contratada como camarera en el hotel. Su presencia altera la rutina de los clientes y pronto empiezan a surgirle pretendientes, pero ella sigue enamorada de Pierre y comienza a visitarlo en la cárcel, aunque este, en un principio, la rechaza. Este hecho hace que Renée se plantee cambiar de vida por completo y acceda a huir con Edmond, a quien buscan unos antiguos socios para eliminarlo por haberlos traicionado, pero en el último momento se arrepiente y decide esperar a Pierre, lo que significará el fin para Edmond.

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Film coral basado en la novela de Eugène Davit, Hôtel du Nord supuso en su momento una de la muestras más populares del realismo poético que abanderó Marcel Carné y del romanticismo exacerbado en el cine gracias a la historia de los amantes protagonistas. Vista hoy, es una buena película en la que el interés por las figuras de los dos jóvenes se desplaza hacia dos personajes aparentemente secundarios que se van adueñando paulatinamente de la escena y a los que el guionista Henri Jeanson dedica las mejores líneas de diálogo: la prostituta interpretada por la enorme actriz Arletty y, sobre todo, el proxeneta al que da vida Louis Jouvet, uno de los grandes del cine europeo. Su confesión a Renée, sentado en un banco del parque, entre las sombras nocturnas, de cuál es su verdadera identidad y de que, tras haberla conocido, está dispuesto a renunciar a su pasado y cambiar de vida, y su entrega voluntaria para morir a manos de quienes lo persiguen tras entender que su amada sigue queriendo a Pierre son los dos momentos más hermosos de la película, y hacen de Edmond uno de los grandes paradigmas del antihéroe trágico, que tantos grandes personajes dará más adelante al noir norteamericano.

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Editada por Cameo.

EL SILENCIO DEL MAR de Vercors

FR: Vercors (alias Jean Bruller) lors de la remise du prix liiteraire de laResistance

El mar, “hogar tranquilo”, como lo llama Valéry, tan sereno y silencioso bajo el cielo azul, no por ello disimula menos la refriega de los animales en las profundidades, que se desgarran entre sí y se devoran unos a otros. Así, bajo el silencio de la joven y su tío se encuentra todo el ardor y los sentimientos escondidos, toda la violencia de un combate espiritual.

Así explicaba el propio Jean Bruller el significado del título de El silencio del mar (Le Silence de la mer, 1942), su obra más conocida y uno de los hitos de la narrativa sobre la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Publicado, junto a otros relatos, de manera clandestina bajo el seudónimo de Vercors -nombre de un macizo el-silencio-del-mar-en-edicin-de-ctedramontañoso que fue escenario de enfrentamientos entre partisanos y alemanes-, el texto hizo enormemente famoso a su autor en toda Francia cuando ni siquiera sus más allegados conocían su verdadera identidad.

Esta alegórica historia tiene como protagonista al oficial Werner von Ebrennac, un soldado alemán que ha de instalarse durante una temporada en una casa de una localidad cercana a París en la que viven un anciano y su sobrina. Durante su estancia, este hombre amable, culto y refinado, pero demasiado idealista e ingenuo con relación a las intenciones de su país, intenta entablar diálogo con los otros dos personajes hablándoles sobre su admiración por la historia y la cultura francesas y trasladándoles sus equivocadas ideas sobre el entendimiento entre Francia y Alemania. La respuesta que obtendrá por parte del anciano y de la muchacha -de la propia Francia- será el silencio más absoluto, la callada resistencia.

Después de un breve viaje a París para entrevistarse con sus superiores, von Ebrennac descubrirá que la verdadera intención del ejército alemán es someter a Francia y eliminar su identidad, lo que le llevará a adoptar una trágica decisión. Solo entonces, por primera y única vez, recibirá una palabra y una mirada de sus anfitriones.

El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso, como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovilidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, desorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo significao no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

-Siento una gran estima por las personas que aman a su patria -y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en el ángel esculpido sobre la ventana-. Ahora me gustaría subir a mi habitación -dijo-. Pero no conozco el camino.

Publicado por Cátedra, con traducción de Santiago R. Santerbás.

Tras realizar el corto Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (1946), el gran Jean-Pierre Melville escogió el relato de Vercors para dirigir su primer largometraje, estrenado en 1949. La homónima adaptación, que sigue paso a paso el original literario, es una película magnífica, hermosa, triste y desoladora, que ya contiene algunas de las características del “cine silencioso” de su autor. En mi opinión, la mejor de su primera etapa, hasta la llegada de las grandes obras maestras encabezadas por El confidente (Le Doulos, 1962).

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Editada por Memory Screen.

TERESA RAQUIN (1953) de Marcel Carné

zzzzzzzEl escritor francés Émile Zola fue uno de los principales representantes del Naturalismo, ese movimiento ideológico y literario que, como ya se ha indicado aquí en otras ocasiones, tanta influencia ejerció en el posterior género negro. Entre sus más relevantes novelas, hay dos que demuestran claramente esa influencia y que tienen varios elementos comunes: Teresa Raquin (Thérèse Raquin, 1868) y La bestia humana (La bête humaine, 1890). La segunda fue llevada al cine en 1938 por Jean Renoir, en una adaptación estupenda bajo el mismo título, y en 1953 por Fritz Lang, dando como resultado una de sus obras maestras americanas: Deseos humanos (Human Desire).

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Precisamente en 1953, Marcel Carné dirigió la adaptación homónima de Teresa Raquin, que supuso su mayor éxito -ganó el León de Plata en el Festival de Venecia- tras la ruptura profesional con el guionista Jacques Prévert y que, como curiosidad, era una de las cien películas preferidas de Akira Kurosawa.

La historia que nos cuenta les resultará muy familiar a los aficionados al cine negro, con las salvedades de que aquí la pareja de amantes no actúa por ambición económica (aunque esta sí aparece con relación a un personaje secundario y crucial) y de que la protagonista no es precisamente una femme fatale: la joven Teresa (Simone Signoret) está infelizmente casada con su primo Camille, un tipo enfermizo, aburrido e insoportable, dominado por una madre igual de insoportable, que vive con ellos. La aparición de Laurent (Raf Vallone), un atractivo camionero italiano, despierta en ella los instintos de la juventud que permanecían aletargados y le abre la puerta a la posibilidad de una nueva vida.

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Pero estamos en territorio naturalista, en territorio negro, y ya sabemos que aquí la felicidad brilla por su ausencia, que aquí el que la hace la paga. Quien se deja llevar de manera irracional por sus instintos primarios, intentando alterar el orden establecido, acaba sucumbiendo a los giros de la suerte, al destino escrito, a la fatalidad.

Carné muestra a esos personajes que desean y odian, que chantajean y matan, que no se resignan a lo que les ha tocado en el sorteo sin recurrir a excesos melodramáticos, sin interferir tomando partido o juzgándolos, tan solo dejando que la realidad estropee naturalmente los guiones que habían intentado escribir para sus propias vidas.

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Editada en DVD por Cinecom.

 

 

EL REGRESO de Joseph Conrad / GABRIELLE (2005) de Patrice Chéreau

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El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.

Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.

Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

Traducción de J. M. Lacruz Bassols.

Publicada por Editorial Funambulista.

GabrielleMoviePosterEl recientemente fallecido cineasta Patrice Chéreau acometió la difícil tarea de llevar las palabras de Conrad a imágenes y, en mi opinión, no salió demasiado airoso del reto, creando un envoltorio lujoso pero falto de alma que no consigue involucrarme.

Desde el primer momento intenta dotar de mayor importancia al personaje femenino para que no sea simplemente el detonante del drama, dándole un nombre, titulando con él la película y arropándolo con escenas y personajes secundarios que no aparecen en la novela. Esto, lógicamente, no invalidaría por si solo la adaptación, de no ser porque esos elementos nuevos no aportan nada a lo creado por Conrad, no consiguen equilibrar lo que dicen y hacen ambos personajes y aparecen como postizos ante la esencia primera del texto. Lo que sí logran es que la película naufrague entre dos aguas y que una actriz portentosa como Isabelle Huppert, quien al parecer tuvo más de un encontronazo con Chéreau, parezca despistada y, quizá por única vez, sin saber qué hacer con su personaje.

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Editada en DVD por DeAPlaneta.