Archive for the ‘Cine japonés’ Category

AMOR BAJO EL CRUCIFIJO (1962) de Kinuyo Tanaka

Yamaguchi (Japón), 1909. Nace una de las grandes damas de la historia del cine, Kinuyo Tanaka, conocida sobre todo por sus interpretaciones para varios de los más grandes directores japoneses. Colaboró, entre otros, con Mikio Naruse –A la deriva (Nagareru, 1956)-, con Yasujiro Ozu –Flores de equinoccio (Higanbana, 1958)- y con Kenji Mizoguchi, a cuyas órdenes protagonizó un puñado de incontestables obras maestras, como Vida de Oharu, mujer galante (Saikaku ichidai onna, 1952), Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) o El intendente Sansho (Sansho dayu, 1954). Casi nada.

Sin embargo, su talento y sus inquietudes no se conformaron con situarse delante de la cámara y la llevaron a convertirse en la primera mujer cineasta de Japón. Llegó a dirigir, entre 1953 y 1962, seis películas, de las cuales he podido ver tres, magníficas todas: Carta de amor (Koibumi, 1953), Pechos eternos (Chibusa yo eien nare, 1955) y Amor bajo el crucifijo (Ogin sama), mi preferida quizá porque es la que más me recuerda al cine de Mizoguchi, uno de mis directores imprescindibles.

Ambientada en el siglo XVI, momento en que el cristianismo ya estaba introducido en Japón, aunque sus seguidores no eran precisamente bien vistos, nos cuenta la trágica historia de la joven Gin (Ineko Arima), la hija de un maestro de té, enamorada de un samurái cristiano llamado Ukon (Tatsuya Tanakadai). Este, por culpa de su matrimonio, se resiste a aceptar el amor de la muchacha y le recomienda que acepte el matrimonio por interés que le han propuesto. Tiempo después, ya casada, Gin volverá a encontrarse con Ukon, viudo y a punto de exiliarse, quien acabará confesándole que siempre la ha querido, lo que propiciará que la decisión de Gin de no renunciar a su amor se haga aún más fuerte.

Al igual que las otras dos películas de Tanaka que he visto -y que varias de Mizoguchi-, Amor bajo el crucifijo está protagonizada por una mujer cuyo carácter y determinación pasan por encima de su papel predeterminado por la sociedad en la que vive. Cada plano en el que aparece y cada palabra que dice son una muestra de respeto hacia un personaje que es capaz de renunciar a todo por ser fiel a su amor imposible y que se va haciendo más fuerte a medida que su situación solo le va dejando una salida, convirtiéndose así en la heroína trágica de un film que ni siquiera en los momentos más dramáticos abandona la elegancia y la serenidad -las mismas que caracterizan a su protagonista- en su magistral puesta en escena.

Valgan dos ejemplos para mostrar la belleza de esta obra maestra y la gran influencia que en Tanaka ejerció el cine de su maestro: por un lado, la secuencia clave en que Gin contempla cómo llevan a una mujer adúltera, en cuya mirada ve su valentía y determinación, a ser crucificada, que recuerda ineludiblemente a Los amantes crucificados (Chikamatsu monogatari, 1954); por otro, el demoledor final, en el que Gin se enfrenta a su aceptado destino y que remite directamente al de La emperatriz Yang Kwei-fei (Yôkihi, 1955). Dos instantes de un film maravilloso, probablemente el que mejor ha recogido el magisterio de Kengi Mizoguchi.

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LA VENGANZA DE UN ACTOR (1963) de Kon Ichikawa

Ninguna de las películas que he visto de Kon Ichikawa ha conseguido que le haga un hueco entre mis cineastas japoneses preferidos. Quizás el problema es que, en mi opinión, el estilo en sus obras siempre está un par de peldaños por encima de lo que cuenta, que domina la puesta en escena pero no es un maestro en el arte de contar historias. Como ejemplo de esto, probablemente el mayor de su filmografía, valga La venganza de un actor (Yukinojo henge), remake del film homónimo de 1935 escrito y dirigido por Teinosuke Kinugasa, uno de los primeros directores nipones (re) conocidos en occidente, la historia de un samurái y actor especializado en papeles femeninos (Kazuo Hasegawa, que hace un doble papel interpretando también a un delincuente y que, curiosamente, protagonizó con 28 años menos la primera versión) que, de gira con su compañía, llega a la ciudad donde viven los tres hombres responsables de la muerte de sus padres, a los que juró vengar.

Tras un estupendo inicio, el guion firmado por el también director Daisuke Itô y por Natto Wada -y en el que se mantiene el nombre de Kinugasa- comienza a divagar y a extender el foco de atención en personajes secundarios que poco aportan y en secuencias que desdramatizan un relato que apuntaba a cotas más trágicamente altas, a lo que hay que añadir alguna elipsis que, más que talento narrativo, muestra cierta prisa por acabar o tijeretazo en la sala de montaje. Hasta aquí, lo menos bueno, lo que echará para atrás al espectador interesado solo en historias que lo mantengan en vilo. ¿Qué nos queda? Mucho, muchísimo: una puesta en escena que deja con la boca abierta y un uso de la pantalla ancha como pocas veces he visto.

Ichikawa establece una clara relación dramática y estética entre el cine y el teatro, lo cual no significa, ni mucho menos, que la acción resulte teatral. Terminada la primera y magistral secuencia, en la que vemos al protagonista actuando ante el público, enseguida observamos cómo en las siguientes aprovecha el ancho de la pantalla para colocar a sus personajes como si de un escenario se tratara, como si los espectadores continuásemos en el teatro y la historia de la película fuese también una representación, lo cual se hace aún más obvio en varias escenas ambientadas en exteriores, filmadas como coreografías y en las que la iluminación y el decorado son claramente artificiales. Y por si fuera poco, el tratamiento de los dos personajes a los que da vida Hasegawa contribuye a reforzar esta idea: por un lado, el protagonista, que fuera del escenario continúa vestido y maquillado como una mujer, continúa “interpretando”; por otro, el delincuente, personaje secundario que además realiza apartes, comentarios sobre lo que ocurre, como a veces se da en una obra de teatro.

Ideas, ideas y más ideas magníficas que hacen de La venganza de un actor todo un espectáculo visual; lástima, como decía, que el desarrollo narrativo no esté a la altura del deslumbrante envoltorio para haber conseguido una absoluta obra maestra.

 

 

 

KAIDAN CHIBUSA ENOKI (1958) de Gorô Kadono

Exceptuando algunas obras de Kaneto Shindô y de Masaki Kobayashi editadas en DVD y, quizá, la seminal Una página de locura (Kurutta ippêji, 1926), de Teinosuke Kinugasa, el cine de terror japonés clásico sigue siendo un perfecto desconocido incluso para los muy aficionados al género y al buen cine en general. Su casi nula presencia en el formato doméstico y la renuncia de la basura de televisión pública que tenemos a emitir, como antaño, buenos ciclos de cine de todo el mundo han reducido la posibilidad de descubrir joyas poco conocidas al buceo, prácticamente a ciegas, en la red, donde con suerte podemos encontrarnos con alguna copia en buen estado y subtitulada en algún idioma que entendamos.

Una de esas muchas películas japonesas de terror más que recomendables es Kaidan chibusa enoki, localizable también con su título inglés Ghost of Chinusa Enoki e incluso con el título en castellano La madre árbol, en referencia al árbol lactante gracias al cual la protagonista puede alimentar a su bebé. Basada en la novela de San’yutei Encho, escritor del siglo XIX, nos cuenta la historia de un joven que convence a un famoso pintor para que lo acepte como aprendiz, con el único propósito de asesinarlo y quedarse con su bella esposa. En su locura, seguirá asesinando a todo aquel que pueda comprometerle, pero las almas de sus víctimas volverán para vengarse

El film de Gorô Kadono, apoyándose en la estupenda fotografía en blanco y negro de Hiroshi Suzuki, nos ofrece un buen número de momentos estremecedores, como la escena en que el cadáver del pintor se hunde, cubierto de serpientes, en el agua al que lo ha arrojado su asesino o la visita nocturna del fantasma a su casa para continuar con la obra que estaba pintando antes de morir. Apenas 48 minutos de erotismo, fantasmas vengativos y pintura -motivos recurrentes del fantástico japonés- que nos recuerdan la facilidad del cine nipón para regalarnos imágenes fascinantes y que el descubrimiento de buenas películas ocultas sigue siendo, por fortuna, una labor inacabable.

LA MUJER DE LA ARENA (1964) de Hiroshi Teshigahara

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La breve, ecléctica y fascinante filmografía de Hiroshi Teshigahara vivió su momento de esplendor en los años 60, época en que el cine japonés vio nacer su particular Nueva Ola con directores como Nagisa Oshima o Shohei Imamura a la cabeza. Durante esa década realizó siete películas en colaboración con el escritor Kôbô Abe y el músico Tôru Takemitsu, la más prestigiosa de las cuales sigue siendo La mujer de la arena (Suna no onna), nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y Premio Especial del Jurado en Cannes.

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Basada en la novela homónima de Abe -autor también del guion- publicada en 1962, esta extraña e incomparable película cuenta la historia de un joven entomólogo (Eiji Okada) que busca insectos para su colección en una zona desértica cercana a la costa. Al perder el autobús para volver a su casa, los lugareños a quienes pide ayuda le recomiendan que vaya a pasar la noche al hogar de una viuda (Kyôko Kishida), una casa situada en el fondo de una duna. A la mañana siguiente descubrirá que no puede salir del lugar y que ha sido engañado para pasar el resto de sus días ayudando a la mujer en el interminable trabajo que realiza cada noche: sacar la arena que se ha ido acumulando durante el día para que no acabe sepultando la casa.

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Esta situación en principio absurda se va convirtiendo en una compleja pesadilla alegórica de raíces kafkianas -Kafka es uno de los principales referentes en la literatura de Abe- sobre la existencia humana y el papel del individuo en una sociedad contemporánea que lo atrapa y lo observa, precisamente, como a un insecto, en una rutina sin sentido marcada eternamente por un reloj de arena. Nuestro protagonista pasa paulatinamente del desconcierto ante lo que no entiende a rebelarse contra una situación extrema que pone a prueba sus límites; de la frustración tras su abortado intento de huida a aceptar esa situación de esclavitud, unida a la renuncia a cumplir sus sueños de llegar a ser un gran entomólogo, como algo habitual y cotidiano ante lo que no vale la pena luchar.

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Dejando a un lado los múltiples temas que toca y las diversas lecturas que de ella pueden extraerse, La mujer de la arena es también, y sobre todo, una obra maestra por su puesta en escena, por la magia de sus planos, por sus inquietantes imágenes cortesía del director de fotografía Hiroshi Segawa, otro habitual en el cine de Teshigahara. Es difícil encontrar otra película que nos haga sentir con tanta fuerza e intensidad la claustrofobia y la asfixia, el calor y la sed, el sudor, la sensualidad y el deseo animal de los cuerpos al unirse o la impotencia de un personaje al verse tratado como un pelele cuya función es divertir a los causantes de su cautiverio, en una escena crucial, memorable e imposible de olvidar.

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TRES SAMURÁIS FUERA DE LA LEY (1964) de Hideo Gosha

Tres_samurais_fuera_de_la_ley-384461559-largePara que el aficionado a las buenas historias de samuráis no viva únicamente de las obras maestras de Kurosawa y Kobayashi, el cine doméstico, por fortuna, nos acerca de vez en cuando alguna joya olvidada que nos amplía el panorama. Este es el caso de Tres samuráis fuera de la ley (Sanbiki no Samurai), una estupenda película del no menos olvidado Hideo Gosha que tiene algún punto en común con la obra maestra de Kurosawa Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954).

En esta ocasión no son siete sino tres los samuráis que acaban uniendo sus fuerzas para ayudar a unos campesinos que han secuestrado a la hija del magistrado local con el fin de negociar unas mejores condiciones de vida, aunque a la postre serán los tres luchadores, ante la cobardía de los campesinos, quienes les tendrán que sacar las castañas del fuego enfrentándose solos a los sicarios del magistrado.

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A pesar de esa marcada crítica, el film de Gosha es ante todo un entretenimiento de primera fila en el que prima la acción, una película de espadachines de apenas hora y media tan cercana o más al cine norteamericano como a sus parientes japonesas, quizá más accesible para el gran público pero filmada también con mano maestra. En definitiva, todo un descubrimiento para los que gustan del buen cine japonés.

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Editada en DVD por Filmax.

LOS NIÑOS LOBO (2012) de Mamoru Hosoda

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ookami-kodomo-no-ame-to-yukiA pesar de su todavía breve filmografía, Mamoru Hosoda es ya el gran candidato para suceder a Hayao Miyazaki en el trono de la animación japonesa, y buena prueba de ello es esta pequeña joya titulada Los niños lobo (Ôkami Kodomo no Ame to Yuki), su última película hasta la fecha, la cual tiene, como La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997) de Miyazaki, un punto ecologista que apuesta por la recuperación de la vida en contacto con la naturaleza y una mirada sobre la realidad combinada con elementos fantásticos, aunque presentes de manera menos exuberante y abrumadora.

Los niños lobo cuenta la historia de Hana, una muchacha que se casa con un joven y solitario hombre lobo con el que tiene dos hijos, Ame y Yuki, que heredan la facultad de transformarse en lobos. Tras la muerte del padre, Hana decide llevarse a sus hijos a vivir en el campo para alejarlos de las miradas de los humanos. Allí saldrá adelante cultivando la tierra mientras Ame y Yuki crecen y ven acercarse el momento en que deberán decidir si quieren vivir entre los humanos o entre los lobos.

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Sin guiños hacia el cine de terror ni escenas violentas, a pesar del componente fantástico de la licantropía, y filmada de manera serena, poética y contemplativa, con mayor influencia, en mi opinión, del cine clásico japonés que la mayoría de films de animación -sin ir más lejos, la escena en que Yuki, cubierta de heridas, tiembla en la bañera me recuerda, tanto en su forma como en su significado, a uno de los momentos más dramáticos y decisivos de Lluvia negra (Kuroi ame, 1989) de Imamura-, Los niños lobo es una preciosa fábula educativa, destinada a mayores y niños por igual, sobre la aceptación de los que son diferentes y sobre las decisiones importantes que hemos de tomar a lo largo de nuestra vida.

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Editada en DVD por Selecta Visión.

 

HARAKIRI (1962) / REBELIÓN SAMURÁI (1967) de Masaki Kobayashi

Harakiri_Seppuku-539847961-largeSi de cine de samuráis hablamos, es indudable que Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) y Yojimbo (1961), ambas de Akira Kurosawa, son las dos películas más famosas y que más influencia han ejercido en el cine occidental, hasta el punto de ser llevadas al terreno del wéstern y del cine negro. Muy lejos de ellas en cuanto a popularidad pero, en mi opinión, a la misma altura cinematográfica, lo cual no es decir poco, se encuentran Harakiri (Seppuku) y Rebelión Samurái (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu), las dos obras maestras que sobre el tema realizó Masaki Kobayashi a partir de las novelas de Yasuhiko Takiguchi. De la primera de ellas, por cierto, se realizó hace un par de años una nueva versión a cargo de Takashi Miike.

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Al igual que en los dos films citados de Kurosawa, el protagonista de Harakiri es un ronin sin Señor al que servir, un samurái pobre y caído en desgracia llamado Tsugumo (impresionante interpretación de Tatsuya Nakadai) que acude a la casa de un Clan a pedir ayuda para practicarse el seppuku, el suicidio ritual japonés. Su deseo es concedido, pero antes pide permiso para contar su historia, para relatar los hechos que le han llevado a tomar esa decisión y que están relacionados con el suicidio, tiempo antes y en esa misma casa, de un joven ronin al que conocía.

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De estructura compleja repleta de flash-backs, pausada y serena y a la vez cargada de tensión e intensidad en cada uno de sus planos, Harakiri es una de las más hermosas y perfectas películas del cine japonés, un espectáculo visual y narrativo sin fisuras a lo largo de sus más de dos horas y cuarto y repleto de imágenes para el recuerdo, como el suicidio del joven abriéndose las entrañas con una espada de bambú (una de las escenas más escalofriantes y de mayor desasosiego, sin necesidad de recurrir al mal gusto, que he visto en el cine) o el momento final en que el Señor del Clan se queda a solas, en la oscuridad, con su vergüenza tras la impresionante pelea, claro referente ésta, o a mí me lo parece, de la filmada por Tarantino en la sobrevalorada Kill Bill (2003).

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samurai-rebellion--japanese-Cinco años más tarde, tras realizar otra maravilla, ésta del género de fantasmas, titulada El más allá (Kwaidan, 1964), Kobayashi volvía a contar una historia de samuráis en Rebelión samurái, con Toshiro Mifune, más contenido que de costumbre, en una de sus mejores interpretaciones, y de nuevo con Nakadai en un papel secundario.

El protagonista aquí es Isaburo, el mejor espadachín de un Clan cuyo Señor le obliga a aceptar en su casa a una de sus concubinas para que se case con su hijo. Tras aceptar a regañadientes, los dos jóvenes acaban enamorándose, pero al cabo de un tiempo el Señor se arrepiente de su decisión y ordena que la mujer vuelva con él. Isaburo y su hijo, ante esa gran injusticia, anteponen el honor de su casa a la obediencia y se rebelan, enfrentándose a los guerreros del jefe del Clan en el apabullante tramo final filmado por Kobayashi.

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Ambas películas son dos ejemplos mayúsculos de algunas de las constantes del mejor Kobayashi: impresionante utilización de la pantalla ancha tanto en las escenas de interior como en las exteriores, deslumbrante composición del encuadre, estupendos diálogos e interpretaciones, el uso del zoom como recurso expresivo y no, como de costumbre, gratuito, y una belleza en la puesta en escena que admite pocas comparaciones.

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Sin las gotas de humor de los dos films de Kurosawa, más dramáticas y trágicas, HarakiriRebelión Samurai se cuentan entre las más grandes películas que abordan el tema del honor y el sacrificio, que muestran lo que una persona ha de hacer aunque se deje la vida en ello. En este aspecto me recuerdan muchísimo al mejor cine de Peckinpah. Pienso que, sin duda, el cineasta que filmó Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring me the Head of Alfredo Garcia, 1974) las habría aplaudido y admirado.

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Harakiri está editada en DVD por DeAPlaneta.

 

EL GRAN MAESTRO (1948) de Daisuke Itô

osho-posterContemporáneo de Mizoguchi, Daisuke Itô fue uno de los directores pioneros que iniciaron su andadura en el cine mudo y que contribuyeron decisivamente al desarrollo del lenguaje cinematográfico en el cine sonoro japonés. Poco conocido en nuestro país, al parecer son muy escasas las películas de su fimografía que se conservan.

    Una de ellas es El gran maestro (Ôshô), la historia de un ignorante, pobre y casi ciego fabricante de alpargatas de Osaka (Tsumasaburô Bandô, en una de esas interpretaciones histriónicas que llenan la pantalla y que recuerda a las que posteriormente realizará Toshiro Mifune) que es también un extraordinario jugador de shogi -el equivalente japonés del ajedrez occidental- y que para poder pagar las cuotas de los torneos que juega pone en graves aprietos la economía de su familia. Gracias a un oculista, aficionado también al shogi, recuperará la vista y se convertirá en uno de los grandes jugadores del país y en aspirante al título de Gran Maestro.

    Precisamente es ese tramo final el que hace decaer la película y que no sea una obra redonda, pero la primera y más extensa parte, la que nos muestra la pasión de Sakata por llegar a ser el mejor jugador de shogi y las penurias que pasan su esposa y su pequeña hija (magnífica la escena en que la mujer piensa en suicidarse arrojándose al tren mientras la niña juega entre la vías), es una extraordinaria muestra del talento de Itô y de las características de su cine: una constante y magistral utilización de la elipsis como recurso narrativo junto a una cámara en movimiento que crea complejos travellings que acompañan a los personajes, alternándose con una puesta en escena más serena y contemplativa en la que brillan la profundidad de campo y los significativos primeros planos de los objetos y los rostros. Todo ello hace de El gran maestro un film estéticamente impecable, en el que la forma acaba por imponerse a la historia que nos cuenta.

NUBES FLOTANTES (1955) de Mikio Naruse

Las grandes filmografías de Ozu, Mizoguchi y Kurosawa han conseguido que el cine japonés goce de un merecidísimo prestigio internacional, pero también han logrado sin pretenderlo eclipsar la obra de otros grandes cineastas nipones clásicos, decisiva para que algunos aficionados al cine consideremos a la cinematografía japonesa entre las más importantes.

        Mikio Naruse suele ser considerado el cuarto en discordia, e incluso los que no acaban de comulgar con el cine occidentalizado de Kurosawa opinan que Naruse debería ocupar su lugar en el triunvirato. Dejando de lado los gustos de cada cual y las controversias a menudo apasionantes pero que no suelen llevar a nada (algún día aparecerá por aquí Masaki Kobayashi, y entonces a ver en qué lugar colocamos a esa otra bestia cinematográfica), las películas que conozco de Naruse me lo sitúan más cercano a Ozu que a los otros dos grandes, tanto en la manera de filmar, sin grandes movimientos de cámara y otorgando todo el protagonismo a los actores y sus personajes, como al contar de manera realista historias del Japón de su época, aunque con un mayor pesimismo y sin el humor y la inocencia que a menudo aparecen en el cine de Ozu.

        Nubes flotantes (Ukigumo), una de sus obras maestras y una manera inmejorable de adentrarse en la filmografía de Naruse, cuenta la relación a lo largo de los años de la joven Yukiko (Hideo Takamine) con el maduro hombre casado Tomioka (el gran actor Masayuki Mori, impresionante su duelo interpretativo con Toshiro Mifune en Rashomon (1950) de Kurosawa) desde que se conocen durante la guerra. Naruse nos muestra sus encuentros y separaciones, sus relaciones paralelas, la pobreza y la riqueza que ambos conocen, el odio y el desprecio que a menudo siente Yukiko por Tomioka, y la invencible convicción de que ambos se aman y se necesitan por encima de todo. De manera siempre serena, sin recurrir a estridencias melodramáticas ni a fáciles sentimentalismos, sin ni siquiera buscar esos dos o tres momentos álgidos que destaquen del conjunto, Nubes flotantes me parece una de las historias trágicas de amor más hermosas, enfermizas y apasionadas que nos haya dejado el cine.

                Editada en DVD por Filmax.

PRIMAVERA TARDÍA (1949) de Yasujiro Ozu

En los últimos minutos de Primavera tardía (Banshun), la cámara espera al anciano profesor, que regresa a casa solo tras la boda de su hija. Nos muestra las habitaciones ahora casi a oscuras, el silencio que recuerda la ausencia, y cómo el profesor se sienta y comienza a pelar lentamente una fruta. Y entonces la mirada de Ozu obra el milagro: las manos dejan caer al suelo la piel de la fruta y se quedan quietas, y ese breve plano, sostenido apenas un instante, es capaz de hacernos sentir toda la soledad del protagonista. Ozu nos emociona desdramatizando el drama, mostrándonos las manos en lugar de un primer plano del rostro.

        Es en ese mágico momento cuando la cámara se atreve a acercarse más a lo que desea mostrarnos. Hasta entonces ha asistido a la historia como un espectador más, en silencio y como sin querer interrumpir. Ha acompañado la feliz monotonía del profesor viudo y de su hija Noriko, los paseos en bicicleta, las visitas de los amigos, el trabajo diario. Se ha parado a enseñarnos los objetos de la casa y los lugares de una ciudad en paz tras la reciente guerra, anclada aún en la tradición pero que comienza a occidentalizarse. Ha sido capaz de leer los celos en la mente de Noriko al ver a la mujer que, supuestamente, va a casarse con su padre y a ocupar su lugar, y la ha visto enfadada cruzar la acera para no acompañarle, en una separación momentánea que anticipa magistralmente la que será definitiva. Y ha mirado a Noriko cuando ha aceptado abandonar a su padre, casándose con un hombre al que no ama, por la sencilla razón de que le ha llegado el momento de casarse: la felicidad en el matrimonio es algo que llega con el tiempo…La cámara, desnuda de artificios, como testigo de las alegrías y las tristezas que comparten la vida de dos personas.

        Primavera tardía es mi película preferida de Ozu, por encima incluso de esa otra maravilla que es Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), generalmente considerada la cima de su cine. ¿Será necesario añadir que es también una de las mejores películas de la historia?

                    Editada en DVD por DeAPlaneta.