Archive for the ‘Cine japonés’ Category

LA MUJER DE LA ARENA (1964) de Hiroshi Teshigahara

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La breve, ecléctica y fascinante filmografía de Hiroshi Teshigahara vivió su momento de esplendor en los años 60, época en que el cine japonés vio nacer su particular Nueva Ola con directores como Nagisa Oshima o Shohei Imamura a la cabeza. Durante esa década realizó siete películas en colaboración con el escritor Kôbô Abe y el músico Tôru Takemitsu, la más prestigiosa de las cuales sigue siendo La mujer de la arena (Suna no onna), nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y Premio Especial del Jurado en Cannes.

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Basada en la novela homónima de Abe -autor también del guion- publicada en 1962, esta extraña e incomparable película cuenta la historia de un joven entomólogo (Eiji Okada) que busca insectos para su colección en una zona desértica cercana a la costa. Al perder el autobús para volver a su casa, los lugareños a quienes pide ayuda le recomiendan que vaya a pasar la noche al hogar de una viuda (Kyôko Kishida), una casa situada en el fondo de una duna. A la mañana siguiente descubrirá que no puede salir del lugar y que ha sido engañado para pasar el resto de sus días ayudando a la mujer en el interminable trabajo que realiza cada noche: sacar la arena que se ha ido acumulando durante el día para que no acabe sepultando la casa.

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Esta situación en principio absurda se va convirtiendo en una compleja pesadilla alegórica de raíces kafkianas -Kafka es uno de los principales referentes en la literatura de Abe- sobre la existencia humana y el papel del individuo en una sociedad contemporánea que lo atrapa y lo observa, precisamente, como a un insecto, en una rutina sin sentido marcada eternamente por un reloj de arena. Nuestro protagonista pasa paulatinamente del desconcierto ante lo que no entiende a rebelarse contra una situación extrema que pone a prueba sus límites; de la frustración tras su abortado intento de huida a aceptar esa situación de esclavitud, unida a la renuncia a cumplir sus sueños de llegar a ser un gran entomólogo, como algo habitual y cotidiano ante lo que no vale la pena luchar.

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Dejando a un lado los múltiples temas que toca y las diversas lecturas que de ella pueden extraerse, La mujer de la arena es también, y sobre todo, una obra maestra por su puesta en escena, por la magia de sus planos, por sus inquietantes imágenes cortesía del director de fotografía Hiroshi Segawa, otro habitual en el cine de Teshigahara. Es difícil encontrar otra película que nos haga sentir con tanta fuerza e intensidad la claustrofobia y la asfixia, el calor y la sed, el sudor, la sensualidad y el deseo animal de los cuerpos al unirse o la impotencia de un personaje al verse tratado como un pelele cuya función es divertir a los causantes de su cautiverio, en una escena crucial, memorable e imposible de olvidar.

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TRES SAMURÁIS FUERA DE LA LEY (1964) de Hideo Gosha

Tres_samurais_fuera_de_la_ley-384461559-largePara que el aficionado a las buenas historias de samuráis no viva únicamente de las obras maestras de Kurosawa y Kobayashi, el cine doméstico, por fortuna, nos acerca de vez en cuando alguna joya olvidada que nos amplía el panorama. Este es el caso de Tres samuráis fuera de la ley (Sanbiki no Samurai), una estupenda película del no menos olvidado Hideo Gosha que tiene algún punto en común con la obra maestra de Kurosawa Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954).

En esta ocasión no son siete sino tres los samuráis que acaban uniendo sus fuerzas para ayudar a unos campesinos que han secuestrado a la hija del magistrado local con el fin de negociar unas mejores condiciones de vida, aunque a la postre serán los tres luchadores, ante la cobardía de los campesinos, quienes les tendrán que sacar las castañas del fuego enfrentándose solos a los sicarios del magistrado.

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A pesar de esa marcada crítica, el film de Gosha es ante todo un entretenimiento de primera fila en el que prima la acción, una película de espadachines de apenas hora y media tan cercana o más al cine norteamericano como a sus parientes japonesas, quizá más accesible para el gran público pero filmada también con mano maestra. En definitiva, todo un descubrimiento para los que gustan del buen cine japonés.

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Editada en DVD por Filmax.

LOS NIÑOS LOBO (2012) de Mamoru Hosoda

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ookami-kodomo-no-ame-to-yukiA pesar de su todavía breve filmografía, Mamoru Hosoda es ya el gran candidato para suceder a Hayao Miyazaki en el trono de la animación japonesa, y buena prueba de ello es esta pequeña joya titulada Los niños lobo (Ôkami Kodomo no Ame to Yuki), su última película hasta la fecha, la cual tiene, como La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997) de Miyazaki, un punto ecologista que apuesta por la recuperación de la vida en contacto con la naturaleza y una mirada sobre la realidad combinada con elementos fantásticos, aunque presentes de manera menos exuberante y abrumadora.

Los niños lobo cuenta la historia de Hana, una muchacha que se casa con un joven y solitario hombre lobo con el que tiene dos hijos, Ame y Yuki, que heredan la facultad de transformarse en lobos. Tras la muerte del padre, Hana decide llevarse a sus hijos a vivir en el campo para alejarlos de las miradas de los humanos. Allí saldrá adelante cultivando la tierra mientras Ame y Yuki crecen y ven acercarse el momento en que deberán decidir si quieren vivir entre los humanos o entre los lobos.

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Sin guiños hacia el cine de terror ni escenas violentas, a pesar del componente fantástico de la licantropía, y filmada de manera serena, poética y contemplativa, con mayor influencia, en mi opinión, del cine clásico japonés que la mayoría de films de animación -sin ir más lejos, la escena en que Yuki, cubierta de heridas, tiembla en la bañera me recuerda, tanto en su forma como en su significado, a uno de los momentos más dramáticos y decisivos de Lluvia negra (Kuroi ame, 1989) de Imamura-, Los niños lobo es una preciosa fábula educativa, destinada a mayores y niños por igual, sobre la aceptación de los que son diferentes y sobre las decisiones importantes que hemos de tomar a lo largo de nuestra vida.

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Editada en DVD por Selecta Visión.

 

HARAKIRI (1962) / REBELIÓN SAMURÁI (1967) de Masaki Kobayashi

Harakiri_Seppuku-539847961-largeSi de cine de samuráis hablamos, es indudable que Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) y Yojimbo (1961), ambas de Akira Kurosawa, son las dos películas más famosas y que más influencia han ejercido en el cine occidental, hasta el punto de ser llevadas al terreno del wéstern y del cine negro. Muy lejos de ellas en cuanto a popularidad pero, en mi opinión, a la misma altura cinematográfica, lo cual no es decir poco, se encuentran Harakiri (Seppuku) y Rebelión Samurái (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu), las dos obras maestras que sobre el tema realizó Masaki Kobayashi a partir de las novelas de Yasuhiko Takiguchi. De la primera de ellas, por cierto, se realizó hace un par de años una nueva versión a cargo de Takashi Miike.

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Al igual que en los dos films citados de Kurosawa, el protagonista de Harakiri es un ronin sin Señor al que servir, un samurái pobre y caído en desgracia llamado Tsugumo (impresionante interpretación de Tatsuya Nakadai) que acude a la casa de un Clan a pedir ayuda para practicarse el seppuku, el suicidio ritual japonés. Su deseo es concedido, pero antes pide permiso para contar su historia, para relatar los hechos que le han llevado a tomar esa decisión y que están relacionados con el suicidio, tiempo antes y en esa misma casa, de un joven ronin al que conocía.

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De estructura compleja repleta de flash-backs, pausada y serena y a la vez cargada de tensión e intensidad en cada uno de sus planos, Harakiri es una de las más hermosas y perfectas películas del cine japonés, un espectáculo visual y narrativo sin fisuras a lo largo de sus más de dos horas y cuarto y repleto de imágenes para el recuerdo, como el suicidio del joven abriéndose las entrañas con una espada de bambú (una de las escenas más escalofriantes y de mayor desasosiego, sin necesidad de recurrir al mal gusto, que he visto en el cine) o el momento final en que el Señor del Clan se queda a solas, en la oscuridad, con su vergüenza tras la impresionante pelea, claro referente ésta, o a mí me lo parece, de la filmada por Tarantino en la sobrevalorada Kill Bill (2003).

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samurai-rebellion--japanese-Cinco años más tarde, tras realizar otra maravilla, ésta del género de fantasmas, titulada El más allá (Kwaidan, 1964), Kobayashi volvía a contar una historia de samuráis en Rebelión samurái, con Toshiro Mifune, más contenido que de costumbre, en una de sus mejores interpretaciones, y de nuevo con Nakadai en un papel secundario.

El protagonista aquí es Isaburo, el mejor espadachín de un Clan cuyo Señor le obliga a aceptar en su casa a una de sus concubinas para que se case con su hijo. Tras aceptar a regañadientes, los dos jóvenes acaban enamorándose, pero al cabo de un tiempo el Señor se arrepiente de su decisión y ordena que la mujer vuelva con él. Isaburo y su hijo, ante esa gran injusticia, anteponen el honor de su casa a la obediencia y se rebelan, enfrentándose a los guerreros del jefe del Clan en el apabullante tramo final filmado por Kobayashi.

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Ambas películas son dos ejemplos mayúsculos de algunas de las constantes del mejor Kobayashi: impresionante utilización de la pantalla ancha tanto en las escenas de interior como en las exteriores, deslumbrante composición del encuadre, estupendos diálogos e interpretaciones, el uso del zoom como recurso expresivo y no, como de costumbre, gratuito, y una belleza en la puesta en escena que admite pocas comparaciones.

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Sin las gotas de humor de los dos films de Kurosawa, más dramáticas y trágicas, HarakiriRebelión Samurai se cuentan entre las más grandes películas que abordan el tema del honor y el sacrificio, que muestran lo que una persona ha de hacer aunque se deje la vida en ello. En este aspecto me recuerdan muchísimo al mejor cine de Peckinpah. Pienso que, sin duda, el cineasta que filmó Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring me the Head of Alfredo Garcia, 1974) las habría aplaudido y admirado.

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Harakiri está editada en DVD por DeAPlaneta.

 

EL GRAN MAESTRO (1948) de Daisuke Itô

osho-posterContemporáneo de Mizoguchi, Daisuke Itô fue uno de los directores pioneros que iniciaron su andadura en el cine mudo y que contribuyeron decisivamente al desarrollo del lenguaje cinematográfico en el cine sonoro japonés. Poco conocido en nuestro país, al parecer son muy escasas las películas de su fimografía que se conservan.

    Una de ellas es El gran maestro (Ôshô), la historia de un ignorante, pobre y casi ciego fabricante de alpargatas de Osaka (Tsumasaburô Bandô, en una de esas interpretaciones histriónicas que llenan la pantalla y que recuerda a las que posteriormente realizará Toshiro Mifune) que es también un extraordinario jugador de shogi -el equivalente japonés del ajedrez occidental- y que para poder pagar las cuotas de los torneos que juega pone en graves aprietos la economía de su familia. Gracias a un oculista, aficionado también al shogi, recuperará la vista y se convertirá en uno de los grandes jugadores del país y en aspirante al título de Gran Maestro.

    Precisamente es ese tramo final el que hace decaer la película y que no sea una obra redonda, pero la primera y más extensa parte, la que nos muestra la pasión de Sakata por llegar a ser el mejor jugador de shogi y las penurias que pasan su esposa y su pequeña hija (magnífica la escena en que la mujer piensa en suicidarse arrojándose al tren mientras la niña juega entre la vías), es una extraordinaria muestra del talento de Itô y de las características de su cine: una constante y magistral utilización de la elipsis como recurso narrativo junto a una cámara en movimiento que crea complejos travellings que acompañan a los personajes, alternándose con una puesta en escena más serena y contemplativa en la que brillan la profundidad de campo y los significativos primeros planos de los objetos y los rostros. Todo ello hace de El gran maestro un film estéticamente impecable, en el que la forma acaba por imponerse a la historia que nos cuenta.

NUBES FLOTANTES (1955) de Mikio Naruse

Las grandes filmografías de Ozu, Mizoguchi y Kurosawa han conseguido que el cine japonés goce de un merecidísimo prestigio internacional, pero también han logrado sin pretenderlo eclipsar la obra de otros grandes cineastas nipones clásicos, decisiva para que algunos aficionados al cine consideremos a la cinematografía japonesa entre las más importantes.

        Mikio Naruse suele ser considerado el cuarto en discordia, e incluso los que no acaban de comulgar con el cine occidentalizado de Kurosawa opinan que Naruse debería ocupar su lugar en el triunvirato. Dejando de lado los gustos de cada cual y las controversias a menudo apasionantes pero que no suelen llevar a nada (algún día aparecerá por aquí Masaki Kobayashi, y entonces a ver en qué lugar colocamos a esa otra bestia cinematográfica), las películas que conozco de Naruse me lo sitúan más cercano a Ozu que a los otros dos grandes, tanto en la manera de filmar, sin grandes movimientos de cámara y otorgando todo el protagonismo a los actores y sus personajes, como al contar de manera realista historias del Japón de su época, aunque con un mayor pesimismo y sin el humor y la inocencia que a menudo aparecen en el cine de Ozu.

        Nubes flotantes (Ukigumo), una de sus obras maestras y una manera inmejorable de adentrarse en la filmografía de Naruse, cuenta la relación a lo largo de los años de la joven Yukiko (Hideo Takamine) con el maduro hombre casado Tomioka (el gran actor Masayuki Mori, impresionante su duelo interpretativo con Toshiro Mifune en Rashomon (1950) de Kurosawa) desde que se conocen durante la guerra. Naruse nos muestra sus encuentros y separaciones, sus relaciones paralelas, la pobreza y la riqueza que ambos conocen, el odio y el desprecio que a menudo siente Yukiko por Tomioka, y la invencible convicción de que ambos se aman y se necesitan por encima de todo. De manera siempre serena, sin recurrir a estridencias melodramáticas ni a fáciles sentimentalismos, sin ni siquiera buscar esos dos o tres momentos álgidos que destaquen del conjunto, Nubes flotantes me parece una de las historias trágicas de amor más hermosas, enfermizas y apasionadas que nos haya dejado el cine.

                Editada en DVD por Filmax.

PRIMAVERA TARDÍA (1949) de Yasujiro Ozu

En los últimos minutos de Primavera tardía (Banshun), la cámara espera al anciano profesor, que regresa a casa solo tras la boda de su hija. Nos muestra las habitaciones ahora casi a oscuras, el silencio que recuerda la ausencia, y cómo el profesor se sienta y comienza a pelar lentamente una fruta. Y entonces la mirada de Ozu obra el milagro: las manos dejan caer al suelo la piel de la fruta y se quedan quietas, y ese breve plano, sostenido apenas un instante, es capaz de hacernos sentir toda la soledad del protagonista. Ozu nos emociona desdramatizando el drama, mostrándonos las manos en lugar de un primer plano del rostro.

        Es en ese mágico momento cuando la cámara se atreve a acercarse más a lo que desea mostrarnos. Hasta entonces ha asistido a la historia como un espectador más, en silencio y como sin querer interrumpir. Ha acompañado la feliz monotonía del profesor viudo y de su hija Noriko, los paseos en bicicleta, las visitas de los amigos, el trabajo diario. Se ha parado a enseñarnos los objetos de la casa y los lugares de una ciudad en paz tras la reciente guerra, anclada aún en la tradición pero que comienza a occidentalizarse. Ha sido capaz de leer los celos en la mente de Noriko al ver a la mujer que, supuestamente, va a casarse con su padre y a ocupar su lugar, y la ha visto enfadada cruzar la acera para no acompañarle, en una separación momentánea que anticipa magistralmente la que será definitiva. Y ha mirado a Noriko cuando ha aceptado abandonar a su padre, casándose con un hombre al que no ama, por la sencilla razón de que le ha llegado el momento de casarse: la felicidad en el matrimonio es algo que llega con el tiempo…La cámara, desnuda de artificios, como testigo de las alegrías y las tristezas que comparten la vida de dos personas.

        Primavera tardía es mi película preferida de Ozu, por encima incluso de esa otra maravilla que es Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), generalmente considerada la cima de su cine. ¿Será necesario añadir que es también una de las mejores películas de la historia?

                    Editada en DVD por DeAPlaneta.

EL INFIERNO DEL ODIO (1963) de Akira Kurosawa

La carrera literaria de Evan Hunter (o Ed McBain, seudónimo con el que firmó muchas de sus novelas) estuvo a menudo muy ligada al cine. Tras las adaptaciones de dos de sus novelas por parte de Richard Brooks en Semilla de maldad (The blackboard jungle, 1955) y de Richard Quine en su obra maestra Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960), con guión del propio Hunter, Hitchcock contó con él para escribir Los pájaros (The birds, 1963), a partir de la novela de Daphne du Maurier. Pero la aportación de Hunter al cine no se limitó a Hollywood, y el mismísimo Akira Kurosawa, buen conocedor de la literatura y el cine norteamericanos, recurrió a su novela King´s ransom para realizar El infierno del odio (Tengoku to jigoku), la que para mí es la mejor de sus cuatro brillantes incursiones en el género negro.

        Tras una larguísima secuencia inicial que puede sorprender al espectador acostumbrado sólo al cine negro norteamericano, durante la cual el protagonista Gondo (Toshiro Mifune) recibe una llamada comunicándole el secuestro de su hijo y el pago exigido a cambio de su vida, y la posterior confirmación de que en realidad los secuestradores han cometido un error, llevándose al hijo de su chófer, el film cobra un ritmo trepidante mucho más cercano al del cine occidental, mostrando minuciosamente las investigaciones de la policía en una ciudad asolada por la delincuencia y las marcadas diferencias de clase en una sociedad que sufre las consecuencias de la guerra. Con una fotografía excepcional en la que las luces y las sombras ayudan a mostrar el enfrentamiento entre dos mundos que conviven, entre el día de las clases acomodadas y la noche de los marginados y criminales, El infierno del odio, como las otras tres aportaciones de Kurosawa, nos acerca la cara más sórdida y realista del género.

        Entre sus grandes momentos, la escena del pago del rescate en el tren es un prodigio de ritmo, planificación y montaje muchas veces imitado y nunca superado, y el último fragmento, la guinda para esta obra maestra, la conversación entre Gondo y el secuestrador en la cárcel en la que éste le explica los motivos del secuestro y su ira acumulada durante años hacia los que poseen todo lo que él no ha tenido nunca acaba estallando, mientras la mampara que los separa se cierra definitivamente como una losa, es uno de los finales más secos e impactantes que nos ha dejado el cine.

                 Editada en DVD por Filmax. 

LLUVIA NEGRA (1989) de Shohei Imamura

Vaya por delante que, en general, la filmografía de Shohei Imamura no me parece de las más destacables del cine japonés. Ni siquiera La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983), que para muchos es su mejor película, me entusiasma demasiado, y menos aún si la comparo con la versión de 1958 dirigida por Keisuke Kinoshita, que, en mi opinión, es mucho mejor. Pero, al igual que me ocurre con otros directores que no son santo de mi devoción, uno de los films de Imamura sí me parece una obra maestra, y es Lluvia negra (Kuroi ame), adaptación de la novela homónima de Masuji Ibuse, publicada de forma seriada en 1965 y como libro un año más tarde.

        El texto escrito por Ibuse, basado en documentos, entrevistas y diarios de algunas de las víctimas de la masacre de Hiroshima, es la crónica del desconcierto y de las consecuencias que ocasionó la bomba entre unos seres humanos a los que, de repente, les cayó encima toda la ferocidad de la guerra. Huyendo del pesimismo y sin perder el tiempo en buscar causas o señalar culpables, Ibuse se centra en el drama cotidiano (la búsqueda de familiares, la escasez de alimentos y medicinas, los primeros síntomas de la radiación y el desconocimento de cómo tratarlos, etc) y en las esperanzas de futuro. Sin necesidad de que el autor recurra a ningún tipo de exhibicionismo literario, algunas de las páginas de esta soberbia novela ponen los pelos de punta.

        La película de Imamura, con un blanco y negro impresionante, consigue trasladar a sus imágenes el tono de la novela, y acierta al dar mayor protagonismo a la historia de Yasuko, la joven a la que su pretendiente rechaza porque ha estado expuesta a las radiaciones de la bomba y que, poco a poco, irá experimentando los síntomas de la enfermedad.

        Si bien Lluvia negra es toda ella sobresaliente, aunque sólo se haya visto una vez resulta difícil no recordar especialmente dos momentos: la escena, no apta para estómagos sensibles, que muestra, tras el estallido de la bomba, el caos absoluto, los cadáveres amontonados, los heridos deformes y mutilados caminando como zombis, la lluvia negra cayendo sobre la gente…; y el plano, tan bello como triste, en que Yasuko, mientras se baña, se acaricia el cabello y ve cómo se le cae a jirones y se le queda en las manos.

        En ese instante de gran cine, posiblemente el mejor que haya filmado nunca, Imamura consigue resumir en una sola mirada el miedo, la desolación y las preguntas sin respuesta de todo un pueblo.

LA EMPERATRIZ YANG-KWEI-FEI (1955) de Kenji Mizoguchi

Decir que determinada película es una de las más hermosas de Kenji Mizoguchi para mí equivale a considerarla como una de las más hermosas de la historia del cine. Y eso me parece La emperatriz Yang-Kwei-Fei (Yôkihi), la historia de la muchacha plebeya que enamora al emperador y le devuelve las ganas de vivir perdidas tras la muerte de su esposa, algo similar al cuento de La Cenicienta pero en la China del siglo VIII, con hermanos malvados incluidos.

        Mizoguchi narra este amor imposible entre intrigas cortesanas con planos más cortos y una cámara menos móvil de lo que suele ser habitual, pero el resultado alcanza una sensibilidad que poco tiene que envidiar a los mejores momentos de Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) y El intendente Sansho (Sansho dayu, 1954), sus otras dos obras cumbre, sobre todo en escenas como la escapada de la pareja, que asiste de incógnito a una celebración entre el pueblo (que recuerda al momento en que la princesa Audrey Hepburn y el periodista Gregory Peck se mezclan con la gente en otra maravillosa película, Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953) de William Wyler), y el plano final -tras el flash-back que abarca casi todo el film-, con la muerte del emperador en su habitación, acompañado solamente por la estatua de su amada, y la reunión de las dos almas, que escapan del palacio sin que nadie pueda ya separarlas. En otro momento similar, las almas de Rex Harrison y Gene Tierney conseguían por fin estar juntas en la memorable El fantasma y la señora Muir (The ghost and Mrs. Muir, 1947). Y es que el mejor cine, nos llegue de Japón o de un estudio de Hollywood, no entiende mucho de nacionalidades.

        Cuando se busca algún cineasta con el que comparar a John Ford se suele recurrir a Hawks y a Walsh, creo que más que nada porque los tres eran norteamericanos, de la misma generación, y los tres filmaron westerns. Para mí el más cercano a Ford siempre ha sido Mizoguchi, si no en la manera de filmar, en la planificación, sí en el fondo de sus historias. El momento cumbre de este film (y uno de los más serenos y bellos del cine japonés), en el que vemos a la amada del emperador dirigirse a su ejecución, es buena prueba de ello. Mizoguchi cierra el plano sin mostrarnos su muerte, igual que Ford no nos muestra la de la doctora Cartwright al final de Siete mujeres (Seven Women, 1965), la película que puso punto y final a su filmografía. El mismo cariño, el mismo respeto por sus personajes, consigue unir las miradas de dos de los mayores artistas del siglo xx.

               Editada en DVD por DeAPlaneta.