Archive for the ‘Cine japonés’ Category

SHURA (1971) de Toshio Matsumoto

También conocido en el mercado anglosajón por los títulos Demons -que sería, aproximadamente, la traducción del título original- y Pandemonium, el film Shura tiene como protagonista a Gengobe (Katsuo Nakamura), un ronin abandonado a los placeres mundanos mientras espera la orden de reunirse con sus antiguos compañeros para llevar a cabo una venganza. Sin apenas datos al respecto, podemos tomar a Gengobe como uno de los legendarios samuráis de Ako; pero el relato que veremos en pantalla nada tiene que ver con la épica histórica, sino con la tragedia personal del protagonista: una geisha llamada Koman (Yasuko Sanjo), de la que está enamorado, elabora un plan junto a su marido y sus amigos para engañarlo y quedarse con su dinero. Deshonrado y puesto en ridículo, Gengobe se convertirá en un demonio sanguinario que dejará de lado cualquier código para asesinar a quienes han arruinado su vida.

Shura está basada en una obra de Nanboku Tsuruya, y no cuesta nada, de hecho, imaginarse su historia, desarrollada casi exclusivamente en interiores, representada sobre un escenario; aun así, la película de Matsumoto es un gigantesco espectáculo cinematográfico que ni siquiera se ve empañado por el montaje vanguardista de algunos planos, muy típico de los 70, que nada bueno aporta. Durante dos y cuarto, la potencia de sus imágenes, exquisitamente planificadas, nos deja hipnotizados contemplando una sinfonía nocturna de violencia, sangre y horror, adornada con elementos oníricos y fantasmales, que siempre, incluso en sus momentos lindantes con el gore o en sus impactantes primeros planos, está dominada por la elegancia y la belleza.

Buena parte de dicha belleza hay que apuntársela a la fotografía en blanco y negro, con pocos blancos y muchos negros, de Tatsuo Suzuki, que hace más que recomendable el visionado en pantalla grande. La oscuridad ya no es aquí solo un componente estético, sino incluso, como pocas veces, un protagonista fundamental de la película, un símbolo en el que solo cabe ya la muerte, que envuelve a unos personajes abandonados para siempre por la luz y del que surgen como trágicos fantasmas shakespearianos dominados por la venganza, el deseo, el engaño o la ambición. Y es que mucho hay del teatro de Shakespeare en esta maravilla del cine inexplicablemente poco conocida.

 

 

 

 

 

 

 

 

47 RONIN. LA HISTORIA DE LOS LEALES SAMURÁIS DE AKO de Tamenaga Shunsui

El relato protagonizado por los 47 ronin (samurái sin señor) de Ako es uno de los hechos más famosos de la historia de Japón. Acaecido en nuestro año de 1703 -era Genroku japonesa-, convertido en leyenda a lo largo de los años por medio de sus muchas versiones y motivo de orgullo para el carácter nipón, ha estado presente en la novela, en el teatro kabuki y en el bunraku y, ya en el siglo XX, en el cine y en el cómic. Popular incluso en Occidente, el mismo Jorge Luis Borges se hizo eco de él en el cuento “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké”, incluido en el volumen Historia universal de la infamia (1935). Fue en dicho cuento, precisamente, donde leí por primera vez sobre la leyenda.

El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal.

La versión novelada de los sucesos que escribió Tamenaga Shunsui, titulada en su edición española 47 ronin. La historia de los leales samuráis de Ako (Iroha Bunko), es quizá la forma literaria más accesible para nosotros de conocer la historia de estos 47 samuráis que esperaron pacientemente casi dos años para, aun conociendo las consecuencias, vengar la muerte de su señor Asano, obligado por las leyes a practicarse el seppuku o suicidio ritual por haber atacado al maestro de ceremonias que lo ofendió y cuyo nombre da título al cuento de Borges; una historia repleta de aventura, tragedia y poesía, marcada por el sentido del honor de unos personajes que, tras consumar su venganza, aceptaron también el castigo del suicidio.

Después, relató brevemente la vida de los cuarenta y siete ronin, deteniéndose a menudo para enjugar las lágrimas de sus mejillas. Su elocuencia emocionó profundamente a los oyentes, quienes, de vez en cuando, dejaban oír piadosas exclamaciones y mojaban sus mangas con el rocío de la pena y la alegría.

Cuando hubo hecho el elogio de todos los mártires, concluyó así su oración:

-El recuerdo de sus sufrimientos, de su heroísmo y su lealtad está grabado en una tablilla de oro, y el roce del tiempo, que casi todo lo borra, no podrá menos que dar más lustre a sus gloriosos nombres.

Traducción de Ángel González y Marián Bango.

Publicada por Satori Ediciones.

La historia de estos 47 vengadores ha conocido, desde los tiempos del cine mudo, muchas adaptaciones a la pantalla, incluida alguna estadounidense que podía haberse quedado en el baúl de los proyectos. El gran Kenji Mizoguchi realizó una de las más conocidas, La venganza de los cuarenta y siete samuráis (Genroku chusingura, 1941), pero no me parece que pueda contarse entre sus mejores películas. De las que he visto, recomendaría 47 Ronin (Chusingura), de Hiroshi Inagaki, un estupendo film que cuenta los hechos básicamente de la misma forma que la novela de Shunsui y que, a pesar de sus tres horas y media, no se le hará nada pesada al espectador habituado al cine japonés clásico.

 

 

TATUAJE (1966) de Yasuzo Masumura

En su breve relato, de apenas diez páginas, “Tatuaje” (Shisei, 1910), Junichiro Tanizaki nos contaba la turbia historia de Seikichi, un maestro tatuador que encuentra en la piel perfecta de una inocente joven el lienzo ideal para realizar su obra maestra: el tatuaje de una enorme araña. Una vez realizado el trabajo, el carácter violento de la araña posee a la muchacha, cuya primera víctima será el propio Seikichi.

El texto de Tanizaki es la base del guion escrito por el también director Kaneto Shindô y convertido en seductoras imágenes por Yasuzo Masumura, uno de los más brillantes cineastas japoneses entre los que comenzaron su andadura a finales de los años 50. Centrado en el personaje de la chica, Otsuya (la bellísima y estupenda actriz Ayako Wakao), el film Tatuaje (Irezumi) nos relata cómo, tras huir de casa de sus padres con su novio, es forzada mediante engaños a ingresar en una casa de geishas y a practicar la prostitución. En ese lugar será donde le tatúen la araña, cuyo espíritu se adueñará de ella y la impulsará a vengarse de los hombres que la han llevado a esa situación.


El talento de Masumura nos gana para la causa desde el esplendoroso inicio del film, que recuerda, quizá demasiado, al de una de las películas más controvertidas del cine japonés: Nieve negra (Kuroi Yuki, 1965), de Tetsuji Takechi. Mientras en un lado de la pantalla vemos sobreimpresionados los títulos de crédito, en el otro se nos muestra lo que básicamente contaba el relato de Tanizaki: cómo a una Otsuya que experimenta a la vez dolor y placer le tatúan la enorme araña con rostro humano en la espalda. Tras esta magnífica escena, la película nos cuenta la historia de la joven desde el principio, las razones que la han llevado hasta ese momento crucial, que volveremos a ver, para en su tramo final relatarnos la sangrienta venganza.

El film de Masumura, como otras de sus obras, es una sinfonía de color -fotografía de Kazuo Miyagawa- en magistral pantalla ancha, que brilla especialmente en las escenas exteriores, lienzos dominados por la lluvia, el barro y la nieve; una coreografía casi musical de la violencia, con una composición del plano cuidada hasta el mínimo detalle, que indaga con el mejor gusto visual posible, como probablemente solo el cine japonés haya podido hacer, en temas tan controvertidos como el sexo, el erotismo, la prostitución y el sadomasoquismo.

AMOR BAJO EL CRUCIFIJO (1962) de Kinuyo Tanaka

Yamaguchi (Japón), 1909. Nace una de las grandes damas de la historia del cine, Kinuyo Tanaka, conocida sobre todo por sus interpretaciones para varios de los más grandes directores japoneses. Colaboró, entre otros, con Mikio Naruse –A la deriva (Nagareru, 1956)-, con Yasujiro Ozu –Flores de equinoccio (Higanbana, 1958)- y con Kenji Mizoguchi, a cuyas órdenes protagonizó un puñado de incontestables obras maestras, como Vida de Oharu, mujer galante (Saikaku ichidai onna, 1952), Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) o El intendente Sansho (Sansho dayu, 1954). Casi nada.

Sin embargo, su talento y sus inquietudes no se conformaron con situarse delante de la cámara y la llevaron a convertirse en la primera mujer cineasta de Japón. Llegó a dirigir, entre 1953 y 1962, seis películas, de las cuales he podido ver tres, magníficas todas: Carta de amor (Koibumi, 1953), Pechos eternos (Chibusa yo eien nare, 1955) y Amor bajo el crucifijo (Ogin sama), mi preferida quizá porque es la que más me recuerda al cine de Mizoguchi, uno de mis directores imprescindibles.

Ambientada en el siglo XVI, momento en que el cristianismo ya estaba introducido en Japón, aunque sus seguidores no eran precisamente bien vistos, nos cuenta la trágica historia de la joven Gin (Ineko Arima), la hija de un maestro de té, enamorada de un samurái cristiano llamado Ukon (Tatsuya Tanakadai). Este, por culpa de su matrimonio, se resiste a aceptar el amor de la muchacha y le recomienda que acepte el matrimonio por interés que le han propuesto. Tiempo después, ya casada, Gin volverá a encontrarse con Ukon, viudo y a punto de exiliarse, quien acabará confesándole que siempre la ha querido, lo que propiciará que la decisión de Gin de no renunciar a su amor se haga aún más fuerte.

Al igual que las otras dos películas de Tanaka que he visto -y que varias de Mizoguchi-, Amor bajo el crucifijo está protagonizada por una mujer cuyo carácter y determinación pasan por encima de su papel predeterminado por la sociedad en la que vive. Cada plano en el que aparece y cada palabra que dice son una muestra de respeto hacia un personaje que es capaz de renunciar a todo por ser fiel a su amor imposible y que se va haciendo más fuerte a medida que su situación solo le va dejando una salida, convirtiéndose así en la heroína trágica de un film que ni siquiera en los momentos más dramáticos abandona la elegancia y la serenidad -las mismas que caracterizan a su protagonista- en su magistral puesta en escena.

Valgan dos ejemplos para mostrar la belleza de esta obra maestra y la gran influencia que en Tanaka ejerció el cine de su maestro: por un lado, la secuencia clave en que Gin contempla cómo llevan a una mujer adúltera, en cuya mirada ve su valentía y determinación, a ser crucificada, que recuerda ineludiblemente a Los amantes crucificados (Chikamatsu monogatari, 1954); por otro, el demoledor final, en el que Gin se enfrenta a su aceptado destino y que remite directamente al de La emperatriz Yang Kwei-fei (Yôkihi, 1955). Dos instantes de un film maravilloso, probablemente el que mejor ha recogido el magisterio de Kengi Mizoguchi.

LA VENGANZA DE UN ACTOR (1963) de Kon Ichikawa

Ninguna de las películas que he visto de Kon Ichikawa ha conseguido que le haga un hueco entre mis cineastas japoneses preferidos. Quizás el problema es que, en mi opinión, el estilo en sus obras siempre está un par de peldaños por encima de lo que cuenta, que domina la puesta en escena pero no es un maestro en el arte de contar historias. Como ejemplo de esto, probablemente el mayor de su filmografía, valga La venganza de un actor (Yukinojo henge), remake del film homónimo de 1935 escrito y dirigido por Teinosuke Kinugasa, uno de los primeros directores nipones (re) conocidos en occidente, la historia de un samurái y actor especializado en papeles femeninos (Kazuo Hasegawa, que hace un doble papel interpretando también a un delincuente y que, curiosamente, protagonizó con 28 años menos la primera versión) que, de gira con su compañía, llega a la ciudad donde viven los tres hombres responsables de la muerte de sus padres, a los que juró vengar.

Tras un estupendo inicio, el guion firmado por el también director Daisuke Itô y por Natto Wada -y en el que se mantiene el nombre de Kinugasa- comienza a divagar y a extender el foco de atención en personajes secundarios que poco aportan y en secuencias que desdramatizan un relato que apuntaba a cotas más trágicamente altas, a lo que hay que añadir alguna elipsis que, más que talento narrativo, muestra cierta prisa por acabar o tijeretazo en la sala de montaje. Hasta aquí, lo menos bueno, lo que echará para atrás al espectador interesado solo en historias que lo mantengan en vilo. ¿Qué nos queda? Mucho, muchísimo: una puesta en escena que deja con la boca abierta y un uso de la pantalla ancha como pocas veces he visto.

Ichikawa establece una clara relación dramática y estética entre el cine y el teatro, lo cual no significa, ni mucho menos, que la acción resulte teatral. Terminada la primera y magistral secuencia, en la que vemos al protagonista actuando ante el público, enseguida observamos cómo en las siguientes aprovecha el ancho de la pantalla para colocar a sus personajes como si de un escenario se tratara, como si los espectadores continuásemos en el teatro y la historia de la película fuese también una representación, lo cual se hace aún más obvio en varias escenas ambientadas en exteriores, filmadas como coreografías y en las que la iluminación y el decorado son claramente artificiales. Y por si fuera poco, el tratamiento de los dos personajes a los que da vida Hasegawa contribuye a reforzar esta idea: por un lado, el protagonista, que fuera del escenario continúa vestido y maquillado como una mujer, continúa “interpretando”; por otro, el delincuente, personaje secundario que además realiza apartes, comentarios sobre lo que ocurre, como a veces se da en una obra de teatro.

Ideas, ideas y más ideas magníficas que hacen de La venganza de un actor todo un espectáculo visual; lástima, como decía, que el desarrollo narrativo no esté a la altura del deslumbrante envoltorio para haber conseguido una absoluta obra maestra.

 

 

 

KAIDAN CHIBUSA ENOKI (1958) de Gorô Kadono

Exceptuando algunas obras de Kaneto Shindô y de Masaki Kobayashi editadas en DVD y, quizá, la seminal Una página de locura (Kurutta ippêji, 1926), de Teinosuke Kinugasa, el cine de terror japonés clásico sigue siendo un perfecto desconocido incluso para los muy aficionados al género y al buen cine en general. Su casi nula presencia en el formato doméstico y la renuncia de la basura de televisión pública que tenemos a emitir, como antaño, buenos ciclos de cine de todo el mundo han reducido la posibilidad de descubrir joyas poco conocidas al buceo, prácticamente a ciegas, en la red, donde con suerte podemos encontrarnos con alguna copia en buen estado y subtitulada en algún idioma que entendamos.

Una de esas muchas películas japonesas de terror más que recomendables es Kaidan chibusa enoki, localizable también con su título inglés Ghost of Chinusa Enoki e incluso con el título en castellano La madre árbol, en referencia al árbol lactante gracias al cual la protagonista puede alimentar a su bebé. Basada en la novela de San’yutei Encho, escritor del siglo XIX, nos cuenta la historia de un joven que convence a un famoso pintor para que lo acepte como aprendiz, con el único propósito de asesinarlo y quedarse con su bella esposa. En su locura, seguirá asesinando a todo aquel que pueda comprometerle, pero las almas de sus víctimas volverán para vengarse

El film de Gorô Kadono, apoyándose en la estupenda fotografía en blanco y negro de Hiroshi Suzuki, nos ofrece un buen número de momentos estremecedores, como la escena en que el cadáver del pintor se hunde, cubierto de serpientes, en el agua al que lo ha arrojado su asesino o la visita nocturna del fantasma a su casa para continuar con la obra que estaba pintando antes de morir. Apenas 48 minutos de erotismo, fantasmas vengativos y pintura -motivos recurrentes del fantástico japonés- que nos recuerdan la facilidad del cine nipón para regalarnos imágenes fascinantes y que el descubrimiento de buenas películas ocultas sigue siendo, por fortuna, una labor inacabable.

LA MUJER DE LA ARENA (1964) de Hiroshi Teshigahara

2013-01-23-woman-in-the-dunes150ppi-750x455

La breve, ecléctica y fascinante filmografía de Hiroshi Teshigahara vivió su momento de esplendor en los años 60, época en que el cine japonés vio nacer su particular Nueva Ola con directores como Nagisa Oshima o Shohei Imamura a la cabeza. Durante esa década realizó siete películas en colaboración con el escritor Kôbô Abe y el músico Tôru Takemitsu, la más prestigiosa de las cuales sigue siendo La mujer de la arena (Suna no onna), nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y Premio Especial del Jurado en Cannes.

0011

Basada en la novela homónima de Abe -autor también del guion- publicada en 1962, esta extraña e incomparable película cuenta la historia de un joven entomólogo (Eiji Okada) que busca insectos para su colección en una zona desértica cercana a la costa. Al perder el autobús para volver a su casa, los lugareños a quienes pide ayuda le recomiendan que vaya a pasar la noche al hogar de una viuda (Kyôko Kishida), una casa situada en el fondo de una duna. A la mañana siguiente descubrirá que no puede salir del lugar y que ha sido engañado para pasar el resto de sus días ayudando a la mujer en el interminable trabajo que realiza cada noche: sacar la arena que se ha ido acumulando durante el día para que no acabe sepultando la casa.

vlcsnap-14450

Esta situación en principio absurda se va convirtiendo en una compleja pesadilla alegórica de raíces kafkianas -Kafka es uno de los principales referentes en la literatura de Abe- sobre la existencia humana y el papel del individuo en una sociedad contemporánea que lo atrapa y lo observa, precisamente, como a un insecto, en una rutina sin sentido marcada eternamente por un reloj de arena. Nuestro protagonista pasa paulatinamente del desconcierto ante lo que no entiende a rebelarse contra una situación extrema que pone a prueba sus límites; de la frustración tras su abortado intento de huida a aceptar esa situación de esclavitud, unida a la renuncia a cumplir sus sueños de llegar a ser un gran entomólogo, como algo habitual y cotidiano ante lo que no vale la pena luchar.

vlcsnap-27508

Dejando a un lado los múltiples temas que toca y las diversas lecturas que de ella pueden extraerse, La mujer de la arena es también, y sobre todo, una obra maestra por su puesta en escena, por la magia de sus planos, por sus inquietantes imágenes cortesía del director de fotografía Hiroshi Segawa, otro habitual en el cine de Teshigahara. Es difícil encontrar otra película que nos haga sentir con tanta fuerza e intensidad la claustrofobia y la asfixia, el calor y la sed, el sudor, la sensualidad y el deseo animal de los cuerpos al unirse o la impotencia de un personaje al verse tratado como un pelele cuya función es divertir a los causantes de su cautiverio, en una escena crucial, memorable e imposible de olvidar.

woman-in-the-dunes

 

TRES SAMURÁIS FUERA DE LA LEY (1964) de Hideo Gosha

Tres_samurais_fuera_de_la_ley-384461559-largePara que el aficionado a las buenas historias de samuráis no viva únicamente de las obras maestras de Kurosawa y Kobayashi, el cine doméstico, por fortuna, nos acerca de vez en cuando alguna joya olvidada que nos amplía el panorama. Este es el caso de Tres samuráis fuera de la ley (Sanbiki no Samurai), una estupenda película del no menos olvidado Hideo Gosha que tiene algún punto en común con la obra maestra de Kurosawa Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954).

En esta ocasión no son siete sino tres los samuráis que acaban uniendo sus fuerzas para ayudar a unos campesinos que han secuestrado a la hija del magistrado local con el fin de negociar unas mejores condiciones de vida, aunque a la postre serán los tres luchadores, ante la cobardía de los campesinos, quienes les tendrán que sacar las castañas del fuego enfrentándose solos a los sicarios del magistrado.

tres samu_mirada

A pesar de esa marcada crítica, el film de Gosha es ante todo un entretenimiento de primera fila en el que prima la acción, una película de espadachines de apenas hora y media tan cercana o más al cine norteamericano como a sus parientes japonesas, quizá más accesible para el gran público pero filmada también con mano maestra. En definitiva, todo un descubrimiento para los que gustan del buen cine japonés.

72_13

Editada en DVD por Filmax.

LOS NIÑOS LOBO (2012) de Mamoru Hosoda

wolf-children-ame-yuki-mamoru-hosoda

ookami-kodomo-no-ame-to-yukiA pesar de su todavía breve filmografía, Mamoru Hosoda es ya el gran candidato para suceder a Hayao Miyazaki en el trono de la animación japonesa, y buena prueba de ello es esta pequeña joya titulada Los niños lobo (Ôkami Kodomo no Ame to Yuki), su última película hasta la fecha, la cual tiene, como La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997) de Miyazaki, un punto ecologista que apuesta por la recuperación de la vida en contacto con la naturaleza y una mirada sobre la realidad combinada con elementos fantásticos, aunque presentes de manera menos exuberante y abrumadora.

Los niños lobo cuenta la historia de Hana, una muchacha que se casa con un joven y solitario hombre lobo con el que tiene dos hijos, Ame y Yuki, que heredan la facultad de transformarse en lobos. Tras la muerte del padre, Hana decide llevarse a sus hijos a vivir en el campo para alejarlos de las miradas de los humanos. Allí saldrá adelante cultivando la tierra mientras Ame y Yuki crecen y ven acercarse el momento en que deberán decidir si quieren vivir entre los humanos o entre los lobos.

Ookami-Kodomo-no-Ame-to-Yuki-Hana-and-Wolfman

Sin guiños hacia el cine de terror ni escenas violentas, a pesar del componente fantástico de la licantropía, y filmada de manera serena, poética y contemplativa, con mayor influencia, en mi opinión, del cine clásico japonés que la mayoría de films de animación -sin ir más lejos, la escena en que Yuki, cubierta de heridas, tiembla en la bañera me recuerda, tanto en su forma como en su significado, a uno de los momentos más dramáticos y decisivos de Lluvia negra (Kuroi ame, 1989) de Imamura-, Los niños lobo es una preciosa fábula educativa, destinada a mayores y niños por igual, sobre la aceptación de los que son diferentes y sobre las decisiones importantes que hemos de tomar a lo largo de nuestra vida.

tumblr_mnkoqe8pAD1qczbido1_500

Editada en DVD por Selecta Visión.

 

HARAKIRI (1962) / REBELIÓN SAMURÁI (1967) de Masaki Kobayashi

Harakiri_Seppuku-539847961-largeSi de cine de samuráis hablamos, es indudable que Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) y Yojimbo (1961), ambas de Akira Kurosawa, son las dos películas más famosas y que más influencia han ejercido en el cine occidental, hasta el punto de ser llevadas al terreno del wéstern y del cine negro. Muy lejos de ellas en cuanto a popularidad pero, en mi opinión, a la misma altura cinematográfica, lo cual no es decir poco, se encuentran Harakiri (Seppuku) y Rebelión Samurái (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu), las dos obras maestras que sobre el tema realizó Masaki Kobayashi a partir de las novelas de Yasuhiko Takiguchi. De la primera de ellas, por cierto, se realizó hace un par de años una nueva versión a cargo de Takashi Miike.

seppuko-masaki-kobayashi

Al igual que en los dos films citados de Kurosawa, el protagonista de Harakiri es un ronin sin Señor al que servir, un samurái pobre y caído en desgracia llamado Tsugumo (impresionante interpretación de Tatsuya Nakadai) que acude a la casa de un Clan a pedir ayuda para practicarse el seppuku, el suicidio ritual japonés. Su deseo es concedido, pero antes pide permiso para contar su historia, para relatar los hechos que le han llevado a tomar esa decisión y que están relacionados con el suicidio, tiempo antes y en esa misma casa, de un joven ronin al que conocía.

Harakiri

De estructura compleja repleta de flash-backs, pausada y serena y a la vez cargada de tensión e intensidad en cada uno de sus planos, Harakiri es una de las más hermosas y perfectas películas del cine japonés, un espectáculo visual y narrativo sin fisuras a lo largo de sus más de dos horas y cuarto y repleto de imágenes para el recuerdo, como el suicidio del joven abriéndose las entrañas con una espada de bambú (una de las escenas más escalofriantes y de mayor desasosiego, sin necesidad de recurrir al mal gusto, que he visto en el cine) o el momento final en que el Señor del Clan se queda a solas, en la oscuridad, con su vergüenza tras la impresionante pelea, claro referente ésta, o a mí me lo parece, de la filmada por Tarantino en la sobrevalorada Kill Bill (2003).

4518268813_e2b922db63_z

samurai-rebellion--japanese-Cinco años más tarde, tras realizar otra maravilla, ésta del género de fantasmas, titulada El más allá (Kwaidan, 1964), Kobayashi volvía a contar una historia de samuráis en Rebelión samurái, con Toshiro Mifune, más contenido que de costumbre, en una de sus mejores interpretaciones, y de nuevo con Nakadai en un papel secundario.

El protagonista aquí es Isaburo, el mejor espadachín de un Clan cuyo Señor le obliga a aceptar en su casa a una de sus concubinas para que se case con su hijo. Tras aceptar a regañadientes, los dos jóvenes acaban enamorándose, pero al cabo de un tiempo el Señor se arrepiente de su decisión y ordena que la mujer vuelva con él. Isaburo y su hijo, ante esa gran injusticia, anteponen el honor de su casa a la obediencia y se rebelan, enfrentándose a los guerreros del jefe del Clan en el apabullante tramo final filmado por Kobayashi.

65CRK

Ambas películas son dos ejemplos mayúsculos de algunas de las constantes del mejor Kobayashi: impresionante utilización de la pantalla ancha tanto en las escenas de interior como en las exteriores, deslumbrante composición del encuadre, estupendos diálogos e interpretaciones, el uso del zoom como recurso expresivo y no, como de costumbre, gratuito, y una belleza en la puesta en escena que admite pocas comparaciones.

1315_8

Sin las gotas de humor de los dos films de Kurosawa, más dramáticas y trágicas, HarakiriRebelión Samurai se cuentan entre las más grandes películas que abordan el tema del honor y el sacrificio, que muestran lo que una persona ha de hacer aunque se deje la vida en ello. En este aspecto me recuerdan muchísimo al mejor cine de Peckinpah. Pienso que, sin duda, el cineasta que filmó Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring me the Head of Alfredo Garcia, 1974) las habría aplaudido y admirado.

pic02_samurai-rebellion

 

Harakiri está editada en DVD por DeAPlaneta.