Archive for the ‘Cine japonés’ Category

PRIMAVERA TARDÍA (1949) de Yasujiro Ozu

En los últimos minutos de Primavera tardía (Banshun), la cámara espera al anciano profesor, que regresa a casa solo tras la boda de su hija. Nos muestra las habitaciones ahora casi a oscuras, el silencio que recuerda la ausencia, y cómo el profesor se sienta y comienza a pelar lentamente una fruta. Y entonces la mirada de Ozu obra el milagro: las manos dejan caer al suelo la piel de la fruta y se quedan quietas, y ese breve plano, sostenido apenas un instante, es capaz de hacernos sentir toda la soledad del protagonista. Ozu nos emociona desdramatizando el drama, mostrándonos las manos en lugar de un primer plano del rostro.

        Es en ese mágico momento cuando la cámara se atreve a acercarse más a lo que desea mostrarnos. Hasta entonces ha asistido a la historia como un espectador más, en silencio y como sin querer interrumpir. Ha acompañado la feliz monotonía del profesor viudo y de su hija Noriko, los paseos en bicicleta, las visitas de los amigos, el trabajo diario. Se ha parado a enseñarnos los objetos de la casa y los lugares de una ciudad en paz tras la reciente guerra, anclada aún en la tradición pero que comienza a occidentalizarse. Ha sido capaz de leer los celos en la mente de Noriko al ver a la mujer que, supuestamente, va a casarse con su padre y a ocupar su lugar, y la ha visto enfadada cruzar la acera para no acompañarle, en una separación momentánea que anticipa magistralmente la que será definitiva. Y ha mirado a Noriko cuando ha aceptado abandonar a su padre, casándose con un hombre al que no ama, por la sencilla razón de que le ha llegado el momento de casarse: la felicidad en el matrimonio es algo que llega con el tiempo…La cámara, desnuda de artificios, como testigo de las alegrías y las tristezas que comparten la vida de dos personas.

        Primavera tardía es mi película preferida de Ozu, por encima incluso de esa otra maravilla que es Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), generalmente considerada la cima de su cine. ¿Será necesario añadir que es también una de las mejores películas de la historia?

                    Editada en DVD por DeAPlaneta.

EL INFIERNO DEL ODIO (1963) de Akira Kurosawa

La carrera literaria de Evan Hunter (o Ed McBain, seudónimo con el que firmó muchas de sus novelas) estuvo a menudo muy ligada al cine. Tras las adaptaciones de dos de sus novelas por parte de Richard Brooks en Semilla de maldad (The blackboard jungle, 1955) y de Richard Quine en su obra maestra Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960), con guión del propio Hunter, Hitchcock contó con él para escribir Los pájaros (The birds, 1963), a partir de la novela de Daphne du Maurier. Pero la aportación de Hunter al cine no se limitó a Hollywood, y el mismísimo Akira Kurosawa, buen conocedor de la literatura y el cine norteamericanos, recurrió a su novela King´s ransom para realizar El infierno del odio (Tengoku to jigoku), la que para mí es la mejor de sus cuatro brillantes incursiones en el género negro.

        Tras una larguísima secuencia inicial que puede sorprender al espectador acostumbrado sólo al cine negro norteamericano, durante la cual el protagonista Gondo (Toshiro Mifune) recibe una llamada comunicándole el secuestro de su hijo y el pago exigido a cambio de su vida, y la posterior confirmación de que en realidad los secuestradores han cometido un error, llevándose al hijo de su chófer, el film cobra un ritmo trepidante mucho más cercano al del cine occidental, mostrando minuciosamente las investigaciones de la policía en una ciudad asolada por la delincuencia y las marcadas diferencias de clase en una sociedad que sufre las consecuencias de la guerra. Con una fotografía excepcional en la que las luces y las sombras ayudan a mostrar el enfrentamiento entre dos mundos que conviven, entre el día de las clases acomodadas y la noche de los marginados y criminales, El infierno del odio, como las otras tres aportaciones de Kurosawa, nos acerca la cara más sórdida y realista del género.

        Entre sus grandes momentos, la escena del pago del rescate en el tren es un prodigio de ritmo, planificación y montaje muchas veces imitado y nunca superado, y el último fragmento, la guinda para esta obra maestra, la conversación entre Gondo y el secuestrador en la cárcel en la que éste le explica los motivos del secuestro y su ira acumulada durante años hacia los que poseen todo lo que él no ha tenido nunca acaba estallando, mientras la mampara que los separa se cierra definitivamente como una losa, es uno de los finales más secos e impactantes que nos ha dejado el cine.

                 Editada en DVD por Filmax. 

LLUVIA NEGRA (1989) de Shohei Imamura

Vaya por delante que, en general, la filmografía de Shohei Imamura no me parece de las más destacables del cine japonés. Ni siquiera La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983), que para muchos es su mejor película, me entusiasma demasiado, y menos aún si la comparo con la versión de 1958 dirigida por Keisuke Kinoshita, que, en mi opinión, es mucho mejor. Pero, al igual que me ocurre con otros directores que no son santo de mi devoción, uno de los films de Imamura sí me parece una obra maestra, y es Lluvia negra (Kuroi ame), adaptación de la novela homónima de Masuji Ibuse, publicada de forma seriada en 1965 y como libro un año más tarde.

        El texto escrito por Ibuse, basado en documentos, entrevistas y diarios de algunas de las víctimas de la masacre de Hiroshima, es la crónica del desconcierto y de las consecuencias que ocasionó la bomba entre unos seres humanos a los que, de repente, les cayó encima toda la ferocidad de la guerra. Huyendo del pesimismo y sin perder el tiempo en buscar causas o señalar culpables, Ibuse se centra en el drama cotidiano (la búsqueda de familiares, la escasez de alimentos y medicinas, los primeros síntomas de la radiación y el desconocimento de cómo tratarlos, etc) y en las esperanzas de futuro. Sin necesidad de que el autor recurra a ningún tipo de exhibicionismo literario, algunas de las páginas de esta soberbia novela ponen los pelos de punta.

        La película de Imamura, con un blanco y negro impresionante, consigue trasladar a sus imágenes el tono de la novela, y acierta al dar mayor protagonismo a la historia de Yasuko, la joven a la que su pretendiente rechaza porque ha estado expuesta a las radiaciones de la bomba y que, poco a poco, irá experimentando los síntomas de la enfermedad.

        Si bien Lluvia negra es toda ella sobresaliente, aunque sólo se haya visto una vez resulta difícil no recordar especialmente dos momentos: la escena, no apta para estómagos sensibles, que muestra, tras el estallido de la bomba, el caos absoluto, los cadáveres amontonados, los heridos deformes y mutilados caminando como zombis, la lluvia negra cayendo sobre la gente…; y el plano, tan bello como triste, en que Yasuko, mientras se baña, se acaricia el cabello y ve cómo se le cae a jirones y se le queda en las manos.

        En ese instante de gran cine, posiblemente el mejor que haya filmado nunca, Imamura consigue resumir en una sola mirada el miedo, la desolación y las preguntas sin respuesta de todo un pueblo.

LA EMPERATRIZ YANG-KWEI-FEI (1955) de Kenji Mizoguchi

Decir que determinada película es una de las más hermosas de Kenji Mizoguchi para mí equivale a considerarla como una de las más hermosas de la historia del cine. Y eso me parece La emperatriz Yang-Kwei-Fei (Yôkihi), la historia de la muchacha plebeya que enamora al emperador y le devuelve las ganas de vivir perdidas tras la muerte de su esposa, algo similar al cuento de La Cenicienta pero en la China del siglo VIII, con hermanos malvados incluidos.

        Mizoguchi narra este amor imposible entre intrigas cortesanas con planos más cortos y una cámara menos móvil de lo que suele ser habitual, pero el resultado alcanza una sensibilidad que poco tiene que envidiar a los mejores momentos de Cuentos de la luna pálida (Ugetsu monogatari, 1953) y El intendente Sansho (Sansho dayu, 1954), sus otras dos obras cumbre, sobre todo en escenas como la escapada de la pareja, que asiste de incógnito a una celebración entre el pueblo (que recuerda al momento en que la princesa Audrey Hepburn y el periodista Gregory Peck se mezclan con la gente en otra maravillosa película, Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953) de William Wyler), y el plano final -tras el flash-back que abarca casi todo el film-, con la muerte del emperador en su habitación, acompañado solamente por la estatua de su amada, y la reunión de las dos almas, que escapan del palacio sin que nadie pueda ya separarlas. En otro momento similar, las almas de Rex Harrison y Gene Tierney conseguían por fin estar juntas en la memorable El fantasma y la señora Muir (The ghost and Mrs. Muir, 1947). Y es que el mejor cine, nos llegue de Japón o de un estudio de Hollywood, no entiende mucho de nacionalidades.

        Cuando se busca algún cineasta con el que comparar a John Ford se suele recurrir a Hawks y a Walsh, creo que más que nada porque los tres eran norteamericanos, de la misma generación, y los tres filmaron westerns. Para mí el más cercano a Ford siempre ha sido Mizoguchi, si no en la manera de filmar, en la planificación, sí en el fondo de sus historias. El momento cumbre de este film (y uno de los más serenos y bellos del cine japonés), en el que vemos a la amada del emperador dirigirse a su ejecución, es buena prueba de ello. Mizoguchi cierra el plano sin mostrarnos su muerte, igual que Ford no nos muestra la de la doctora Cartwright al final de Siete mujeres (Seven Women, 1965), la película que puso punto y final a su filmografía. El mismo cariño, el mismo respeto por sus personajes, consigue unir las miradas de dos de los mayores artistas del siglo xx.

               Editada en DVD por DeAPlaneta.

ONIBABA (1964) de Kaneto Shindo

Ahora que el cine fantástico que nos llega de Asia está tan de moda, no estaría de más ronibaba_poster_jecuperar algunos clásicos como los del cineasta japonés Kaneto Shindo, que con films como Onibaba y Kuroneko (1968) le otorgó al género una mayoría de edad que se echa de menos en muchas producciones actuales.

        Onibaba cuenta la historia de una mujer y su nuera que sobreviven durante una guerra asesinando y saqueando a los samurais perdidos que aparecen por sus tierras. La llegada de un joven soldado, al que la muchacha comienza a visitar por las noches, hará que salgan a la luz los celos entre las dos mujeres. Para evitar los encuentros de los dos jóvenes, la mujer aterrorizará a su nuera haciéndose pasar por un demonio de la noche, gracias a la horrible máscara que llevaba uno de los samurais a los que asesina.

        Con una utilización maravillosa de la pantalla ancha y una espectacular fotografía en blanco y negro que consigue transformar en personajes la lluvia, el viento y la vegetación, el film de Shindo consigue aterrorizar mostrando, en un ambiente de pobreza y superstición, los más primarios instintos. El crimen, los celos, el deseo sexual, la desesperación y el miedo a lo desconocido llevan a las dos mujeres a olvidar su condición humana, y la maldición de la máscara de un samurai muerto será la portadora del castigo, en una escena final de una intensidad impresionante.

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        Film eminentemente físico y con una gran carga erótica, Onibaba recupera elementos tradicionales de la literatura fantástica. Como en el cuento de Jean Ray Josuah Güllick, prestamista (en este caso, un anillo), un objeto sobrenatural se introduce en la realidad para castigar la maldad; y como en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, el castigo marcará en el rostro del protagonista las huellas de su pecado.

             Editada en DVD por Filmax.

LA COSECHA DE DASHIELL HAMMETT (I)

La novela de Dashiell Hammett El halcón maltés (The maltese falcon, 1_cosecha_roja__d_499c5a495a09e4930) fue llevada al cine de manera fiel y con el mismo título por John Huston, su debut como director en 1941. La película ha contribuido decisivamente a que sea ésta la obra más conocida del escritor norteamericano, al menos en nuestro país. El cine suele hacerle estos favores a la literatura y, sobre todo, a los editores.

        Cosecha roja (Red harvest, 1929), la primera obra de Hammett, pionera en sentar las bases de la novela negra con su enrevesada trama, su crítica social y sus diálogos vertiginosos, le ha servido al cine como fuente de inspiración en varias ocasiones, pero nunca, al menos que yo sepa, bajo el mismo título, y no siempre de manera reconocida, lo cual ha facilitado que sea menos popular. Las andanzas del agente de la Continental, que llega a la ciudad de Personville y consigue que los gangsters locales se enfrenten en una guerra hasta eliminarse, han sido recogidas por muy diversos cineastas y adaptadas bajo diferentes géneros y miradas: la gran literatura produciendo una magnífica cosecha cinematográfica.

        Yojimbo (1961) es una de las muchas obras maestras de Akira Kurosa144037_1010_a1wa. En ella el director japonés convierte al agente creado por Hammett en un ronin con los rasgos de Toshirô Mifune, un samurai sin dueño que ofrece sus servicios al mejor postor y que conseguirá engañar a dos bandas rivales hasta que se aniquilen. Con una sublime fotografía en blanco y negro y una impresionante utilización del cinemascope Kurosawa consigue algunas de las mejores escenas de su filmografía.  En 1962 recuperará al personaje, ahora ya sin Hammett, y al actor – la relación entre Kurosawa y Mifune y su colaboración en varias películas aparece detallada en el libro El emperador y el lobo (The emperor and the wolf, 2002), de Stuart Galbraith- para realizar Sanjuro (Tsubaki Sanjuro), otro magnífico film.

VIVIR (1952) de Akira Kurosawa

El caso de Vivir (Ikiru, 1952) es bastante curioso. Ha pasado dikiru2e ser, durante bastante tiempo, la película más prestigiosa de Akira Kurosawa, a desaparecer  completamente de las listas e, incluso, a no haber sido vista por buenos aficionados al cine. Su lugar en las preferencias de críticos y público ha sido ocupado, sobre todo, por Rashomon (1950) y Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954), y en menor medida por Dersu Uzala (1975) y Ran (1985), todas ellas también obras mayores, aunque mi preferida sigue siendo esta impresionante historia sobre la vejez y la enfermedad, sobre la vida y la muerte, encarnadas en el personaje del funcionario Watanabe (¡qué pedazo de interpretación de Takashi Shimura!, uno de los actores predilectos del director japonés), quien, al enterarse de su enfermedad terminal, intentará darle sentido a su vida en el poco tiempo que le queda.

         Dentro de la general maestría de un film que, probablemente, tuvo en cuenta Isabel Coixet a la hora de filmar su fantástica Mi vida sin mí (My life whitout me, 2002), hay dos momentos que me siguen pareciendo especialmente sobrecogedores: la escena en que Watanabe, borracho tras una noche de juerga, canta en un susurro La vida es corta, mientras la gente abandona la pista de baile y le observa (Kurosawa fija la cámara durante un rato en el rostro del personaje, consciente de lo que Shimura era capaz de crear); y, por supuesto, el instante en que nuestro protagonista se columpia, sonriendo y cantando, bajo la nieve: motivo para el póster del film y uno de los momentos más bellos y míticos de todo el cine japonés.

        La película de Kurosawa es, en fin, una de las imprescindibles a la hora de comprobar la mirada que ha lanzado el cine sobre la vejez, la soledad y la memoria en los últimos años de la vida. En un hipotético ciclo que ilustrase el tema podrían acompañarla Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937), la impresionante y poco conocida obra maestra de Leo McCarey; Primavera tardía (Banshun, 1949), del también cinesta nipón Yasujiro Ozu; Umberto D (1952), una de las cumbres del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica; y El último hurra (The last hurrah, 1958), la crónica de John Ford sobre los últimos días de un político que es derrotado en las urnas mientras asiste al fin de una época.

                       Editada en DVD por Filmax.