Archive for the ‘Cine mejicano’ Category

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (y 2)

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-Pídelo -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Entre los muchos largometrajes que han incorporado ideas de La pata de mono, hay dos no demasiado conocidos que, sin ser en absoluto magistrales, son interesantes y entretenidos y muestran dos formas muy distintas de inspirarse en el relato de Jacobs. El primero es mexicano, lo dirigió Benito Alazraki en 1962 y se titula Espiritismo, título que ya indica claramente por dónde van los tiros. Cuenta la historia de un matrimonio que se une a un grupo espiritista y acaba por convencerse de la posibilidad de comunicarse con el más allá. Como están desesperados por la mala situación económica que pasan por culpa del ruinoso negocio de su hijo, la mujer arrastra al marido a pedir ayuda al diablo, quien les envía un emisario con un amuleto que les concederá tres deseos. Tras conseguir el dinero gracias al primero, son informados de la muerte de su hijo en un accidente. La madre entonces convence al marido de que pida al amuleto el regreso de su hijo y, finalmente, el arrepentido esposo pide como tercer deseo que el resucitado vuelva a la tumba.

El film de Alazraki, por tanto, incorpora en su parte final la práctica totalidad del relato, solo que con un par de variantes además de que el amuleto provenga directamente del diablo: por un lado, en lugar de una pata de mono el matrimonio se encuentra con un brazo humano; por otro, en esta ocasión sí vemos al hijo regresado de entre los muertos; por cierto, con bastante mal aspecto.

La segunda película es la estadounidense Crimen en la noche (Dead of Night, 1974), de Bob Clark, el director de la magistral Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979). Aquí nos encontramos con un matrimonio al que informan de que su hijo ha muerto en Vietnam y que, tras los ruegos de la desesperada madre, ve cómo el presuntamente fallecido regresa una noche a casa, aunque con un carácter bastante cambiado. Tras unos horribles crímenes, el padre se irá dando cuenta de que su hijo es en realidad un zombi que necesita sangre humana para sobrevivir.

Como vemos, en esta ocasión La pata de mono solo deja su huella de forma muy tenue y al principio de la película, en el regreso del hijo muerto gracias al deseo de su madre, pero esta vez sin amuletos de por medio. Lo que sigue es una metáfora en clave de terror de la situación en que quedaban los jóvenes soldados que volvían de Vietnam, a los que compara con muertos vivientes.

 

 

El wéstern mexicano (y 2): TIEMPO DE MORIR (1966) de Arturo Ripstein

Es de sobras conocido que el estreno de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), de Sergio Leone, trajo consigo un cambio radical en la manera de ver el wéstern en la práctica totalidad de cinematografías que cultivaban el género. La mexicana, desde luego, no fue una excepción, así que a finales de los 60 y principios de los 70 proliferaron en ella los wésterns cuya estética estaba claramente influida por el spaghetti cocinado en Italia. Por desgracia para el espectador curioso, la mayoría de estos films podemos dividirlos entre los malos y los muy malos; aunque, mirando el lado positivo, alguno de ellos alcanza tal grado de delirio que puede provocarnos involuntariamente unas cuantas carcajadas. Como ejemplo, Cinco mil dólares de recompensa (1972), de Jorge Fons, una de las películas más divertidas, a su pesar, que he visto.

Afortunadamente, antes de que la moda italiana dominara las pasarelas al sur de Río Bravo aún se rodaron algunos wésterns que conservaban intacto el sabor a pulque. Uno de ellos es Tiempo de morir, la sorprendente y magistral ópera prima que filmó Arturo Ripstein a sus 21 años a partir de un guion escrito por Gabriel García Márquez -atención a las similitudes entre esta historia y la de su novela Crónica de una muerte anunciada (1981)- y Carlos Fuentes, que conoció una segunda y también estupenda adaptación en 1985, de la mano del cineasta colombiano Jorge Alí Triana. En cuanto a tema y argumento, la película de Ripstein comparte mesa y mantel con Los hermanos Del Hierro, esto es, también la venganza es aquí el motor del drama y también la fatalidad y el destino juegan un papel fundamental; pero su estilo y su tono, en cambio, son muy diferentes.

En Tiempo de morir el protagonista es Juan Sáyago (estupendo Jorge Martínez de Hoyos, a quien el espectador recordará como líder de los campesinos en Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), de John Sturges), un hombre que regresa a su pueblo tras cumplir una condena de 18 años en la cárcel por haber asesinado a Raúl Trueba. Su intención es reformar su casa, recuperar el amor de Mariana Sampedro (Marga López) y vivir en paz; pero los hijos de Trueba, unos niños cuando murió su padre, lo esperan para vengarse. El más joven conoce por casualidad a Sáyago antes de saber que es la persona a la que esperan y, poco a poco, llega a admirarle, y tanto él como su hermano se enteran de cómo fue realmente el enfrentamiento entre su padre y Juan; pero aun así los tres hombres, aunque son conscientes de que ya no tiene ningún sentido, acudirán a una cita que, tras tantos años aguardándola, les resulta inevitable.

Wéstern modesto pero enorme, filmado con apabullante sencillez y contundencia por una cámara que se permite pocos adornos para que el peso recaiga en los personajes, el film de Ripstein está recorrido todo él por un tono crepuscular de serena melancolía y habitado por un inolvidable protagonista que ya ni siquiera va armado y que necesita lentes para poder ver bien, pero que se verá forzado a recurrir, por última vez, a la violencia. Imposible que quien la haya visto pueda olvidar su secuencia final y su sorprendente, desmitificador y bellísimo último fragmento, que cae como una losa sobre el espectador y que resume por sí solo buena parte de la poética del género.

 

 

 

 

 

 

 

El wéstern mexicano (1): LOS HERMANOS DEL HIERRO (1961) de Ismael Rodríguez

Mientras vuelve a casa a caballo con sus dos pequeños hijos, Reynaldo del Hierro es asesinado a traición por Pascual Velasco. Desde ese momento, la viuda solo vivirá para insuflar sus deseos de venganza en los dos niños e incluso llegará a contratar a un famoso pistolero para que los adiestre en el manejo de las armas. Con el paso de los años, mientras Martín, el más joven, se convierte en un loco asesino fiel reflejo del odio de su madre, Reynaldo, el mayor, intentará olvidar la venganza y vivir en paz, pero su destino se verá irremediablemente ligado al de su hermano, tanto en el amor de ambos por la misma mujer como en la muerte.

Además de ser considerado generalmente el mejor wéstern de la cinematografía mexicana y de llegar incluso a ser incluido, con justicia, en alguna lista de los 50 imprescindibles de la historia del cine, Los hermanos del Hierro es uno de los más complejos que he visto, hasta el punto de que en cada visionado nos sorprende con nuevos detalles argumentales y visuales que se nos habían pasado por alto y que enriquecen el desarrollo de la historia y la caracterización de sus personajes. Me parece también el que más y más claramente bebe de las fuentes de la tragedia griega; en este aspecto, ni siquiera Pursued (1947), dirigido por Raoul Walsh y escrito por Niven Busch, que quizá sea el wéstern estadounidense en el que mejor se aprecia dicha influencia, se le puede comparar.

Para contarnos esta historia de venganza -tema capital del wéstern mexicano-, en la que el viento y la aridez del paisaje devienen en reflejo de la psicología de los protagonistas, personajes encadenados a la fatalidad, Ismael Rodríguez lleva a cabo un despliegue abrumador de ideas de puesta en escena que casi siempre actúa en función y en beneficio del drama y que hace del film un barroco ejercicio de autor nada común en el género; para entendernos, se situaría mucho más cerca del estilo de Orson Welles que del de Howard Hawks.

Un uso de la elipsis abrupto y sin complejos, pero que nunca dificulta el seguimiento de la historia; una fotografía de interiores (la casa familiar, la cárcel) que remite al cine de terror; el paso del presente al pasado, el flash-back, mostrado dentro de un mismo plano mediante un travelling; los primeros planos iluminados de la cara de Martín cuando pierde el control de sí mismo; el plano subjetivo del revólver empuñado, quizá inspirado en uno similar de  Forty Guns (1957), de Sam Fuller, o el del rostro de la madre -ese personaje inolvidable que parece sacado de una tragedia de Eurípides, como una Medea o una Electra-, oscurecido, mientras escuchamos sus pensamientos, que es uno de los momentos cinematográficos más terribles que recuerdo y que forma parte de unos cinco minutos finales que cierran el film de manera bellísima, incomparable… Son solo algunos de los mil detalles visuales que podemos encontrar en esta sorprendente obra maestra.

Con un reparto que incluye a varias de las principales figuras de la época, como Antonio Aguilar, Julio Alemán, Columba Domínguez, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz o Ignacio López Tarso; con guion del propio Ismael Rodríguez y Ricardo Garibay, y con fotografía de Rosalío Solano, Los hermanos del Hierro es una película reverenciada en México cuyo argumento ha sido repetido posteriormente en no pocos wésterns mejicanos, italianos y españoles. Lo poco vista que ha sido en nuestro país demuestra el desconocimiento casi absoluto -a excepción de las películas de Buñuel- que tenemos de una cinematografía repleta de sorpresas para el espectador curioso.

 

 

 

 

 

CANOA (1976) de Felipe Cazals

La noche del 14 de septiembre de 1968, en plena época de manifestaciones estudiantiles y persecución de todo lo que oliera a comunismo en Méjico, cinco trabajadores de la Universidad de Puebla llegaron bajo un fuerte aguacero al pueblo de San Miguel Canoa, dispuestos a escalar el volcán La Malinche. La tormenta los obligó a posponer sus planes para el día siguiente y a pedir cobijo a los lugareños para pasar la noche, pero se encontraron con una negativa general, incluido el cura; solo uno de los habitantes, enfrentado a la mayoría de sus vecinos y, especialmente, al párroco, consintió en recibirlos en su casa. Lo que siguió fue una noche infernal en la que la mayor parte de la población, convencida por el cura de que los cinco jóvenes eran estudiantes comunistas que venían a colgar su bandera y a repartir propaganda, invadió la casa de su vecino, que resultó asesinado junto con su hermano, y linchó a los cinco excursionistas. Dos murieron y los otros tres, muy malheridos, consiguieron sobrevivir gracias a la tardía intervención de la policía.

Ocho años después de este suceso, cuyos principales instigadores nunca fueron juzgados, se estrenaba Canoa, galardonada con el Oso de Plata del Festival de Berlín. Escrita por el crítico de cine Tomás Pérez Turrent -su debut como guionista- y dirigida con mano maestra por Felipe Cazals, una película angustiosa y terrible que es tanto una crónica y una denuncia de los hechos ocurridos aquella noche como un thriller y hasta un ejercicio de terror absoluto, apoyándose en una estructura y un montaje que alternan ambos aspectos.

Así, mientras la narración de los sucesos nos lleva de la mano a través de una noche fantasmal repleta de violencia y sinsentidos; con una secuencia, la de los chicos charlando en la casa sin sospechar -el espectador sí lo sabe- lo que está a punto de ocurrir, que es una lección de suspense puro, las intervenciones de uno de los lugareños -una especie de maestro de ceremonias, casi a la manera de Henry Hill (Ray Liotta) en Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese- mirando a la cámara, a nosotros, para ir explicándonos el contexto en el que se desarrolló el linchamiento, o la entrevista con el cura, auténtico controlador de la vida social y económica del pueblo y del fanatismo de sus feligreses, interrumpen drásticamente el terror para recordarnos que no estamos ante una ficción de género y recuperemos la perspectiva.

Crítica feroz pero objetiva, sin caer nunca en sentimentalismos panfletarios, de la (in)justicia, la manipulación y el fanatismo, Canoa es un film incomodísimo que, por un lado, nos tira a la cara un capítulo de la historia negra de la humanidad y, por otro más cinéfilo, nos puede recordar películas como La jauría humana (The Chase, 1966) de Arthur Penn o Perros de paja (Straw Dogs, 1971) de Sam Peckinpah, por no hablar de todo el cine de terror que sigue el modelo ya tan trillado según el cual un grupo de inocentes jóvenes se va de excursión y, sin comerlo ni beberlo, se topa con el infierno. La diferencia es que en este caso el infierno fue real.

 

 

 

 

 

 

RAPIÑA (1975) de Carlos Enrique Taboada

Carlos Enrique Taboada fue un director famoso en México gracias sobre todo a sus películas de terror nada explícitas y sí muy sugerentes, como Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1969) o Veneno para las hadas (1984), las dos últimas, centradas en los miedos y las fantasías infantiles. En mi opinión, son films que parten de premisas más que interesantes y con algunas buenas secuencias -por ejemplo, la final de Veneno para las hadas-, pero que no me acaban de convencer por su pobre puesta en escena y su ritmo cansino. Aun así, los amantes del género que no las conozcan seguramente se alegrarán de descubrirlas.

Más conseguida me parece Rapiña, película en la que el miedo y la tensión también están presentes pero en un marco mucho más realista. Nos cuenta la historia de dos leñadores analfabetos y pobres de solemnidad que, junto a sus esposas, sobreviven como pueden compartiendo su amistad y lo poco que poseen. Tras ser testigos de un accidente aéreo y comprobar que todos los que viajaban en el avión han fallecido, deciden robarles a los cadáveres el dinero y las pertenencias que llevan para intentar con ello escapar de su vida miserable. Mientras la policía estrecha el cerco sobre los sospechosos, la ambición desmesurada y recién descubierta de Porfirio, uno de los dos amigos, llevará a los cuatro protagonistas a la tragedia.

Ejemplo claro de naturalismo cinematográfico, Rapiña nos recuerda aquellas teorías del siglo XIX según las cuales el origen de las personas marca su destino aunque intenten cambiarlo -y que estaban en el origen de lo que sería después el cine negro- y nos muestra cómo hasta las almas más inocentes son capaces de los actos más horribles si vislumbran que existe algo mejor que aquello con lo que siempre se han conformado. Su magnífica media hora final, ambientada en el desierto y casi con aires de wéstern, eleva aún más el nivel de la película y supone, en mi opinión, un homenaje nada encubierto a las últimas secuencias de Avaricia (Greed, 1924), la obra maestra naturalista de Erich von Stroheim que, al parecer, nunca podremos disfrutar en su totalidad.

 

 

 

 

EL ESQUELETO DE LA SEÑORA MORALES (1959) de Rogelio A. González

643-el-esqueleto-de-la-senora-moralesLa señora Gloria Morales (estupenda Amparo Rivelles) podría estar sin mayores problemas en cualquier antología de los peores bichos que en el cine han sido, de los personajes perfectamente odiosos sin un atisbo de bondad que pudiera redimirlos. Acomplejada por su cojera, frígida y beata como ella sola, generosa con la Iglesia si el dinero es ajeno, falsa y mentirosa hasta llegar a golpearse para fingir malos tratos de su esposo ante sus amigas, su familia y el párroco (tan insoportables como ella), simula ser un alma cándida cuando en realidad es una mala pécora que le hace la vida imposible a su marido Pablo (el gran Arturo de Córdoba), un hombre tranquilo y bonachón que jamás ha roto un plato, que disfruta de la compañía de sus amigos y de los niños del barrio y que ya sólo aspira a que su mujer le deje vivir en paz. Pero como toda paciencia tiene un límite, el pobre Don Pablo tomará una decisión drástica, para la que su oficio de taxidermista le irá al pelo.

32.-EL-esqueleto-de-la-señora-Morales

Escrita por Luis Alcoriza (guionista de algunas de las obras maestras de la etapa mejicana de Buñuel) a partir de un relato de Arthur Machen titulado El misterio de Islington (The Islington Mistery, 1927), El esqueleto de la señora Morales es una sucesión de situaciones y diálogos delirantes, un festín del humor más crítico y negro que pone patas arriba la hipocresía de una sociedad puritana, machista y eclesiástica a golpe de caricatura y carcajada. Una película imprescindible para los amantes del cine de Buñuel, de la literatura de Jardiel o Azcona, de la sorna televisiva de Ibáñez Serrador e incluso Hitchcock, para todos aquellos que disfrutan del arte a base de inteligencia y sosa cáustica.

ESQUELETO

Editada en DVD por Cinema International Media.