Archive for the ‘Literatura’ Category

DE NOCHE, BAJO EL PUENTE DE PIEDRA de Leo Perutz

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Entre las novedades editoriales que nos ha traído el 2016, la recuperación de De noche, bajo el puente de piedra (Nachts unter der steinernen Brücke, 1953) ocupa uno de los puestos de honor. Su autor, Leo Perutz, escritor austriaco nacido en Praga, cultivó sobre todo la novela histórica teñida de fantasía y misterio, y fue admirado por escritores y cineastas como Borges, Musil, Graham Greene, Murnau o Hitchcock.

Esta colección de relatos entrelazados nos sitúa en la Praga de finales del siglo XVI, bajo el reinado del derrochador y veleidoso Rodolfo II, sobrino de Felipe II y amante de las artes y la magia. Junto a él, otros personajes históricos y ficticios -matemáticos, alquimistas, cómicos ambulantes, prestamistas, estudiantes, aparecidos- cuyas andanzas entre la Corte y el barrio judío y su cementerio nos devuelven una literatura entre la realidad y la leyenda ya casi extinguida, la magia de las palabras para ser leídas y escuchadas de noche al calor de un fuego.

Este es el inicio de “La jarra de aguardiente”, un cuento a caballo entre el misterio del más allá y la juerga y el humor del más acá ambientado en las fechas de Año Nuevo.

Durante los días que median entre la fiesta de Año Nuevo y el Día del Perdón, llamado de Expiación, una noche de pálida luna nueva los muertos del año anterior se levantan de sus tumbas en el cementerio judío de Praga para alabar a Dios. Como a los vivos, se les permite celebrar el Año Nuevo, y lo hacen reuniéndose en la Sinagoga Vieja-Nueva, la antigua casa de Dios, hundida en la tierra hasta la mitad de sus muros. Tras entonar el cántico de alabanza Ovinu Malkenu, “Nuestro Padre y Rey”, y de dar tres veces la vuelta al Almenor, se anuncia la lectura de la Torá. Aquellos cuyos nombres se citan entonces continúan en el reino de los vivos, pero deben obedecer la llamada y reunirse con los muertos allí congregados antes de que transcurra un año, pues el cielo ya ha decretado su muerte.

Aquella noche, ya muy tarde, los dos músicos y cómicos ambulantes, Jäckele-Narr y Koppel-Bär, dos ancianos ya cansados, recorrían las calles del barrio judío riñendo e insultándose. Habían estado tocando en una boda en la ciudad vieja por un cuarto de florín, Jäckele-Narr con su violín y Koppel-Bär con el timbal. Lo cristianos apreciaban mucho a los músicos judíos, ya que estos conocían todas las danzas nuevas. Sucedió entonces que, después de la media noche, tuvo lugar una pelea entre los invitados: algunos de ellos se habían propasado con la potente cerveza praguense y más tarde con el aguardiente. Al ver volar por el aire la primera jarra de cerveza, los dos músicos decidieron esfumarse, pues, como dijeron, cuando Esaú bebe, Jacob recibe los palos.

Publicado por Libros del Asteroide.

Traducción de Cristina García Ohlrich.

¡FELIZ 2017 PARA TODOS!

EL SILENCIO DEL MAR de Vercors

FR: Vercors (alias Jean Bruller) lors de la remise du prix liiteraire de laResistance

El mar, “hogar tranquilo”, como lo llama Valéry, tan sereno y silencioso bajo el cielo azul, no por ello disimula menos la refriega de los animales en las profundidades, que se desgarran entre sí y se devoran unos a otros. Así, bajo el silencio de la joven y su tío se encuentra todo el ardor y los sentimientos escondidos, toda la violencia de un combate espiritual.

Así explicaba el propio Jean Bruller el significado del título de El silencio del mar (Le Silence de la mer, 1942), su obra más conocida y uno de los hitos de la narrativa sobre la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Publicado, junto a otros relatos, de manera clandestina bajo el seudónimo de Vercors -nombre de un macizo el-silencio-del-mar-en-edicin-de-ctedramontañoso que fue escenario de enfrentamientos entre partisanos y alemanes-, el texto hizo enormemente famoso a su autor en toda Francia cuando ni siquiera sus más allegados conocían su verdadera identidad.

Esta alegórica historia tiene como protagonista al oficial Werner von Ebrennac, un soldado alemán que ha de instalarse durante una temporada en una casa de una localidad cercana a París en la que viven un anciano y su sobrina. Durante su estancia, este hombre amable, culto y refinado, pero demasiado idealista e ingenuo con relación a las intenciones de su país, intenta entablar diálogo con los otros dos personajes hablándoles sobre su admiración por la historia y la cultura francesas y trasladándoles sus equivocadas ideas sobre el entendimiento entre Francia y Alemania. La respuesta que obtendrá por parte del anciano y de la muchacha -de la propia Francia- será el silencio más absoluto, la callada resistencia.

Después de un breve viaje a París para entrevistarse con sus superiores, von Ebrennac descubrirá que la verdadera intención del ejército alemán es someter a Francia y eliminar su identidad, lo que le llevará a adoptar una trágica decisión. Solo entonces, por primera y única vez, recibirá una palabra y una mirada de sus anfitriones.

El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso, como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovilidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, desorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo significao no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

-Siento una gran estima por las personas que aman a su patria -y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en el ángel esculpido sobre la ventana-. Ahora me gustaría subir a mi habitación -dijo-. Pero no conozco el camino.

Publicado por Cátedra, con traducción de Santiago R. Santerbás.

Tras realizar el corto Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (1946), el gran Jean-Pierre Melville escogió el relato de Vercors para dirigir su primer largometraje, estrenado en 1949. La homónima adaptación, que sigue paso a paso el original literario, es una película magnífica, hermosa, triste y desoladora, que ya contiene algunas de las características del “cine silencioso” de su autor. En mi opinión, la mejor de su primera etapa, hasta la llegada de las grandes obras maestras encabezadas por El confidente (Le Doulos, 1962).

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Editada por Memory Screen.

QUIZÁ NO SEA SIEMPRE ASÍ… de e. e. cummings

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Por segunda vez aparece en este blog el gran poeta norteamericano e. e. cummings (Edward Estlin Cummings), esta vez con el poema número XI del apartado “Sonetos-Irrealidades”, incluido en su libro Tulipanes y chimeneas (Tulips & Chimneys, 1923). La traducción es de José Casas.

 

quizá no sea siempre así;y digo

que si tus labios,que he amado,tocasen

los de otro,y tus fuertes queridos dedos se apoderasen

de su corazón,como del mío no hace mucho;

si tu dulce cabello descansase sobre otro rostro

en medio de un silencio como el que yo conozco,o

unas palabras grandes y retorcidas,como las pronunciadas con énfasis,

se alzasen indefensas ante el espíritu acosado;

 

si esto ocurriese,digo que si esto ocurriese-

tú,corazón mío,envíame un pequeño mensaje;

para que pueda acercarme a él,y cogiendo sus manos,

le diga,Acepta de mí toda la felicidad.

Entonces volveré la cabeza y escucharé a un pájaro

cantar terriblemente lejos en las tierras perdidas.

 

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it may not always be so;and i say

that if your lips,which i have loved,should touch

another’s,and your dear strong fingers clutch

his heart,as mine in time not far away;

if on another’s face your sweet hair lay

in such a silence as i know,or such

great writhing words as,uttering overmuch,

stand helplessly before the spirit at bay;

 

if this should be,i say if this should be-

you of my heart,send me a little word;

that i may go unto him,and take his hands,

saying,Accept all happiness from me.

Then shall i turn my face,and hear one bird

sing terribly afar in the lost lands.

LOS IMPUNES de Richard Price

Richard Price is also the author of, among others, Clockers, Freedomland and The Wanderers.

Tras La vida fácil (Lush Life, 2008), que ya tuvo aquí su espacio, el gran Richard Price vuelve a la novela con Los impunes (The Whites, 2015), otra magistral crónica sobre la violenta realidad de las calles de Nueva York igual de buena o mejor que la anterior. Repleta de diálogos memorables al servicio de ese estilo tan visual marca de la casa que bebe tanto de la literatura y el cine policiacos como, en mi opinión, de la novela del XIX, la literatura de Price es uno de esos valores seguros que difícilmente defraudan.

41Dw2FIx1KL._SY445_QL70_Billy Graves es el único miembro aún en activo de una antigua división contra el crimen del Bronx, un grupo de compañeros y amigos que de vez en cuando se reúnen para tomar unas copas, comprobar que se van haciendo viejos y recordar aquello que los une de manera obsesiva: todos ellos guardan en el armario un fracaso, un culpable a quien no consiguieron llevar ante la justicia. Cuando uno de estos “impunes” aparece asesinado en una estación de tren, los fantasmas del pasado volverán para interrumpir la rutina de Billy. Paralelamente, conoceremos a otro agente llamado Milton Ramos, un policía alcohólico y violento que también tiene cuentas pendientes y parece dispuesto a todo para que se las paguen. Por supuesto, las vidas de Billy y Milton no tardarán en encontrarse.

Obra coral en la que, como es habitual en las novelas y los guiones televisivos de Price, cada personaje tiene sus momentos de gloria literaria, Los impunes supone una nueva y compleja incursión del autor en la realidad de las calles neoyorquinas, en la lucha diaria de los policías contra la delincuencia y contra su propia rutina diaria, pero sobre todo es una historia sobre los trapos sucios que nunca podrán lavarse y su peso en la conciencia, sobre la doble moral a la que agarrarnos cuando nos conviene y su influencia a la hora de perdonar a los demás y a nosotros mismos. Al terminar de leer su última página, resulta inevitable preguntarnos quiénes son realmente los impunes.

Milton cogió la toalla sucia y la dobló cuidadosamente hasta formar una gruesa tira. A continuación se puso a horcajadas sobre el borracho y extendió la toalla transversalmente sobe su garganta. Abrió al máximo la porra extensible y la colocó en el centro de la toalla. Apoyando con cuidado el pie derecho sobre el extremo más estrecho, presionó la barra de acero contra uno de los costados de la garganta del tipo. Después, agarrándose a una rama para mantener el equilibrio y modular la presión, colocó el otro pie sobre el mango de la porra, de modo que todo su peso cayera sobre la nuez; dicho peso fluctuaba entre los ochenta y los ochenta y cinco kilos dependiendo de la época del año y de qué festividad acabara de pasar.

Los ojos repentinamente saltones del borracho adquirieron una rojez húmeda y dorada, y el único sonido que fue capaz de proferir fue un débil gorjeo, como el de un pollito recién nacido en una granja cercana.

Al cabo de aproximadamente unos treinta segundos, Milton se bajó de la porra, primero un pie y después el otro, a continuación se acuclilló y retiró la gruesa toalla de debajo; el cuello no tenía ni una sola marca. Volvió a colocar la toalla sobre la garganta del tipo y nuevamente extendió la porra justo en el centro.

-¿Una vez más?

El borracho negó con la cabeza, hasta el débil gorjeo había desaparecido.

-Vamos… -Milton se irguió cuan largo era, volvió a equilibrarse sobre ambos extremos de la porra y empezó a balancearse de lado a lado-. Por si acaso nunca volvemos a vernos.

Traducción de Óscar Palmer Yáñez.

Publicada por Mondadori.

LA ÚLTIMA GALOPADA de Thomas Eidson

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Paralelamente a la recuperación de los grandes clásicos del wéstern literario como Alan Le May, Dorothy M. Johnson o James Warner Bellah, la editorial Valdemar ha tenido la feliz idea de presentarnos a Thomas Eidson, uno de los más reconocidos autores contemporáneos del género. Para ello ha escogido su segunda y estupenda novela, La última galopada (The Last Ride, 1995), llevada al cine en 2003 por el habitualmente impersonal y sosainas Ron Howard. Protagonizada por Tommy Lee Jones y Cate Blanchet, Desapariciones (The Missing) resultaba un puro entretenimiento simplificador de la novela que apuntaba directamente a sus componentes de acción, aventura y terror.

Los acontecimientos que narra La última galopada nos sitúan en Nuevo México en 1886. Mientras Brake Baldwin, 516Ln0Uj6ZL._SX337_BO1,204,203,200_sentado frente a su rancho, lee en un periódico que “El Salvaje Oeste ha muerto”, se acerca a su rancho un anciano jinete fantasmal, un enorme hombre blanco vestido como un apache que pregunta por el hogar de los Baldwin. Brake le ofrece acogida, pero su esposa Maggie, al ver al anciano, se comporta de manera extraña y solo accede a que se quede un par de días en el establo y después se vaya. Sin embargo, cuando una partida de apaches secuestra a su hija mayor y deja malherido a Brake, Maggie no tendrá más remedio que aceptar la ayuda del extraño visitante para perseguir a los indios, dando comienzo así un largo y sangriento itinerario durante el cual iremos conociendo la oculta relación entre los dos protagonistas, a la par que sabremos que aquel titular del periódico con que comenzaba la novela distaba mucho de estar en lo cierto.

Habitada por varios personajes de los que dejan huella, como el large_tKDKvntptlj36WUTzm9Bl3N9bpkanciano jinete Samuel Jones, el mejicano Mannito, el sheriff John o el terrorífico líder de los apaches, y repleta de fragmentos de gran literatura violenta, tensa y misteriosa, La última galopada probablemente pierde fuerza cuando nos da excesivas explicaciones sobre los personajes y cuando resulta redundante al tratar la lucha entre la fe del cristianismo y la magia del paganismo, pero en sus mejores páginas, que son muchas, consigue que regresemos en parte al argumento de Centauros del desierto -a la novela de Le May y al film de John Ford- y que volvamos a sentir la atmósfera opresiva de películas como La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968), de Robert Mulligan, o La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), de Robert Aldrich.

-Buenas noches -dijo Baldwin.

El hombre asintió. Los ojos de Baldwin se movían lentamente sobre él. Era viejo, probablemente de unos setenta años, y grande, casi dos metros de altura, muy delgado pero con algo de barriga. Era imposible saber si era blanco o mestizo. En otro tiempo debió de tener la complexión de un toro salvaje… ahora era todo huesos, crestas y valles. Su rostro curtido se había tostado oscureciéndose a un tono ocre y parecía remendado con trozos de arcilla húmeda que no encajaban unos con otros totalmente; su pesada nariz estaba rota, tal vez en más de una ocasión, y parecía cansado o borracho, o ambas cosas. Su atuendo era extravagante: fronterizo, indio y mexicano. La gente había dejado de vestir así hacía al menos cuarenta años. Los ojos de Baldwin regresaron a las facciones brutales del rostro del hombre.

Un pequeño terrier negro y blanco, del tamaño de un sacabotas, estaba posado sobre la grupa del caballo con el pelo ondeando al viento tormentoso, haciéndole parecerse al perro del circo que Baldwin vio en una ocasión. Sin previo aviso dio un salto en el aire, se desplomó sobre el suelo y luego trotó nerviosamente alrededor de las piernas del ranchero -justo fuera del alcance de una patada- gruñendo como si pesara cien libras en lugar de diez.

-¿Muerde? -aulló Baldwin levantando la voz sobre el creciente rugido de la tempestad.

El anciano asintió otra vez, revelándose ante los ojos de Baldwin durante unos segundos como un demonio que galopaba en aquel oscuro viento.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Publicada por Valdemar.

ROSY & JOHN de Pierre Lemaitre

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Antes de abrirse las puertas del Premio Goncourt en el año 2013 con Nos vemos allá arriba (Au revoir là-haut), ambientada en la Primera Guerra mundial, el escritor parisino Pierre Lemaitre ya era un reconocido y premiado autor de novelas policiacas, varias de ellas protagonizadas por el comandante Camille Verhoeven. Rosy y John (2013), la más breve de la serie con apenas 150 páginas, tiene su origen en un folletín por episodios titulado Les Grands Moyens (2011), un encargo destinado a ser leído en smartphone, lo cual influye ya no solo en su brevedad, sino también en su estructura y en su endiablado ritmo.

En esta ocasión, Verhoeven se enfrenta a un joven que, tras hacer estallar un obús en plena calle, se entrega a la policía y les avisa de que hay otros seis programados para explotar. La condición para señalarles la situación de los obuses, que liberen a su madre, encarcelada por el asesinato de la novia del joven, y que les embarquen en un avión rumbo a Australia tras entregarles cuatro millones de euros. Tras este planteamiento, en el que entramos sin prolegómenos de ningún tipo, la novela nos mete de cabeza en una frenética carrera contra el reloj con sorpresas a cada vuelta de página, en la que John manipula a la policía y Lemaitre a nosotros en un juego del ratón y el gato que va sembrando dudas en torno a las intenciones reales del detenido.

Sin florituras estilísticas ni digresiones innecesarias que entorpezcan su ritmo, Rosy y John es una estupenda lectura para una noche veraniega de insomnio que además -cosa que, por desgracia, no siempre sucede en el género- nos reserva un magnífico final a la altura del resto de la novela.

La explosión tiene lugar a cincuenta metros. Por mucho que se lo esperase, le asombra su potencia. Se queda con la boca abierta, y en su rostro se leen a la vez la admiración y la ansiedad.

La detonación abofetea a los clientes del café y hace temblar el suelo como si, bajo sus pies, el metro hubiese sido sustituido de repente por un tren de alta velocidad. Las mesas se tambalean, los vasos vibran y se derraman, y harán falta varios segundos para que las miradas de estupefacción se vuelvan en la dirección correcta. Será en ese mismo instante cuando el andamio se ponga en movimiento para derrumbarse con un terrible estruendo.

El joven se levanta y se marcha sin pagar la consumición, aunque nadie va a reparar en ello. Da unas cuantas zancadas y se dirige al metro, que está lejos.

Llamémosle Jean. De hecho se llama John, pero esa es una larga historia. Se hace llamar Jean desde la adolescencia, ya volveremos a ello más adelante. Por el momento, pues, Jean.

La bomba ha funcionado aceptablemente. Según sus cálculos, es para estar satisfecho. Aunque albergue dudas sobre el alcance final de la operación, tendría que dar sus frutos.

Los supervivientes intentan ayudar a las víctimas. Jean se mete en el metro.

Él no va a ayudar a nadie. Él es quien ha puesto la bomba.

Traducción de Juan Carlos Durán Romero.

Publicada por Alfaguara.

NUNCA APAGABA LA LUZ de Lázaro Covadlo

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Nadie desaparece del todo (2014) -el volumen que me descubrió al gran escritor argentino Lázaro Covadlo- es una selección de los relatos que formaban parte de Agujeros negros (1997) y Animalitos de Dios (2000), a los que se añaden otros nunca antes recogidos en libro.

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Aprovechando su brevedad, aquí os dejo íntegro “Nunca apagaba la luz”, uno de mis preferidos.

Noche tras noche me resistía a mirar en dirección a la ventana. Nunca apagaba la luz, y detrás de aquel vidrio la oscuridad exterior era un telón negro. Cerraba los párpados e intentaba dormir, y en tanto no llegaba el sueño yo rezaba. Le suplicaba a Dios no estar despierto cuando llegara el momento.

¿Cómo me costaba sustraerme a la vigilia y encontrar refugio en la inconsciencia del sueño más profundo! Muchas noches de invierno sentía por allá afuera, girando alrededor de la casa, la queja del viento. En ocasiones me daba por imaginar que el viento penaba por su propio desamparo, por no serle permitida la entrada a los hogares. Daba por seguro que de noche, cualquier ser, objeto o elemento que estuviese a la intemperie debía de vivir atormentado: de noche el mundo externo era un terrible abismo. En cambio, ¡era tan cálido mi cuarto! En las paredes, de color azul celeste, mamá había pintado conejitos, jirafas y elefantes. El cielo raso también era de color azul, aunque era un azul más luminoso. Paseaba mis ojos por aquellas superficies amables y me empeñaba en apartarlos de la negrura de la ventana desprovista de cortinas. Me abrazaba a mi osito tibio, peludo y gordinflón, y entonces él y yo nos sumergíamos en el amigable mundo que hay debajo de las mantas. Pero al cabo de un tiempo sacaba la cabeza y no podía evitar que mis ojos se fijaran en la ventana. Entonces veía ese rostro que cada noche asomaba desde un ángulo y se ponía a espiar. Era una visión fugaz, pues el mirón, al sentirse descubierto, rápidamente volvía a esconderse entre las sombras del abismo. Sin embargo, aun cuando no alcanzaba a descubrir su identidad, no podía dejar de ver el brillo ansioso de sus ojos acechantes. Algunas veces también creí ver su brazo, y su puño sosteniendo el relámpago de una hoja de metal.

Las primeras noches grité y reclamé la presencia de mi madre, pero dejé de hacerlo al cabo de muchas reprimendas. Ella amenazó con apagar la luz si insistía en inventar historias; eso fue lo que dijo.

Si alguna vez hubo algo o alguien allí afuera yo lo esperé en vano, pues pasaron los años y nunca vino a por mí. Terminé convenciéndome de que lo que había creído ver no existía fuera de mi imaginación. Después me hice adulto y enfilé por los carriles trazados para nuestra especie: me casé y tuve un hijo. Mi hijo también empezó a ver cada noche el rostro del espía tras los cristales de su ventana.

Cierto atardecer salí de casa y quedé a la espera. El puñal que llevaba conmigo daría cuenta de cualquiera que se dedicara a asustar a mi niño. Pasaron las horas y al final me asomé a la ventana del cuarto iluminado. Era enternecedor ver a mi hijo abrazado a su osito de peluche. De pronto sus ojos se encontraron con los míos, y antes de que pudiera esconderme, en los suyos alcancé a descubrir el terror.

Publicado por Galaxia Gutenberg.

LA BELLA QUE SALUDA de Oliver Onions

Oliver_Onions_001En la Antología universal del relato fantástico (2013), editada por Jacobo Siruela, junto a cultivadores del género conocidos por todos como Borges, Cortázar, Poe o Henry James encontramos también autores demasiado olvidados y apenas publicados en español cuya recuperación es, en mi opinión, la aportación más sobresaliente del libro. Uno de ellos, Oliver Onions, está representado en la antología por la que para algunos es una de las mejores historias de fantasmas jamás escrita: “La bella que saluda” (The Beckoning Fair One), publicada originalmente en la colección de relatos Widdershins (1911).

9788494094163Su protagonista es Paul Oleron, un escritor que alquila una misteriosa y destartalada casa para poder terminar con la tranquilidad necesaria la novela en la que está trabajando, cuyo personaje principal es -detalle importante- una mujer. Pasado un tiempo, comienza a sentir una presencia femenina en la casa que al principio le intriga y que paulatinamente llegará a obsesionarle y a ocupar todo su tiempo hasta, finalmente, trastornarle con trágicas consecuencias.

Escrito con la elegancia habitualmente presente en las mejores muestras del género, sobre todo del siglo XIX y principios del XX, “La bella que saluda” -título que remite al de una antigua canción que Oleron comienza a silbar sin haberla oído nunca- es un extenso y desasosegante relato en el que la aparición fantasmal cede el protagonismo a los efectos que causa en el protagonista y en su relación con los demás y cuya extraordinaria ambigüedad nos permite diferentes interpretaciones que lo enriquecen definitivamente.

La habitación estaba como siempre. Prendió una segunda cerilla. Había una vela sobre la mesa. La encendió, la llama se hundió un instante y después brilló con claridad. De nuevo Oleron miró a su alrededor.

No había nada.

No había nada, pero había habido algo, y quizá todavía seguía allí. Antes, Oleron habría sonreído ante el pensamiento fantasioso de que, por la unión y la interacción de identidades entre él mismo y su precioso lugar, podía estar preparando a un fantasma en el futuro. No se le había ocurrido que podría haberse producido una unión, una coalescencia similar en el pasado. Pero ahora se enfrentaba cara a cara con esta asombrosa imposibilidad. Había algo que persistía en la casa. Tenía un inquilino aparte de él mismo. Fuera persona o cosa, había horrorizado el alma de Oleron produciendo el sonido de una mujer peinándose el cabello.

Traducción de Arturo Peral Santamaría.

Publicado por Ediciones Atalanta.

MATEN AL LEÓN de Jorge Ibargüengoitia

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Al día siguiente, Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena se levantaron a buena hora, hicieron sus necesidades ante el guardia de vista, se rasuraron con navaja prestada, se confesaron con el Padre Inastrillas, caminaron por los pasillos de la Jefatura entre un pelotón de la Policía Montada y se pararon en el patio de servicio, dando la espalda al muro de prácticas, mirando cómo los montados se hincaban, cortaban cartucho, apuntaban y disparaban. Murieron rayando el sol.

A la ejecución asistieron Jiménez, envuelto en un capote prusiano que lo hacía sudar a chorros, Galvazo, desveladón, un Ministro de la Suprema Corte, que fue quien dio fe, Cardona, en representación de la presidencia, con órdenes de asegurarse de que quedaran bien muertos los culpables, el Padre Inastrillas, que echó la bendición, y varios periodistas y fotógrafos.

El tiro de gracia estuvo a cargo del teniente Ibarra, personaje oscuro, que no volverá a aparecer en esta historia, ni en ninguna otra, porque murió esa misma noche de congestión alcohólica.

La literatura en castellano ha tratado en no pocas ocasiones el tema político del tirano, hasta convertirlo prácticamente en un subgénero por el que han transitado grandes nombres como Valle-Inclán, García Márquez, Roa Bastos o Vargas Llosa. maten-al-leon_jorge-ibarguengoitia_libro-OAFI970A esta ilustre lista se unió el mucho menos conocido Jorge Ibargüengoitia con Maten al león (1969), magnífica novela que se sirve del humor como herramienta de crítica, marca de la casa de este autor mejicano fallecido en el accidente aéreo de 1983 en Mejorada del Campo (Madrid).

Ambientada en un país ficticio, la novela narra el complot del partido en la oposición para asesinar al presidente Belaunzarán, al que se refieren como “el Gordo”, un tirano inculto y salvaje que pretende perpetuarse en el poder aunque para ello tenga que sobornar, corromper o llevarse por delante a todo aquel que pueda arrebatárselo. La mala suerte, la inutilidad y la falta de arrojo provocarán que los sucesivos intentos de magnicidio fracasen y que los conjurados vayan cayendo como moscas.

Ibargüengoitia construye una farsa demoledora repleta de inteligencia y sarcasmo en la que no deja títere con cabeza, burlándose tanto del tirano como de quienes pretenden correrle la poltrona para sentarse en ella, personajes acomodados que juegan a ser valientes mientras se pegan sus grandes juergas y coquetean por los salones y jardines. Una parodia política y social, divertida y a la vez muy seria, que demuestra una vez más que en las luchas por el poder los pobres siempre son los grandes olvidados y que cualquier acto revolucionario ha de surgir forzosamente del pueblo.

-Amigo Pereira -dice Cussirat-, soy un fracasado. Lo intenté matar tres veces. La primera les costó la vida a los moderados, la segunda, a mi novia, y la tercera, a mi mozo, que fue uno de los hombres más extraordinarios que he conocido, y a mi gran amigo de la infancia. Yo, que soy el responsable, me salvo, me vengo a meter en una choza, veo pobres por primera vez, duermo mal, y descubro que, después de todo, los pobres van a seguir siendo pobres, y los ricos, ricos. Si yo hubiera sido Presidente, hubiera hecho muchas cosas, pero no se me hubiera ocurrido darles dinero. ¿Así que qué importancia tiene que el Presidente sea un asesino o no lo sea?

-A mí nunca me había importado -dice Pereira, que ha seguido, con atención, el razonamiento.

-Usted es sabio -dice Cussirat.

Publicada por RBA.

LAS FORMAS de Sharon Olds

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olds1Los muertos y los vivos (The Dead and the Living, 1983) -título que recuerda, por supuesto, a las últimas líneas del más famoso relato de Joyce-, galardonado con el National Book Critics’ Circle Award for Poetry de 1984, fue el segundo libro publicado por Sharon Olds, una de las más importantes poetisas estadounidenses actuales.

Uno de los mejores poemas del libro, el titulado “Las formas” (The Forms), es un estupendo ejemplo de la poesía de esta autora: lenguaje sencillo pero muy expresivo al servicio de una imágenes duras, contundentes y, a menudo, impúdicas, apegadas siempre a la realidad política, social e incluso, como en este caso, personal.

 

LAS FORMAS

Siempre tuve la sensación de que mi madre

moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego

para sacarnos, el pelo incandescente como

un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo

blanco sucumbiendo y girando lentamente,

ese astronauta cuyo cable se corta

para

perderse

en la nada. Nos habría

protegido con su cuerpo, habría interpuesto

sus senos entre nuestro pecho y el cuchillo,

nos habría metido en el bolsillo del abrigo

lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal

habría muerto por nosotros,

 

pero en la vida tal y como era

tuvo que mirar

por ella.

Tuvo que hacer a los niños

lo que él dijera, tenía que

protegerse. En la guerra, habría

dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,

y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,

de hornos de gas, de asfixia, de cuchillos,

de ahogamientos, quemaduras, de todas las formas

en las que sufrí su amor.

 

THE FORMS

I always had the feeling my mother would / die for us, jump into a fire / to pull us out, her hair burning like / a halo, jump into water, her white / body going down and turning slowly, / the astronaut whose hose is cut / falling / into / blackness. She would have / covered us with her body, thrust her / breasts between our chests and the knife, / slipped us into her coat pocket / outside the showers. In disaster, an animal / mother, she would have died for us, / / but in life as it was / she had to put herself / first. / She had to do whatever he / told her to do to the children, she had to / protect herself. In war, she would have / died for us, I tell you she would, / and I know: I am a student of war, / of gas ovens, smothering, knives, / drowning, burning, all the forms / in which I have experienced her love.

 

Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.

Publicado por Bartleby Editores.