Archive for the ‘Literatura’ Category

1793 de Niklas Natt och Dag

Comencé a leer 1793 (2017), como tantas otras novelas, sin apenas referencias: Estocolmo, finales del siglo XVIII, un asesino, dos investigadores y, en general, muy buenas críticas. Así pues, un poco a ciegas, no esperaba encontrarme más que un relato repleto de sangrientos asesinatos escrito con el suficiente oficio como para mantenerme enganchado durante unas pocas noches y, quizá, para ganarse el derecho a volver a ser leído en unos años, cuando mi ya maltrecha memoria hubiera olvidado el quién, el cómo y el porqué. Pero no, el debut literario de Niklas Natt och Dag no es simplemente otra novela de misterio entretenida, sino bastante más que eso; de hecho, cabe la posibilidad de que deje algo descolocado a más de un aficionado al género, de manera similar a como lo hizo en el cine Zodiac (2007), la obra maestra de David Fincher nunca suficientemente ponderada.

Patalea para acercarse al bulto. Al principio cree que estaba en lo cierto: no puede tratarse de un ser humano, deben de ser los despojos de un animal que habrán arrojado allí los mozos del carnicero y que, al expandirse sus tripas con los gases de la descomposición, ha terminado convertido en una especie de boya. Pero entonces el bulto gira y le muestra la cara.

No es un cadáver totalmente descompuesto, pero no tiene ojos: son unas cuencas vacías las que lo miran. No hay dientes tras los labios destrozados. Tan sólo el cabello conserva su lustre: la noche y el lago han hecho cuanto han podido por debilitar su color, pero es sin duda una melena rubia. Cardell intenta tomar aire, pero el agua le entra en la boca y lo hace atragantarse.

A pesar de resultar tremendamente adictivo, 1793 no es un texto de ritmo frenético, con sorpresas al final de cada capítulo, en el que el investigador de turno ha de detener a un asesino empapado en sangre. Nada de eso. En sus más de 400 páginas solo hay un asesinato, cometido, además, antes de que arranque nuestra lectura, y es la reconstrucción de dicho crimen, macabramente planificado, de las circunstancias en que se produjo y de la participación de quienes tuvieron relación con él lo que nos narra esta magnífica novela hasta, por supuesto, revelarnos la identidad del asesino y sus motivos.

Obra coral magistralmente estructurada, casi una crónica de sucesos en la que cobran gran importancia las circunstancias históricas, políticas y sociales y que se preocupa de reposar y detenerse en la descripción de ambientes, en diálogos inteligentes y sugerentes y hasta en la caracterización de sus secundarios, en absoluto funcionales, la ópera prima de Natt och Dag, primera parte de una anunciada trilogía, no solo entretiene sino que además deja poso, el que suele permanecer tras una atmósfera y unos personajes brillantemente escritos.

Bueno, señor Winge, si me disculpa, tengo más cosas que guardar antes de mi viaje. Ahora que lo he ayudado a dar con el rastro, sólo tiene que seguirlo hasta el bosque para encontrar a su presa. He notado cómo cambiaba su expresión: a mí no me engaña, ¡usted mismo es un lobo! He visto suficientes como para saberlo. Es un lobo o no tardará en convertirse en uno. Nadie puede correr con los lobos sin aceptar sus reglas. Tiene usted los colmillos y los ojos brillantes del depredador. Niega su sed de sangre, pero ésta emana de usted como si fuera un olor. Algún día tendrá los dientes manchados de sangre y sabrá que yo tenía razón. Su mordida será profunda. A lo mejor resultará ser el mejor lobo, señor Winge. Confío en que así sea. Buenas noches.

Traducción de Patricia Antón de Vez.

Publicada por Salamandra.

 

SONATA de Álvaro Mutis

Como la mayoría de los grandes escritores que cultivan tanto la prosa como el verso, el colombiano Álvaro Mutis es mucho más conocido por sus novelas, sobre todo por las siete cuyo protagonista es Maqroll el gaviero, que por sus estupendos poemas. Aquí os dejo “Sonata”, uno de mis preferidos, perteneciente al libro Los trabajos perdidos (1965).

SONATA

Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros,
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
cono tren en la noche de las páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que enjuta la fiebre de los ghettos.
A la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (y 2)

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-Pídelo -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Entre los muchos largometrajes que han incorporado ideas de La pata de mono, hay dos no demasiado conocidos que, sin ser en absoluto magistrales, son interesantes y entretenidos y muestran dos formas muy distintas de inspirarse en el relato de Jacobs. El primero es mexicano, lo dirigió Benito Alazraki en 1962 y se titula Espiritismo, título que ya indica claramente por dónde van los tiros. Cuenta la historia de un matrimonio que se une a un grupo espiritista y acaba por convencerse de la posibilidad de comunicarse con el más allá. Como están desesperados por la mala situación económica que pasan por culpa del ruinoso negocio de su hijo, la mujer arrastra al marido a pedir ayuda al diablo, quien les envía un emisario con un amuleto que les concederá tres deseos. Tras conseguir el dinero gracias al primero, son informados de la muerte de su hijo en un accidente. La madre entonces convence al marido de que pida al amuleto el regreso de su hijo y, finalmente, el arrepentido esposo pide como tercer deseo que el resucitado vuelva a la tumba.

El film de Alazraki, por tanto, incorpora en su parte final la práctica totalidad del relato, solo que con un par de variantes además de que el amuleto provenga directamente del diablo: por un lado, en lugar de una pata de mono el matrimonio se encuentra con un brazo humano; por otro, en esta ocasión sí vemos al hijo regresado de entre los muertos; por cierto, con bastante mal aspecto.

La segunda película es la estadounidense Crimen en la noche (Dead of Night, 1974), de Bob Clark, el director de la magistral Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979). Aquí nos encontramos con un matrimonio al que informan de que su hijo ha muerto en Vietnam y que, tras los ruegos de la desesperada madre, ve cómo el presuntamente fallecido regresa una noche a casa, aunque con un carácter bastante cambiado. Tras unos horribles crímenes, el padre se irá dando cuenta de que su hijo es en realidad un zombi que necesita sangre humana para sobrevivir.

Como vemos, en esta ocasión La pata de mono solo deja su huella de forma muy tenue y al principio de la película, en el regreso del hijo muerto gracias al deseo de su madre, pero esta vez sin amuletos de por medio. Lo que sigue es una metáfora en clave de terror de la situación en que quedaban los jóvenes soldados que volvían de Vietnam, a los que compara con muertos vivientes.

 

 

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (1)

Aunque se dedicó principalmente al género humorístico, el nombre de William Wymark Jacobs sigue siendo recordado gracias, sobre todo, a un breve y casi perfecto relato de terror titulado La pata de mono” (The Monkey’s Paw). Publicado originalmente como parte de la colección de cuentos The Lady of the Barge (1902), ha sido incluido posteriormente en multitud de antologías de literatura fantástica y reconocido como una de las obras maestras del género. Su moraleja: “Ten cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad”.

Sus protagonistas, el matrimonio White y su hijo Herbert, reciben una noche la visita del sargento mayor Morris, un amigo del señor White que ha vivido durante muchos años en la India. El tal Morris trae consigo un recuerdo aparentemente mágico: una pata de mono momificada a la que se le pueden pedir tres deseos. A pesar de las advertencias del sargento de que les puede traer graves consecuencias, los White deciden quedarse la pata sin creer demasiado en sus poderes; aun así, antes de acostarse, casi como un juego deciden pedir, como primer deseo, doscientas libras. Al día siguiente, comprueban el terrible poder de la pata de mono: un enviado de la fábrica en la que trabajaba Herbert les comunica que su hijo ha fallecido y que la empresa, en reconocimiento a sus servicios, les da doscientas libras. Días después de enterrar a Herbert, la señora White, presa del dolor, convence a su marido de que pida un segundo y macabro deseo: que su hijo vuelva a la vida. Horas después, oyen unos golpes en la puerta…

-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió: la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

El relato de Jacobs ha sido adaptado de manera más o menos fiel en muchas ocasiones, generalmente en breves películas destinadas a la televisión. Otras veces, algunos elementos de la historia han sido utilizados, por no decir saqueados, como parte del argumento de largometrajes. Entre las primeras, hay dos que están francamente bien: La zarpa (1967), uno de mis episodios preferidos de las estupendas Historias para no dormir, creadas por Narciso Ibáñez Serrador, y The Monkey’s Paw (2010), dirigida por Ricky Lewis Jr., que posee la atmósfera más terrorífica de cuantas versiones he visto y que añade un atractivo prólogo sobre el origen del ominoso amuleto.

NOCHE DE RONDA de Luis Alberto de Cuenca

Hoy os dejo uno de mis poemas preferidos de Luis Alberto de Cuenca.

NOCHE DE RONDA

En otro tiempo hubieras empleado la noche

en hablarle de libros y de viejas películas.

Pero ya eres mayor. Ahora sabes que a ellas

les aburren los tipos llenos de nombres propios,

que tu bachillerato les tiene sin cuidado.

De modo que le dejas tomar la iniciativa,

desconectas y finges que escuchas sus historias,

que invariablemente -recuerdas de otras veces-

versan sobre el amor, los viajes, la dietética,

su familia, el verano, la buena forma física,

el más allá, las drogas y el arte postmoderno.

De cuando en cuando asientes, recorriendo sus ojos

con los tuyos, rozando levemente sus muslos,

y elevas a los cielos una angustiosa súplica

para que aquella farsa termine cuanto antes.

Pasarán, sin embargo, todavía unas horas

hasta que, ebria y afónica, se abandone en tus brazos

y obtengas la victoria pírrica de su cuerpo,

que, pese a los asertos de tres o cuatro amigos,

será muy poca cosa. Y, cuando esté dormida,

saldrás roto a la calle en busca de una taza

de café gigantesca, maldiciendo las copas

que arruinaron tu hígado en la estúpida noche

y pensando que, al cabo, merece más la pena

no comerse una rosca y hablarles de tus libros,

amargarles la vida con Shakespeare y con Griffith.

O buscarse una sorda para que nada falte.

 

 

EL HOMBRE QUE CAYÓ EN LA TIERRA de Walter Tevis

Era humano, pero no propiamente un hombre. También, como el hombre, era susceptible al amor, al miedo, al intenso dolor físico y a la compasión de sí mismo.

A estas alturas cualquier lector sin (demasiados) prejuicios sabe que tras la etiqueta “de género” podemos encontrar tan buena literatura como en las novelas que no llevan incorporada dicha etiqueta y que tienen más facilidad para ganarse el prestigio académico. Aunque a sus autores difícilmente les vayan a dar un Nobel, las obras maestras del wéstern, el policíaco, el terror o la ciencia-ficción, cada una con sus señas de identidad propias y tan reconocibles para sus aficionados, nos han hablado de los mismos temas que sus hermanas “más importantes” y lo han hecho con la misma intensidad y la misma belleza. Como siempre, todo depende del talento de quien se ponga a ello. Paradógicamente, en un arte mucho más joven como es el cine, hace ya tiempo que se sabe que las grandes películas de Ford, Mann o Hitchcock no son solo meros entretenimientos y que han de analizarse con la misma profundidad que las de Bergman, Fellini o Dreyer.

En El hombre que cayó en la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1963), el gran Walter Tevis nos contó la historia del extraterrestre, procedente del planeta Anthea, Thomas Jerome Newton, uno de los personajes más fascinantes de la ciencia-ficción. Tras una devastadora guerra en su planeta, Newton, de apariencia y sentimientos prácticamente humanos, aterriza en la Tierra con el objetivo de conseguir dinero para construir una nave en la que transportar a nuestro planeta a los pocos antheanos sobrevivientes. Gracias a su inteligencia superior, creará inventos revolucionarios que le harán ganar una gran fortuna, destinada a llevar a cabo sus planes; pero no tardará en darse cuenta de que tendrá que pagar un gran peaje por convertirse en un hombre.

Con este argumento, es lógico que encontremos la novela en la estantería de la ciencia-ficción, pero El hombre que cayó en la Tierra es muchísimo más que eso. Es un texto ambiguo -desde su mismo título, mucho menos simple de lo que parece-, alegórico y conmovedor sobre la ambición y el fracaso, sobre la alteridad y el desarraigo, sobre una sociedad que nos devora y que nos muestra todas nuestras debilidades y, ante todo, sobre la invencible soledad del hombre entre la multitud. Es una obra maestra de la literatura que se sitúa más allá de los géneros y que mal harían dejándola escapar los lectores por la simple razón de no ser demasiado aficionados a las historias con naves espaciales. Una pena que la adaptación al cine que dirigió Nicolas Roeg y protagonizó David Bowie, estrenada en 1976, no estuviera, ni mucho menos, a su altura.

Se contempló a sí mismo largo rato, y luego empezó a llorar. No sollozaba, pero de sus ojos brotaban lágrimas -lágrimas exactamente iguales que las lágrimas de un humano- que se deslizaban por sus enjutas mejillas. Estaba llorando de desesperación.

Después se habló en voz alta, en inglés:

-¿Quién eres tú? -dijo-. ¿Y a qué lugar perteneces?

Su propio cuerpo le devolvió la mirada; pero él no pudo reconocerlo como suyo. Le resultaba extraño y espantoso.

Fue en busca de otra botella. La música se había interrumpido. Un anunciante estaba diciendo: “… salón de baile del Hotel Seelbach en el centro de Louisville, captado para usted en Worldcolor: las mejores películas y revelados en fotografía…”. Newton no miró a la pantalla; estaba abriendo la botella. Una voz de mujer empezó a hablar: “Para almacenar recuerdos de las próximas vacaciones, de los niños, de las tradicionales comidas familiares del Día de Acción de Gracias y Navidad, no hay nada mejor que las fotografías en Worldcolor, llenas de resplandeciente vida…”.

Y en el sofá, Thomas Jerome Newton yacía ahora bebiendo, con su botella de ginebra abierta, sus dedos sin uñas temblando, sus ojos gatunos vidriosos y mirando fijamente al techo con angustia…

Traducción de José María Aroca.

Publicada por Editorial Contra.

EL MISTERIO DEL CUARTO AMARILLO de Gaston Leroux

En el castillo del Glandier viven junto a sus criados el profesor Stangerson, famoso científico, y su hija y ayudante Mathilde. Una noche en que se dispone a dormir en el cuarto amarillo situado junto al laboratorio, en el que siguen trabajando su padre y el tío Jacques, su criado de confianza, Mathilde es víctima de un intento de asesinato. Al oír sus gritos y unos disparos, Stangerson, Jacques y otro criado intentan forzar la puerta y solo lo consiguen tras muchos esfuerzos, ya que, extrañamente, Mathilde la había cerrado con doble vuelta. Al entrar, encuentran a la joven malherida pero ni rastro del criminal. Lo misterioso del asunto es que el agresor no ha podido escapar de un cuarto con una única puerta, una ventana con barrotes cerrada por dentro y sin chimenea. De intentar resolver el caso se encargarán, por un lado, el famoso detective Frédéric Larsan y, por otro, el joven periodista de 18 años y aficionado a las investigaciones Joseph Joséphin, alias “Rouletabille”.

De las cinco novelas de Gaston Leroux que he leído, incluida El fantasma de la ópera (Le fantôme de l’Opéra, 1910), El misterio del cuarto amarillo (Le mystère de la chambre jaune) es, con diferencia, mi preferida. Publicada por entregas en el suplemento literario de L’Ilustration durante 1907 y como libro en 1908, es la primera de la serie de siete novelas protagonizadas por el reportero, detective y aventurero Joseph Rouletabille y una de las primeras obras de la literatura de misterio que plantean el “problema del cuarto cerrado”, presente en muchas otras posteriormente.

Como buena novela por entregas, El misterio del cuarto amarillo busca desde su primer capítulo, titulado “Donde se empieza a no entender nada”, desconcertar al lector con un suceso en apariencia inexplicable y cuya solución, en principio, solo se puede encontrar en el ámbito de lo fantástico. Enganchados ya al misterio, ávidos por hallar pistas con las que establecer nuestras propias teorías, a cada vuelta de página nos topamos con nuevas sorpresas, con frases que parecen absurdas hasta que conocemos su contexto, con varias subtramas tan extrañas como la principal y que consiguen enredarnos de tal forma que difícilmente veremos algo de luz hasta las explicaciones finales y nada fantásticas de Rouletabille.

Que yo sepa, la novela de Leroux ha sido llevada al cine en cinco ocasiones, de las cuales he podido ver dos, no demasiado afortunadas y con absurdas variaciones respecto al argumento original: la argentina El misterio del cuarto amarillo (1947), dirigida en estado de desgracia por Julio Saraceni, y Le mystère de la chambre jaune (1930), de Marcel L’Herbier, que resulta algo mejor gracias sobre todo a la atmósfera de misterio que consigue crear en sus secuencias nocturnas.

Atravesé la habitación como una flecha y, sin embargo, pude ver “que había una carta en la mesa”. Casi alcancé al hombre en la antecámara, pues tardó por lo menos un segundo en abrir la puerta. ¡Casi lo toqué! Me dio en las narices con la puerta que da de la antecámara a la galería…, pero yo tenía alas, estuve en la galería a tres metros de él… El señor Stangerson y yo lo seguimos a la misma altura. El hombre, como yo había previsto, cogió la galería a su derecha, es decir, el camino preparado para su huida… “¡A mí, tío Jacques! ¡A mí, Larsan!”, exclamé. ¡Ya no podía escapársenos! Di un grito de alegría, de salvaje victoria… El hombre llegó a la intersección de las dos galerías apenas dos segundos antes que nosotros ¡y el encuentro que yo había decidido, el choque fatal que inevitablemente tenía que producirse, tuvo lugar! Todos chocamos en el cruce: el señor Stangerson y yo, que veníamos de un extremo de la galería recta; el tío Jacques, que venía del otro extremo de la misma galería, y Frédéric Larsan, que venía del recodo de la galería. Chocamos hasta caer…

“Pero el hombre no estaba allí”

Nos miramos con ojos estúpidos, ojos de espanto ante esta “irrealidad”: “¡El hombre no estaba allí”.

Traducción de Joëlle Eyheramonno.

Publicada por Alianza Editorial.

HOMBRE DEL SUR de Roald Dahl

Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected, 1979) es una de las compilaciones más populares del escritor galés de origen noruego Roald Dahl, en gran medida porque los cuentos incluidos en ella han sido conocidos por el gran público gracias a diversas series de televisión. Por sus páginas, repletas de humor negro y de ironía, con elementos fantásticos o más claramente realistas pero siempre con cierto gusto por lo macabro y mucha mala leche, suelen campar a sus anchas ejemplares del género humano poco recomendables.

Uno de mis preferidos, y también de los más conocidos, es el titulado “Hombre del sur”, quizá el que más a veces ha sido adaptado a la televisión y al cine. En la pequeña pantalla apareció, junto a sus compañeros de colección, en la serie Tales of the Unexpected (1979-1988), aunque las adaptaciones que el espectador español más veterano probablemente recuerde sean las dos que formaron parte, en diferentes temporadas, de la mítica Alfred Hitchcock presenta: la de 1960, protagonizada por Peter Lorre y Steve McQueen, y la de 1985, con un inmenso John Huston acaparando todas las miradas. En el cine, pudimos rememorar la historia en el cuarto episodio, dirigido y protagonizado por Quentin Tarantino, de Four Rooms (1995).

El relato, de apenas trece páginas en las que la tensión va en aumento y que nos guardan un final sorprendente, nos lleva a una habitación de hotel en la que está a punto de cruzarse una curiosa apuesta entre un hombre mayor -el “hombre del sur” del título- y un muchacho, con una joven y otro hombre -el narrador de la historia- como testigos: si el chico es capaz de encender diez veces seguidas su encendedor, del que dice que no falla nunca, ganará un Cadillac; si no, su adversario le cortará el dedo meñique de su mano izquierda con un cuchillo.

-Muy bien -dije yo-, empiecen.

El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:

-¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.

-Sí, lo haré.

Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.

-¡Uno! -dije yo.

No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.

Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.

-¡Dos!

El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.

-¡Tres!

-¡Cuatro!

-¡Cinco!

-¡Seis!

-¡Siete!

Traducción de Carmelina Payá y Antonio Samons.

Publicado por Anagrama.

KWAIDAN de Lafcadio Hearn

Escritor británico nacido en Grecia, Lafcadio Hearn pasó buena parte de su vida en Japón. Allí se casó, se nacionalizó japonés, trabajó como periodista y como profesor y se dedicó a estudiar la historia, las costumbres y las leyendas niponas. De las obras que nos legó, quizá la más popular sea Kwaidan (Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things, 1903), una recopilación de cuentos fantásticos en los que los fantasmas son los principales protagonistas: una joven que, antes de fallecer, le promete a su novio que volverá a nacer para casarse con él; un sacerdote que regresa de la muerte convertido en jikininki, un devorador de cadáveres; el espectro de una joven esposa, que vuelve al mundo de los vivos para recuperar una carta comprometedora; la Mujer de Nieve, una bellísima y terrible aparición que perdona la vida a un leñador a cambio de que no revele a nadie que la ha visto…

Mi relato preferido del libro, “La historia de Miminashi-Hoichi”, nos cuenta lo que le acontece a un virtuoso músico ciego: tras ser invitado por los fantasmas de un clan que murió en una famosa batalla a tocar para ellos, el sacerdote en cuya casa vive tendrá que trazar en todo el cuerpo del músico un texto mágico que lo libere del poder de los aparecidos. Por desgracia, se olvidará de pintar el texto en las orejas.

A la hora del crepúsculo, el sacerdote y su ayudante desnudaron al trovador y, valiéndose de unos pinceles, le trazaron en el pecho, en la espalda, en los labios, en las manos y en las piernas, en fin, hasta en las plantas de los pies, el texto piadoso del sûtra llamado Han’nya-Shin-Kyo. Cuando terminaron esta operación, el sacerdote dijo a Hoichi:

-Esta noche, poco tiempo después de que yo marche, te irás a sentar en el pórtico, y esperas allí. Probablemente vendrá una voz y te llamará; pero, ocurra lo que ocurra, no contestes ni te muevas. Seguirás sentado y sin hablar, y en actitud meditabunda. Si te agitas o haces algún ruido, serás partido en dos trozos. No temas nada, ni tampoco intentes pedir ayuda, porque ninguna ayuda humana podrá salvarte. Si cumples todas las instrucciones según te las doy, el peligro desaparecerá y no tendrás nada que temer de aquí en adelante.

Traducción de Pablo Inestal.

Publicado por Alianza Editorial.

El cuento de Hoichi y sus pobres orejas es uno de los cuatro del libro que escogió el gran Masaki Kobayashi para adaptarlos al cine. El resultado, conocido en España como El más allá (Kwaidan, 1964), es una de las grandes obras maestras del cine fantástico.

 

 

ENOCH SOAMES de Max Beerbohm

Contemporáneo de Chesterton, novelista, escritor de relatos y caricaturista, Max Beerbohm es el autor de “Enoch Soames”, uno de los cuentos en los que el diablo hace de las suyas que más me gustan, publicado en 1919 formando parte del libro Siete hombres (Seven Men).

El propio Beeerbohm, como tercer personaje en discordia y narrador, es quien nos cuenta la historia de un poeta sin éxito -el Soames del título- obsesionado por la trascendencia de su obra. Cierto día en que ambos se encuentran en un restaurante hablando sobre ello, el diablo se les une y le propone a Soames un pacto: a cambio de llevárselo con él al infierno, lo trasladará cien años en el futuro para que pueda visitar la sala de lectura del Museo Británico y comprobar si su nombre ha pasado a la posteridad.

Relato perfecto de apenas treinta páginas, quizá inspirado en la lectura de La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895) de H. G. Wells, ha conocido diversas ediciones en castellano. El fragmento siguiente pertenece a la traducción incluida en la Antología del relato fantástico (1940) de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, publicada por Edhasa.

¿No había manera de ayudarlo, de salvarlo? Un compromiso es un compromiso, y jamás incitaré a nadie a eludir una obligación. No hubiera levantado un dedo para salvar a Fausto. Pero el pobre Soames, condenado a pagar con una eternidad de tormento una busca infructuosa y una amarga desilusión…

Me parecía raro y monstruoso que Soames, de carne y hueso, con su capa impermeable, estuviera en ese momento en la última década del otro siglo, hojeando libros aún no escritos y mirado por hombres aún no nacidos. Todavía más raro y más monstruoso, pensar que esta noche y para siempre estaría en el infierno. Bien dicen que la verdad es más extraña que la ficción.