Archive for the ‘Literatura’ Category

VIDAS REBELDES de Arthur Miller

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-Eres toda una belleza. Es…, es casi un honor ir sentado a tu lado. Me deslumbras. -Ella ríe por lo bajo, sorprendida-. Hablo de corazón, Roslyn. -Pone el freno de mano y se vuelve hacia ella-: ¿Por qué estás tan triste? Creo que eres la chica más triste que he conocido en mi vida.

-Y tú el primer hombre que me dice eso. Normalmente me toman por una persona muy alegre.

-Porque das alegría a los hombres, eso es todo.

9788490661208A partir de su propio relato The Misfits, publicado en 1957 en la revista Esquire, Arthur Miller escribió un híbrido entre novela y guion para que fuera filmado por John Huston y protagonizado por Marilyn Monroe, esposa del escritor. Su título en España, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961). Su historia, la de una hermosa joven llamada Roslyn que, acompañada de su amiga Isabelle, acude a los juzgados de Reno para divorciarse y que entabla amistad en un bar con dos hombres tan desarraigados como ella: Guido, mecánico y aviador, y Gay, un veterano vaquero que se gana la vida cazando caballos destinados a convertirse en comida para perros. Tras pasar unos días en la cabaña a medio construir de Guido, deciden ir a las montañas a capturar una pequeña manada de caballos. Por el camino, se les une Perce, un joven amigo de Gay que se gana la vida participando en rodeos.

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Marilyn y Roslyn. Roslyn y Marilyn. Empezando por sus nombres y continuando por cómo la describe en los muchos fragmentos que le dedica, es fácil darse cuenta de que Miller creó su personaje a imagen y semejanza de su mujer, con toda su belleza, su generosidad, su carácter caprichoso, su necesidad de sentirse amada y su inseguridad ante la vida, hasta el punto de que, sabiendo lo que sabemos de ella tras tantos libros y documentales, quizá estemos ante el retrato, mostrado por medio de la ficción, más bello y fiel de la actriz. Así, Miller la coloca en el centro de un grupo de misfits, de inadaptados a la deriva en un mundo en el que no encuentran su lugar, de cansados vagabundos que, en el fondo, anhelan conocer a alguien por quien valga la pena echar raíces.

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A partir de la preciosa historia de Miller, coronada con los impresionantes capítulos que narran la caza de caballos salvajes -a los que podemos ver como un trasunto de los propios personajes- y el enfrentamiento entre Roslyn y Gay y su mutua redención, Huston realizó un film que, en su conjunto, quizá -y solo quizá- no sea de los más redondos de su filmografía, pero que alberga no pocos momentos que quedan en el recuerdo y que, sobre todo, nos regala algunas de las miradas más tristes, melancólicas, sinceras y conmovedoras de la historia del cine, las que se dedican Clark Gable, que moriría antes de ver estrenada la película; Marilyn Monroe, fallecida al año siguiente, y Montgomery Clift, en pleno proceso de autodestrucción por las drogas y el alcohol. Verlos juntos, compartiendo planos, dignidad, risas y lágrimas, silencios y derrotas, en compañía de otros dos grandes como Eli Wallach y Thelma Ritter, forma parte de la leyenda, la misma que no entiende, ni falta que hace, de perfecciones.

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Ella, exhausta, con la mirada perdida, se inclina y se sienta en el suelo, desmoronada, sollozando calladamente. Perce la mira de soslayo. Gay rodea a la yegua que yace en el suelo, va hacia la camioneta y salta a la parte trasera. Perce se acerca a Roslyn como con la intención de ayudarla a levantarse, pero ella se pone en pie, con los pantalones manchados de yeso, se dirige con paso frágil a la camioneta y entra. Perce la sigue y se sienta al volante, a su lado. Guido regresa, con la mirada fija en el suelo como perplejo por su propia reacción. Monta de un salto en el vehículo. La camioneta se pone en marcha.

Gay tiene el rostro desencajado, como si hubiera sido derrotado a puñetazos peleando por una causa en la que sólo creía a medias. Guiñando los ojos, protegiéndose del viento, su mirada se pierde en lo alto de las montañas, llena de nostalgia, casi esperando la aparición de aquellos centenares de caballos, de aquellas grandes manadas que bajaban galopando en tropel hasta la planicie, los majestuosos caballos y las dóciles yeguas, los mansos palafrenes, los ligeros potrancos que barrían la tierra con sus cascos, apenas rozándola…

Traducción de Victoria Alonso Blanco para Tusquets.

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KOKORO de Natsume Soseki

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7415847Kokoro (1914) -en japonés, «corazón», en su sentido espiritual- es generalmente considerada la obra capital de Natsume Soseki, uno de los padres de la novela moderna japonesa y principal figura de la generación anterior a los Akutagawa, Tanizaki o Kawabata, la que vivió durante la era Meiji, época de grandes cambios en el país nipón y de apertura a Occidente.

Ambientada a finales de la citada era, la novela nos cuenta la relación entre un estudiante y un maduro, misántropo y acomodado intelectual que vive sin trabajar, prácticamente recluido en casa junto a su esposa. Las continuas visitas del joven al hogar del matrimonio y la admiración sincera que siente por aquel al que denomina sensei -personaje que se me antoja casi pessoano– conseguirán que el hombre se abra a una especie de amistad paternofilial y que acabe confesándole la razón de su aislamiento y su renuncia a la sociedad, el secreto que lleva años amargándolo y que ni siquiera su mujer conoce.

Novela de personajes sin nombre, de estilo sencillo y depurado como pocas incluso en la literatura japonesa, Kokoro está dividida en tres partes: las dos primeras, narradas por el joven estudiante; la tercera, por sensei. Esta última, a modo de confesión, nos traslada a la época universitaria del narrador, cuando conoció a la que acabaría siendo su esposa, y a su amistad con un compañero de estudios al que denomina K -curioso que Franz Kafka escribiera El proceso El castillo más o menos en la época en que se publicó la novela de Soseki- y que se revela como figura central del drama. De la relación entre K y sensei en el pasado y la de este con su pupilo en el presente, paralelas en cierto modo, se servirá Soseki para componer un texto bellísimo acerca de la vida, la muerte, el amor y, sobre todo, la culpa y la incapacidad de perdonarnos a nosotros mismos.

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¿Te acuerdas? A menudo, me planteabas discusiones sobre ideas contemporáneas. Te acordarás de cuál era mi actitud. No es que desdeñara tus opiniones, más bien nunca les daba importancia. Tus ideas no estaban apoyadas en nada; además, eras demasiado joven para tener un pasado propio. De vez en cuando me reía, y tú ponías cara de disgusto en muchas ocasiones. Al final, insististe en que te contara mi pasado como si desplegara un rollo de pintura. Fue entonces cuando por primera vez sentí en mi corazón respeto hacia ti. Mostraste la decisión de sacar algo de mis entrañas, de absorber la sangre caliente que brotaba de mi corazón. Entonces, yo aún estaba vivo y no quería morirme. Así que prometí acceder a tu deseo otro día y me quité de encima por ese instante tu petición. Ahora sí; ahora, voy a intentar abrirme yo mismo el corazón y verter su sangre en tu cara. S con ella puedes concebir una vida nueva en tu pecho, una vez que haya cesado el latido del mío, estaré contento.

Traducción de Carlos Rubio para Editorial Gredos.

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Que yo sepa, Kokoro ha conocido hasta hoy dos adaptaciones al cine, homónimas ambas. No he tenido ocasión de ver la segunda, de 1973, dirigida por Kaneto Shindô; pero, por lo que leído sobre ella, al parecer solo adapta la tercera parte de la novela. La primera adaptación, de 1955, protagonizada por Masayuki Mori, la dirigió Kon Ichikawa con una puesta en escena más contenida y austera que otros films suyos posteriores y más conocidos, correspondiendo al tono del original literario, al que es muy fiel a pesar de darles nombre a los personajes y otorgar mayor protagonismo a la esposa de sensei, interpretada maravillosamente por Michiyo Aratama.

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EN EL RESTAURANTE ASTORIA DE BERLÍN… / MI MUJER ME ACOMPAÑÓ A BREST… de Nazim Hikmet

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Gracias a la lectura de las memorias de Simone Signoret (entrada anterior) supe de un gran poeta turco llamado Nazim Hikmet. Aquí os dejo dos de sus poemas que más me gustan, en traducción de Fernando García Burillo.

EN EL RESTAURANTE ASTORIA DE BERLÍN…

En el restaurante Astoria de Berlín
había una camarera
una chica como una gota de plata.
Por encima de las bandejas repletas me sonreía.
Se parecía a las chicas de mi perdido país.
Pero no sé por qué
a veces tenía ojeras.

No tuve suerte
no pude sentarme en las mesas que ella atendía.

Ningún día se sentó en las mesas que yo atendía.
Era un hombre entrado en años.
Parecía como si estuviera enfermo,
tomaba comida de régimen.
Estaba muy triste y me miraba
pero no sabía alemán.
Tres meses vino a desayunar, comer y cenar,
luego desapareció.
Puede que volviera a su país
o que no volviera y haya muerto.

MI MUJER ME ACOMPAÑÓ A BREST…

Mi mujer me acompañó hasta Brest,
bajó del tren y permaneció en el andén,
fue haciéndose cada vez más pequeña
hasta que se convirtió en un grano de trigo en el azul infinito,
después ya no pude ver nada más que los raíles.

Luego, cuando llamó desde Polonia, no pude responder.
No pude preguntar: «¿Dónde estás, amada mía, dónde?»
«¡Ven conmigo!», dijo, pero no pude ir junto a ella,
el tren circulaba como si nunca fuera a detenerse
y me ahogaba la tristeza.

Luego, la nieve comenzó a disolverse sobre la tierra arenosa
y de repente me di cuenta de que mi mujer estaba mirándome
y me preguntaba: «¿me has olvidado?, ¿me has olvidado?»,
la primavera caminaba por el cielo con los pies descalzos y embarrados.

Luego, las estrellas bajaron a posarse en los postes de telégrafo,
la oscuridad se abatió sobre el tren como si fuera lluvia,
mi mujer permanecía al pie de los postes de telégrafo,
su corazón latía tac tac como si estuviese en mis brazos,
los postes se acercaban y pasaban, pero ella no se movía del sitio,
el tren circulaba como si nunca fuera a detenerse
y me ahogaba la tristeza.

Luego, de repente, me di cuenta de que hace años, hace muchos años
que vivo en este tren
-pero todavía no sé cómo y por qué lo he comprendido-
y cantando con la misma fuerza y con la misma esperanza
sigo alejándome de la ciudad y de las mujeres amadas
y su nostalgia es como una herida abierta,
mientras me acerco a algún lugar, a algún lugar.

LOS PÁJAROS de Daphne du Maurier

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30303717558Tras adaptar dos de sus novelas en la poco afortunada Posada Jamaica (Jamaica Inn, 1939) y en la espléndida Rebeca (Rebecca, 1940), Alfred Hitchcock regresó al universo literario de Daphne du Maurier con Los pájaros (The Birds, 1963), posiblemente su película más arriesgada y, aún hoy, una de las más singulares de la historia del cine, cuyo guion, escrito por Evan Hunter, cambió personajes, escenario y situaciones, pero conservó intacta la esencia del texto original.

La historia que escribió du Maurier nos sitúa en la campiña inglesa, donde cierto día, al llegar el invierno, los pájaros comienzan a agruparse en enormes bandadas organizadas y a mostrarse agresivos con las personas. Tras un ataque nocturno a su hogar, el granjero Nat Hocken se da cuenta de que no están ante un hecho aislado y, tras reforzar todos los posibles accesos a su casa, decide recluirse en ella junto a su familia. Mientras resisten a duras penas las agresiones cada vez más violentas y suicidas de los pájaros, la radio informa de que la caótica situación afecta a todo el país.

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Publicado en 1952 como parte del libro The Apple Tree, que volvió a publicarse en 1963 con el título The Birds and Other Stories, el relato, de unas treinta páginas, se mantiene como uno de los más fascinantes de su autora, gracias sobre todo a dos aspectos que Hitchcock, cómo no, supo apreciar y conservar al transformarlo en imágenes: la ausencia de molestas conclusiones que intenten explicar la actitud de los pájaros y su final abierto, que consigue prolongar el desasosiego más allá de su lectura.

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Al pasar por el portillo, oyó un zumbido de alas. Una gaviota negra descendía en picado sobre él, erró, torció el vuelo y se remontó para volver a lanzarse de nuevo. En un instante se le unieron otras, seis, siete, una docena de gaviotas, blancas y negras mezcladas. Nat tiró la azada. No le servía. Cubriéndose la cabeza con los brazos, corrió hacia la casa. Las gaviotas continuaron lanzándose sobre él, en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el batir de las alas, las terribles y zumbadoras alas. Sentía sangre en las manos, en las muñecas, en el cuello. Los agudos picos rasgaban la carne. Si por lo menos pudiese mantenerlas apartadas de sus ojos… Era lo único que importaba. Tenía que mantenerlas alejadas de sus ojos. Aún no habían aprendido cómo aferrarse a un hombre, cómo desgarrar la ropa, cómo arrojarse en masa contra la cabeza, contra el cuerpo. Pero, a cada nuevo descenso, a cada nuevo ataque, se volvían más audaces. Y no se preocupaban en absoluto de sí mismas. Cuando se lanzaban en picado y fallaban, se estrellaban violentamente y quedaban sobre el suelo, magulladas, reventadas. Nat, al correr, tropezaba con sus cuerpos destrozados, que empujaba con los pies hacia delante.

Traducción de Adolfo Martín. Publicado por Orbis.

ODAS DE RICARDO REIS de Fernando Pessoa

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image_1165_1_258071Como el propio Fernando Pessoa dejó escrito, las Odas de Ricardo Reis (Odes de Ricardo Reis) -uno de los muchos heterónimos creados por el autor portugués- representan la vertiente más epicúrea de su poesía y expresan, por medio de una voz pagana y nihilista, cómo debemos conformarnos con alcanzar una vida contemplativa de relativa calma que nos proporcione la ilusión de una libertad y una felicidad, en realidad, inalcanzables, renunciando para ello a los falsos placeres mundanos que nos engañan y nos transforman.

Aquí os dejo las odas 3 y 29, dos de mis preferidas.

Oda 3

No tengas nada en las manos

ni un recuerdo en el alma,

que cuando te pongan

en las manos el óbolo último,

al abrirte las manos

nada te caerá.

¿Qué trono quieren darte

que Átropos no te quite?

¿Qué laureles que no se mustien

en los arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te hagan

de la estatura de la sombra

que serás cuando estés

en la noche y al final del camino?

Coge las flores pero suéltalas,

de las manos apenas las miraste.

Siéntate al sol. Abdica

y sé rey de ti mismo.

Oda 29

A la patria, mi amor, prefiero rosas,

y antes magnolias amo

que fama y que virtud.

Mientras la vida no me canse, dejo

pasar por mí la vida

si sigo siendo el mismo.

¿Qué importa a aquel a quien ya nada importa

que uno pierda y otro venza,

si ha de amanecer siempre,

si cada año con la primavera

aparecen las hojas

y en el otoño cesan?

El resto, esas otras cosas que los humanos

añaden a la vida

¿qué aumentan a mi alma?

Nada, salvo la sed de indiferencia

y la blanda confianza

en la hora fugitiva.

Traducción de Ángel Campos Pámpano para Editorial Pre-Textos.

JACOB Y EL OTRO de Juan Carlos Onetti / MAL DÍA PARA PESCAR (2009) de Álvaro Brechner

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De nuevo por aquí Juan Carlos Onetti, uno de los escritores favoritos de este blog, esta vez con el relato «Jacob y el otro», en el que presta la magia de su incomparable prosa a la voz de tres narradores distintos para contarnos una historia que sucede, como tantas de las suyas, en la ficticia Santa María. A la localidad llegan dos tipos curiosos que enseguida llaman la atención de la aburrida población: un gigantón llamado Jacob van Oppen, antiguo campeón de lucha libre ya en horas bajas, y su representante, que dice llamarse Príncipe Orsini. Como en otras ciudades por las que han ido viajando, Orsini organiza en Santa María una velada de lucha libre en la que apuesta quinientos pesos a que nadie es capaz de aguantar tres minutos sin que van Oppen lo tumbe. Mientras espera que se presente algún contrincante, Orsini va ganando dinero cobrando entradas simplemente por ver entrenar al campeón. Pero el problema se presenta cuando una chica acepta el desafío en nombre de su novio, una mole de veinte años a la que Orsini cree que el envejecido van Oppen no podrá vencer.

El hombre movedizo y simpático y el gigante moribundo atravesaron en diagonal la plaza y el primer sol amarillento de la primavera. El más pequeño llevaba una corona de flores, una coronita de pariente lejano para un velorio modesto. Avanzaban indiferentes a la curiosidad que hacía nacer la bestia lenta de dos metros; sin apresurarse pero resulto, el movedizo marchaba con una irrenunciable dignidad, con una levantada sonrisa diplomática, como flanqueado por soldados de gala, como si alguien, un palco con banderas y hombres graves y mujeres viejas, lo esperara en alguna parte. Se supo que que dejaron la coronita, entre bromas de niños y alguna pedrada, al pie del monumento a Brausen.

A partir de aquí las pistas se embrollan un poco. El pequeño, el embajador, fue al Berna para alquilar una pieza, tomar un aperitivo y discutir los precios sin pasión, distribuyendo sombrerazos, reverencias e invitaciones baratas. Tenía entre cuarenta y cuarenta y cinco años, el tórax ancho, la estatura mediana; había nacido para convencer, para crear el clima húmedo y tibio en que florece la amistad y se aceptan las esperanzas. Había nacido también para la felicidad, o por lo menos para creer obstinadamente en ella, contra viento y marea, contra la vida y sus errores. Había nacido, sobre todo, lo más importante, para imponer cuotas de dicha a todo el mundo posible. Con una natural e invencible astucia, sin descuidar nunca sus fines personales, sin preocuparse en demasía por el incontrolable futuro ajeno.

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El director uruguayo Álvaro Brechner debutó en el largometraje con una magnífica adaptación del cuento de Onetti titulada Mal día para pescar, con Gary Piquer y el strongman y ocasional actor finés Jouko Ahola, ambos estupendos, dando vida respectivamente a Orsini y van Oppen. Con un guion, escrito por Brechner y Piquer, muy fiel a la esencia del relato, aunque introduzca, de manera nada forzada, nuevos personajes y situaciones, el film le otorga a la historia un aire muy cinematográfico de wéstern y a los dos personajes principales, una dignidad y un romanticismo, en contraposición a los habitantes de Santa María, ausentes en el original literario del existencialista Onetti. 

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NUNCA APUESTES TU CABEZA AL DIABLO de Edgar Allan Poe / TOBY DAMMIT (1968) de Federico Fellini

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En el relato cómico Nunca apuestes tu cabeza al diablo (Never Bet the Devil your Head, 1841), el narrador nos cuenta la historia de su amigo Toby Dammit (nótese que el apellido proviene de damm it!), un tipo indeseable que tiene la mala costumbre de, a la mínima ocasión, apostar su cabeza al diablo. Cierto día, en el transcurso de un paseo campestre, ambos cruzan un puente cubierto en el que hay colocado un molinete que, simplemente, hay que hacer girar para poder continuar; pero el tozudo de Dammit pretende sortearlo saltando por encima y, por supuesto, se apuesta su cabeza al diablo a que lo consigue. En ese momento, el diablo acude a su llamada.

Por último, cuando ya habíamos cruzado casi todo el puente y nos acercábamos al final, un molinete de cierta altura nos impidió seguir. Calladamente lo sorteé como suele hacerse, es decir, haciéndolo girar. Pero esto no convenía al señor Dammit, quien insistió en saltarlo por arriba y afirmó que era capaz de realizar también una pirueta en el aire. Ahora bien, en conciencia no me parecía que pudiera hacerlo. El que mejor piruetas hacía era mi amigo Carlyle, y como yo sabía que él no podía hacerlo, tampoco creía que lo pudiera hacer Toby Dammit. Por consiguiente se lo dije con todas las letras, agregando que lo consideraba un fanfarrón que no podía cumplir lo que decía. Esto que dije lo lamenté posteriormente, pues en el acto él apostó su cabeza al diablo a que lo hacía.

Estaba yo a punto de responderle, pese a mi anterior resolución, reprochándole su impiedad, cuando oí muy cerca una tos muy parecida a la exclamación «¡Ejem!». Me sobresalté y miré asombrado en derredor. Mis ojos cayeron por fin en un nicho que había en la estructura del puente, y repararon en la figura de un diminuto y anciano caballero cojo, de venerable aspecto. Nada podía ser más excelso que su apariencia, pues no sólo iba vestido todo de negro, sino que llevaba una camisa muy limpia, con cuello que se doblaba prolijamente sobre una corbata blanca, y usaba el pelo con raya al medio como una muchacha. Tenía las manos entrelazadas en gesto pensativo sobre el vientre, y había puesto los ojos en blanco.
 
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Toby_Dammit-268251849-mmedLa historia escrita por Edgar Allan Poe fue llevada al cine por Federico Fellini en uno de los tres episodios que adaptaban sendos relatos del escritor estadounidense bajo el título Historias extraordinarias (Histoires extraordinaires, 1968). El primero de ellos, «Metzengerstein», protagonizado por Jane Fonda, tiene como (ir)responsable a Roger Vadim, lo cual nos ahorra tiempo y espacio. Para el segundo, «William Wilson», con Alain Delon y Brigitte Bardot, al parecer se decidió que era conveniente contar con un cineasta. Y no es que lo que consigue Louis Malle sea para como para organizar una fiesta, pero el espanto perpetrado por Vadim se lo pone a huevo. El de Fellini, «Toby Dammit», ya es harina de otro costal: a diferencia de sus colegas franceses, que parecen conformarse con adaptar libre y rutinariamente el material literario original, Fellini se lo lleva a su terreno, se sirve de él para entregarnos otro capítulo de su universo tan reconocible.

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Su Toby Dammit particular (portentoso Terence Stamp) es un actor shakesperiano de aspecto vampírico, consumido por el alcohol y las drogas, que acude a Roma para protagonizar nada menos que el primer wéstern católico de la historia, producido por la Iglesia. Tras una gala de entrega de premios en la que se emborracha, exige el Ferrari que le han prometido y se lanza con él a toda velocidad a través de la noche, en un trayecto delirante que lo lleva hasta un puente cortado por obras en el que le espera una niña de aspecto nada inocente.

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Fotografiado por Giuseppe Rotunno como si de una pesadilla o de una alucinación se tratase, el film parte del relato de Poe para recrear al ritmo de la música, cómo no, de Nino Rota una suerte de dolce vita fáustica y terrorífica, cuya lectura puede estar relacionada con la fama y el éxito logrados por medio de pactos diabólicos a los que en algún momento hay que rendir cuentas. Aunque, al fin y cabo, eso qué más da. Como ocurre con algunas películas de David Lynch, al que no me extrañaría que encantase «Toby Dammit», lo recomendable es dejarse llevar por las ambiguas y fascinantes imágenes de esta breve maravilla, una de las obras maestras de Fellini.

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MISS LONELYHEARTS de Nathanael West

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Aunque faltaba menos de un cuarto de hora para el cierre, todavía seguía trabajando en su artículo. Había llegado hasta: «La vida  vale la pena, porque está llena de sueños y de paz, de dulzura y éxtasis, y de fe que arde como una pura llama blanca en un sombrío y oscuro altar». Pero no podía seguir adelante. Las cartas ya no eran divertidas. No podía seguir encontrando gracioso el mismo chiste treinta veces al día durante meses y meses. Y la mayor parte de los días recibía más de treinta cartas, todas iguales, extraídas de la masa del sufrimiento por medio de un cuchillo de cocina en forma de corazón.

Mucho menos conocido que sus coetáneos Faulkner, Steinbeck, Hemingway o Fitzgerald y pocas veces incluido con ellos en el grupo de la Generación Perdida, Nathanael West murió el 22 de diciembre de 1940, a los 37 años, en un accidente de tráfico, precisamente -ironías del destino- cuando se dirigía en su coche junto a su esposa al funeral de su amigo Fitzgerald, fallecido el día anterior. Aun así, tuvo tiempo de dejarnos alguna obra de teatro, un par de relatos, varios guiones cinematográficos -por ejemplo, el de Volvieron cinco (Five Came Back, 1939), dirigida por John Farrow- y, sobre todo, cuatro novelas en las que posiblemente se pueda ver la influencia de sus admirados Dostoievski y Gógol y cuya huella, particularmente, me parece encontrar en la sin par literatura de Flannery O’Connor.

_visd_0001JPG0E5XWAmbientada en la época de la Gran Depresión, la más conocida de las cuatro es Miss Lonelyhearts (1933), cuyo título se refiere al seudónimo que emplea un periodista para responder las cartas, firmadas también con seudónimo, que llegan a su sección del periódico, una suerte de consultorio al que escriben personas que, por una u otra razón, cargan con una vida desgraciada. Lo que no saben es que su gurú, su mesías particular, aquel del que esperan una solución o unas palabras de alivio, no es más que otra alma perdida tan desorientada como ellas, otro anónimo corazón solitario cuyo nombre real nunca conoceremos, que ahoga sus penas en alcohol y ha de soportar a diario el sarcasmo de su jefe.

West se sirve del argumento y su galería de casi caricaturescos personajes para mostrar su absoluta falta de fe en una sociedad mediocre y desnortada para la que no existen los sueños ni la esperanza y cuya hipocresía alcanza, cuando se quitan la máscara del anonimato, incluso a quienes parecían sinceros y honrados en su derrota. Y lo peor es que quizá solo el cinismo más descarnado, personificado en Shrike, el jefe de Miss Lonelyhearts, sirva para sobrevivir.

Tan breve -apenas 90 páginas- como cruda, Miss Lonelyhearts se verá aun superada en su pesimismo y su amargura por la cuarta y última y también magistral novela de West, El día de la langosta (The Day of the Locust, 1939), sobre todo por su apocalíptico desenlace, filmado de manera tan impresionante como terrorífica por John Schlesinger en su adaptación cinematográfica de 1975, que aquí se tituló Como plaga de langosta.

No había señales de la primavera. La suciedad que cubría la superficie de aquel terreno abigarrado no era de origen orgánico. El año anterior, recordaba, mayo no había podido sacar nada de aquel suelo. Fue necesaria toda la brutalidad de julio para conseguir, torturándola, que salieran unas pocas púas verdes de la tierra exhausta.

Lo que aquel pequeño parque necesitaba, aún más que él, era beber. No valdría ni el alcohol ni la lluvia. Mañana, en su columna, les pediría a Corazón Roto, a Harta de Todo, a Desesperada, a Desilusionada con Marido Tuberculoso y a sus demás corresponsales que vinieran aquí para regar la tierra con sus lágrimas. Nacerían flores, flores que olerían a pies.

-¡Ah, la humanidad…!

Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane para Random House Mondadori. 

MV5BNmYzYmIwNTEtMDJhOS00OTkyLWI0NDEtZTZlZWNkNDJlMGMxXkEyXkFqcGdeQXVyMTIxOTk5MzY@._V1_Que yo conozca, Miss Lonelyhearts ha sido llevada al cine en dos ocasiones. La primera, titulada Advise to the Lovelorn, dirigida por Alfred L. Werker y estrenada al parecer el mismo año de 1933 en que se publicó la novela, se sirve del personaje para crear a su alrededor una comedia de apenas una hora con muy poca gracia. La segunda, Corazones solitarios (Miss Lonelyhearts, 1958), basada en la novela de West y en la obra de teatro de 1957 escrita a partir de ella por Howard Teichman, toma prestados la historia, los personajes e incluso buena parte de los diálogos para acabar resultando una versión mucho más edulcorada que, para colmo, se permite un final feliz, quizá perteneciente a  la obra de Teichman. Pero eso no sería negativo en sí mismo si no fuera por la más sosa e inane de las puestas en escena posibles, cortesía del director Vincent J. Donehue, que consigue que ni siquiera destaquen las interpretaciones de Montgomery Clift, Rober Ryan y Mirna Loy. Lo mejor, con diferencia, la fotografía del gran John Alton.

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LOS JUICIOS DE RUMPOLE de John Mortimer

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John Mortimer -padre de la actriz y cineasta Emily Mortimer- fue abogado, dramaturgo, novelista, guionista y, sobre todo, el creador del divertido Horace Rumpole. En el cine, por ejemplo, colaboró en el guion de Suspense (The Innocents, 1961), dirigida por Jack Clayton y una de mis películas imprescindibles, y escribió junto a su primera esposa el de El rapto de Bunny Lake (Bunny Lake is Missing, 1965), un film que no le acabó de salir del todo bien a Otto Preminger.

Su personaje más popular, el abogado Horace Rumpole -inspirado, al parecer, en la figura de su padre- se dio a conocer en Inglaterra por medio de una serie de televisión y de los relatos que, desde hace unos años, está publicando en español la editorial Impedimenta. Literatura quizá no genial, pero siempre elegante, inteligente, divertida y muy, muy lúcida.

51Gqges9jTL._SX330_BO1,204,203,200_Hasta el momento, he leído el segundo volumen, titulado Los juicios de Rumpole (The Trials of Rumpole, 1979), una serie de casos judiciales, narrados por el propio Rumpole en su papel de abogado defensor, en cuyas páginas tienen también cabida las peripecias de sus colegas de trabajo, sus asiduas libaciones en el bar Pommeroy y su especial relación con su esposa, a la que nombra, como si fuera una diosa mitológica, con la expresión «Ella, la que Ha de Ser Obedecida». Y, por encima de todo, en ellas encontramos la crítica sarcástica e implacable hacia todos aquellos aspectos que le desagradan de una sociedad -la inglesa o, ya puestos, la de cualquier otro país de los que se consideran a sí mismos tan modernos y civilizados- retrógrada e hipócrita.

Como muestra, un par de fragmentos. El primero, en el que cita a Voltaire para referirse a la libertad de expresión, pertenece al relato «Rumpole y el animal fascista».

-¿No es este un país libre, queridos miembros del jurado? ¿No es este un país en el que el capitán Parkin y otros excéntricos como él pueden dar rienda suelta a sus majaderías? Puede que no esté de acuerdo con lo que el capitán Parkin dijo en aquella tarda aciaga… Es muy fácil defender la libertad de expresión cuando uno está de acuerdo con lo que se dice, pero alguien una vez, un sabio francés, nos dio la respuesta… «No estoy de acuerdo con nada de lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo.»

El segundo forma parte de «Rumpole y el camino del verdadero amor»: educación pública versus educación privada y postureo político.

Por lo que afirmaba mi cliente, la escuela John Keats era el ejemplo perfecto de una escuela de secundaria moderna, pues estaba diseñada para ensalzar el buen nombre de la educación pública y dejar vacíos los colegios privados, salvo por un grupo de sadomasoquistas y por los hijos de banqueros asiáticos. La educación en la John Keats era, al parecer, tan libre y, al mismo tiempo, tan disciplinada; y las instalaciones eran tan buenas y el personal estaba tan preocupado por los alumnos (no como en mi internado privado, donde desde luego no había preocupación alguna por si estabas vivo o muerto); y era tan genuinamente civilizada, que muchos parlamentarios laboristas e incluso algunos ministros se compraban una casa en aquella zona de Hertfordshire para poder disfrutar de la doble ventaja de, por un lado, dotar a sus hijos de una educación excelente y, por otro, tener la conciencia tranquila cuando se presentaran ante el pueblo como personas cercanas. Al fin y al cabo, sus hijos iban a la escuela pública.

Traducción de Sara Lekanda Teijeiro para Impedimenta.

EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES de James M. Cain / LE DERNIER TOURNANT (1939) de Pierre Chenal

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s-l300Como quien más quien menos ya sabrá a estas alturas, la novela de James Mallahan Cain El cartero siempre llama dos veces (The Postman Always Rings Twice, 1934) es una de las citas ineludibles cuando de novela negra se trata. Epítome de las constantes del género, sobre todo en su variante más ligada al determinismo y al naturalismo, con Zola observando desde su siglo XIX, la historia de la atracción sexual y fatal entre Cora y Frank ha influido y lo sigue haciendo en la mayoría de manifestaciones literarias y cinematográficas cuyo argumento gira en torno a «chica joven casada con hombre mayor al que no ama conoce a chico al que convence para asesinar al cornudo». Pero pocas lo han contado de manera tan directa, cruda y desolada como esta breve obra, magistral desde su inigualable título.

El siguiente fragmento corresponde al final del primer capítulo, ejemplo perfecto de cómo se las gastaba Cain: en tres páginas, presentación del espacio y de la atmósfera en que se desarrollará la mayor parte de la historia, primera caracterización de los personajes y escueta pero suficiente información -atención a la última frase, colocada justo ahí como quien no quiere la cosa- para saber por dónde van a ir los tiros.

Entonces la vi. Hasta ese momento había estado en la cocina, pero entró en el comedor para recoger la mesa. Salvo su cuerpo, en verdad, no era ninguna belleza arrebatadora, pero tenía una mirada hosca y los labios y los labios salidos de un modo que me dieron ganas de aplastárselos con los míos.

-Le presento a mi esposa.

Ella no me miró. Hice una ligera inclinación de cabeza y una especie de saludo con la mano en que tenía el cigarro. Nada más. Se fue con la vajilla. En lo que al dueño y a mí se refería, era como si ni siquiera hubiese estado allí.

Me fui casi enseguida, pero cinco minutos después estaba de vuelta, para dejar un mensaje al amigo del Cadillac. El dueño tardó media hora en convencerme de que debía aceptar el empleo, y al fin me encontré en la estación de servicio, poniendo en condiciones unos neumáticos.

-Dígame, ¿cómo se llama?

-Frank Chambers.

-Yo, Nick Papadakis.

Nos estrechamos la mano y se fue. Un minuto después le oí cantar. Tenía una voz espléndida. Desde la estación de servicio podía ver perfectamente el interior de la cocina.

Traducción de Federico López Cruz para Emecé.

Le dernier tournantLa novela de Cain ha sido bastante afortunada en relación con sus cuatro adaptaciones al cine. Dos son estadounidenses: la dirigida por Bob Rafelson, de 1981, con Jack Nicholson y una Jessica Lange pura atracción animal y la mejor Cora posible, y la de Tay Garnett, estrenada en 1946, que a pesar de sus muchos aciertos me parece sobrevalorada por su excesiva «limpieza» y, sobre todo, por una Lana Turner peinada, vestida e iluminada para desfilar por la alfombra roja, no para cocinar y servir mesas en un área de servicio. Ambas cintas, por supuesto, son las adaptaciones más populares, hasta el punto de que durante mucho tiempo se podía leer en no pocos sitios que eran las únicas, cuando en realidad hay dos anteriores.

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Ossessione (1943) fue la película con la que debutó en el cine el gran Luchino Visconti. A pesar de contar, con algunas variaciones, la historia que escribió Cain, se permitieron no mencionarlo en los títulos de crédito, por lo que ha quedado como una versión oficiosa. Prohibida en su momento por Mussolini, repleta de naturalismo y negrura y considerada como pionera del neorrealismo, es probablemente la más sórdida de las cuatro adaptaciones.

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Le dernier tournant (1939), dirigida por el olvidado Pierre Chenal, fue la primera versión cinematográfica y, con mucho, la menos vista y conocida; incluso en la actualidad, a menudo ni siquiera es citada con relación a la novela, probablemente por ser la menos accesible. Protagonizada por Corinne Luchaire y Fernand Gravey, cuenta con la, cómo no, histriónica e impagable participación de Michel Simon en el papel de Nick, el marido de Cora y víctima de la pareja. En el film, fiel al original aunque elimina alguna escena para ajustarse a sus escasos noventa minutos, se dieron cita varios de los talentos del cine francés de la época, de aquel realismo poético -cuántas etiquetas- que también dejó su huella en el cine negro norteamericano: además de Simon, Charles Spaak en el guion y Christian Matras y Claude Renoir, hijo del actor Pierre Renoir y sobrino del cineasta Jean Renoir, en la fotografía. El resultado es un film estupendo que no tiene nada que envidiar, más bien al contrario, a las tres posteriores y más prestigiosas adaptaciones.

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