Archive for the ‘Literatura alemana’ Category

RECUERDOS DE JULIO CORTÁZAR de Edith Aron

“¿Necesito decirte quién es Edith Aron? Vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela traducida por ella?” (Carta de Julio Cortázar a su editor)

        Pasó otro 12 de febrero y, con él, otro año más desde que nos dejó Julio Cortázar. Esta vez lo recuperé en las páginas de 55 Rayuelas (2007), la antología de textos de la escritora alemana Edith Aron, la persona que, al parecer, se esconde tras la Maga, el maravilloso personaje que Cortázar inmortalizó en Rayuela (1963) ya desde sus primeras líneas:

        “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se incribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentrífico.”

        El último de esos textos se titula Recuerdos de Julio Cortázar, y en él Edith Aron nos cuenta cómo le conoció y varios de sus encuentros. Aquí dejo un fragmento.

        “Una vez fuimos hasta el Parc des Sceaux, y allí, recostados en un árbol, me leyó el cuento “Final del juego”, que justo acababa de escribir. Me emocionó tanto que rompí a llorar, y entonces dijo que si algún día llegaba a publicarlo me lo dedicaría. Pero por lo que se ve, se olvidó, porque nunca lo hizo. Cuando estuvo en Londres en 1977, para arreglar asuntos de sus traducciones, se lo recordé, pero me dijo que ya me había dedicado un libro entero. Nadie sabe de ello.”

               Traducción de Paula Kuffer.

               Publicado por Belacqva (La otra orilla).

MUERTE EN VENECIA (1971) de Luchino Visconti

Luchino Visconti fue un artista polifacético, un poeta de la imagen, y un gran director de cine, a veces. Incluso en sus grandes obras, como El gatopardo (Il gattopardo, 1963) o Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960), hay escenas en que me parece un director descuidado, poco dotado para la narración, como si determinados aspectos de la historia que cuenta no le importaran demasiado y prefiriera centrarse en capturar ciertos instantes en los que, ahora sí, da lo mejor de si mismo.

       En mi opinión, la película que mejor refleja lo malo y lo maravilloso del cine de Visconti es Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), basada en la novela de Thomas Mann La muerte en Venecia (Der tod in Venedig, 1913). Film que despierta filias y fobias a partes iguales, carente del prestigio incontestable de las dos obras maestras antes citadas, guarda, junto al gusto por un esteticismo muchas veces molesto inherente a su autor, algunos movimientos de cámara, sobre todo en su primer mitad, realmente infumables, gratuitos y que entorpecen la puesta en escena, incluido algún odioso zoom del que nadie se libraba en la época (dichosas modas).

       Junto a esto, dos de las escenas más estremecedoras que uno recuerda y que, por si solas, valen más que muchas filmografías completas. La persecución de Gustav Aschenbach (Dirk Bogarde en el papel de su vida, lo cual no es decir poco), por las calles de una Venecia enferma de peste, tras el joven Tadzio o, lo que es lo mismo, tras el ideal de belleza que ha intentado alcanzar toda su vida, hasta caer agotado, enfermo y riéndose de si mismo; y la escena final en la playa, con la silueta de Tadzio en el agua recortada en el horizonte, y Aschenbach intentando levantarse de la tumbona para ir hacia él sin conseguirlo, y muriendo mientras el tinte del cabello le resbala por el rostro y escuchamos esa maravilla que es el “adagietto” de la 5ª sinfonía de Gustav Mahler, demuestran que, a diferencia de Aschenbach, Visconti no sólo conoció la belleza, sino que, además, llegó a alcanzarla.

                                    Editada en DVD por Warner.