Archive for the ‘Literatura argentina’ Category

NUNCA APAGABA LA LUZ de Lázaro Covadlo

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Nadie desaparece del todo (2014) -el volumen que me descubrió al gran escritor argentino Lázaro Covadlo- es una selección de los relatos que formaban parte de Agujeros negros (1997) y Animalitos de Dios (2000), a los que se añaden otros nunca antes recogidos en libro.

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Aprovechando su brevedad, aquí os dejo íntegro “Nunca apagaba la luz”, uno de mis preferidos.

Noche tras noche me resistía a mirar en dirección a la ventana. Nunca apagaba la luz, y detrás de aquel vidrio la oscuridad exterior era un telón negro. Cerraba los párpados e intentaba dormir, y en tanto no llegaba el sueño yo rezaba. Le suplicaba a Dios no estar despierto cuando llegara el momento.

¿Cómo me costaba sustraerme a la vigilia y encontrar refugio en la inconsciencia del sueño más profundo! Muchas noches de invierno sentía por allá afuera, girando alrededor de la casa, la queja del viento. En ocasiones me daba por imaginar que el viento penaba por su propio desamparo, por no serle permitida la entrada a los hogares. Daba por seguro que de noche, cualquier ser, objeto o elemento que estuviese a la intemperie debía de vivir atormentado: de noche el mundo externo era un terrible abismo. En cambio, ¡era tan cálido mi cuarto! En las paredes, de color azul celeste, mamá había pintado conejitos, jirafas y elefantes. El cielo raso también era de color azul, aunque era un azul más luminoso. Paseaba mis ojos por aquellas superficies amables y me empeñaba en apartarlos de la negrura de la ventana desprovista de cortinas. Me abrazaba a mi osito tibio, peludo y gordinflón, y entonces él y yo nos sumergíamos en el amigable mundo que hay debajo de las mantas. Pero al cabo de un tiempo sacaba la cabeza y no podía evitar que mis ojos se fijaran en la ventana. Entonces veía ese rostro que cada noche asomaba desde un ángulo y se ponía a espiar. Era una visión fugaz, pues el mirón, al sentirse descubierto, rápidamente volvía a esconderse entre las sombras del abismo. Sin embargo, aun cuando no alcanzaba a descubrir su identidad, no podía dejar de ver el brillo ansioso de sus ojos acechantes. Algunas veces también creí ver su brazo, y su puño sosteniendo el relámpago de una hoja de metal.

Las primeras noches grité y reclamé la presencia de mi madre, pero dejé de hacerlo al cabo de muchas reprimendas. Ella amenazó con apagar la luz si insistía en inventar historias; eso fue lo que dijo.

Si alguna vez hubo algo o alguien allí afuera yo lo esperé en vano, pues pasaron los años y nunca vino a por mí. Terminé convenciéndome de que lo que había creído ver no existía fuera de mi imaginación. Después me hice adulto y enfilé por los carriles trazados para nuestra especie: me casé y tuve un hijo. Mi hijo también empezó a ver cada noche el rostro del espía tras los cristales de su ventana.

Cierto atardecer salí de casa y quedé a la espera. El puñal que llevaba conmigo daría cuenta de cualquiera que se dedicara a asustar a mi niño. Pasaron las horas y al final me asomé a la ventana del cuarto iluminado. Era enternecedor ver a mi hijo abrazado a su osito de peluche. De pronto sus ojos se encontraron con los míos, y antes de que pudiera esconderme, en los suyos alcancé a descubrir el terror.

Publicado por Galaxia Gutenberg.

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BORGES Y YO de Jorge Luis Borges

Los dos mundos de Jorge Luis Borges

el-hacedor-jorge-luis-borges-trabalibrosDe nuevo Borges por aquí, esta vez con un pequeño texto perteneciente al libro El hacedor (1960), una miscelánea de narrativa breve y poesía dedicada al también escritor Leopoldo Lugones.

El recurrente tema del doble, del otro, aplicado en esta ocasión a sí mismo, al hombre común y al famoso escritor, al Borges mortal y al que le sobrevivirá. Como siempre, la palabra precisa en el lugar exacto, el estilo inimitable…

 

 

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XIII, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

Publicado por Alianza Editorial.

ESA MUJER / NOTA AL PIE de Rodolfo Walsh

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Argentina, 1957. Se publica la primera edición de Operación Masacre, la crónica de los fusilamientos cuentos-completos-9788492720064llevados a cabo el año anterior en la localidad de José León Suárez a partir del testimonio realizado por los que lograron sobrevivir a la matanza. Actualmente se la considera la primera novela-testimonio, la primera novelización de unos hechos reales (sí, nueve años antes de A sangre fría (In Cold Blood, 1966) de Capote, reconocida generalmente como la precursora del género). En 1973 fue llevada al cine por el director Jorge Cedrón.

Su autor, Rodolfo Walsh. Periodista, traductor, autor teatral, cuentista y activista político, fue uno de los intelectuales argentinos más críticos con los diferentes gobiernos totalitarios de su país. En 1977, al año siguiente de la subida al poder de Videla, fue tiroteado y secuestrado en plena calle. Nunca se encontró su cuerpo.

Su narrativa breve abarca casi todos los géneros: cuentos infantiles, alegorías políticas, relatos fantásticos con Borges como modelo, cuentos policiacos…De todos ellos, mis preferidos son Esa mujer, del libro Los oficios terrestres (1965), y Nota al pie, incluido en la colección Un kilo de oro (1967). Dos ejemplos mayúsculos de precisión narrativa; dos motivos de alegría para cualquier lector y de envidia para la mayoría de escritores.

Esa mujer es, probablemente, el relato más popular de Walsh. En él, dos hombres hablan sobre el cadáver desaparecido de una mujer. Ni fechas ni nombres. La primera vez que lo leí lo hice sin la información necesaria, sin saber que los dos personajes eran el propio autor y Carlos de Moori Kening, el teniente coronel encargado del secuestro, en 1955, del cuerpo de Eva Perón, y aún así ya me pareció un relato deslumbrante, quizá más atractivo aún que en sucesivas lecturas gracias a su ambigüedad, a su misterio.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles -dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena -filosofa.

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Nota al pie es, o así me lo parece, uno de los cuentos más personales de Walsh y el más novedoso en cuanto a estructura. Mientras el narrador nos habla del suicidio de un solitario traductor y de los minutos que pasa su jefe ante el cadáver en espera de la policía, a pie de página podemos ir leyendo la última carta escrita por el difunto, dirigida a su jefe. A medida que avanza el cuento, la carta va ganándole espacio a la voz del narrador hasta ocupar por completo la última página.

Dos relatos en uno; dos lecturas complementarias de final majestuoso para una pieza a la altura de las mejores de Onetti o Cortázar.

Sin duda León ha querido que Otero viniera a verlo, desnudo y muerto bajo esa sábana, y por eso escribió su nombre en el sobre y metió dentro del sobre la carta que tal vez explica todo. Otero ha venido y mira en silencio el óvalo de la cara tapada como una tonta adivinanza, pero aún no abre la carta porque quiere imaginar la versión que el muerto le daría si pudiera sentarse frente a él, en su escritorio, y hablar como hablaron tantas veces.

Un sosiego de tristeza purifica la cara del hombre alto y canoso que no quiere quedarse, no quiere irse, no quiere admitir que se siente traicionado. Pero eso es exactamente lo que siente. Porque de golpe le parce que no se hubieran conocido, que no hubiera hecho nada por León, que no hubiera sido, como ambos admitieron tantas veces, una especie de padre, para qué decir un amigo. De todas maneras ha venido, y es él, y no otro, el que dice:

-Quién iba a decir,

y escucha la voz de la señora Berta que lo mira con sus ojos celestes y secos en la cara ancha sin sexo ni memoria ni impaciencia, murmurando que ya viene el comisario, y por qué no abre la carta. Pero no la abre aunque imagina su tono general de lúgubre disculpa, su primera frase de adiós y de lamento.

Publicados por veintisieteletras.

LA CAPITAL DEL OLVIDO de Horacio Vázquez-Rial

El hecho de que cada uno de los capítulos de La capital del olvido (2004) esté encabezado por una cita de algunos de los grandes de la novela negra y que el primero de esos capítulos sea un homenaje explícito a El sueño eterno de Chandler y Hawks puede hacernos pensar de entrada que estamos simplemente ante un sencillo, sincero y entretenido homenaje a los clásicos, en la línea de la también chandleriana Triste, solitario y final (1973) de Osvaldo Soriano. Pero, aunque dicho homenaje siempre está presente, esa primera impresión no tarda en desaparecer. En cuanto la trama nos transporta al pasado, a la época de la dictadura militar en Argentina, de las desapariciones y de la venta de niños secuestrados, la novela se endurece y nos adentra en la búsqueda del pasado y, a la vez, en el intento de olvidarlo, a través de unos personajes que buscan el silencio, el perdón, la justicia o la venganza, y que vuelven de entre los muertos para remover la conciencia de los vivos.

        Sin apenas descripciones, sin la presencia constante de un narrador, sus extraordinarios y vertiginosos diálogos y escenas hacen de La capital del olvido, ganadora del V Premio Fernando Quiñones, una novela eminentemente cinematográfica, de las que agradecemos tener a mano en una larga noche de verano.

“Ah, claro, es de eso que no querés acordarte, Guido. No es que no te acordés de ella, no. Pero estabas en casa, yo lo sé, oí llegar el coche y a los tipos que bajaron armando despelote para que vos y yo y los demás cerráramos los ojos o no los cerráramos pero hiciéramos como si. Yo miré por entre los listones de la persiana, que estaba bajada, pero no del todo, y vi la calle, y vi tu persiana, exactamente enfrente de la mia, y vi cómo apagabas la luz y estuve seguro de que estabas ahí igual que yo, mirando sin hacer nada, como una vaca detrás de la alambrada, que ve pasar el tren y sigue rumiando. Y la sacaron a la Myriam. El viejo Paley se arrastró detrás de ellos, pedía a gritos que no se la llevaran, hasta que uno le dio con algo, no sé, un palo o una culata, en la cabeza le dio y lo dejó sangrando tirado en la vereda y cerraron con tres portazos, porque el chófer no se había movido y salieron rajando con la piba a cuestas. Cuando vino el chico, que algún alma buena lo habría llamado, el pibe, Isaac, digo, el hermano de la Myriam, que ya estaba casado, se encontró a la madre arrodillada en el suelo, mirando a su marido, que seguía como muerto. Estaba vivo, pero como muerto. Vos lo viste a Isaac, Guido, lo viste igual que yo, porque te quedaste igual que yo detrás de la persiana, esperando algo, que pasara algo, que bajara del cielo un ángel, o Perón, quién sabe, o un hada, y arreglara todo lo desarreglado. A lo mejor, el que manejaba el coche era Mardones. O Mardones se reunió con ellos en otro sitio. De la Myriam nunca más se supo. Bueno, sí, se supo, porque cuando salió el informe, cuando los juicios, lo leímos, Guido. Vos y yo lo leímos. Leímos que la habían visto en un chupadero y que la habían trasladado. Y ahora te olvidaste. ¿Cómo podés haberte olvidado? ¿Tampoco te acordás de que te conté que lo había vuelto a ver a Mardones? Viejo y pelado, pero bien vestido. En la plaza lo vi. En la plaza de Mayo, el día en que Alfonsín nos tuvo esperando mientras él arreglaba con los milicos y después vino y dijo que la casa estaba en orden y que felices pascuas. Yo no había entendido lo que había dicho, y miré a la gente que tenía alrededor y pregunté qué dijo y una vieja dijo felices pascuas y yo no me lo creí y seguí mirando, y de pronto vi una cara conocida, la del único hijo de puta que sonreía en ese momento, y era la de Mardones. Te lo conté, Guido, aquella misma noche. ¿No te acordás de eso? ¿Tampoco de eso? No, no te lo reprocho, no sos el único que no se acuerda de esas pascuas. A lo mejor, es que aquel día empezó el olvido y la Myriam entonces desapareció de verdad, definitivamente.”

                 Publicada por Alianza.

ELOGIO DE LA SOMBRA. 25 años sin Borges

Hoy se cumplen 25 años del fallecimiento de Jorge Luis Borges, uno de los habituales, como no podía ser menos, de este blog. Para recordarlo, esta vez, un poema, incluído en el libro de 1969 al que da título, uno de los muchos que demuestran que también fue uno de los grandes poetas de nuestra lengua. La vejez y la ceguera, y la memoria, en unos pocos versos que ponen la piel de gallina.

ELOGIO DE LA SOMBRA

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.

Vivo entre sombras luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla.

Buenos Aires,

que antes se desgarraba en arrabales

hacia la llanura incesante,

ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,

las borrosas calles del Once

y las precarias casas viejas

que aún llamamos el Sur.

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

Mis amigos no tienen cara,

las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,

las esquinas pueden ser otras,

no hay letras en las páginas de los libros.

Todo esto debería atemorizarme,

pero es una dulzura, un regreso.

De las generaciones de los textos que hay en la tierra

sólo habré leído unos pocos,

los que sigo leyendo en la memoria,

leyendo y transformando.

Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,

convergen los caminos que me han traído

a mi secreto centro.

Esos caminos fueron ecos y pasos,

mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,

días y noches,

entresueños y sueños,

cada ínfimo instante del ayer

y de los ayeres del mundo,

la firme espada del danés y la luna del persa,

los actos de los muertos,

el compartido amor, las palabras,

Emerson y la nieve y tantas cosas.

Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,

a mi álgebra y mi clave,

a mi espejo.

Pronto sabré quién soy.

ECOS de Ángel Bonomini

Crítico de arte, poeta y cuentista, Ángel Bonomini (1929-1994) no es un escritor demasiado conocido en nuestro país, a pesar de que la literatura argentina siempre ha contado entre nosotros con numerosos seguidores. Admirado, al parecer, por Borges y Bioy, sus relatos suelen participar por igual de lo fantástico y lo real, introduciendo a menudo un componente onírico que los hace perfectamente reconocibles.

       Ecos es uno de los mejores relatos del libro Los lentos elefantes de Milán (1978). El autor-narrador nos recuerda en sus páginas algunos episodios de su infancia, para terminar preguntándose si la memoria recupera realmente lo ocurrido o no es más que otra herramienta para crear una ficción.

        El primer fragmento del relato es suficiente para mostrarnos el gran talento de un autor por descubrir. Creo que merece la pena, así que aquí os lo dejo.

“A la hora de la siesta iba a lo de las Berro, que vivían al lado. La madre, Georgina, era francesa y tocaba el violín por las tardes. Las chicas, Nélida y Amalia, tendrían unos veinte años, yo diez. Me querían mucho en esa casa, me ayudaban a hacer los deberes del colegio y entraba y salía de allí cuando quería.

        En lo de las Berro, en un patio central, había una escalera de caracol que conducía al cuarto de costura. Subí. Golpeé la ventana.

        Nélida contestó. Me dijo que estaban durmiendo y que volviera más tarde. Oí que Amalia le decía a la hermana que me dejara entrar. A mí la idea de tener que esperar me disgustaba tanto como la de irme. Pero, en seguida oí los pasos de unos pies descalzos y un cerrojo que se descorría.

        Entrá, me dijo Amalia, desnuda, con un triángulo de vello oscuro debajo del vientre y sus pechos culminados en dos puntas violetas. Y agregó: desnudate y metete en la cama.

        Todo fue muy rápido, como cuando a uno le muestran y le esconden una fotografía en un mismo ademán. Mareado de peligro no atiné más que a obedecer. Me desnudé y me metí en la cama.

        Nélida simulaba dormir y dejaba ver su espalda, la cintura, los muslos, el pelo revuelto. Amalia se acomodó y empezó el suplicio del silencio. Al pie de la cama estaba amontonada, como una cordillera de flores, la colcha de cretona.

        En un rincón del cuarto había otra forma de mujer, también desnuda, que siempre me causaba zozobra. Era un maniquí sin cabeza sostenido por una barra que terminaba en un trípode.

        A medida que pasaban los segundos mis ojos se iban acostumbrando a la penumbra. Había una luz tenue que a todos nos envolvía. A mi derecha, Nélida tenía la espalda quebrada en la cintura y las nalgas sombreadas, y todas esas formas de piel nacarada se ondulaban levemente con la respiración. A mi izquierda, Amalia había volcado sus pechos hacia mí y una de las puntas violáceas me rozaba el brazo.

        Yo sabía que nadie dormía en ese cuarto. Hasta el maniquí era como un vigía atento. La máquina de coser tenía una cabeza negra y cromada parecida a la de un dragón alerta.

        Yo estaba inmóvil. Las dos mujeres irradiaban un calor que casi quemaba. Y de pronto, como un ruido de súbita tormenta, oí que Nélida y Amalia estallaban en una risa que borraba la vida.

        Tuve la sensación de que las escaleras de caracol nunca terminan.”

                              Publicado por Reverso Ediciones.

CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA de Andrés Neuman

A sus treinta y cuatro años, el novelista, cuentista y poeta Andrés Neuman es ya uno de los grandes escritores de nuestra lengua. Uno de los numerosos premios que ha recibido es el Hiperión de Poesía del año 2002, por el libro titulado El tobogán. Aquí os dejo uno de sus poemas, dedicado al también joven poeta cordobés Rafael Espejo.

CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA

                            Para Rafael Espejo

Rebuscas en los libros

con un extraño afán de jardinera.

Delicada y ansiosa, de perfil me pareces

distinta cuando curvas las rodillas

y se tensan tus muslos

debajo del vaquero. Muerte lenta

contemplar, sin tocado,

el pequeño tatuaje en tu cintura.

Será mejor sufrir que describir los pechos:

¿quién se atreve a cruzar los toboganes

que unen la palabra con su tema?

Así que huyo

y finjo distracción.

Si volvieras la vista a quien te escribe

desaparecerías, y es demasiado pronto.

Sigue leyendo, Claudia.

Haces bien en amarte.

PALABRAS INICIALES de Roberto Fontanarrosa

De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: “Me cagué de risa con tu libro.”

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Aquí os dejo el inicio de uno de los relatos más divertidos de Roberto Fontanarrosa, un grande de la literatura cómica y de la literatura sin adjetivos. Quien quiera continuar riendo puede encontrar el relato en el libro Usted no me lo va a creer (2003) -uno de los últimos del autor, fallecido en 2007-, y de ahí pasar a cualquier otra de las obras del escritor argentino: diversión asegurada.

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PALABRAS INICIALES

“Puto el que lee esto.”

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.”

Publicado por Ediciones de la Flor.

 

EPISODIO DEL ENEMIGO de Jorge Luis Borges

Aquí os dejo una pequeña e inconfundible maravilla escrita por Borges. No es uno de sus cuentos más conocidos, supongo que por estar incluido en el poemario El oro de los tigres (1972). Los símbolos, los libros, el propio Borges como personaje, el tema del doble, la novela policiaca, los sueños…y una manera única de alcanzar la mejor literatura. Hala, a disfrutar.

EPISODIO DEL ENEMIGO

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con el torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido.

Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

-Uno cree que los años pasan para uno -le dije- pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

-Es verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

-Puedo hacer una cosa -le contesté.

-¿Cuál? -me preguntó.

-Despertarme.

Y así lo hice.

TODOS LOS FUNES de Eduardo Berti

Todos los funes (1994), finalista del XXII Premio Herralde de Novela, cuenta dos historias de amor, de amor por la literatura y de amor por una mujer, los cuales, como es bien sabido, pueden llegar a ser el mismo. Jean-Yves Funès, el protagonista de la novela, es un profesor de literatura jubilado que viaja a Lyon para asistir a un ciclo de conferencias. Durante su estancia allí, a través de las conversaciones con los enigmáticos personajes que va conociendo y mientras se agrava su larga enfermedad, Funès rememora su gran amor por Marie-Hélène – la esposa fallecida años atrás-, bucea en el misterio sobre su propia identidad que siempre le ha acompañado, y recuerda el proyecto nunca realizado de escribir un libro sobre todos los Funes de la literatura hispanoamericana, desde el protagonista de Funes el memorioso -uno de los más impresionantes cuentos de Borges-, hasta los que aparecen en El examen, Bestiario y Sobremesa de Julio Cortázar, pasando por los que crearon Horacio Quiroga o Augusto Roa Bastos.

        De lectura amable y fácil, con los diálogos intercalados en la voz del narrador, lo que consigue que fluya mejor la historia sin entorpecerla en ningún momentoy con un personaje central al que enseguida cogemos cariño, Todos los Funes guarda desde sus primeras páginas un aire de irrealidad, de que estamos leyendo algo soñado más que sucedido, sensación inevitablemente acentuada por la sucesiva aparición de personajes improbables. La maravillosa escena final nos aporta algunas claves sobre la historia, pero su ambigüedad, afortunadamente, nos sigue acompañando.

        “Inútilmente Funès revisó hasta su último bolsillo. Nada, dictaminó, me temo que no me queda ni una pero, a ver, ¡ya lo tengo!, y se aflojó la correa del reloj. Si cae boca arriba paseamos junto al Rhône, si cae boca abajo paseamos junto al Sâone, ¿estás de acuerdo?, sugirió. Estoy de acuerdo, aseguró ella, ¿pero puedo hacerlo yo?

        Funès le entregó algo dubitativo el reloj, ella lo puso en el hueco de su mano y luego lo envió por los aires, con tal fuerza, con una fuerza más allá de lo posible, que el reloj se elevó sobre los tejados, sobre las copas de los árboles, siguió a la manera de un pájaro intrépido, volando, ascendiendo, volando, y no sólo eso: ya arriba empezó a crecer, a inflarse, a ocupar más y más cielo, hasta taparles el sol, como una piedra inconmensurable que en su inminente caída fuese a hacer mil pedazos el remanso de un lago dormido.

        Marie-Hélène no decía palabra.

        Entretanto Funès tosía, tosía.”

                        Publicada por Anagrama.

        Acudiendo a  los enlaces podéis encontrar una entrevista con Eduardo Berti en el blog Internacional microcuentista, así como el blog del propio Berti, titulado Bertigo.