Archive for the ‘Literatura belga’ Category

LA VENTANA INDISCRETA de Cornell Woolrich / LA MIRADA INDISCRETA de Georges Simenon

pollaLa literatura de Cornell Woolrich, más conocido por el seudónimo de William Irish, ha sido un filón para el cine. Entre la interminable lista de películas basadas en sus novelas o relatos encontramos algunas magníficas: El hombre leopardo (The Leopard Man, 1943) de Jacques Tourneur, La dama desconocida (Phantom Lady, 1944) de Robert Siodmak, Mentira latente (No Man of her Own, 1950) de Mitchell Leisen, La novia vestía de negro (La mariée était en noir, 1967) y La sirena del Mississippi (La sirène du Mississippi, 1969), ambas de François Truffaut. Famoso por ser el máximo exponente del suspense literario, su camino estaba condenado a encontrarse con el de Hitchcock, quien llevó a imágenes -y a su terreno- el relato La ventana indiscreta (It Had to Be Murder), publicado en 1942. Aquí os dejo un fragmento:

“Avanzó un paso o dos, se inclinó ligeramente, luego abrió los brazos y, sujetando a la vez colchón y sábanas, los alzó para amontonarlos a los pies de la cama. Un segundo después hizo lo mismo con el lecho gemelo que se hallaba al otro lado.

    Por tanto, nadie ocupaba las camas: su mujer no estaba allí.

Hay gente que emplea la expresión “efecto retardado”. Comprendí entonces lo que esto significa. Desde hacía dos días, una especie de inquietud mal definida, de sospecha imprecisa, algo que no podría esplicar, estaba dando vueltas en torno mío como un insecto que busca un lugar donde posarse.

Varias veces, cuando las vagas ideas que bullían en mi cerebro parecían a punto de tomar forma, algo sin importancia, alguna nimiedad ligeramente tranquilizadora -como, por ejemplo, las persianas anormalmente bajadas durante demasiado tiempo que acababan por alzarse-, intervenía de improviso para dispersarlas y ponerlas en fuga.

Pero mi inquietud continuaba latente, y cualquier cosa podía aclarar las ideas imprecisas que se me ocurrían; y esta cualquier cosa se produjo de pronto en el mismo instante en que aquel hombre recogía la ropa de cama. Con la celeridad de un rayo, las sospechas inconsistentes se convirtieron en una certeza: se trataba de un asesinato.”

  El mismo año en que se publica La ventana indiscreta, al otro lado del charco Georges Simenon escribe La mirada indiscreta (La fenêtre des Rouet), que no ve la luz hasta que termina la II Guerra Mundial en 1945. La traducción del título se apoya, lógicamente, en la popularidad del film de Hitchcock, pero no lo hace de manera gratuita. La protagonista de la novela es una solterona que dedica sus días a imaginar las vidas de sus vecinos mientras los observa a través de su ventana. Y, como no podía ser de otro modo, es testigo de un asesinato. Simenon vuelve a regalarnos, a partir de un crimen, otro de sus habituales y magníficos retratos psicológicos. Un fragmento:

  “Ahí está Antoinette. Dominique se ha sobresaltado porque acaba de descubrirla casualmente, no estaba mirando las ventanas del enfermo, sino la ventana contigua, la de una especie de saloncito donde, desde que su marido está enfermo, Antoinette Rouet se ha hecho instalar una cama.

Permanece de pie cerca de la puerta que comunica las dos estancias. Se ha quitado el sombrero, los guantes. Dominique no se ha equivocado, pero ¿por qué se queda parada como si esperase?

Diríase que a la madre, allá arriba, la está avisando su instinto. Se nota que está inquieta. Tal vez haga un esfuerzo heroico para levantarse, pero hace ya muchos meses que no anda sin que la ayuden. Es enorme. Es una torre. Sus piernas son gruesas y rígidas como columnas. Las pocas veces que sale hacen falta dos personas para subirla a un coche, y siempre parece amenazarlas con su bastón de contera de goma. Ahora que ya no hay nada que contemplar, la vieja Augustine ha dejado su ventana. Seguro que está en el largo y casi a oscuras corredor de su planta, al que dan las puertas de todas las buhardillas, acechando el paso de alguien con quien hablar. Es capaz de espiar así durante toda una hora, con las manos cruzadas sobre el vientre, como una araña monstruosa, y nunca su rostro pálido bajo los cabellos blancos como la nieve abandona su expresión de dulzura infinita.

¿Por qué no hace algo Antoinette Rouet? Con toda la fuerza de su mirada clavada en el vacío incandescente, su marido pide auxilio. Dos, tres veces ha cerrado la boca, ha apretado las mandíbulas, pero no ha logrado apresar la bocanada de aire que necesita.

Entonces Dominique se queda yerta. Le parece que nada en el mundo sería capaz de arrancarle un ademán, un sonido. Acaba de adquirir la certeza del drama, de un drama tan inesperado, tan palpable que es como si ella misma, en este instante, participara en él.

¡Rouet está condenado a morir! ¡Va a morir! Esos minutos, esos segundos durante los cuales los Caille se visten al lado para salir, durante los cuales un autobús cambia de marcha para llegar al Boulevard Haussmann, durante los cuales suena el timbre de la lechería -nombre al que, como una incongruencia, nunca ha podido acostrumbarse-, esos minutos, esos segundos son lo últimos de un hombre a quien ha visto vivir bajo sus ojos durante años.”

Es prácticamente imposible, y más con la guerra de por medio, que Simenon conociera el relato de Wollrich. Estamos, pues, ante dos grandes autores que casualmente, al mismo tiempo y con propósitos y estilos muy distintos, crearon dos personajes y dos situaciones similares.

La ventana indiscreta está publicada por Austral.

Traducción de Jacinto León.

La mirada indiscreta está publicada por Tusquets.

Traducción de José Escué.

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LA MUERTE DE BELLE de Georges Simenon

Afortunadamente la literatura de Georges Simenon -y la de otros compañeros de género como Patricia Highsmith, con quien tanto tiene que ver- ha ido revalorizándose en los últimos tiempos y colocándose en el lugar que le corresponde. Cada vez se le considera menos un escritor de novelitas policiacas y más un gran narrador con un universo propio que, adscrito a un género, no está tan lejos del tan valorado existencialismo, con Sartre y Camus a la cabeza. A riesgo de acabar en la hoguera por hereje, Simenon me parece mejor novelista que los dos grandes santones de la literatura existencialista, pero posiblemente no le benefició demasiado de cara a la crítica “seria” adoptar un género como disfraz para sus dramas humanos, ser carne constante de cinematógrafo (cuando el cine estaba mucho menos considerado que la literatura, cosa que no estoy muy seguro que haya cambiado), y ser capaz de escribir novela tras novela como quien hace churros.

        La muerte de Belle (La mort de Belle, 1951), llevada al cine por Édouard Molinaro en 1961, es una de sus novelas que más me gustan, y en ella aparecen varias de las constantes de la narrativa de su autor. Cuenta la historia de Spencer Ashby, un anodino profesor cuya vida acomodada y sin sobresaltos junto a su esposa se ve alterada al encontrarse en su propia casa el cadáver de la joven Belle, que se alojaba por unos días con el matrimonio. Ashby, el principal sospechoso, comienza a sentirse acosado por la comunidad y por recuerdos vergonzosos de su pasado, e incapaz de controlar la situación y sus propios pensamientos acaba cometiendo realmente un crimen.

        Como en otras de sus novelas, no es el asesinato de Belle ni la investigación que descubra al culpable lo que le interesa mostrar a Simenon, sino cómo la realidad de una persona, sedimentada e impermeable durante años, puede venirse abajo por la aparición de un elemento extraordinario que no se puede dominar. Y lo consigue con una de las prosas más serenas que conozco, capaz de describir de igual modo la rutina de un almuerzo y la violencia de un asesinato, pero transparentando toda la tensión que puede haber en ambas situaciones. Sólo un grande como Simenon puede mostrar desde el mismo inicio, y en sólo unas pocas líneas, el acoso que siente un personaje a lo largo de toda una novela:

“Ocurre que, en su casa, un hombre va y viene, hace los gestos familiares, los gestos de todos los días, distendiendo los rasgos para sí mismo, y que, alzando de pronto la vista, percibe que las cortinas no están corridas y que desde fuera le observa la gente.”

        La muerte de Belle me parece una de las más felices paradas en el descubrimiento de la novelística de Simenon, y que ésta sea inagotable, lejos de ser un obstáculo, nos ofrece la posibilidad de regresar, una y otra vez, a la escena del crimen.

               Traducción de Mauro Armiño.

               Publicada por Tusquets.

LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray

Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinerojean_ray_01 y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.

       La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunqray_1_previewue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.

       En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:

        “Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.

        Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.

        Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.

        El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.

        Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”

        En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:

        “-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.

        -¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?

        -Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.

        -¡Ah! ¿Qué niña?

        -Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!

        -Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?

        -No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.

        -Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…

        -Loute -susurró Hildesheim.

        Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”

                   Traducción de José Mª Roca.

                   Publicado por Editorial Acervo.