Archive for the ‘Literatura británica’ Category

LA BELLA QUE SALUDA de Oliver Onions

Oliver_Onions_001En la Antología universal del relato fantástico (2013), editada por Jacobo Siruela, junto a cultivadores del género conocidos por todos como Borges, Cortázar, Poe o Henry James encontramos también autores demasiado olvidados y apenas publicados en español cuya recuperación es, en mi opinión, la aportación más sobresaliente del libro. Uno de ellos, Oliver Onions, está representado en la antología por la que para algunos es una de las mejores historias de fantasmas jamás escrita: “La bella que saluda” (The Beckoning Fair One), publicada originalmente en la colección de relatos Widdershins (1911).

9788494094163Su protagonista es Paul Oleron, un escritor que alquila una misteriosa y destartalada casa para poder terminar con la tranquilidad necesaria la novela en la que está trabajando, cuyo personaje principal es -detalle importante- una mujer. Pasado un tiempo, comienza a sentir una presencia femenina en la casa que al principio le intriga y que paulatinamente llegará a obsesionarle y a ocupar todo su tiempo hasta, finalmente, trastornarle con trágicas consecuencias.

Escrito con la elegancia habitualmente presente en las mejores muestras del género, sobre todo del siglo XIX y principios del XX, “La bella que saluda” -título que remite al de una antigua canción que Oleron comienza a silbar sin haberla oído nunca- es un extenso y desasosegante relato en el que la aparición fantasmal cede el protagonismo a los efectos que causa en el protagonista y en su relación con los demás y cuya extraordinaria ambigüedad nos permite diferentes interpretaciones que lo enriquecen definitivamente.

La habitación estaba como siempre. Prendió una segunda cerilla. Había una vela sobre la mesa. La encendió, la llama se hundió un instante y después brilló con claridad. De nuevo Oleron miró a su alrededor.

No había nada.

No había nada, pero había habido algo, y quizá todavía seguía allí. Antes, Oleron habría sonreído ante el pensamiento fantasioso de que, por la unión y la interacción de identidades entre él mismo y su precioso lugar, podía estar preparando a un fantasma en el futuro. No se le había ocurrido que podría haberse producido una unión, una coalescencia similar en el pasado. Pero ahora se enfrentaba cara a cara con esta asombrosa imposibilidad. Había algo que persistía en la casa. Tenía un inquilino aparte de él mismo. Fuera persona o cosa, había horrorizado el alma de Oleron produciendo el sonido de una mujer peinándose el cabello.

Traducción de Arturo Peral Santamaría.

Publicado por Ediciones Atalanta.

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CUANDO ESTÉS VIEJA de W. B. Yeats / ATARDECER I de Nicolás Suescún

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Hace bastante tiempo descubrí esta maravilla de Yeats en el estupendo blog Cómo cantaba mayo en la noche de enero, un homenaje al buen gusto en todas las artes que podéis encontrar en los enlaces. Desde entonces pasó a ser uno de mis poemas preferidos.

La traducción es de otro estupendo poeta, el colombiano Nicolás Suescún, de quien os dejo uno de los mejores poemas.

 

CUANDO ESTÉS VIEJA
Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.

Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.

E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmulla, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro.

 

WHEN YOU ARE OLD

When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face among a crowd of stars.

 

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ATARDECER I

Encerrado en el cerco de sus años y recuerdos

mira el cielo con sus ojos tristes.

El viento lo arrastró como un trozo de papel

por un túnel de calles interminables

y vagó como un pordiosero

entre extraños de lengua áspera.

 

Vio en los charcos la diaria y melodramática

despedida del sol,

cielos encendidos hacerse cenizas en segundos,

y hombres y mujeres mirando esos ocasos

que se apagan en el cielo

como en ellos el color de la vida.

 

Y ha visto a la luna saludar a la noche,

pálida y tímida como una virgen medrosa

atisbando al ogro por la ventana;

y diez mil estrellas parpadearle a la luna.

Ha sufrido en su cuerpo el destino de todos,

ha vivido mil muertes, ha soñado sin fin,

y ha visto los gráciles delfines en el mar,

y escuchó a las sirenas cantarle al tedio,

celebrar la pereza,

el voluptuoso canto de las olas,

el eterno descanso que prometen.

 

Y helo aquí ahora,

ocultándose en las sombras de otra noche,

contemplando la hoguera

que se extingue en sus ojos.

 

 

 

 

PÁGINAS DEL DIARIO DE UNA JOVEN de Robert Aickman

15 de octubre. Anoche abrí uno de los ventanales (el otro se me resiste, dado lo débil que estoy, según los parámetros de este mundo) y, sin asomarme, me detuve desnuda y alcé los dos brazos. No tardó en oírse el rumor de una suave brisa, allí donde todo había estado inmóvil como la muerte. El rumor pronto se convirtió en un rugido y el fresco de la noche se transformó en calor, igual que cuando se abre la puerta del horno. Se oían llantos, gritos, zumbidos, chillidos y arañazos que ascendían en un remolino por la ventana abierta, como si unos cuerpos invisibles (o casi invisibles) giraran sin cesar en el aire, sin dejar de lamentarse y lanzar reproches. Los tristes sonidos me hendían la cabeza, al tiempo que tenía el cuerpo tan húmedo como una otomana. De repente, todo pasó. Él estaba ante mí, en la penumbra del alféizar de la ventana. “Eso es el amor, tal como lo conocen los elegidos de este mundo”, dijo.

“¿Los elegidos?” imploré en una voz tan tenue que casi no era ni voz (¿pero qué más daba?). “Claro que sí”, pareció conformar.  “De este mundo, los elegidos.”

35-Aickman-National-Portrait-GalleryCuentan las buenas lenguas que Robert Aickman es el gran autor británico de literatura fantástica de la segunda mitad del siglo XX, y a tenor de lo que de él he leído no puedo estar más de acuerdo; pero también creo que a Aickman la etiqueta le queda pequeña y que por su culpa es probable que los lectores poco aficionados al género hayan dejado escapar a un escritor extraordinario y distinto, muy distinto.

Su obra ha sido difundida desde hace unos años en nuestro país por la editorial Atalanta, mediante la publicación de la antología titulada Cuentos extraños (Strange Stories, 2008) -un conjunto de narraciones que poco o nada tienen que ver con el terror, que no recurren a golpes de efecto, a hechos escabrosos o a criaturas monstruosas para crear el desasosiego en el lector, sino a atmósferas, sueños y situaciones fuera de lo común, descritas con una prosa exquisita, que irrumpen en la realidad de los personajes y pasan a formar parte de ella- y la inclusión del relato “Páginas del diario de una joven” (Pages from a Young Girl’s Journal, 1973) en el volumen Vampiros, una selección de la literatura en torno al mito editada por Jacobo Siruela. El relato pasó a formar parte del libro Cold Hand in Mine, publicado en 1975, y ese mismo año ganó el World Fantasy Award.

Cubierta VampirosLa protagonista de esta singular historia es una muchacha que, a principios del siglo XIX -en sus páginas aparecen brevemente Byron y Shelley- acompaña a sus padres en un viaje por Italia. Gracias a su diario, conocemos sus impresiones sobre las personas y los ambientes que la rodean, su encuentro con un misterioso hombre y su paulatina transformación en un ser diferente. Aickman, magistralmente, va introduciendo los síntomas, reflejados sobre todo en los cambios en el carácter y en la percepción de los demás personajes por parte de la protagonista, de manera natural, como una parte más del día a día de la joven, hasta llegar a unas últimas páginas maravillosamente sobrecogedoras, maravillosamente escritas. Por sí solas, deberían bastar para abrir los ojos a quienes aún piensan que el género fantástico pertenece, por naturaleza, a una segunda división literaria.

17 de octubre. (…) Toda la piazza, que es muy grande, estaba llena de lobos enormes de pelo gris; no hacían más ruido que los pequeños rumores que he mencionado; todos ellos tenían la lengua colgando, negra bajo la luz plateada, y todos miraban hacia mi ventana.

Rímini está cerca de los Apeninos, donde es bien sabido que hay muchos lobos y que con frecuencia devoran algún bebé o un niño pequeño. Supongo que el frío incipiente los acerca a las poblaciones.

Les dirigí una sonrisa. Después crucé las manos sobre mi menudo pecho y les hice una reverencia. Ocuparán un lugar destacado entre mi nueva familia. Mi sangre será suya y la suya será mía.

Traducción de Carmen Francí.

Publicado por Atalanta.

CUENTOS EXTRAÑOS de May Sinclair

May Sinclair

Probablemente, el nombre de May Sinclair no les suene demasiado hoy en día a los aficionados a la buena literatura, ni siquiera quizá a los que gustan del género fantástico, pero a principios del siglo XX fue una de las grandes figuras de la escena literaria londinense. Amiga de autores esenciales como Eliot, Pound, Hardy o Henry James, famosa sufragista y estudiosa del psicoanálisis, cultivó la poesía, el ensayo, la novela y el relato.

vida-muerte-de-harriett-frean-cuentos-extranos-may-sinclair-5392-MLA4356430847_052013-OEn el volumen Cuentos extraños (Uncanny Stories, 1923) -publicado en España junto a la novela corta Vida y muerte de Harriett Frean (The Life and Death of Harriett Frean, 1922)- encontramos una estupenda muestra de sus historias protagonizadas por fantasmas, a menudo -en mi opinión, las mejores- de tono sentimental o romántico, alejadas de la vertiente más terrorífica del género.

Entre ellas, pequeñas joyas como “La víctima”, que Eliot ya había publicado, en 1922,  en la revista The Criterion junto a su famoso poema La tierra baldía (The Waste Land); “Donde el fuego no se apaga”, un cuento que encantaba a Borges y que posiblemente sea el más complejo y arriesgado de la colección, o “Si los muertos supieran”, en el que el fantasma de una anciana regresa al mundo de los vivos para asegurarse de que su hijo la quería y no deseaba su muerte.

Aquí os dejo un fragmento de este último, en el que se puede apreciar la sensibilidad y elegancia de la prosa de May Sinclair.

Algo le empujó a volverse y a mirar la silla de su madre.

Y entonces la vio.

Estaba entre él y la silla, erguida y delgada, con la ropa con la que había muerto, el camisón de franela amarillento y la bata.

La aparición se sostenía con dificultad. El cabello apenas se veía y no era más que un sombrero de blanca neblina. El rostro era un marco insustancial para la boca y los ojos, y para las lágrimas que caían en dos surcos brillantes. Era menos una forma que una emoción visible, una angustia.

Hollyer se puso de pie y la miró a los ojos. A través del cristal de sus lágrimas la visión le devolvía una mirada acusatoria y apenada, intensa y terrible.

Entonces, lentamente y con frialdad, empezó a retroceder y se fue alejando, sin mover los pies, con una quietud sobrenatural, sin abandonar, hasta el último instante, su mirada de indestructible reproche.

Y se convirtió en una masa informe a medida que se acercaba a la ventana y ante ella se detuvo un segundo antes de desaparecer, encogiéndose como el vaho en un cristal.

Traducción de Amado Diéguez.

Publicado por Alba Editorial.

EL CASO DE LOS BOMBONES ENVENENADOS de Anthony Berkeley

1001013109Anthony Berkeley fue, junto a los actualmente mucho más conocidos Agatha Christie, Dorothy L. Sayers o Gilbert K. Chesterton, uno de los escritores británicos del género detectivesco más populares de su época, hasta el punto de ser admirado por Truffaut y Hitchcock. De hecho, la novela de Berkeley titulada Before the Fact (1932), escrita bajo el seudónimo Francis Iles, fue adaptada por el cineasta inglés, con múltiples cambios, en Sospecha (Suspicion, 1941).

En El caso de los bombones envenenados (The Poisoned Chocolate Case, 1929), Roger Sheringham, fundador del Círculo del Crimen, invita a los otros cinco miembros a que investiguen cada uno el-caso-de-los-bombones-envenenados-por su cuenta un asesinato que Scotland Yard no ha podido resolver. Todos ellos son, de alguna manera, detectives aficionados y famosos, excepto un tal Ambrose Chitterwick, un hombre corriente sin especiales méritos para pertenecer al Círculo, con el que, probablemente, Berkeley personifica al lector y lo introduce en la novela como un personaje más. A lo largo de las siguientes veladas, tendrán que presentar sus conclusiones y el nombre del posible asesino; no por casualidad, Chitterwick será el último en intervenir.

Estamos pues ante una novela atípica, casi un ensayo sobre el género, en la que no se nos muestra cómo evoluciona la investigación llevada a cabo por un detective, sino las diferentes soluciones que se pueden aplicar a un mismo caso, todas ellas verosímiles. Con ello, Berkeley parece teorizar sobre el género diciéndonos lo que al fin y al cabo ya sabemos: que el autor puede jugar con nosotros para, finalmente, presentarnos al culpable que considere más conveniente, siempre y cuando resulte creíble, y que nosotros, los aficionados al género, podemos ir eligiendo, a partir de las pistas, a nuestro propio asesino particular.

Es posible que a alguno se le ocurra una teoría nada más oírlo; otros podrían establecer líneas de investigación que quisieran seguir antes de pronunciarse. En cualquier caso, sugiero que nos demos una semana de plazo para elaborar nuestras teorías, verificar nuestras hipótesis y hacer nuestra propia interpretación de los hechos recopilados por Scotland Yard, y que en ese período de tiempo no discutamos la cuestión con nadie. Puede que no saquemos nada en claro (es lo más probable), pero aun así será un interesantísimo ejercicio criminológico  de carácter práctico o académico, según las preferencias de cada cual. Y lo más interesante será comprobar si llegamos o no a la misma conclusión. Damas y caballeros, se abre el turno de preguntas, o comoquiera que se diga. En otras palabras, ¿qué les parece? -Y Roger volvió a sentarse muy satisfecho en su silla.

Traducción de Miguel Temprano García.

Publicada por Lumen.

EL REGRESO de Joseph Conrad / GABRIELLE (2005) de Patrice Chéreau

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El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.

Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.

Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

Traducción de J. M. Lacruz Bassols.

Publicada por Editorial Funambulista.

GabrielleMoviePosterEl recientemente fallecido cineasta Patrice Chéreau acometió la difícil tarea de llevar las palabras de Conrad a imágenes y, en mi opinión, no salió demasiado airoso del reto, creando un envoltorio lujoso pero falto de alma que no consigue involucrarme.

Desde el primer momento intenta dotar de mayor importancia al personaje femenino para que no sea simplemente el detonante del drama, dándole un nombre, titulando con él la película y arropándolo con escenas y personajes secundarios que no aparecen en la novela. Esto, lógicamente, no invalidaría por si solo la adaptación, de no ser porque esos elementos nuevos no aportan nada a lo creado por Conrad, no consiguen equilibrar lo que dicen y hacen ambos personajes y aparecen como postizos ante la esencia primera del texto. Lo que sí logran es que la película naufrague entre dos aguas y que una actriz portentosa como Isabelle Huppert, quien al parecer tuvo más de un encontronazo con Chéreau, parezca despistada y, quizá por única vez, sin saber qué hacer con su personaje.

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Editada en DVD por DeAPlaneta.

LAS FUENTES DEL AFECTO de Maeve Brennan

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La estupenda noticia del Nobel de Literatura concedido a la gran Alice Munro me pilló, casualmente, leyendo y descubriendo a una de sus escritoras preferidas, la irlandesa Maeve Brennan, una de las grandes cronistas de la ciudad de New York, donde vivió la mayor parte de su vida, y autora de un puñado de magníficos relatos. Varios de ellos, ambientados en su Dublín natal, fueron recuperados del olvido en 1997 gracias a la recopilación titulada Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses. (The Springs of Affection: Stories of Dublin).

El extenso relato que da título al volumen, publicado en The New Yorker el 18 de marzo de 1972, es una feroz obra maestra sobre las relaciones familiares, un ajuste de cuentas por parte de la protagonista con sus parientes muertos, en el que el apego a las costumbres y al decoro y el sacrificio personal intentan disfrazar y justificar el rencor y la amargura, el egoísmo y la envidia de quien ha malgastado su vida y ha sido una mera espectadora de la de los demás.

Su madre y sus dos hermanas habían desaparecido, y ahora también Martin. Min pensó en las tumbas, una por una -la tumba de una hermana, la de la otra, la de su madre, la de su hermano-, todos muertos y a la vez presentes, como medallas en la tierra. Y pensó que era muy justo que fuese ella la que permaneciera viva, porque de todos ellos había sido la única fiel a la familia. Era la única que no se había ido para casarse. Nunca había deseado afirmarse de ese modo, nunca lo había necesitado. Se asombró de la desvergüenza con que se habían exhibido Clare y Polly con sus maridos y Martin con la pobre Delia, pobre criatura. No parecía importarles lo que pensaran de ellos cuando se veían atrapados en aquella excitación, como animales. Era desagradable, y ellas parecían saberlo, mientras fingían que solo les importaba la ropa nueva que se comprarían y las flores que cultivarían en sus jardines. Y ahora todo había terminado para ellos; para lo que habían conseguido, podrían haberse controlado. Y ella, sola como siempre, había vivido para hacer el balance de todos. Era una gran satisfacción ver el final elevándose como el sol de la mañana. Min pensó que no mucha gente podía experimentar aquella satisfacción. Ver el final no era tan distinto de ver el principio de las cosas, y si de todas formas uno no iba a tomar parte, entonces ver el final era muchísimo mejor. Uno podía sentir celos de la gente que empezaba, pero era casi imposible sentir celos de los muertos.

Traducción de Isabel Núñez.

Publicado por Ediciones Alfabia.

LA JUGUETERÍA ERRANTE de Edmund Crispin

Nadie, salvo los crédulos más obtusos, supondrá que los personajes y los acontecimientos de esta historia pueden ser otra cosa que ficticios. Es cierto que la vetusta y noble ciudad de Oxford es, de todas las poblaciones de Inglaterra, la progenitora más probable de acontecimientos y personajes improbables. Pero todo tiene sus límites.

E.C.

edmund crispinEdmund Crispin, cuyo nombre real era Bruce Montgomery, fue uno de los principales cultivadores de la novela detectivesca inglesa durante el siglo XX. Compaginando la literatura con su labor como crítico, escribió un total de nueve novelas y dos colecciones de cuentos que, por suerte para los aficionados al género, la editorial Impedimenta se ha propuesto reeditar. Hasta el momento han aparecido la tercera y la cuarta de la serie, tituladas La juguetería errante (The Moving Toyshop, 1946) y El canto del cisne (Swan Song, 1947), ambas protagonizadas por Gervase Fen, un excéntrico profesor universitario que suele tirar tanto de pistola y de whisky como de citas literarias.

la-jugueteria-errante-9788415130208En la nota introductoria a La juguetería errante, el propio Crispin nos pone sobre aviso ante una novela repleta de imaginación, una fantasía delirante narrada a un ritmo frenético en la que Fen une sus fuerzas con las de su amigo y poeta Richard Cadogan en pos de la solución de un crimen. Un cadáver que desaparece, una juguetería que cambia de lugar, una herencia extravagante, cuatro sospechosos con coartada perfecta, profesores y alumnos más aficionados a largas libaciones que a los libros, trepidantes persecuciones a lo largo y ancho de la ciudad de Oxford, luchas, tiroteos y el humor más canalla se dan cita en una novela que combina las aventuras y el misterio, recordándonos por momentos a Chesterton, y que resulta ideal para quienes gustan de la literatura de evasión pero maravillosamente bien escrita.

No fue una visión agradable, porque la piel había adquirido un color púrpura negruzco, como el de las uñas. Había una leve espumilla en la comisura de la boca,que permanecía abierta, mostrando un empaste de oro que brilló débilmente a la luz de la vela. Alrededor del cuello tenía incrustado un cordel fino, muy tirante por detrás. Se le había hundido tanto que la carne se había vuelto a cerrar sobre el cordel haciéndolo casi invisible. Había un charco de sangre seca en el suelo, junto a la cabeza, y Cadogan encontró una explicación en la feroz contusión que tenía justo debajo de la coronilla. Creyó adivinar el hueso del cráneo, pero si tuviera que decir algo al respecto, habría podido asegurar que no estaba fracturado.

Hasta ese momento, solo había experimentado la desapasionada curiosidad propia de un chiquillo, pero la acción de tocar a aquella mujer provocó en él una repentina sensación de repugnancia. Se limpió rápidamente la sangre de los dedos y se levantó. ¿Algo más que tuviera que observar? Ah, sí,  había unos quevedos dorados, rotos, en el suelo, junto a… Y entonces, de repente, se quedó rígido, con los nervios hormigueándole por todo el cuerpo como si estuvieran conectados a unos cables eléctricos.

Había oído un ruido en el pasillo.

Traducción de José C. Vales.

Publicada por Impedimenta.

LA ISLA EN EL LAGO DE INNISFREE de William Butler Yeats / EL HOMBRE TRANQUILO (1952) de John Ford / INNISFREE (1990) de José Luis Guerín

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Los cines Verdi de Barcelona se vistieron ayer de gala para el reestreno de El hombre tranquilo (The Quiet Man) aquetaci—n 1de John Ford, dándonos una oportunidad única de volver a Innisfree con copia restaurada y en pantalla grande. Buen momento, pues, para recuperar el poema de Yeats, perteneciente al libro La rosa (The Rose, 1893), que prestó su nombre al hogar de Sean Thornton y Mary Kate Danaher, el pueblo irlandés que en realidad se llama Cong y está situado en el condado de Galway.

Y ya puestos a completar el trío de ases, no está de más recordar el precioso homenaje de José Luis Guerín titulado precisamente Innisfree, un documental filmado en Cong que va más allá de las reglas del género para rastrear las huellas dejadas por el film de Ford y devolvernos toda la magia de aquella maravillosa película.

La poesía y el cine, de la mano a través de un siglo.

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LA ISLA EN EL LAGO DE INNISFREE

Me levantaré ahora e iré, iré a Innisfree,

y haré allí una humilde cabaña de arcilla y zarzas;

nueve hileras de judías tendré allí, una colmena que me dé miel

y viviré solo en un claro entre el zumbar de las abejas.

 

Y allí tendré algo de paz, pues la paz viene gota a gota

y cae desde los velos matinales a donde canta el grillo;

allí la medianoche es una luz tenue, y un cárdeno brillo el mediodía,

y colman el atardecer las alas del pardillo.

 

Me levantaré ahora e iré, pues siempre, día y noche,

oigo el rumor del lago ante la orilla;

cuando estoy en la calzada, o en las grises aceras,

lo oigo en lo más hondo de mi corazón.

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THE LAKE ISLE OF INNISFREE

I will arise and go now, and go to Innisfree,

And a small cabin build there, of clay and wattles made;

Nine bean-rows will I have there, a hive for the honey-bee,

And live alone in the bee-loud glade.

 

And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow,

Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;

There midnight´s all a glimmer, and noon a purple glow,

And evening full of the linnet´s wings.

 

I will arise and go now, for always night and day

I hear lake water lapping with low sounds by the shore;

While I stand on the roadway, or on the pavements grey,

I hear it in the deep heart´s core.

 

Traducción de Antonio Rivero Taravillo.

Publicado por Editorial Pre-Textos (2010).

EL TERROR de Arthur Machen

En varias poblaciones de la campiña galesa comienzan a producirse hechos misteriosos e inexplicables: algunos vecinos son asesinados y otros parecen haberse suicidado; animales hasta ese momento pacíficos se rebelan contra sus dueños; aparecen extraños cuerpos luminosos que se mueven y parecen crecer; se oyen lamentos nocturnos…La situación, unida al conflicto bélico ante Alemania que vive el país y en el que algunos buscan la razón a lo que está ocurriendo, comienza a extender el terror entre los habitantes.

         Arthur Machen, uno de los más influyentes escritores del género fantástico, admirado por otros grandes como Lovecraft o Borges, se apartó bastante en El terror (The Terror: A Fantasy, 1917) de las características predominantes en sus más populares obras. Aun siendo una novela de corte fantástico, su estructura está cercana a la crónica personal de sucesos e incluso a la parábola moralizante, relacionada con la situación de guerra que vivía Europa. Un Machen algo distinto pero en plena forma para un estupendo relato que no me extrañaría que hubiese influido en el Orwell de Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945) y en el que, como curiosidad, aparece el término Aleph más de treinta años antes de que Borges publicara su famoso cuento (Página 115: “Y luego una voz cantó la palabra Aleph, que pareció prolongarse durante siglos…”).

“Poco después de la muerte de Cradock, la gente empezó a repetir extrañas historias de un ruido que se oía por las noches en los montes y valles al norte de Porth. El primero en escucharlo fue alguien que perdió el último tren de Meiros y tuvo que venirse a pie hasta Porth, que está a unas diez millas. Al pasar sobre una colina cerca de Tredonoc, a eso de las diez y media o las once, lo detuvo un ruido muy raro que no consiguió identificar: un grito prolongado y tristísimo, un lamento desmayado que venía de lejos. Pensó primero que serían lo búhos ululando en el bosque, pero no era eso: se oía un grito prolongado, seguido por un silencio, y luego el ruido volvía a empezar. No tenía idea de lo que pudiese ser, sintió miedo sin saber por qué y apretó el paso. Esa noche se alegró al ver las luces de la estación de Porth.

        Le habló a su mujer del ruido lúgubre que había oído y su mujer lo repitió a los vecinos, quienes, en su mayoría, lo atribuyeron a “pura imaginación”, cuando no a unos tragos de más o, después de todo, a los búhos. Pero la noche siguiente dos o tres personas que volvían de una pequeña fiesta en una casa de la carretera a Meiros, oyeron el mismo ruido, poco después de las diez. Contaron, casi con idénticas palabras, que era un grito largo, quejumbroso, increíblemente triste en la quietud de la noche de otoño. “Como el fantasma de una voz”, contó una; “como si viniera del fondo de la tierra”, agregó otra.”

                     Traducción de Luis Loayza.

                     Publicada por Alianza Editorial.