Archive for the ‘Literatura británica’ Category

LOS ROJOS REDMAYNE de Eden Phillpotts

Como es bien sabido, a Jorge Luis Borges le encantaban las buenas novelas policiacas, sobre todo las que ofrecen al lector atento los suficientes elementos para que este pueda ir estableciendo, al menos, una posible teoría sobre la solución final a medida que avanza en su lectura. A este grupo pertenece la extraordinaria y adictiva Los rojos Redmayne (The Red Redmaynes, 1922), del tan prolífico como olvidado Eden Phillpotts, que el escritor argentino incluyó en su colección Biblioteca Personal.

Estilo sobrio y elegante que, como suele ser habitual en los clásicos británicos del género, nunca busca el innecesario adorno literario; múltiples pistas falsas, pero jamás tramposas, que consiguen engañar al (primer) detective que se encarga del caso y que buscan hacer lo propio con nosotros; una galería de magníficos y complejos personajes, todos ellos protagonistas en algún momento de la fascinante trama que gira en torno a los tres hermanos Redmayne; un segundo detective, leyenda de la profesión, que acude a arrojar luz sobre un misterio que, como dice el propio Borges en su prólogo, será francamente difícil de resolver para el lector… pero no imposible. En definitiva, y sin temor a exagerar, una de las grandes obras maestras de la literatura de misterio.

Siga ahora mis argumentos y sea sincero consigo mismo. Dice usted que ocurrieron ciertas cosas. Yo sostengo que no, basándome en la lógica absoluta de que no pudieron ocurrir. No le revelaré la verdad, porque estoy lejos de saberla, y creo que dará usted con ella antes que yo; pero le probaré que una cantidad de detalles que usted considera ciertos no lo son; y que ciertos sucesos, de cuya exactitud no duda usted, nunca se produjeron. Tenemos sólo cinco sentidos y es fácil que nos engañen. En realidad, hasta en sus mejores momentos, el ser humano se caracteriza por su torpeza, y, en lo que me concierne, no daría un penique por lo que mis sentidos me aseguran. Como dijo alguien: “El arte existe para salvarnos del exceso de la verdad”; y yo añado: “La razón existe para salvarnos de la excesiva evidencia, a menudo falsa, de nuestros sentidos.”

Traducción de Marta Acosta van Praet.

Publicada por Orbis.

 

EL HOMBRE QUE QUISO SER REY de Rudyard Kipling

-He vuelto -repitió-; y fui rey de Kafiristán, yo y Dravot… ¡éramos reyes coronados!

Quien más quien menos habrá visto la película El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975), una de las obras maestras de John Huston, cineasta adicto a los personajes que persiguen un sueño y se topan, inevitablemente, con la derrota; pero quizá no tantos se hayan animado a acudir a las fuentes, a conocer a Kipling, a leer uno de los relatos más perfectos y hermosamente tristes que la literatura nos haya dejado.

En esta oficina lo acordamos; usted sentado y dándonos libros. Soy Peachey, Peachey Taliaferro Carnehan, y usted ha estado aquí sentado desde entonces… ¡Oh, Dios mío!

¿Cuántas veces terminamos una lectura convencidos de que nos acompañará para siempre? ¿De cuántas historias salimos a la vez eufóricos y ya nostálgicos, deseando volver a ellas? Supongo que para eso son necesarios personajes como Daniel Dravot y Peachey Taliaferro Carnehan -Sean Connery y Michael Caine en el film de Huston-, epítomes del espíritu aventurero, de las locas ilusiones, de la camaradería y la dignidad, de todo aquello que probablemente soñaba vivir el propio narrador mientras trabajaba en su despacho del diario. Kipling se limitó a imaginarlo con palabras inigualables, a fijar la historia y la leyenda de la mano de un Peachey Carnehan que no se dejó vencer por la muerte sin antes dejar testimonio de su odisea; nosotros, a leerlo por primera vez en épocas ya olvidadas en las que un WhatsApp no interrumpía nuestras aventuras. Qué tiempos.

-Fueron lo bastante crueles como para darle de comer en el templo, porque dijeron que era más dios que el viejo Daniel, que sólo era un hombre. Después le sacaron a la nieve y le dijeron que se fuera a su casa, y Peachey volvió a su casa al cabo de un año, mendigando a salvo por los caminos; porque Daniel Dravot caminaba delante de él y le decía: “Venga, Peachey. Lo estamos haciendo muy bien”. Las montañas bailaban por la noche, y las montañas intentaban caer sobre la cabeza de Peachey, pero Dan le llevaba de la mano, y Peachey avanzaba encorvado. Nunca soltó la mano de Dan, ni soltó la cabeza de Dan. Se la dieron de regalo en el templo, para recordarle que no volviera, y aunque la corona era de oro puro, y Peachey se moría de hambre, Peachey nunca la vendió. ¡Usted conoció a Dravot, señor! ¡Conoció a Su Alteza el Hermano Dravot! ¡Mírelo ahora!

Traducción de Encarna Castejón.

Publicado por Austral.

OZYMANDIAS de Percy Bysshe Shelley

Ozymandias, cuyo título remite al nombre griego del faraón Ramsés II, es uno de los sonetos más celebrados del poeta romántico Percy Shelley. Publicado en 1918, se ha convertido en una referencia cada vez más presente en la cultura popular, desde la novela gráfica Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons, hasta el film Alien: Covenant (2017), de Ridley Scott, pasando por la serie Breaking Bad y tantos otros ejemplos. El impresionante poema nos recuerda que cualquier imperio, por poderoso e indestructible que se crea, encontrará su decadencia y acabará desapareciendo.

Ozymandias

I met a traveller from an antique land,
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. . . . Near them, on the sand,
Half sunk a shattered visage lies, whose frown,

And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed;

And on the pedestal, these words appear:
“My name is Ozymandias, King of Kings;
Look on my Works, ye Mighty, and despair!”

Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal Wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.”

Ozymandias

Conocí a un viajero de una tierra antigua,
quien dijo: «dos enormes piernas pétreas sin su tronco
se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena,
semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño

y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones,
las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.

Y en el pedestal se leen estas palabras:
“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!”

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas»

 

LAIDLAW de William McIlvaney

El argumento de Irène (Travail Soigné, 2006), la espléndida y adictiva primera novela de Pierre Lemaitre, giraba en torno a un asesino en serie cuyos crímenes eran reproducciones de los narrados en grandes novelas criminales. Uno de ellos, el de una joven violada y asesinada en un parque, lo copiaba del que centra la investigación policial en Laidlaw (1977), una obra maestra escrita portentosamente por el escocés William McIlvaney.

No busquen los aficionados al género muchos asesinatos, un misterio enrevesado por resolver, un culpable al que descubrir o una tensión que te obligue a pasar página tras página robándole horas al sueño; esto no es territorio Lemaitre. En Laidlaw solo hay un crimen y la identidad de su autor es conocida por el lector -no por la policía- desde el principio. Lo que encontramos aquí es una ciudad, Glasgow, maravillosamente definida en sus contrastes entre la vida de la gente “normal” y la de los habitantes de los bajos fondos y una galería de personajes sin desperdicio perfectamente dibujados por McIlvaney y merecedores, cada uno de ellos, de su momento de gloria literaria. Desde el inspector Laidlaw y su primerizo ayudante Harkness hasta Bud Lawson, el vengativo padre de la muchacha asesinada, pasando por tipos duros que solo siguen sus propias reglas, como John Rhodes o Matt Mason, o Minty “el hombre cáncer”, todos son personajes mayores al servicio de una novela que es puro talento literario, sin etiquetas, y que nos regala un sinfín de brillantísimos diálogos, solo a la altura de los de un Raymond Chandler o un George V. Higgins.

La sala le pareció tan irreal como el decorado de una obra de teatro. Al parecer, todos se sabían sus papeles. Observó al padre de Mary, tratando de detectar algún gesto de rechazo de lo que estaba oyendo. No hubo ninguno. El hombre miraba fijamente el televisor como si el clérigo le estuviera realmente diciendo algo a él. Harkness comenzó a preocuparse por el padre de Mary. También empezó a preocuparse por los pastores que se cogen las rodillas con los dedos entrelazados mientras hablan de Dios como si fuera su tío, sugiriendo más o menos que en realidad Dios no es tan mal muchacho cuando lo conoces y que, sea cual sea su pasado, tiene buenas intenciones para el futuro. También comenzó a preocuparse por la madre de Mary, que hacía galletas de jengibre, y por la propia Mary. Harkness comenzó a preocuparse por todo.

Sintió que las contradicciones hacían mella en él. El lugar donde estaba se burlaba de aquel donde había estado. Y sin embargo los dos eran Glasgow. Siempre le había gustado la ciudad, peo jamás había sido tan consciente de ella como esa noche. Captó su fuerza en las contradicciones. Glasgow es galletas de jengibre caseras y Jennifer muerta en el parque. Es la simpatía sentenciosa del comandante y la anunciada agresividad de Laidlaw. Es Milligan, insensible como un bloque de hormigón, y la señora Lawson, atontada por el sufrimiento. Es la mano derecha que te derriba de un golpe y la mano izquierda que te levanta, mientras la boca alterna disculpa y amenazas.

Al día siguiente, con Laidlaw, vería sin duda algo de la ciudad que no había visto nunca. Celoso de su cariño por ella, se recordó que lo que vería solo sería una parte muy pequeña del conjunto.

Traducción de Amelia Brito.

Publicada por RBA.

CUANDO SIENTO EL TEMOR DE QUE MI VIDA ACABE de John Keats

                  Here Lies One

    Whose Name Was Writ in Water

Este precioso epitafio está escrito en la tumba del gran poeta romántico John Keats, situada en Roma, donde vivió los últimos años de su corta vida. En la capital italiana, junto a la Piazza di Espagna, se puede visitar la casa donde vivió, convertida en museo dedicado a su obra y a la de su contemporáneo y admirador Percy Shelley, quien le dedicó la elegía Adonaïs (1921).

Aquí os dejo, en inglés y en castellano, uno de mis poemas preferidos de “alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. La traducción es de Alejandro Valero para el libro Odas y sonetos, publicado por la editorial Hiperión (nombre que corresponde, por cierto, al título de uno de los poemas extensos de Keats). Como curiosidad, el poema es recitado en una escena de La piel fría (Cold Skin, 2017), de Xavier Gens, adaptación más que correcta de la estupenda novela homónima de Albert Sánchez Piñol.

Cuando siento el temor de que mi vida acabe

sin que mi pluma espigue mi fecundo cerebro,

sin que pilas de libros con caracteres guarden,

como ricos graneros, el grano madurado;

cuando observo en el rostro de la noche estrellada

vastos, nublados símbolos de un romance sublime,

y pienso que no pueda vivir para rastrear

sus sombras con la mano mágica del destino;

y cuando siento, hermosa criatura de un instante,

que ya nunca podré volver a ver tu imagen,

ni disfrutar tampoco del poderío idílico

del amor instintivo; entonces, en la orilla

del ancho mundo quedo solitario, y medito

hasta que amor y gloria naufragan en la nada.

When I have fears that I may cease to be

Before my pen has gleaned my teeming brain,

Before high-pilèd books, in charactery,

Hold like rich garners the full-ripened grain;

When I behold, upon the night’s starred face,

Huge cloudy symbols of a high romance,

And think that I may never live to trace

Their shadows, with the magic hand of chance;

And when I feel, fair creature of an hour!

That I shall never look upon thee more,

Never have relish in the faery power

Of unreflecting love ! – then on the shore

Of the wide world I stand alone, and think

Till love and fame to nothingness do sink.

 

 

LA CASA DE LOS NOMBRES de Colm Tóibín

Como ya hicieran Eugene O’ Neill en A Electra le sienta bien el luto (Mourning Becomes Electra, 1931), Jean-Paul Sartre en Las moscas (Les mouches, 1943) o Álvaro Cunqueiro en Un hombre que se parecía a Orestes (1969), el estupendo escritor Colm Tóibín recupera para su última novela la historia protagonizada por Orestes, Clitemnestra, Electra, Ifigenia, Agamenón y Egisto. A partir de las diferentes versiones escritas por Sófocles, Esquilo y Eurípides, La casa de los nombres (House of Names, 2017) nos vuelve a situar ante una literatura que, en principio, les puede parecer ajena a muchos lectores, pero que sigue estando en los cimientos de buena parte de la ficción contemporánea.

Crimen, venganza, sexo, adulterio, el poder, el destino marcado, los fantasmas de la conciencia… Con una prosa sencilla, poderosa y poética, Tóibín actualiza la tragedia griega, la madre de las obras de Shakespeare, la abuela de películas como El padrino.

Este es el magistral inicio de la novela, en la voz de Clitemnestra.

Me he familiarizado con el olor de la muerte. El olor nauseabundo y dulzón que se coló con el viento en las estancias de este palacio. Ahora me resulta fácil sentirme serena y contenta. Paso la mañana contemplando el cielo y la luz cambiante. El trino de los pájaros se eleva a medida que el mundo se llena de sus propios placeres, y más tarde, al declinar el día, el sonido declina con él y se apaga. Observo cómo se alargan las sombras. Es mucho lo que se ha esfumado, pero el olor de la muerte permanece. Tal vez haya entrado en mi cuerpo y este lo haya acogido como a un viejo amigo de visita. El olor del miedo y del pánico. El olor está aquí igual que el mismísimo aire; retorna igual que retorna la luz de la mañana. Es mi compañero constante; ha dado vida a mis ojos: ojos que se empañaron con la espera y que ya no están empañados, ojos que ahora refulgen de vida.

Ordené que se dejaran los cadáveres a la intemperie, al sol, un par de días, hasta que el dulzor dio paso al hedor. Y me gustaron las moscas que acudieron, sus cuerpecitos perplejos y valientes, zumbando en busca del festín, acuciadas por el hambre incesante que sentían en su interior, un hambre que yo había llegado a conocer y había llegado a apreciar.

Todos tenemos hambre. La comida tan solo azuza nuestro apetito y nos afila los dientes; con la carne nos entran ganas de más carne, de la misma manera que la muerte ansía más muerte. El asesinato nos vuelve voraces, llena el alma de un satisfacción violenta y tan deliciosa que genera el gusto por buscar más satisfacción.

Un cuchillo que, con pericia y precisión, penetra la carne blanda debajo de la oreja y cruza la garganta sigiloso como el sol cruza el cielo, aunque más deprisa y con mayor fervor, y acto seguido la sangre oscura del hombre mana con el mismo silencio inevitable con que la oscura noche cae sobre las cosas conocidas.

Traducción de Antonia Martín.

Publicada por Lumen.

LA BELLA QUE SALUDA de Oliver Onions

Oliver_Onions_001En la Antología universal del relato fantástico (2013), editada por Jacobo Siruela, junto a cultivadores del género conocidos por todos como Borges, Cortázar, Poe o Henry James encontramos también autores demasiado olvidados y apenas publicados en español cuya recuperación es, en mi opinión, la aportación más sobresaliente del libro. Uno de ellos, Oliver Onions, está representado en la antología por la que para algunos es una de las mejores historias de fantasmas jamás escrita: “La bella que saluda” (The Beckoning Fair One), publicada originalmente en la colección de relatos Widdershins (1911).

9788494094163Su protagonista es Paul Oleron, un escritor que alquila una misteriosa y destartalada casa para poder terminar con la tranquilidad necesaria la novela en la que está trabajando, cuyo personaje principal es -detalle importante- una mujer. Pasado un tiempo, comienza a sentir una presencia femenina en la casa que al principio le intriga y que paulatinamente llegará a obsesionarle y a ocupar todo su tiempo hasta, finalmente, trastornarle con trágicas consecuencias.

Escrito con la elegancia habitualmente presente en las mejores muestras del género, sobre todo del siglo XIX y principios del XX, “La bella que saluda” -título que remite al de una antigua canción que Oleron comienza a silbar sin haberla oído nunca- es un extenso y desasosegante relato en el que la aparición fantasmal cede el protagonismo a los efectos que causa en el protagonista y en su relación con los demás y cuya extraordinaria ambigüedad nos permite diferentes interpretaciones que lo enriquecen definitivamente.

La habitación estaba como siempre. Prendió una segunda cerilla. Había una vela sobre la mesa. La encendió, la llama se hundió un instante y después brilló con claridad. De nuevo Oleron miró a su alrededor.

No había nada.

No había nada, pero había habido algo, y quizá todavía seguía allí. Antes, Oleron habría sonreído ante el pensamiento fantasioso de que, por la unión y la interacción de identidades entre él mismo y su precioso lugar, podía estar preparando a un fantasma en el futuro. No se le había ocurrido que podría haberse producido una unión, una coalescencia similar en el pasado. Pero ahora se enfrentaba cara a cara con esta asombrosa imposibilidad. Había algo que persistía en la casa. Tenía un inquilino aparte de él mismo. Fuera persona o cosa, había horrorizado el alma de Oleron produciendo el sonido de una mujer peinándose el cabello.

Traducción de Arturo Peral Santamaría.

Publicado por Ediciones Atalanta.

CUANDO ESTÉS VIEJA de W. B. Yeats / ATARDECER I de Nicolás Suescún

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Hace bastante tiempo descubrí esta maravilla de Yeats en el estupendo blog Cómo cantaba mayo en la noche de enero, un homenaje al buen gusto en todas las artes que podéis encontrar en los enlaces. Desde entonces pasó a ser uno de mis poemas preferidos.

La traducción es de otro estupendo poeta, el colombiano Nicolás Suescún, de quien os dejo uno de los mejores poemas.

 

CUANDO ESTÉS VIEJA
Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.

Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.

E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmulla, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro.

 

WHEN YOU ARE OLD

When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face among a crowd of stars.

 

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ATARDECER I

Encerrado en el cerco de sus años y recuerdos

mira el cielo con sus ojos tristes.

El viento lo arrastró como un trozo de papel

por un túnel de calles interminables

y vagó como un pordiosero

entre extraños de lengua áspera.

 

Vio en los charcos la diaria y melodramática

despedida del sol,

cielos encendidos hacerse cenizas en segundos,

y hombres y mujeres mirando esos ocasos

que se apagan en el cielo

como en ellos el color de la vida.

 

Y ha visto a la luna saludar a la noche,

pálida y tímida como una virgen medrosa

atisbando al ogro por la ventana;

y diez mil estrellas parpadearle a la luna.

Ha sufrido en su cuerpo el destino de todos,

ha vivido mil muertes, ha soñado sin fin,

y ha visto los gráciles delfines en el mar,

y escuchó a las sirenas cantarle al tedio,

celebrar la pereza,

el voluptuoso canto de las olas,

el eterno descanso que prometen.

 

Y helo aquí ahora,

ocultándose en las sombras de otra noche,

contemplando la hoguera

que se extingue en sus ojos.

 

 

 

 

PÁGINAS DEL DIARIO DE UNA JOVEN de Robert Aickman

15 de octubre. Anoche abrí uno de los ventanales (el otro se me resiste, dado lo débil que estoy, según los parámetros de este mundo) y, sin asomarme, me detuve desnuda y alcé los dos brazos. No tardó en oírse el rumor de una suave brisa, allí donde todo había estado inmóvil como la muerte. El rumor pronto se convirtió en un rugido y el fresco de la noche se transformó en calor, igual que cuando se abre la puerta del horno. Se oían llantos, gritos, zumbidos, chillidos y arañazos que ascendían en un remolino por la ventana abierta, como si unos cuerpos invisibles (o casi invisibles) giraran sin cesar en el aire, sin dejar de lamentarse y lanzar reproches. Los tristes sonidos me hendían la cabeza, al tiempo que tenía el cuerpo tan húmedo como una otomana. De repente, todo pasó. Él estaba ante mí, en la penumbra del alféizar de la ventana. “Eso es el amor, tal como lo conocen los elegidos de este mundo”, dijo.

“¿Los elegidos?” imploré en una voz tan tenue que casi no era ni voz (¿pero qué más daba?). “Claro que sí”, pareció conformar.  “De este mundo, los elegidos.”

35-Aickman-National-Portrait-GalleryCuentan las buenas lenguas que Robert Aickman es el gran autor británico de literatura fantástica de la segunda mitad del siglo XX, y a tenor de lo que de él he leído no puedo estar más de acuerdo; pero también creo que a Aickman la etiqueta le queda pequeña y que por su culpa es probable que los lectores poco aficionados al género hayan dejado escapar a un escritor extraordinario y distinto, muy distinto.

Su obra ha sido difundida desde hace unos años en nuestro país por la editorial Atalanta, mediante la publicación de la antología titulada Cuentos extraños (Strange Stories, 2008) -un conjunto de narraciones que poco o nada tienen que ver con el terror, que no recurren a golpes de efecto, a hechos escabrosos o a criaturas monstruosas para crear el desasosiego en el lector, sino a atmósferas, sueños y situaciones fuera de lo común, descritas con una prosa exquisita, que irrumpen en la realidad de los personajes y pasan a formar parte de ella- y la inclusión del relato “Páginas del diario de una joven” (Pages from a Young Girl’s Journal, 1973) en el volumen Vampiros, una selección de la literatura en torno al mito editada por Jacobo Siruela. El relato pasó a formar parte del libro Cold Hand in Mine, publicado en 1975, y ese mismo año ganó el World Fantasy Award.

Cubierta VampirosLa protagonista de esta singular historia es una muchacha que, a principios del siglo XIX -en sus páginas aparecen brevemente Byron y Shelley- acompaña a sus padres en un viaje por Italia. Gracias a su diario, conocemos sus impresiones sobre las personas y los ambientes que la rodean, su encuentro con un misterioso hombre y su paulatina transformación en un ser diferente. Aickman, magistralmente, va introduciendo los síntomas, reflejados sobre todo en los cambios en el carácter y en la percepción de los demás personajes por parte de la protagonista, de manera natural, como una parte más del día a día de la joven, hasta llegar a unas últimas páginas maravillosamente sobrecogedoras, maravillosamente escritas. Por sí solas, deberían bastar para abrir los ojos a quienes aún piensan que el género fantástico pertenece, por naturaleza, a una segunda división literaria.

17 de octubre. (…) Toda la piazza, que es muy grande, estaba llena de lobos enormes de pelo gris; no hacían más ruido que los pequeños rumores que he mencionado; todos ellos tenían la lengua colgando, negra bajo la luz plateada, y todos miraban hacia mi ventana.

Rímini está cerca de los Apeninos, donde es bien sabido que hay muchos lobos y que con frecuencia devoran algún bebé o un niño pequeño. Supongo que el frío incipiente los acerca a las poblaciones.

Les dirigí una sonrisa. Después crucé las manos sobre mi menudo pecho y les hice una reverencia. Ocuparán un lugar destacado entre mi nueva familia. Mi sangre será suya y la suya será mía.

Traducción de Carmen Francí.

Publicado por Atalanta.

CUENTOS EXTRAÑOS de May Sinclair

May Sinclair

Probablemente, el nombre de May Sinclair no les suene demasiado hoy en día a los aficionados a la buena literatura, ni siquiera quizá a los que gustan del género fantástico, pero a principios del siglo XX fue una de las grandes figuras de la escena literaria londinense. Amiga de autores esenciales como Eliot, Pound, Hardy o Henry James, famosa sufragista y estudiosa del psicoanálisis, cultivó la poesía, el ensayo, la novela y el relato.

vida-muerte-de-harriett-frean-cuentos-extranos-may-sinclair-5392-MLA4356430847_052013-OEn el volumen Cuentos extraños (Uncanny Stories, 1923) -publicado en España junto a la novela corta Vida y muerte de Harriett Frean (The Life and Death of Harriett Frean, 1922)- encontramos una estupenda muestra de sus historias protagonizadas por fantasmas, a menudo -en mi opinión, las mejores- de tono sentimental o romántico, alejadas de la vertiente más terrorífica del género.

Entre ellas, pequeñas joyas como “La víctima”, que Eliot ya había publicado, en 1922,  en la revista The Criterion junto a su famoso poema La tierra baldía (The Waste Land); “Donde el fuego no se apaga”, un cuento que encantaba a Borges y que posiblemente sea el más complejo y arriesgado de la colección, o “Si los muertos supieran”, en el que el fantasma de una anciana regresa al mundo de los vivos para asegurarse de que su hijo la quería y no deseaba su muerte.

Aquí os dejo un fragmento de este último, en el que se puede apreciar la sensibilidad y elegancia de la prosa de May Sinclair.

Algo le empujó a volverse y a mirar la silla de su madre.

Y entonces la vio.

Estaba entre él y la silla, erguida y delgada, con la ropa con la que había muerto, el camisón de franela amarillento y la bata.

La aparición se sostenía con dificultad. El cabello apenas se veía y no era más que un sombrero de blanca neblina. El rostro era un marco insustancial para la boca y los ojos, y para las lágrimas que caían en dos surcos brillantes. Era menos una forma que una emoción visible, una angustia.

Hollyer se puso de pie y la miró a los ojos. A través del cristal de sus lágrimas la visión le devolvía una mirada acusatoria y apenada, intensa y terrible.

Entonces, lentamente y con frialdad, empezó a retroceder y se fue alejando, sin mover los pies, con una quietud sobrenatural, sin abandonar, hasta el último instante, su mirada de indestructible reproche.

Y se convirtió en una masa informe a medida que se acercaba a la ventana y ante ella se detuvo un segundo antes de desaparecer, encogiéndose como el vaho en un cristal.

Traducción de Amado Diéguez.

Publicado por Alba Editorial.