Archive for the ‘Literatura británica’ Category

LOS PÁJAROS de Daphne du Maurier

screen-shot-2016-10-03-at-5-10-43-pm

30303717558Tras adaptar dos de sus novelas en la poco afortunada Posada Jamaica (Jamaica Inn, 1939) y en la espléndida Rebeca (Rebecca, 1940), Alfred Hitchcock regresó al universo literario de Daphne du Maurier con Los pájaros (The Birds, 1963), posiblemente su película más arriesgada y, aún hoy, una de las más singulares de la historia del cine, cuyo guion, escrito por Evan Hunter, cambió personajes, escenario y situaciones, pero conservó intacta la esencia del texto original.

La historia que escribió du Maurier nos sitúa en la campiña inglesa, donde cierto día, al llegar el invierno, los pájaros comienzan a agruparse en enormes bandadas organizadas y a mostrarse agresivos con las personas. Tras un ataque nocturno a su hogar, el granjero Nat Hocken se da cuenta de que no están ante un hecho aislado y, tras reforzar todos los posibles accesos a su casa, decide recluirse en ella junto a su familia. Mientras resisten a duras penas las agresiones cada vez más violentas y suicidas de los pájaros, la radio informa de que la caótica situación afecta a todo el país.

the_birds_banner

Publicado en 1952 como parte del libro The Apple Tree, que volvió a publicarse en 1963 con el título The Birds and Other Stories, el relato, de unas treinta páginas, se mantiene como uno de los más fascinantes de su autora, gracias sobre todo a dos aspectos que Hitchcock, cómo no, supo apreciar y conservar al transformarlo en imágenes: la ausencia de molestas conclusiones que intenten explicar la actitud de los pájaros y su final abierto, que consigue prolongar el desasosiego más allá de su lectura.

birds11

Al pasar por el portillo, oyó un zumbido de alas. Una gaviota negra descendía en picado sobre él, erró, torció el vuelo y se remontó para volver a lanzarse de nuevo. En un instante se le unieron otras, seis, siete, una docena de gaviotas, blancas y negras mezcladas. Nat tiró la azada. No le servía. Cubriéndose la cabeza con los brazos, corrió hacia la casa. Las gaviotas continuaron lanzándose sobre él, en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el batir de las alas, las terribles y zumbadoras alas. Sentía sangre en las manos, en las muñecas, en el cuello. Los agudos picos rasgaban la carne. Si por lo menos pudiese mantenerlas apartadas de sus ojos… Era lo único que importaba. Tenía que mantenerlas alejadas de sus ojos. Aún no habían aprendido cómo aferrarse a un hombre, cómo desgarrar la ropa, cómo arrojarse en masa contra la cabeza, contra el cuerpo. Pero, a cada nuevo descenso, a cada nuevo ataque, se volvían más audaces. Y no se preocupaban en absoluto de sí mismas. Cuando se lanzaban en picado y fallaban, se estrellaban violentamente y quedaban sobre el suelo, magulladas, reventadas. Nat, al correr, tropezaba con sus cuerpos destrozados, que empujaba con los pies hacia delante.

Traducción de Adolfo Martín. Publicado por Orbis.

LOS JUICIOS DE RUMPOLE de John Mortimer

john-mortimer-500x200

John Mortimer -padre de la actriz y cineasta Emily Mortimer- fue abogado, dramaturgo, novelista, guionista y, sobre todo, el creador del divertido Horace Rumpole. En el cine, por ejemplo, colaboró en el guion de Suspense (The Innocents, 1961), dirigida por Jack Clayton y una de mis películas imprescindibles, y escribió junto a su primera esposa el de El rapto de Bunny Lake (Bunny Lake is Missing, 1965), un film que no le acabó de salir del todo bien a Otto Preminger.

Su personaje más popular, el abogado Horace Rumpole -inspirado, al parecer, en la figura de su padre- se dio a conocer en Inglaterra por medio de una serie de televisión y de los relatos que, desde hace unos años, está publicando en español la editorial Impedimenta. Literatura quizá no genial, pero siempre elegante, inteligente, divertida y muy, muy lúcida.

51Gqges9jTL._SX330_BO1,204,203,200_Hasta el momento, he leído el segundo volumen, titulado Los juicios de Rumpole (The Trials of Rumpole, 1979), una serie de casos judiciales, narrados por el propio Rumpole en su papel de abogado defensor, en cuyas páginas tienen también cabida las peripecias de sus colegas de trabajo, sus asiduas libaciones en el bar Pommeroy y su especial relación con su esposa, a la que nombra, como si fuera una diosa mitológica, con la expresión «Ella, la que Ha de Ser Obedecida». Y, por encima de todo, en ellas encontramos la crítica sarcástica e implacable hacia todos aquellos aspectos que le desagradan de una sociedad -la inglesa o, ya puestos, la de cualquier otro país de los que se consideran a sí mismos tan modernos y civilizados- retrógrada e hipócrita.

Como muestra, un par de fragmentos. El primero, en el que cita a Voltaire para referirse a la libertad de expresión, pertenece al relato «Rumpole y el animal fascista».

-¿No es este un país libre, queridos miembros del jurado? ¿No es este un país en el que el capitán Parkin y otros excéntricos como él pueden dar rienda suelta a sus majaderías? Puede que no esté de acuerdo con lo que el capitán Parkin dijo en aquella tarda aciaga… Es muy fácil defender la libertad de expresión cuando uno está de acuerdo con lo que se dice, pero alguien una vez, un sabio francés, nos dio la respuesta… «No estoy de acuerdo con nada de lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo.»

El segundo forma parte de «Rumpole y el camino del verdadero amor»: educación pública versus educación privada y postureo político.

Por lo que afirmaba mi cliente, la escuela John Keats era el ejemplo perfecto de una escuela de secundaria moderna, pues estaba diseñada para ensalzar el buen nombre de la educación pública y dejar vacíos los colegios privados, salvo por un grupo de sadomasoquistas y por los hijos de banqueros asiáticos. La educación en la John Keats era, al parecer, tan libre y, al mismo tiempo, tan disciplinada; y las instalaciones eran tan buenas y el personal estaba tan preocupado por los alumnos (no como en mi internado privado, donde desde luego no había preocupación alguna por si estabas vivo o muerto); y era tan genuinamente civilizada, que muchos parlamentarios laboristas e incluso algunos ministros se compraban una casa en aquella zona de Hertfordshire para poder disfrutar de la doble ventaja de, por un lado, dotar a sus hijos de una educación excelente y, por otro, tener la conciencia tranquila cuando se presentaran ante el pueblo como personas cercanas. Al fin y al cabo, sus hijos iban a la escuela pública.

Traducción de Sara Lekanda Teijeiro para Impedimenta.

LA DAMA DE BLANCO / LA PIEDRA LUNAR de Wilkie Collins

Allí, en medio del camino ancho y tranquilo, allí, como si hubiera brotado de la tierra o hubiese caído del cielo en aquel preciso instante, se erguía la figura de una solitaria mujer envuelta en vestiduras blancas; inclinaba su cara hacia la mía en una interrogación grave mientras su mano señalaba las oscuras nubes sobre Londres; así la vi cuando me volví hacia ella.

Estaba demasiado sorprendido, por lo repentino de aquella extraordinaria aparición que surgió ante mi vista en medio de la oscuridad de la noche y en aquellos lugares desiertos, para preguntarle qué deseaba. La extraña mujer habló primero:

-¿Es éste el camino que lleva a Londres? -dijo.

La dama de blanco (The Woman in White, 1860) y La piedra lunar (The Moonstone, 1868) -tanto monta, monta tanto- son las dos extensas y excepcionales novelas que han llevado a Wilkie Collins a ser considerado uno de los grandes de la literatura policiaca o de misterio. Escritores como Chesterton, Eliot, Swinburne, Dorothy Sayers o Borges -siempre Borges- las tenían entre sus favoritas; para el japonés Shusaku Endo eran, sencillamente, sus dos novelas preferidas, sin etiquetas adicionales. Brindo por ello: ambas son mucho, muchísimo más que meros entretenimientos bien articulados.

Por supuesto, el lector de género que solo busque olvidarse de todo gracias a un buen argumento y pasar página tras página en pos de la resolución de un enigma (o varios) difícilmente encontrará nada mejor; pero tanto La dama de blanco como La piedra lunar deberían, por múltiples razones, satisfacer a quien busque algo más que pasar un buen rato, al lector de literatura «seria», sea eso lo que demonios sea.

Collins nos envuelve en tramas y subtramas complejas pero perfectamente hilvanadas, que tienen su origen en hechos del pasado y consecuencias en el presente de los protagonistas y que combinan misterio, aventura, amor, venganza, toques de humor y de fina ironía y hasta cierta crítica social absolutamente vigente, servido todo ello con la más elegante y exquisita de las prosas, capaz de crear personajes, sea cual sea la importancia de su papel, con voz y entidad propias, de los que permanecen en la memoria, como, por citar mi preferido, el Conde Fosco de La dama de blanco, uno de los grandes y más seductores malvados de la literatura. Muchos de estos personajes son invitados a contar la parte de la historia que conocen mejor que los demás, la que les concierne directamente, completando así dos puzles que son dos majestuosos ejercicios de narración coral.

Las dos novelas han conocido varias versiones televisivas que pecan de académicas y, que yo conozca, sendas adaptaciones al cine demasiado reduccionistas y no precisamente afortunadas: The Moonstone (1934), de Reginald Barker, y La mujer de blanco (The Woman in White, 1948), de Peter Godfrey. Ambas merecen una lujosa producción de cuatro horas en pantalla grande o una miniserie que consiga explotar todo su potencial; seguro que así serían más conocidas por el gran público y volverían a primera línea de las librerías dos de la más grandes novelas de la historia. Así, sin etiquetas adicionales.

En ese retiro -una isla de Patmos en medio del rugiente océano papista circundante- ha llegado hasta mí, por fin, una carta de Inglaterra. He aquí que de pronto Mr. Franklin Blake se acuerda de mi insignificante existencia. Mi próspero, y, ¡ojalá pudiera añadir mi espiritual pariente!, me escribe sin intentar siquiera disimular que lo que quiere de mí es un mero servicio. Se le ha antojado remover el deplorable y escandaloso asunto de la Piedra Lunar y debo yo auxiliarlo mediante el relato de lo que he presenciado durante mi estancia en casa de tía Verinder, en Londres. Me ha ofrecido una remuneración pecuniaria, haciendo gala de esa carencia de sentimientos, común entre los pudientes. Deberé, pues, reabrir las dolorosas heridas que el tiempo acaba apenas de cerrar; sacar a relucir los más tristes y dolorosos recuerdos…, y, luego de esto, sentirme compensada por una nueva laceración que adoptará la forma del cheque de Mr. Blake. Mi naturaleza es débil. Dura fue la lucha que hube de sostener conmigo misma, antes de que mi cristiana humildad se impusiese a mi pecaminoso orgullo y me obligase a aceptar abnegadamente el cheque.

Traducciones de Maruja Gómez Segalés y Horacio Laurora, respectivamente.

LA ISLA DEL DR. MOREAU de H. G. Wells / LA ISLA DE LAS ALMAS PERDIDAS (1932) de Erle C. Kenton

Sin guerras interplanetarias, máquinas del tiempo u hombres invisibles a los que agarrarse para tomar distancia con ella, La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1896), quizá la novela más inquietante de cuantas escribió H. G. Wells, levantó polvareda desde el momento de su publicación al tratar temas científicos que ya en la época eran motivo de debate y que aun hoy siguen plenamente vigentes.

Por si alguien a estas alturas anda despistado, el narrador y protagonista Edward Prendick nos cuenta sus horribles experiencias en una isla del Pacífico en la que el doctor Moreau y su ayudante Montgomery realizan macabros experimentos genéticos. Por medio de la vivisección y cruzando diferentes especies, crean seres monstruosos a los que dotan de cierta humanidad, que incluso llegan a caminar erguidos y a tener la capacidad de hablar, y a los que mantienen a raya gracias al uso de la fuerza y a una serie de normas a las que denominan «la Ley».

Ingeniería genética, vivisección, el hombre que juega a ser un dios creador de vida por medios artificiales… La novela de Wells toca diversos temas y se presta a múltiples debates. Particularmente, el que más me atrae es el que identificaría a las criaturas de Moreau no con una nueva especie, sino directamente con nosotros, humanos pero también animales, y que tiene que ver con la sociedad y su civilización: la necesidad de unas leyes y, sobre todo, de una educación para lograr la convivencia y reprimir nuestros instintos más primarios y siempre latentes, aquellos que, en muchos casos, saldrían nuevamente a la luz si nos viéramos libres, como llega a ocurrir en la novela, de todo control. En este sentido, quizá La isla del Dr. Moreau se acerque a la filosofía de Thomas Hobbes -homo homini lupus- y pueda considerarse como una influencia de El señor de las moscas (Lord of the Flies,1954), la gran novela de William Golding.

Pero Moreau parecía tan irresponsable, tan profundamente irreflexivo… Su curiosidad, sus insensatas e inútiles investigaciones lo empujaban a continuar ni él mismo sabía hasta dónde, a arrojar a la vida a esas pobres criaturas, por espacio de uno o dos años, para luchar, equivocarse, sufrir y, en última instancia, morir con dolor. Aquellas criaturas eran intrínsecamente perversas; su odio animal los incitaba a incordiarse mutuamente, al tiempo que la Ley los refrenaba de librar una encarnizada batalla y del fin definitivo de su animosidad natural.

Traducción de Catalina Martínez Muñoz para Editorial Alianza.

De sus diversas adaptaciones al cine, quizá las más conocidas sean la de 1977, dirigida por Don Taylor y con Burt Lancaster en el papel de Moreau, y la de 1996, de John Frankenheimer, con un más que extravagante Marlon Brando como protagonista. Ambas me parecen infumables. La que más me gusta es La isla de las almas perdidas (Island of Lost Souls), de Erle C. Kenton, director de una filmografía no precisamente relevante y el irresponsable responsable de algunas de las cintas de Bud Abbott y Lou Costello. Sin ser una obra maestra, el film de Kenton conserva la bendita ingenuidad de aquel cine de terror de bajo presupuesto que dejaba espacio a la imaginación y a la fantasía del espectador y que, para provocar algo cercano al miedo, recurrían a una atmósfera desasosegante y a las sombras nocturnas de su fotografía en blanco y negro. Además, cuenta con un delirante y muy peludo Bela Lugosi, en el papel de una de las criaturas, y con el gran Charles Laughton, uno de esos actores, acaparadores de miradas, que con su sola presencia eran capaces de conseguir que pasáramos por alto las carencias de cualquier película.

 

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (y 2)

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-Pídelo -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Entre los muchos largometrajes que han incorporado ideas de La pata de mono, hay dos no demasiado conocidos que, sin ser en absoluto magistrales, son interesantes y entretenidos y muestran dos formas muy distintas de inspirarse en el relato de Jacobs. El primero es mexicano, lo dirigió Benito Alazraki en 1962 y se titula Espiritismo, título que ya indica claramente por dónde van los tiros. Cuenta la historia de un matrimonio que se une a un grupo espiritista y acaba por convencerse de la posibilidad de comunicarse con el más allá. Como están desesperados por la mala situación económica que pasan por culpa del ruinoso negocio de su hijo, la mujer arrastra al marido a pedir ayuda al diablo, quien les envía un emisario con un amuleto que les concederá tres deseos. Tras conseguir el dinero gracias al primero, son informados de la muerte de su hijo en un accidente. La madre entonces convence al marido de que pida al amuleto el regreso de su hijo y, finalmente, el arrepentido esposo pide como tercer deseo que el resucitado vuelva a la tumba.

El film de Alazraki, por tanto, incorpora en su parte final la práctica totalidad del relato, solo que con un par de variantes además de que el amuleto provenga directamente del diablo: por un lado, en lugar de una pata de mono el matrimonio se encuentra con un brazo humano; por otro, en esta ocasión sí vemos al hijo regresado de entre los muertos; por cierto, con bastante mal aspecto.

La segunda película es la estadounidense Crimen en la noche (Dead of Night, 1974), de Bob Clark, el director de la magistral Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979). Aquí nos encontramos con un matrimonio al que informan de que su hijo ha muerto en Vietnam y que, tras los ruegos de la desesperada madre, ve cómo el presuntamente fallecido regresa una noche a casa, aunque con un carácter bastante cambiado. Tras unos horribles crímenes, el padre se irá dando cuenta de que su hijo es en realidad un zombi que necesita sangre humana para sobrevivir.

Como vemos, en esta ocasión La pata de mono solo deja su huella de forma muy tenue y al principio de la película, en el regreso del hijo muerto gracias al deseo de su madre, pero esta vez sin amuletos de por medio. Lo que sigue es una metáfora en clave de terror de la situación en que quedaban los jóvenes soldados que volvían de Vietnam, a los que compara con muertos vivientes.

 

 

LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (1)

Aunque se dedicó principalmente al género humorístico, el nombre de William Wymark Jacobs sigue siendo recordado gracias, sobre todo, a un breve y casi perfecto relato de terror titulado «La pata de mono» (The Monkey’s Paw). Publicado originalmente como parte de la colección de cuentos The Lady of the Barge (1902), ha sido incluido posteriormente en multitud de antologías de literatura fantástica y reconocido como una de las obras maestras del género. Su moraleja: «Ten cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad».

Sus protagonistas, el matrimonio White y su hijo Herbert, reciben una noche la visita del sargento mayor Morris, un amigo del señor White que ha vivido durante muchos años en la India. El tal Morris trae consigo un recuerdo aparentemente mágico: una pata de mono momificada a la que se le pueden pedir tres deseos. A pesar de las advertencias del sargento de que les puede traer graves consecuencias, los White deciden quedarse la pata sin creer demasiado en sus poderes; aun así, antes de acostarse, casi como un juego deciden pedir, como primer deseo, doscientas libras. Al día siguiente, comprueban el terrible poder de la pata de mono: un enviado de la fábrica en la que trabajaba Herbert les comunica que su hijo ha fallecido y que la empresa, en reconocimiento a sus servicios, les da doscientas libras. Días después de enterrar a Herbert, la señora White, presa del dolor, convence a su marido de que pida un segundo y macabro deseo: que su hijo vuelva a la vida. Horas después, oyen unos golpes en la puerta…

-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió: la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

El relato de Jacobs ha sido adaptado de manera más o menos fiel en muchas ocasiones, generalmente en breves películas destinadas a la televisión. Otras veces, algunos elementos de la historia han sido utilizados, por no decir saqueados, como parte del argumento de largometrajes. Entre las primeras, hay dos que están francamente bien: La zarpa (1967), uno de mis episodios preferidos de las estupendas Historias para no dormir, creadas por Narciso Ibáñez Serrador, y The Monkey’s Paw (2010), dirigida por Ricky Lewis Jr., que posee la atmósfera más terrorífica de cuantas versiones he visto y que añade un atractivo prólogo sobre el origen del ominoso amuleto.

HOMBRE DEL SUR de Roald Dahl

Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected, 1979) es una de las compilaciones más populares del escritor galés de origen noruego Roald Dahl, en gran medida porque los cuentos incluidos en ella han sido conocidos por el gran público gracias a diversas series de televisión. Por sus páginas, repletas de humor negro y de ironía, con elementos fantásticos o más claramente realistas pero siempre con cierto gusto por lo macabro y mucha mala leche, suelen campar a sus anchas ejemplares del género humano poco recomendables.

Uno de mis preferidos, y también de los más conocidos, es el titulado «Hombre del sur», quizá el que más a veces ha sido adaptado a la televisión y al cine. En la pequeña pantalla apareció, junto a sus compañeros de colección, en la serie Tales of the Unexpected (1979-1988), aunque las adaptaciones que el espectador español más veterano probablemente recuerde sean las dos que formaron parte, en diferentes temporadas, de la mítica Alfred Hitchcock presenta: la de 1960, protagonizada por Peter Lorre y Steve McQueen, y la de 1985, con un inmenso John Huston acaparando todas las miradas. En el cine, pudimos rememorar la historia en el cuarto episodio, dirigido y protagonizado por Quentin Tarantino, de Four Rooms (1995).

El relato, de apenas trece páginas en las que la tensión va en aumento y que nos guardan un final sorprendente, nos lleva a una habitación de hotel en la que está a punto de cruzarse una curiosa apuesta entre un hombre mayor -el «hombre del sur» del título- y un muchacho, con una joven y otro hombre -el narrador de la historia- como testigos: si el chico es capaz de encender diez veces seguidas su encendedor, del que dice que no falla nunca, ganará un Cadillac; si no, su adversario le cortará el dedo meñique de su mano izquierda con un cuchillo.

-Muy bien -dije yo-, empiecen.

El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:

-¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.

-Sí, lo haré.

Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.

-¡Uno! -dije yo.

No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.

Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.

-¡Dos!

El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.

-¡Tres!

-¡Cuatro!

-¡Cinco!

-¡Seis!

-¡Siete!

Traducción de Carmelina Payá y Antonio Samons.

Publicado por Anagrama.

KWAIDAN de Lafcadio Hearn / EL MÁS ALLÁ (1964) de Masaki Kobayashi

Escritor británico nacido en Grecia, Lafcadio Hearn pasó buena parte de su vida en Japón. Allí se casó, se nacionalizó japonés, trabajó como periodista y como profesor y se dedicó a estudiar la historia, las costumbres y las leyendas niponas. De las obras que nos legó, quizá la más popular sea Kwaidan (Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things, 1903), una recopilación de cuentos fantásticos en los que los fantasmas son los principales protagonistas: una joven que, antes de fallecer, le promete a su novio que volverá a nacer para casarse con él; un sacerdote que regresa de la muerte convertido en jikininki, un devorador de cadáveres; el espectro de una joven esposa, que vuelve al mundo de los vivos para recuperar una carta comprometedora; la Mujer de Nieve, una bellísima y terrible aparición que perdona la vida a un leñador a cambio de que no revele a nadie que la ha visto…

Mi relato preferido del libro, «La historia de Miminashi-Hoichi», nos cuenta lo que le acontece a un virtuoso músico ciego: tras ser invitado por los fantasmas de un clan que murió en una famosa batalla a tocar para ellos, el sacerdote en cuya casa vive tendrá que trazar en todo el cuerpo del músico un texto mágico que lo libere del poder de los aparecidos. Por desgracia, olvidará pintarse el texto en las orejas.

A la hora del crepúsculo, el sacerdote y su ayudante desnudaron al trovador y, valiéndose de unos pinceles, le trazaron en el pecho, en la espalda, en los labios, en las manos y en las piernas, en fin, hasta en las plantas de los pies, el texto piadoso del sûtra llamado Han’nya-Shin-Kyo. Cuando terminaron esta operación, el sacerdote dijo a Hoichi:

-Esta noche, poco tiempo después de que yo marche, te irás a sentar en el pórtico, y esperas allí. Probablemente vendrá una voz y te llamará; pero, ocurra lo que ocurra, no contestes ni te muevas. Seguirás sentado y sin hablar, y en actitud meditabunda. Si te agitas o haces algún ruido, serás partido en dos trozos. No temas nada, ni tampoco intentes pedir ayuda, porque ninguna ayuda humana podrá salvarte. Si cumples todas las instrucciones según te las doy, el peligro desaparecerá y no tendrás nada que temer de aquí en adelante.

Traducción de Pablo Inestal.

Publicado por Alianza Editorial.

El cuento de Hoichi y sus pobres orejas es uno de los cuatro del libro que escogió el gran Masaki Kobayashi para adaptarlos al cine. El resultado, conocido en España como El más allá (Kwaidan, 1964), es una de las grandes obras maestras del cine fantástico.

 

 

ENOCH SOAMES de Max Beerbohm

Contemporáneo de Chesterton, novelista, escritor de relatos y caricaturista, Max Beerbohm es el autor de «Enoch Soames», uno de los cuentos en los que el diablo hace de las suyas que más me gustan, publicado en 1919 formando parte del libro Siete hombres (Seven Men).

El propio Beeerbohm, como tercer personaje en discordia y narrador, es quien nos cuenta la historia de un poeta sin éxito -el Soames del título- obsesionado por la trascendencia de su obra. Cierto día en que ambos se encuentran en un restaurante hablando sobre ello, el diablo se les une y le propone a Soames un pacto: a cambio de llevárselo con él al infierno, lo trasladará cien años en el futuro para que pueda visitar la sala de lectura del Museo Británico y comprobar si su nombre ha pasado a la posteridad.

Relato perfecto de apenas treinta páginas, quizá inspirado en la lectura de La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895) de H. G. Wells, ha conocido diversas ediciones en castellano. El fragmento siguiente pertenece a la traducción incluida en la Antología del relato fantástico (1940) de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, publicada por Edhasa.

¿No había manera de ayudarlo, de salvarlo? Un compromiso es un compromiso, y jamás incitaré a nadie a eludir una obligación. No hubiera levantado un dedo para salvar a Fausto. Pero el pobre Soames, condenado a pagar con una eternidad de tormento una busca infructuosa y una amarga desilusión…

Me parecía raro y monstruoso que Soames, de carne y hueso, con su capa impermeable, estuviera en ese momento en la última década del otro siglo, hojeando libros aún no escritos y mirado por hombres aún no nacidos. Todavía más raro y más monstruoso, pensar que esta noche y para siempre estaría en el infierno. Bien dicen que la verdad es más extraña que la ficción.

LOS ROJOS REDMAYNE de Eden Phillpotts

Como es bien sabido, a Jorge Luis Borges le encantaban las buenas novelas policiacas, sobre todo las que ofrecen al lector atento los suficientes elementos para que este pueda ir estableciendo, al menos, una posible teoría sobre la solución final a medida que avanza en su lectura. A este grupo pertenece la extraordinaria y adictiva Los rojos Redmayne (The Red Redmaynes, 1922), del tan prolífico como olvidado Eden Phillpotts, que el escritor argentino incluyó en su colección Biblioteca Personal.

Estilo sobrio y elegante que, como suele ser habitual en los clásicos británicos del género, nunca busca el innecesario adorno literario; múltiples pistas falsas, pero jamás tramposas, que consiguen engañar al (primer) detective que se encarga del caso y que buscan hacer lo propio con nosotros; una galería de magníficos y complejos personajes, todos ellos protagonistas en algún momento de la fascinante trama que gira en torno a los tres hermanos Redmayne; un segundo detective, leyenda de la profesión, que acude a arrojar luz sobre un misterio que, como dice el propio Borges en su prólogo, será francamente difícil de resolver para el lector… pero no imposible. En definitiva, y sin temor a exagerar, una de las grandes obras maestras de la literatura de misterio.

Siga ahora mis argumentos y sea sincero consigo mismo. Dice usted que ocurrieron ciertas cosas. Yo sostengo que no, basándome en la lógica absoluta de que no pudieron ocurrir. No le revelaré la verdad, porque estoy lejos de saberla, y creo que dará usted con ella antes que yo; pero le probaré que una cantidad de detalles que usted considera ciertos no lo son; y que ciertos sucesos, de cuya exactitud no duda usted, nunca se produjeron. Tenemos sólo cinco sentidos y es fácil que nos engañen. En realidad, hasta en sus mejores momentos, el ser humano se caracteriza por su torpeza, y, en lo que me concierne, no daría un penique por lo que mis sentidos me aseguran. Como dijo alguien: «El arte existe para salvarnos del exceso de la verdad»; y yo añado: «La razón existe para salvarnos de la excesiva evidencia, a menudo falsa, de nuestros sentidos.»

Traducción de Marta Acosta van Praet.

Publicada por Orbis.