Archive for the ‘Literatura británica’ Category

LA JUGUETERÍA ERRANTE de Edmund Crispin

Nadie, salvo los crédulos más obtusos, supondrá que los personajes y los acontecimientos de esta historia pueden ser otra cosa que ficticios. Es cierto que la vetusta y noble ciudad de Oxford es, de todas las poblaciones de Inglaterra, la progenitora más probable de acontecimientos y personajes improbables. Pero todo tiene sus límites.

E.C.

edmund crispinEdmund Crispin, cuyo nombre real era Bruce Montgomery, fue uno de los principales cultivadores de la novela detectivesca inglesa durante el siglo XX. Compaginando la literatura con su labor como crítico, escribió un total de nueve novelas y dos colecciones de cuentos que, por suerte para los aficionados al género, la editorial Impedimenta se ha propuesto reeditar. Hasta el momento han aparecido la tercera y la cuarta de la serie, tituladas La juguetería errante (The Moving Toyshop, 1946) y El canto del cisne (Swan Song, 1947), ambas protagonizadas por Gervase Fen, un excéntrico profesor universitario que suele tirar tanto de pistola y de whisky como de citas literarias.

la-jugueteria-errante-9788415130208En la nota introductoria a La juguetería errante, el propio Crispin nos pone sobre aviso ante una novela repleta de imaginación, una fantasía delirante narrada a un ritmo frenético en la que Fen une sus fuerzas con las de su amigo y poeta Richard Cadogan en pos de la solución de un crimen. Un cadáver que desaparece, una juguetería que cambia de lugar, una herencia extravagante, cuatro sospechosos con coartada perfecta, profesores y alumnos más aficionados a largas libaciones que a los libros, trepidantes persecuciones a lo largo y ancho de la ciudad de Oxford, luchas, tiroteos y el humor más canalla se dan cita en una novela que combina las aventuras y el misterio, recordándonos por momentos a Chesterton, y que resulta ideal para quienes gustan de la literatura de evasión pero maravillosamente bien escrita.

No fue una visión agradable, porque la piel había adquirido un color púrpura negruzco, como el de las uñas. Había una leve espumilla en la comisura de la boca,que permanecía abierta, mostrando un empaste de oro que brilló débilmente a la luz de la vela. Alrededor del cuello tenía incrustado un cordel fino, muy tirante por detrás. Se le había hundido tanto que la carne se había vuelto a cerrar sobre el cordel haciéndolo casi invisible. Había un charco de sangre seca en el suelo, junto a la cabeza, y Cadogan encontró una explicación en la feroz contusión que tenía justo debajo de la coronilla. Creyó adivinar el hueso del cráneo, pero si tuviera que decir algo al respecto, habría podido asegurar que no estaba fracturado.

Hasta ese momento, solo había experimentado la desapasionada curiosidad propia de un chiquillo, pero la acción de tocar a aquella mujer provocó en él una repentina sensación de repugnancia. Se limpió rápidamente la sangre de los dedos y se levantó. ¿Algo más que tuviera que observar? Ah, sí,  había unos quevedos dorados, rotos, en el suelo, junto a… Y entonces, de repente, se quedó rígido, con los nervios hormigueándole por todo el cuerpo como si estuvieran conectados a unos cables eléctricos.

Había oído un ruido en el pasillo.

Traducción de José C. Vales.

Publicada por Impedimenta.

LA ISLA EN EL LAGO DE INNISFREE de William Butler Yeats / EL HOMBRE TRANQUILO (1952) de John Ford / INNISFREE (1990) de José Luis Guerín

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Los cines Verdi de Barcelona se vistieron ayer de gala para el reestreno de El hombre tranquilo (The Quiet Man) aquetaci—n 1de John Ford, dándonos una oportunidad única de volver a Innisfree con copia restaurada y en pantalla grande. Buen momento, pues, para recuperar el poema de Yeats, perteneciente al libro La rosa (The Rose, 1893), que prestó su nombre al hogar de Sean Thornton y Mary Kate Danaher, el pueblo irlandés que en realidad se llama Cong y está situado en el condado de Galway.

Y ya puestos a completar el trío de ases, no está de más recordar el precioso homenaje de José Luis Guerín titulado precisamente Innisfree, un documental filmado en Cong que va más allá de las reglas del género para rastrear las huellas dejadas por el film de Ford y devolvernos toda la magia de aquella maravillosa película.

La poesía y el cine, de la mano a través de un siglo.

Quiet Man

LA ISLA EN EL LAGO DE INNISFREE

Me levantaré ahora e iré, iré a Innisfree,

y haré allí una humilde cabaña de arcilla y zarzas;

nueve hileras de judías tendré allí, una colmena que me dé miel

y viviré solo en un claro entre el zumbar de las abejas.

 

Y allí tendré algo de paz, pues la paz viene gota a gota

y cae desde los velos matinales a donde canta el grillo;

allí la medianoche es una luz tenue, y un cárdeno brillo el mediodía,

y colman el atardecer las alas del pardillo.

 

Me levantaré ahora e iré, pues siempre, día y noche,

oigo el rumor del lago ante la orilla;

cuando estoy en la calzada, o en las grises aceras,

lo oigo en lo más hondo de mi corazón.

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THE LAKE ISLE OF INNISFREE

I will arise and go now, and go to Innisfree,

And a small cabin build there, of clay and wattles made;

Nine bean-rows will I have there, a hive for the honey-bee,

And live alone in the bee-loud glade.

 

And I shall have some peace there, for peace comes dropping slow,

Dropping from the veils of the morning to where the cricket sings;

There midnight´s all a glimmer, and noon a purple glow,

And evening full of the linnet´s wings.

 

I will arise and go now, for always night and day

I hear lake water lapping with low sounds by the shore;

While I stand on the roadway, or on the pavements grey,

I hear it in the deep heart´s core.

 

Traducción de Antonio Rivero Taravillo.

Publicado por Editorial Pre-Textos (2010).

EL TERROR de Arthur Machen

En varias poblaciones de la campiña galesa comienzan a producirse hechos misteriosos e inexplicables: algunos vecinos son asesinados y otros parecen haberse suicidado; animales hasta ese momento pacíficos se rebelan contra sus dueños; aparecen extraños cuerpos luminosos que se mueven y parecen crecer; se oyen lamentos nocturnos…La situación, unida al conflicto bélico ante Alemania que vive el país y en el que algunos buscan la razón a lo que está ocurriendo, comienza a extender el terror entre los habitantes.

         Arthur Machen, uno de los más influyentes escritores del género fantástico, admirado por otros grandes como Lovecraft o Borges, se apartó bastante en El terror (The Terror: A Fantasy, 1917) de las características predominantes en sus más populares obras. Aun siendo una novela de corte fantástico, su estructura está cercana a la crónica personal de sucesos e incluso a la parábola moralizante, relacionada con la situación de guerra que vivía Europa. Un Machen algo distinto pero en plena forma para un estupendo relato que no me extrañaría que hubiese influido en el Orwell de Rebelión en la granja (Animal Farm, 1945) y en el que, como curiosidad, aparece el término Aleph más de treinta años antes de que Borges publicara su famoso cuento (Página 115: “Y luego una voz cantó la palabra Aleph, que pareció prolongarse durante siglos…”).

“Poco después de la muerte de Cradock, la gente empezó a repetir extrañas historias de un ruido que se oía por las noches en los montes y valles al norte de Porth. El primero en escucharlo fue alguien que perdió el último tren de Meiros y tuvo que venirse a pie hasta Porth, que está a unas diez millas. Al pasar sobre una colina cerca de Tredonoc, a eso de las diez y media o las once, lo detuvo un ruido muy raro que no consiguió identificar: un grito prolongado y tristísimo, un lamento desmayado que venía de lejos. Pensó primero que serían lo búhos ululando en el bosque, pero no era eso: se oía un grito prolongado, seguido por un silencio, y luego el ruido volvía a empezar. No tenía idea de lo que pudiese ser, sintió miedo sin saber por qué y apretó el paso. Esa noche se alegró al ver las luces de la estación de Porth.

        Le habló a su mujer del ruido lúgubre que había oído y su mujer lo repitió a los vecinos, quienes, en su mayoría, lo atribuyeron a “pura imaginación”, cuando no a unos tragos de más o, después de todo, a los búhos. Pero la noche siguiente dos o tres personas que volvían de una pequeña fiesta en una casa de la carretera a Meiros, oyeron el mismo ruido, poco después de las diez. Contaron, casi con idénticas palabras, que era un grito largo, quejumbroso, increíblemente triste en la quietud de la noche de otoño. “Como el fantasma de una voz”, contó una; “como si viniera del fondo de la tierra”, agregó otra.”

                     Traducción de Luis Loayza.

                     Publicada por Alianza Editorial.

EL COLECCIONISTA de John Fowles

Frederick es un tipo introvertido, solitario y sin cultura cuyas aficiones son cazar mariposas y hacer fotografías. Una quiniela millonaria le permite comprar una gran casa alejada de la ciudad y llevar a cabo el plan que tiene en mente desde hace tiempo: secuestrar a Miranda, una joven estudiante de arte a la que ama y admira, encerrarla en el sótano de la casa sin ningún contacto con el exterior y colmarla de favores hasta que, con el tiempo, consiga que se enamore de él.

        A partir del parcial punto de vista de ambos, de la voz narrativa de Frederick y del diario que escribe Miranda durante su cautiverio -pleno de referencias pictóricas, musicales y literarias que enriquecen la caracterización de los dos personajes, sobre todo a partir de La tempestad de Shakespeare- iremos conociendo el pasado de ambos, los intentos de fuga de Miranda y su creciente desesperación, sus diferencias de clase y cómo evolucionan los sentimientos de ambos, hasta llegar a un terrible y abierto final que justifica por sí solo la lectura de la novela, y su título, y que desnuda ante nuestros ojos al personaje de Frederick a través de sus propias palabras.

        John Fowles interrumpió la redacción de su proyecto más ambicioso, la desigual pero apasionante El mago (The Magus, 1965) -llevada al cine, y se lo podía haber ahorrado, por Guy Green en 1968- para escribir El coleccionista (The Collector, 1963), su debut como novelista. William Wyler realizó una magistral adaptación, estrenada en 1965, con Terence Stamp y Samantha Eggar como protagonistas, y su influencia se ha dejado notar en multitud de películas hasta la fecha, incluidas la particular lectura que hizo de la historia Pedro Almodóvar en Átame (1990), que me parece tan mala como la mayoría de sus películas (qué le voy a hacer, no sé apreciar la genialidad del cineasta manchego), y esa fabulosa vuelta de tuerca que es, o a mí me lo parece, Hard Candy (2005) de David Slade.

“Solía verla cuando regresaba a casa desde el colegio en que estaba internada, a veces hasta varios días seguidos, porque sus padres vivían frente al Anexo del Ayuntamiento. Ella y su hermana menor iban y venían muy a menudo, acompañadas con frecuencia por muchachos, lo cual, evidentemente, no me gustaba. Cada vez que los archivos y las carpetas me dejaban un momento libre, me acercaba a la ventana para mirar hacia la calle cubierta de escarcha y, aunque no siempre, algunas veces conseguía verla. Todas las noches consignaba el hecho en mi diario de observaciones. Al principio, en aquellas anotaciones, ella era X; pero después, es decir, desde que supe cómo se llamaba, se convirtió en M. También la vi varias veces en la calle. Un día estuve un buen rato detrás de ella, en una cola de la biblioteca pública de la calle Crossfield. No me miró ni una sola vez, pero yo no aparté ni un instante la mirada de su nuca y de su pelo, que peinaba en una larga trenza. Sus cabellos eran de un rubio muy pálido, sedosos, como capullos de seda. Los llevaba recogidos en una larga y gruesa trenza que le llegaba a la cintura, algunas veces le caía por la espalda, y otras, a un costado del pecho. Pero de vez en cuando la trenza desaparecía, reemplazada por un moño alto. Sólo una vez, antes de que viniera a esta casa como mi huésped, tuve la suerte de verla con el pelo suelto, lo que me dejó casi sin aliento. ¡Estaba tan hermosa como una sirena!”

                 Traducción de Federico López.

                 Publicada por El Aleph Editores.

VIAJE de Robert Louis Stevenson

Los poemas de Stevenson probablemente sean la parte menos reconocida de su obra, quizá porque su imponente y tan popular narrativa haya conseguido que nos olvidemos de ellos o porque, simplemente, la crítica no los considere a la altura de sus novelas y cuentos. Para mí poseen la misma magia y el mismo poder de ensoñación.

        Aquí os dejo el poema Viaje (Travel), de su libro de 1885 A Child´s Garden of Verses. La infancia, la imaginación, la aventura…están también en estos versos.

VIAJE

Me gustaría tanto visitar

los países donde hay manzanas de oro;

donde bajo otro cielo existen islas

con papagayos, y las cacatúas

y las cabras jamás pierden de vista

a Robinsón haciéndose una barca;

donde el sol ilumina las lejanas

ciudades del Oriente, con mezquitas

y alminares en medio de jardines

de arena, y las preciosas mercancías

que vienen de muy cerca o de muy lejos,

cuelgan para venderse en el bazar;

donde la Gran Muralla cerca a China,

y a un lado está el viento del desierto,

y al otro con campanas y tambores

zumban estrepitosas las ciudades;

donde hay selvas ardientes como el fuego,

grandes como Inglaterra, y además

altísimas, con monos, cocoteros

y chozas de los negros cazadores;

el cocodrilo de rugosa piel

en el Nilo a sus víctimas acecha,

y alza el vuelo el flamenco color rojo

persiguiendo a los peces; en la jungla

hay tigres que devoran a los hombres,

muy quietos, al acecho y esperando

que la presa se acerque, por ejemplo

un viajero al que mece el palanquín;

donde entre las arenas del desierto

hay ciudades desiertas con sus niños

príncipes o mendigos, hechos hombres

desde hace mucho tiempo, sin que se oiga

en las calles y casas ni un ruido

de ratones o niños, y al caer

suavemente la noche, en la ciudad

ni un destello de luz rompe las sombras.

Cuando crezca hasta allí emprenderé el viaje

con una caravana de camellos;

encenderé la lumbre en las tinieblas

de un salón polvoriento, miraré

las pinturas que adornan las paredes,

guerras, héroes, fiestas; y buscando

en un rincón encontraré juguetes

de los niños de aquel antiguo Egipto.

          Traducción de Carlos Pujol.

          Selección de poemas publicada por Editorial Comares (Colección La Veleta).

EN MI OFICIO U HOSCO ARTE de Dylan Thomas

Fallecido a los 39 años víctima del alcoholismo, el galés Dylan Thomas es una de las figuras literarias más legendarias del pasado siglo. Junto a su poesía, posiblemente la parte más popular de su obra, nos dejó también unos cuantos magníficos cuentos, reunidos algunos de ellos bajo el título Retrato del artista cachorro (Portrait of an artist as a young dog, 1940), inspirándose en la novela de Joyce Retrato del artista adolescente (Portrait of an artist as a young man, 1916). Como curiosidad, parece ser que Bob Dylan, que en realidad se llama Robert Allen Zimmerman, adoptó su nombre en señal de admiración.

        Aquí os dejo el poema En mi oficio u hosco arte (In my craft or sullen art), toda una declaración de intenciones acerca de su poesía.  

EN MI OFICIO U HOSCO ARTE

En mi oficio u hosco arte

ejercido en la noche en calma

cuando sólo rabia la luna

y los amantes descansan

con sus penas en los brazos,

trabajo a la luz cantora

no por ambición ni pan

lucimientos o simpatías

en los escenarios de marfil

sino por el común salario

de su recóndito corazón.

No para los soberbios aparte

de la rabiosa luna escribo

en estas páginas rociadas

por las espumas del mar

ni para los encumbrados muertos

y sus ruiseñores y salmos

sino para los amantes, sus brazos

abarcando las penas de los siglos,

que no elogian ni pagan ni

hacen caso de mi oficio o arte.

                             Traducción de Esteban Pujols.

LA BESTIA DEBE MORIR de Nicholas Blake

El poeta irlandés Cecil Day-Lewis, padre del actor Daniel Day-Lewis, escribió además una serie de novelas policiacas, protagonizadas por el detective Nigel Strangeways, bajo el seudónimo de Nicholas Blake. La bestia debe morir (The beast must die, 1945) es la más popular de la serie.

        La primera parte de la novela, la mejor y una obra maestra por sí sola, es el diario del protagonista Frank Cairnes, escritor de novelas policiacas firmadas como Felix Lane, cuyo hijo ha sido atropellado y muerto por un conductor que se ha dado a la fuga. A partir de ese momento su único objetivo será encontrar al homicida y matarlo. Su inicio me recuerda al de Beltenebros (1989) de Antonio Muñoz Molina: “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca.” La segunda parte toma una estructura más convencional, con la aparición del detective Strangeways, encargado de averiguar quién ha asesinado realmente a George Rattery, el conductor homicida, ya que Cairnes, el principal sospechoso, reconoce que planeó matarle, pero que no pudo hacerlo.

        Que yo sepa, la novela ha sido llevada al cine en dos ocasiones. La primera es una adaptación argentina casi desconocida, protagonizada por Narciso Ibáñez Menta; la segunda, Accidente sin huella (Que la bête meure, 1969), es una de las mejores películas de Claude Chabrol.

          “Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo idea de su aspecto. Pero voy a encontrarlo, y lo mataré…

        Amable lector: usted debe perdonarme este comienzo melodramático. Parece la primera frase de una de mis novelas policiales, ¿no es cierto? Sólo que esta historia nunca será publicada, y el amable lector es una cortés convención. No, tal vez no sea una cortés convención. Estoy decidido a cometer lo que la gente llama “un crimen”. Todo criminal, cuando carece de cómplices, necesita de un confidente: la soledad, el espantoso aislamiento y la angustia del crimen son demasiado para un solo hombre.”

                 Traducción de J. R. Wilcock.

                 Publicada por Emecé Editores.

LA NOCHE DEL DEMONIO (1957) de Jacques Tourneur

Montague Rhodes James fue, además de profesor, arqueólogo, historiador y otras cuantas cosas, uno de los grandes escritores de terror de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus relatos, publicados en español por Ed. Siruela, tienen siempre que ver con lo fantasmagórico, lo sobrenatural y las fuerzas ocultas. Uno de esos relatos, el titulado Casting the runes (1904), nos cuenta la demoníaca historia de un manuscrito maldito que lleva la muerte a quien lo posee.

        A partir del cuento de James, el guionista Charles Bennett escribe, introduciendo múltiples variaciones, La noche del demonio (estrenada en Inglaterra como Night of the demon y en Estados Unidos, en 1958, con el título Curse of the demon), y el encargado de llevar el guión a la pantalla será Jacques Tourneur, con el siempre eficiente Dana Andrews como protagonista. El resultado es una de las grandes obras del género (para muchos, la mejor y más tenebrosa del realizador), pero que podía haber sido aún mejor si el productor Hal E. Chester (quien, al parecer, también metió mano en el guión) se hubiese estado quietecito y no hubiese obligado a Tourneur a visualizar la imagen del demonio al inicio y al final del film, lo cual le resta gran parte del misterio que tenían las grandes películas que el director realizó en Hollywood, a las órdenes de Val Lewton, en los años cuarenta.

        A pesar de todo, el resto de la película siempre opta por insinuar antes que por mostrar, su desasosegante ambientación es de quitarse el sombrero, y varias de sus escenas, como la del protagonista perseguido por una misteriosa nube de humo a través del bosque, están en cualquier antología del cine de terror que se precie. Una lástima que el productor no estuviese a la altura del bueno de Val Lewton para haber conseguido una absoluta obra maestra. 

                     Editada en DVD por 39 Escalones Films.

MUERTE EN LA RECTORÍA de Michael Innes

Los que somos aficionados a la literatura criminal, o de misterio, o como se le quiera llamar, a menudo nos sentimos decepcionados con el desenlace de muchas novelas. Nos han obligado a robarle horas al sueño, a pasar una página más, y otra, buscando nuevas pistas y aceptando caer en nuevas trampas, deseosos de descubrir por fin el quién, el cómo y el porqué. Pero entonces llega la desilusión, porque el autor parece haber elegido al culpable al azar, eliminando al resto de personajes y escogiendo uno a dedo, sin una razón que nos satisfaga. La maquinaria perfecta que deberían ser las novelas y relatos del género comienza entonces a hacer aguas, y a los cinco minutos de haberla terminado nos olvidamos de esa historia que tanto prometía y del buen rato que nos ha hecho pasar.

        Uno de los autores a los que me refiero es la francesa Fred Vargas, una magnífica escritora que consigue mantenernos en vilo durante horas sin que tengamos que esforzarnos, pero a la que le suelen fallar las últimas quince páginas, el momento de redondear el círculo. Seguiré leyéndola, porque pocos escritores del género consiguen como ella hipnotizarte desde la primera página, pero sabiendo de antemano que no es oro todo lo que reluce.

        En la otra liga, en la que juegan los autores que hacen honor a lo que se ha llamado novela-problema y cuyos desenlaces acostumbran a ser la guinda que corona el entretenidísimo pastel, están mis autores preferidos. El imprescindible Chesterton, Gaston Leroux, o John Dickson Carr son algunos de ellos. Incluso la tantas veces subestimada Agatha Christie se cuela a veces en el equipo, sobre todo con la magnífica El asesinato de Roger Ackroyd (The murder of Roger Ackroyd, 1926).Y, desde luego, el escocés Michael Innes, profesor universitario, editor de Montaigne, y escritor de novelas y relatos en los que, como diría Gila, “aquí alguien ha matado a alguien”.

        La primera novela que escribió Michael Innes es Muerte en la rectoría (Death at the President´s lodging, 1944). El rector de la Facultad de San Antonio es asesinado en su habitación, cerrada con llave. Los demás profesores son los sospechosos, y todos pueden tener una razón para cometer el crimen, y todos tienen algo que ocultar. Se establece entonces, durante unos días y en un espacio cerrado, un juego de inteligencias, una batalla intelectual entre el detective Appleby y los profesores, que no se lo pondrán nada fácil al investigador. Entretenimiento asegurado y un final que responde a las espectativas.

        Y si alguien decide seguir la pista del crimen, en la selección realizada por Borges y Bioy Casares Los mejores cuentos policiales puede volver a encontrarse con Innes, esta vez con el magnífico relato La tragedia del pañuelo (Tragedy of a handkerchief).

              Traducción de María Celia Velasco.

              Publicada por Punto de Lectura.

FILOSOFÍA A MANO ARMADA de Tibor Fischer

Si nos ciñéramos estrictamente a los cánones podríamos quedarnos con la sensacitibor_fischerón de que la buena literatura ha de ser necesariamente triste, como si el oficio de escritor llevara incorporado un unamuniano sentimiento trágico de la vida. Las novelas del británico Tibor Fischer se empeñan en llevarle la contraria a esta regla no escrita -como habrá comprobado quien haya leído su reciente última obra, Quién fuera Dios (Good to be God, 2008)-, y nos deparan a la vez el placer de la lectura y el sano ejercicio de echarnos unas risas.

        Filosofía a mano armada (The thought gang, 1994) cuenta las andanzas del ex profesor de filosofía Eddie Féretro (¿homenaje a los detectives “Ataúd” Johnson y “Sepulturero” Jones, creados por Chester Himes?), holgazán, borracho, pervertido, y ciudadano modelo, que ha de huir a Francia al ser perseguido por la policía. Allí conoce al estrafalario ex convicto Hubert, y juntos deciden dedicarse a robar bancos, aunque siempre de la manera más educada y divertida posible. Y entre atraco y atraco (llegan a robar tranquilamente en el mismo banco dos veces), Eddie nos va recordando su hilarante pasado -las semblanzas de sus abuelos no tienen desperdicio-, e intenta encontrarle explicaciones a los disparates que le ocurren mediante una filosofía de andar por casa.

        FisheFilosofia%20a%20mano%20armadar no deja en la novela títere con cabeza, y con las armas de la ironía, el absurdo y el humor más grueso -sobre todo en el descacharrente fragmento en que Eddie es objeto de las atenciones del pervertido camionero que le recoge cuando hace autostop, y en la sesión de espiritismo, con el espíritu del filósofo Hipónax despachándose a gusto a través de la médium Madame Lecercle-, y toda la tradición de la novela picaresca a las espaldas, arremete contra la educación universitaria, la policía, la banca, y demás estamentos que consiguen que cada vez sea más difícil encontrarle una explicación al mundo en que vivimos.

        “Tuve un instante de elevación y medité introspectivamente acerca de tantos otros grupos de deshonestidad y perjuicio que eluden la atención policial: agentes inmobiliarios, políticos, albañiles, presidentes de organizaciones internacionales, dentistas: los sospechosos más obvios. Es indudable que, por ejemplo, si reunidos en una pradera se acordonara a todos los vendedores de autos usados y se los ametrallara debidamente, el mundo sería un lugar más habitable. Una conducta como ésa está relativamente mal vista en los círculos académicos, pero no deja de ser un mejoramiento de lo más efectivo si uno ametralla a la gente apropiada.

        El robo de bancos, si se lleva adelante filosóficamente, no hace daño a nadie. Emocionamos. Entretenemos. Estimulamos la economía. Aceleramos los corazones. Provocamos pensamiento. Y además, incuestionablemente, es una mera ilusión. Uno se lleva el dinero, pero ¿dónde va a parar? A un banco. Como el agua, el dinero está atrapado en un ciclo, se mueve de banco en banco. Sólo lo sacamos fuera para que le dé un poco el aire fresco.”

        Pura filosofía.

                   Traducción de Cecilia Absatz.

                   Publicada por Tusquets Editores.