Archive for the ‘Literatura chilena’ Category

LOLITAS de Oscar Hahn

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De nuevo por aquí uno de mis poetas preferidos, el chileno Oscar Hahn, esta vez con el último y estupendo poema incluido en su libro En un abrir y cerrar de ojos (2006), galardonado con el VI Premio Casa de América de Poesía Americana.

LOLITAS

Somos los viejos locos

los viejos que nos acostamos

con muchachas 40 años menores que nosotros

los que tratamos de ignorar a la muerte

como si fuera una amante de otra época

a la cual ya no quisiéramos ver

y cruzamos muy rápido a la acera de enfrente

donde está la ninfa esperándonosoh150507

senos duros pezones rosados

y labios de la vulva frescos y rojos

no el sexo seco de la muerte

esa fruta que ya no da jugo

Y nos arreglamos el nudo de la corbata

mirándonos en la vitrina de una tienda

donde ahora vemos nuestra cara arrugada

el pelo escaso la barba canosa

entre computadoras y teléfonos celulares

y el reflejo de la muchacha que nos sonríe

con la guadaña en la mano

 

Publicado por Visor.

 

EL ORIGEN DEL MUNDO de Jorge Edwards

Tras el suicidio de su amigo Felipe Díaz, un intelectual vividor que presumía de sus numerosas conquistas femeninas, el anciano doctor Patricio Illanes comienza a sospechar que su mujer, Silvia, mucho más joven que él, estaba enamorada de Felipe y era una de sus amantes. Sus sospechas se verán fortalecidas tras ver el cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, y descubrir una fotografía realizada por Díaz muy similar al cuadro y en la que cree identificar a su esposa.

        Escrita por el chileno Jorge Edwards, Premio Nacional de Literatura 1994 y Premio Cervantes 1999, El origen del mundo (1996) es una breve y estupenda novela sobre el desconocimiento de los demás y de uno mismo, sobre la inseguridad y los celos transformados en obsesión, y sobre cómo esa obsesión enfermiza nos alimenta y nos hace sentirnos vivos de nuevo, de una manera que creíamos ya perdida. De tintes policiacos, favorecida definitivamente por una construcción en la que varían la voz narrativa y el punto de vista, su lectura es una de las mejores formas de descubrir a uno de los grandes narradores de la literatura chilena.

“Porque él no ignoraba, desde luego, no ignoraba del todo, y desde hacía mucho tiempo, la debilidad de Silvia, y más de alguna vez había tenido sospechas, sentimientos insidiosos, incómodos, que se renovaban cada vez que observaba en el terreno, en acción, la capacidad de seducción y la perfecta falta de escrúpulos de Felipe Díaz, pero nunca, jamás en su vida, se habría imaginado que Silvia, la serena, sonriente, burlona Silvia, pudiera perder los estribos de aquella manera tan evidente. No era, sin duda, que estuviera impresionada, al borde de un ataque de nervios, por el espectáculo de un cadáver, del cadáver de un suicida. No tenía, Silvia, ese tipo de fragilidad. Su llanto, ajeno a la cercanía de Alfredo Arias, y ajeno a él mismo, a toda noción de cautela, y hasta de qué dirán, de pudor, era un lamento inédito, diferente, profundo: salía de las entrañas de una mujer que él creía conocer al revés y al derecho, y que en realidad no conocía, o que había comenzado a conocer sólo ahora, tarde, y sin remedio. ¿Quedaba confirmado, entonces, oleado y sacramentado, que Silvia y Felipe habían sido amantes? ¿Y por cuánto tiempo, y en qué circunstancias, y cómo se las habían ingeniado para engañarlo, para traicionarlo bajo sus propias barbas, porque si la palabra traición no se aplicaba en ese caso preciso, traición con alevosía, jugando con la amistad, con la comedia de la sinceridad, con la mentirosa verdad, cuándo diablos se aplicaba?”

EN UNA ESTACIÓN DEL METRO de Óscar Hahn

De Óscar Hahn, uno de los grandes poetas chilenos, os dejo uno de mis poemas preferidos, perteneciente a la colección Versos robados (1995).

EN UNA ESTACIÓN DEL METRO

Desventurados los que divisaron

a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe

y la siguieron enloquecidos

y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados

a vagar sin rumbo por las estaciones

y a llorar con las canciones de amor

que los músicos ambulantes entonan en los túneles

Y quizás el amor no es más que eso:

una mujer o un hombre que desciende de un carro

en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos

y se pierde en la noche sin nombre

Literatura con balón (1): EL FANTASISTA de Hernán Rivera Letelier

Aún con la futbolera resaca de la victoria en el mundial a cuestas, no es mal momento para rebatir el tópico según el cual literatura y fútbol nunca han hecho buenas migas. Afortunadamente muchos y buenos escritores se han encargado ya de llevar la contraria a los que siguen pensando que quien es capaz de apreciar una buena lectura no va a perder el tiempo viendo a unos tipos de corto disputándose un balón, e incluso algunos, como Nabokov o Camus (suya es la célebre frase “En una cancha de fútbol se juegan todos los dramas humanos”), no sólo apoyaron la pluma sobre el césped, sino que también hicieron sus pinitos en él, ambos como porteros.

        Ejemplos del cariño entre la literatura y el deporte rey los hay a montones. A bote pronto, y sin ser exhaustivo, los españoles Javier Marías, Manuel Vázquez Montalván, Gonzalo Suárez o José Luis Garci, el británico Nick Hornby, o los hispanoamericanos Mario Benedetti, Eduardo Galeano y Roberto Fontanarrosa, quien escribió algunos de los cuentos sobre fútbol (y sobre muchas otras cosas) más divertidos que uno haya leído. También entre los grandes, aunque quizá menos conocidos, están el chileno Hernán Rivera Letelier y su novela El Fantasista (2006), y el argentino Osvaldo Soriano, autor de un buen puñado de maravillosos relatos futboleros.

        El Fantasista cuenta la historia de la eterna rivalidad balompédica entre los pueblos vecinos de Coya Sur y de María Elena. A Coya Sur, cuyo equipo siempre pierde, llega cierto día un extraño personaje, acompañado de un balón y de una mujer tan extraña como él, llamado Expedito González y conocido por el sobrenombre de “Fantasista del balón”. El personaje en cuestión se dedica a ir de pueblo en pueblo realizando exhibiciones con su pelota, que parece formar parte de él, para ganarse unas monedas. Los vecinos del pueblo, ante tamaño talento futbolístico, ven en el visitante al salvador de su honor, e intentan convencerle para que se quede a disputar el gran y último partido contra sus vecinos. Pero el Fantasista, como todo personaje misterioso, lleva consigo un extraordinario secreto.

        Novela tragicómica, a caballo entre lo épico y lo cotidiano, El Fantasista, como gran parte de la literatura de su autor, guarda un enorme sentido religioso, identificando desde el principio la llegada del protagonista con la de un nuevo Jesucristo, un nuevo Mesías salvador y milagroso que les compense al fin por tantas penas deportivas, aunque también puede leerse como un western pampero, en el que el artista del balón vendría a ser el pistolero invencible que aparece para salvar a los lugareños, un Alan Ladd o un Clint Eastwood de rasgos chilenos.

“Todos coincidimos por igual cuando el Fantasista, con un dejo de amargura en su voz cavernosa, dijo que nadie podía decir lo que era el placer si nunca le hizo un gol olímpico al mejor arquero del año; que ninguno podía saber lo que era el júbilo más desatado si nunca gambeteó a tres rivales al hilo y anotó el gol del triunfo en los descuentos de una final del campeonato. Pero de igual modo, ningún cristiano conocía la derrota y la humillación más profunda si no caminó nunca hasta el fondo del arco a buscar la pelota después de hacer un autogol.

        Por último, rematamos todos de acuerdo: nadie había experimentado la angustia de sentirse solo en el universo, hasta haberse parado bajo los tres palos, esperando que lo fusilaran de un tiro penal en el último minuto de juego.

        Aquí hubo un instante de silencio. Un silencio profundo. Como si sobre el camposanto hubiese pasado un ángel con el dedo en los labios. Todos nos quedamos como ensimismados. El Fantasista entonces se incorporó y, en un gesto casi sacramental, se puso a acomodar la corona amorosamente en la cruz del mausoleo.”

              Publicada por Alfaguara.