Archive for the ‘Literatura colombiana’ Category

CUANDO ESTÉS VIEJA de W. B. Yeats / ATARDECER I de Nicolás Suescún

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Hace bastante tiempo descubrí esta maravilla de Yeats en el estupendo blog Cómo cantaba mayo en la noche de enero, un homenaje al buen gusto en todas las artes que podéis encontrar en los enlaces. Desde entonces pasó a ser uno de mis poemas preferidos.

La traducción es de otro estupendo poeta, el colombiano Nicolás Suescún, de quien os dejo uno de los mejores poemas.

 

CUANDO ESTÉS VIEJA
Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.

Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.

E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmulla, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro.

 

WHEN YOU ARE OLD

When you are old and grey and full of sleep,
And nodding by the fire, take down this book,
And slowly read, and dream of the soft look
Your eyes had once, and of their shadows deep;

How many loved your moments of glad grace,
And loved your beauty with love false or true,
But one man loved the pilgrim soul in you,
And loved the sorrows of your changing face;

And bending down beside the glowing bars,
Murmur, a little sadly, how Love fled
And paced upon the mountains overhead
And hid his face among a crowd of stars.

 

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ATARDECER I

Encerrado en el cerco de sus años y recuerdos

mira el cielo con sus ojos tristes.

El viento lo arrastró como un trozo de papel

por un túnel de calles interminables

y vagó como un pordiosero

entre extraños de lengua áspera.

 

Vio en los charcos la diaria y melodramática

despedida del sol,

cielos encendidos hacerse cenizas en segundos,

y hombres y mujeres mirando esos ocasos

que se apagan en el cielo

como en ellos el color de la vida.

 

Y ha visto a la luna saludar a la noche,

pálida y tímida como una virgen medrosa

atisbando al ogro por la ventana;

y diez mil estrellas parpadearle a la luna.

Ha sufrido en su cuerpo el destino de todos,

ha vivido mil muertes, ha soñado sin fin,

y ha visto los gráciles delfines en el mar,

y escuchó a las sirenas cantarle al tedio,

celebrar la pereza,

el voluptuoso canto de las olas,

el eterno descanso que prometen.

 

Y helo aquí ahora,

ocultándose en las sombras de otra noche,

contemplando la hoguera

que se extingue en sus ojos.

 

 

 

 

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URSÚA de William Ospina

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Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte. Muchos saben relatos fingidos y aventuras soñadas, pero las que yo sé son historias reales. Mi vida es como el hilo que va enlazando perlas, como el indio que veo animando al metal en ranas y libélulas, en collares de pájaros, en grillos y murciélagos dorados. Tengo historias de perlas y esmeraldas.

Llegué a Ursúa (2005) sin previo aviso, por casualidad, la misma que a menudo nos revela algunas de las mejores cosas de nuestra vida. Abrí el libro, leí las primeras líneas, lo cerré y me lo llevé a casa con el convencimiento de que iba a disfrutar como un enano. Casi quinientas páginas después, Ursúa me parece una de las mejores novelas de lo que llevamos de siglo, y seguro que me quedo corto. Hay quien habla de crisis de la novela; en caso de que la haya, William Ospina es ajeno a ella.

Por lo que me contó puedo afirmar que Ursúa, el hombre más valiente que he conocido, sintió miedo. No lo confesaba así, pero me declaró su malestar, su repugnancia; lo único que halló para oponer a esas apariciones fueron las sentencias latinas del credo, y las dijo, erizados los brazos, con un comienzo de escalofrío en la espalda. Él podía entender a un dios como Cristo, así estuviera clavado en un leño, tumefacto y sangrante, pero no soportaba la idea de un mundo donde los dioses fueran monstruos y bestias. Tal vez habría podido imaginar que muchos hombres, mucho tiempo atrás, habían labrado esas piedras por años y años, pero él, y creo que todos los otros, sentían nítidamente que detrás de esas imágenes, más allá, en la selva vecina, bien podían estar los seres que la piedra imitaba, que en esas fronteras podía comenzar un país de súcubos más feroces que su tosca representación en la roca.

ursua-9788439726418Pedro de Ursúa, fundador en 1549 de la ciudad de Pamplona en la actual Colombia, uno de tantos hombres que cruzaron el océano hacia las Indias, hacia las Américas, guiados por los cantos de sirena de la gloria y la fortuna, es el protagonista de una monumental novela que nos cuenta hechos de sangre y oro tal como ocurrieron, que modifica algunos, que inventa otros, que mezcla la historia, la fantasía y la leyenda para hablarnos, más allá de géneros, sobre el arte del recuerdo y de los cuentos. Quien narra es uno de los personajes que conocieron y acompañaron a Ursúa, testigo de su fiebre y su crueldad, su valentía y su miedo y los de muchos otros, y sus palabras -las de Ospina-, de una fluidez y belleza que admite pocas comparaciones, exprimen al máximo las posibilidades de la narrativa: Ursúa resulta agotadora de puro buena. Incluso las mejores novelas nos tienen acostumbrados a espaciar calculadamente sus mejores momentos entre fragmentos de transición; Ursúa, en cambio, no da tregua. Es como un cuento perfecto en que cada palabra y el lugar que ocupa son los precisos, en que cada línea nos sorprende y nos pide volver sobre ella. Ursúa es un cuento perfecto de cientos de páginas.

Y, por si fuera poco, esto no ha hecho más que empezar. Estamos solo ante la primera parte de una trilogía que continúa con El país de la canela (2008) y La serpiente sin ojos (2012), las cuales no tienen pinta de bajar el listón. Que siga la literaria fiesta.

Cuando los horizontes se entristecen, como le oí decir un día a Castellanos, miro al pasado y siento vértigo. Recorro en tardes mansas las colinas de Santa Águeda del Gualí, la aldea que fundó con sus últimas fuerzas el licenciado Gonzalo Jiménez, quien ahora se consume devorado por un fuego interior. Veo allá abajo las llanuras de Tierra Caliente, manchadas de bosques, en cuyo centro se yerguen unas sierras aisladas y escalonadas como si ocultaran pirámides. ¿Cómo logré llegar a estas tierras felices? ¿Cómo sobreviví a los ríos y a los años? Acaso sólo porque el dios de los cuentos necesita una voz que los relate, escapé a los peligros, indemne, mientras en cada episodio iban siendo sacrificados quienes parecían ser los triunfadores.

Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna última la declinación y la muerte.

Publicada por Mondadori.

LOS EJÉRCITOS de Evelio Rosero

Los que se pregunten si hay vida literaria en Colombia más allá de García Márquez pueden encontrar una respuesta irrechazable en la figura de Evelio Rosero y en novelas como Los ejércitos (2007), un texto en el que la mejor literatura, la belleza de las palabras más sencillas, asoma en cada frase, en cada fragmento, en cada uno de sus breves capítulos, que a menudo podrían pasar por relatos autónomos difícilmente superables. A medida que iba leyendo esta novela abrumadora y desconcertante, en la que Rosero nos abandona sin brújula a la que recurrir para arañarle un sentido a tanta sinrazón, me acordaba del Rulfo de Pedro Páramo y del Coetzee de Esperando a los bárbaros, porque, al igual que ocurre con estas dos novelas intocables, con Los ejércitos uno ha de soltarse y dejarse llevar aunque no sepa exactamente qué terreno está pisando, y disfrutar de la impagable  y poco frecuente sensación de que es casi imposible escribir mejor.

        Si sois de los que van rastreando hasta encontrar la mejor literatura de hoy en día, la breve parada que supone Los ejércitos no os defraudará: las obras maestras no suelen hacerlo. 

“Le diré que Otilia está enferma, que no puede escribir y manda sus saludos, será una mala noticia -pero con un resto de esperanza, mil veces mejor que decir que lo peor es cierto, que su madre está desaparecida-. Todavía no queremos irnos, le diré, ¿para qué irnos, a estas alturas?, serían tus propias palabras, Otilia: en todo caso gracias por el ofrecimiento y que Dios los bendiga, tendremos en cuenta lo que nos brindan, pero es de pensar: necesitamos tiempo para dejar esta casa, tiempo para dejar lo que tendremos que dejar, tiempo para guardar lo que tendremos que llevar, tiempo para despedirnos para siempre, tiempo para el tiempo. Si nos hemos quedado aquí toda una vida, ¿por qué no unas semanas?, nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana.”

                Publicada por Tusquets.

EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE de Gabriel García Márquez / LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES de Yasunari Kawabata

El origen de Memoria de mis putas tristes (2004), la última novela de García Márquez, está en otra novela corta escrita por Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (Nemureru Bijo, 1961). Pero la influencia del Nobel japonés y de esta novela en la literatura del Nobel colombiano aparece ya en el relato El avión de la bella durmiente -uno de los mejores del libro Doce cuentos peregrinos (1992)-, en el que el narrador, durante un viaje en avión de ocho horas, observa a la mujer sentada a su lado, la más hermosa que ha visto nunca, dormida durante todo el trayecto:

“Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.”

La novela de Kawabata, mi preferida junto a País de nieve (Yuki Guni, 1947), es uno de los grandes textos sobre el sexo y el erotismo en relación con el paso del tiempo y la vejez, pero también sobre la incomunicación, el desconocimiento y la frialdad en las relaciones humanas. Ahora que Haruki Murakami se ha convertido en un fenómeno de ventas incluso en España, no estaría de más asomarse a la literatura del que probablemente fuera el mayor escritor japonés del siglo pasado.

        “La repelente senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad -¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años?-. Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa? Eguchi pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban.”

               Doce cuentos peregrinos está publicado en Ed. Mondadori.

               La casa de las bellas durmientes en Ed. Caralt.