Archive for the ‘Literatura francesa’ Category

LAS RELACIONES PELIGROSAS de Pierre Choderlos de Laclos / LAS AMISTADES PELIGROSAS (1988) de Stephen Frears / VALMONT (1989) de Milos Forman

En uno de los muchos favores que el cine le ha hecho a la literatura, el estreno en 1988 de Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons), de Stephen Frears, consiguió que se volviera a hablar de una novela epistolar francesa del siglo XVIII y que en las librerías afloraran las reediciones. Más allá de si realmente se leyó o no, lo que está claro es que el cine, a muchos, nos descubrió una obra maestra de la literatura que puso de manifiesto que, en cualquier época, lo que todo el mundo intuye o sabe resulta escandaloso solo si acaba saliendo a la luz.

Las relaciones peligrosas (Les liaisons dangereuses, 1782) está protagonizada por la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, dos personajes populares, por diferentes motivos, en el ambiente social reflejado en la novela que no se detienen ante nada a la hora de conseguir a quienes desean o de destruir a quienes odian. Entre ambos, como un juego más para paliar su aburrimiento, urden un complot que se nos irá desvelando por medio de su correspondencia y de la de los otros personajes implicados, a su pesar, en la trama y que acabará trágicamente. Intrigas, amor, sexo, envidias, engaños, traiciones, muerte… Un tratado sobre el arte de la manipulación cuya prosa derrocha elegancia e inteligencia; una representación del teatro de la vida bajo la cual se mueven la hipocresía, el cinismo y la maldad de dos supuestos triunfadores que, en el fondo, resultan patéticos porque su felicidad depende de la sensación de poder que les proporciona ser capaces de dominar como marionetas las vidas de otros. No es difícil darse cuenta de que las marquesas de Merteuil y los vizcondes de Valmont siguen existiendo, y quizá más que nunca, a nuestro alrededor.

VOLVED, mi querido vizconde, volved. ¿Qué hacéis, qué podéis hacer en casa de una tía anciana, cuyos bienes no heredaréis? Partid al punto; os necesito. Se me ha ocurrido una excelente idea y quiero confiaros su ejecución. Estas pocas palabras deben bastaros, y muy honrado por mi elección. debéis venir apresuradamente a recibir mis órdenes de rodillas; pero abusáis de mis bondades, aun después de no serviros de ellas; y en la alternativa de un odio eterno o una excesiva indulgencia, tenéis la suerte de que venza mi bondad. Quiero, pues, comunicaros mis proyectos, pero jurad como leal caballero que no correréis ninguna aventura hasta que no hayáis llevado esto a su fin. Es digna de un héroe: serviréis al amor y a la venganza; será una granujada más que consignar en vuestras memorias; sí, en vuestras memorias, porque yo quiero que un día se publiquen, por lo que me encargo de escribirlas. Pero dejemos eso y volvamos a lo que me propongo.

La señora de Volanges casa a su hija; es aún un secreto, pero ella me lo ha comunicado ayer. ¿Y a quién creéis que ha elegido para yerno? Al conde de Gercourt. ¡Quién me hubiera dicho que yo llegaría a ser prima de Gercourt! ¡Estoy furiosa!… ¿No adivináis todavía? ¡Qué espíritu más torpe! ¿Le habéis perdonado la aventura con la intendenta? ¿Y yo? ¿No tengo yo más razones para quejarme, monstruo? Pero calma; la esperanza de vengarme tranquiliza mi alma.

Traducción de Felipe Ximénez para Editorial Edaf.

La novela de Choderlos de Laclos ya fue llevada al cine en 1959 por Roger Vadim, ambientándola en la sociedad de la época en que fue rodada, lo que pone de manifiesto la atemporalidad de su argumento; el resultado, uno de los muchos horrores perpetrados por el cineasta francés, a pesar de la presencia de dos monstruos como Jeanne Moreau y Gérard Philipe. Así, tenemos que ir a finales de los ochenta para encontrar las dos grandes, y muy distintas, adaptaciones de la obra: la ya citada de Stephen Frears y Valmont (1989), de Milos Forman. Como buena parte del público no está dispuesto a que le vuelvan a contar la misma historia con unos meses de diferencia, la segunda tuvo que conformarse, injustamente, con limpiar los restos del banquete del film de Frears.

Las amistades peligrosas, escrita por el propio Frears en colaboración con Christopher Hampton, es muy fiel al texto original, hasta el punto de reproducir literalmente algunos de sus fragmentos en los diálogos, aunque atenúa en parte el final de la marquesa de Merteuil (Glenn Close). Pone el acento en la psicología de los personajes y en las interpretaciones, acercando mucho la cámara a ellos, lo que, paradójicamente, le da cierto aire teatral, y sabe reflejar espléndidamente toda la crueldad de que hacen gala los dos protagonistas, la parcial redención del vizconde (John Malkovich) y el sufrimiento y sacrificio de madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer). En cambio, Valmont, escrita por Jean-Claude Carrière, colaborador de Buñuel en varias ocasiones, es una adaptación mucho más libre y ligera, más abierta a los espacios en que se relacionan los personajes y de una narrativa más clásica. La marquesa y el vizconde (Annette Bening y Colin Firth) son mostrados más como dos criaturas traviesas ávidas de diversiones que como dos seres mezquinos y sin escrúpulos; como consecuencia, la tragedia se suaviza con un tono, en ocasiones, cercano a la comedia y termina apiadándose de algunos personajes, especialmente de la madame de Tourvel que interpreta maravillosamente Meg Tilly.

Desde que fueron estrenadas, la opinión generalizada situó al film de Frears bastante por encima del de Forman, quizá por su mayor gravedad, por las imponentes interpretaciones o porque el de Forman vino para desvirtuar la imagen de la historia que había quedado prendada en la memoria de los espectadores: Las relaciones peligrosas de Choderlos de Laclos serían ya para siempre Las amistades peligrosas de Stephen Frears. A saber. Vistas hoy, tan diferentes, tan cada una en su estilo, me parecen dos visiones complementarias igual de estupendas.

 

LA MANO ENCANTADA de Gérard de Nerval / LA MANO DEL DIABLO (1943) de Maurice Tourneur

Gérard de Nerval ha pasado a la historia como uno de los mayores y más malditos poetas franceses del Romanticismo, cuyos ideales llevó hasta el límite tanto en su forma de entender la vida como en su suicidio, representado por Gustave Doré en uno de sus más célebres grabados. Como tantos otros vates románticos, cultivó también de forma exquisita la prosa, sobre todo en relatos de corte fantástico como La mano encantada (La Main enchantée, 1832), que por el mismo precio nos ofrece, junto a su mágico argumento, pinceladas humorísticas y comentarios críticos sobre la sociedad de la época en que se sitúa, el siglo XXVII, absolutamente válidos para nuestra actualidad. Su origen probablemente esté en la admiración de Nerval por el Fausto de Goethe, obra que tradujo al francés.

El protagonista de nuestra historia, un joven pañero parisino llamado Eustache, entra en contacto con una suerte de prestidigitador que, leyendo en las rayas de su mano, adivina su pasado y su presente y le pronostica que morirá ahorcado (como murió Nerval, qué coincidencia). Tiempo después, tras una riña con el molesto sobrino de su esposa, soldado y experto espadachín, Eustache comete el error de aceptar batirse en duelo. Para salir del trance, recurre a las artes del prestidigitador, quien, a cambio de la promesa de una gran suma, unta la mano derecha del joven con una mixtura que le proporciona fuerza y destreza inigualables. Pero el pañero, por supuesto, no tardará en descubrir que es mejor no tener trato con según que magias.

Sólo entonces Eustache sintió por todo el brazo una especie de conmoción eléctrica que le asustó muchísimo; le parecía que su mano estaba como entumecida y, a pesar de esto, cosa muy extraña, se retorcía y alargaba repetidamente hasta hacer crujir las articulaciones, como un animal cuando despierta; después no sintió nada más, la circulación pareció restablecerse, y maese Gonin gritó que todo había concluido y que ya podía desafiar a los espadachines más altaneros de la corte y el ejército, y abrirles ojales para todos los botones inútiles con los que la moda de entonces recargaba los trajes.

Traducción de Valeria Ciompi.

Publicado por Alianza.

Bajo la mirada vigilante de la Continental, productora creada por los alemanes al inicio de la ocupación, Maurice Tourneur, padre del mucho más conocido Jacques Tourneur, dirigió La mano del diablo (La main du diable), película inspirada en el texto de Nerval pero que introduce muchísimos cambios respecto al original literario, empezando por la época en que está ambientada, hasta el punto de que difícilmente podemos considerarla una adaptación. Narrada en forma de flash-back, su protagonista es Roland (gran Pierre Fresnay), un pintor fracasado que adquiere, por una suma ridícula, una caja que contiene una mano, un talismán que lo convertirá en un pintor famoso y millonario; pero cuando quiera deshacerse del mágico objeto deberá tratar con el mismísimo diablo, caracterizado para la ocasión cual típico hombre de negocios.

Con guion de Jean-Paul Le Chanois -comunista de origen judío y miembro de la Resistencia-, que introduce elementos humorísticos, sobre todo en boca del personaje del diablo, y algún que otro mensaje entre líneas dirigido a los resistentes, el film de Tourneur es una sencilla delicia que convierte la falta de medios en virtud gracias al inagotable despliegue de imaginación de su puesta en escena, con influencias expresionistas, presente sobre todo en las secuencias en que lo fantástico se erige como protagonista.

 

EL MISTERIO DEL CUARTO AMARILLO de Gaston Leroux

En el castillo del Glandier viven junto a sus criados el profesor Stangerson, famoso científico, y su hija y ayudante Mathilde. Una noche en que se dispone a dormir en el cuarto amarillo situado junto al laboratorio, en el que siguen trabajando su padre y el tío Jacques, su criado de confianza, Mathilde es víctima de un intento de asesinato. Al oír sus gritos y unos disparos, Stangerson, Jacques y otro criado intentan forzar la puerta y solo lo consiguen tras muchos esfuerzos, ya que, extrañamente, Mathilde la había cerrado con doble vuelta. Al entrar, encuentran a la joven malherida pero ni rastro del criminal. Lo misterioso del asunto es que el agresor no ha podido escapar de un cuarto con una única puerta, una ventana con barrotes cerrada por dentro y sin chimenea. De intentar resolver el caso se encargarán, por un lado, el famoso detective Frédéric Larsan y, por otro, el joven periodista de 18 años y aficionado a las investigaciones Joseph Joséphin, alias «Rouletabille».

De las cinco novelas de Gaston Leroux que he leído, incluida El fantasma de la ópera (Le fantôme de l’Opéra, 1910), El misterio del cuarto amarillo (Le mystère de la chambre jaune) es, con diferencia, mi preferida. Publicada por entregas en el suplemento literario de L’Ilustration durante 1907 y como libro en 1908, es la primera de la serie de siete novelas protagonizadas por el reportero, detective y aventurero Joseph Rouletabille y una de las primeras obras de la literatura de misterio que plantean el «problema del cuarto cerrado», presente en muchas otras posteriormente.

Como buena novela por entregas, El misterio del cuarto amarillo busca desde su primer capítulo, titulado «Donde se empieza a no entender nada», desconcertar al lector con un suceso en apariencia inexplicable y cuya solución, en principio, solo se puede encontrar en el ámbito de lo fantástico. Enganchados ya al misterio, ávidos por hallar pistas con las que establecer nuestras propias teorías, a cada vuelta de página nos topamos con nuevas sorpresas, con frases que parecen absurdas hasta que conocemos su contexto, con varias subtramas tan extrañas como la principal y que consiguen enredarnos de tal forma que difícilmente veremos algo de luz hasta las explicaciones finales y nada fantásticas de Rouletabille.

Que yo sepa, la novela de Leroux ha sido llevada al cine en cinco ocasiones, de las cuales he podido ver dos, no demasiado afortunadas y con absurdas variaciones respecto al argumento original: la argentina El misterio del cuarto amarillo (1947), dirigida en estado de desgracia por Julio Saraceni, y Le mystère de la chambre jaune (1930), de Marcel L’Herbier, que resulta algo mejor gracias sobre todo a la atmósfera de misterio que consigue crear en sus secuencias nocturnas.

Atravesé la habitación como una flecha y, sin embargo, pude ver «que había una carta en la mesa». Casi alcancé al hombre en la antecámara, pues tardó por lo menos un segundo en abrir la puerta. ¡Casi lo toqué! Me dio en las narices con la puerta que da de la antecámara a la galería…, pero yo tenía alas, estuve en la galería a tres metros de él… El señor Stangerson y yo lo seguimos a la misma altura. El hombre, como yo había previsto, cogió la galería a su derecha, es decir, el camino preparado para su huida… «¡A mí, tío Jacques! ¡A mí, Larsan!», exclamé. ¡Ya no podía escapársenos! Di un grito de alegría, de salvaje victoria… El hombre llegó a la intersección de las dos galerías apenas dos segundos antes que nosotros ¡y el encuentro que yo había decidido, el choque fatal que inevitablemente tenía que producirse, tuvo lugar! Todos chocamos en el cruce: el señor Stangerson y yo, que veníamos de un extremo de la galería recta; el tío Jacques, que venía del otro extremo de la misma galería, y Frédéric Larsan, que venía del recodo de la galería. Chocamos hasta caer…

«Pero el hombre no estaba allí»

Nos miramos con ojos estúpidos, ojos de espanto ante esta «irrealidad»: «¡El hombre no estaba allí».

Traducción de Joëlle Eyheramonno.

Publicada por Alianza Editorial.

LA EVASIÓN de José Giovanni

Tras un pasado delictivo que a punto estuvo de terminar con su cuello bajo la guillotina, Joseph Damiani aprovechó sus experiencias y las de algunos compañeros de fechorías para escribir novelas y guiones bajo el seudónimo de José Giovanni. Más adelante hizo también carrera como cineasta, pero esta faceta, a tenor de las películas suyas que he visto, me parece mucho menos interesante que la de escritor.

Su primera novela, y la que le abrió las puertas del éxito, fue La evasión (Le trou, 1957), a la cual siguieron otras tres en 1958, una de ellas, la estupenda Hasta el último aliento (Le deuxième souffle), con la que el cineasta Jean-Pierre Melville realizó una de sus varias obras maestras.

La evasión cuenta la historia verídica de cinco compañeros de celda (Manu, Roland, Maurice, Geo y Monseñor) que organizan una fuga de la prisión para la que cavan un túnel subterráneo que los llevará a las alcantarillas de la ciudad y de ahí a la libertad. Con un estilo austero y directo, poco literario si se quiere, se centra, por un lado, en el aspecto moral, en la amistad y la camaradería entre estos cinco hombres que han de compartirlo todo en pocos metros cuadrados y en la posibilidad de una traición imperdonable; por otro, en la descripción hasta el mínimo detalle de todos los aspectos relacionados con el plan de fuga: los muñecos de cartón que han de hacer para que los suplanten durante las rondas nocturnas, las herramientas rudimentarias que crean para cavar, picar y serrar, el descomunal trabajo físico y los accidentes que casi llevan a la muerte a algunos de ellos…

Además de que nos proporcione una magnífica lectura de primera mano sobre un tema no demasiado presente en la novela negra, a La evasión hay que agradecerle sobre todo que sin ella no existiría la que para mí es una de las obras maestras imprescindibles del cine francés, la última película que dirigió el gran Jacques Becker, con la colaboración del propio Giovanni en el guion y de su hijo Jean Becker como ayudante de dirección. Adaptación fiel a la novela, con algunos cambios en la caracterización de los personajes y la eliminación de algunas escenas sin excesiva importancia, supone uno de los más claros entre los muchos ejemplos que rebaten el tan manido como falso tópico de que el libro siempre es mejor que la película.

-Mañana será otro día -dijo Geo.

Esa noche, la máxima sólo a él le invitaba al sueño. Se  dio la vuelta hacia la pared, mientras Monseñor daba rienda suelta a una necesidad incontrolable.

-Todo esto nos está ocurriendo para que lo recordemos con más fuerza -dijo-. Tengo un abogado, casi un amigo después de tanto tiempo, que conoce mi vida mejor que yo. En una vida hay señales, llamadas, y los que no las escuchan nunca llegan a ser felices, me ha dicho con frecuencia.

-¿Nunca has sido feliz? -preguntó Willman.

-Tengo que remontar lejos para encontrar un poco de felicidad -prosiguió Monseñor-. He pensado mucho últimamente. Me parece que desde que saqué un revólver del bolsillo, nunca más volví a ser feliz.

Manu pensó en una frase de Dostoievski: «Amigo mío, no se puede vivir plenamente sin piedad».

Escuchaban a Monseñor con una especie de angustia; presentían que nunca volvería a ser feliz, ni tendría paz en la tierra, y que lo sabía. Volvería a empuñar el revólver. Todas las cartas estaban sobre la mesa respecto a ese tema. Sufría los caprichos de una rodada profunda, como quedan marcadas en los caminos después de una helada.

Traducción de Esperanza Martínez Pérez.

Editada por Akal.

EL ESCOLAR PEREZOSO / DESAYUNO de Jacques Prévert

Creo que fue Orson Welles quien dijo que para lo único que valía la pena el cine de Marcel Carné era para demostrar que Jacques Prévert era un gran escritor. Pero como las opiniones de Welles sobre otros cineastas siempre dependían del humor con que le pillaran -cosa que él mismo reconocía-, podemos obviar el estacazo a Carné y quedarnos con el elogio al que fue, además de genial guionista, uno de los poetas más populares -en el más amplio sentido del término- de la literatura francesa, capaz de hablarle al pueblo de lo que sufrían, temían o amaban en su misma lengua, de extraer belleza de las palabras más sencillas. Y ahí siguen sus versos en las voces de Edith Piaf o Yves Montand para recordárnoslo.

Entre las películas que contribuyó a hacer grandes, maravillas como El crimen del Sr. Lange (Le crime de Monsieur Lange, 1936), de Jean Renoir; El muelle de la brumas (Le Quai des Brumes, 1938) o Los niños del paraíso (Les enfants du paradis, 1945), ambas de Carné.

Y entre sus poemas, aquí os dejo, en francés y traducidos, dos de su libro titulado Palabras (Paroles, 1946).

LE CANCRE  

Il dit non avec la tête
mais il dit oui avec le coeur
il dit oui à ce qu’il aime
il dit non au professeur
il est debout
on le questionne
et tous les problèmes sont posés
soudain le fou rire le prend
et il efface tout
les chiffres et les mots
les dates et les noms
les phrases et les pièges
et malgré les menaces du maître
sous les huées des enfants prodiges
avec les craies de toutes les couleurs
sur le tableau noir du malheur
il dessine le visage du bonheur.

EL ESCOLAR PEREZOSO

Dice no con la cabeza
pero dice sí con el corazón
dice sí a lo que quiere
dice no al profesor
está de pie
lo interrogan
le plantean todos los problemas
de pronto estalla en carcajadas
y borra todo
los números y las palabras
los datos y los nombres
las frases y las trampas
y sin cuidarse de la furia del maestro
ni de los gritos de los niños prodigio
con tizas de todos los colores
sobre el pizarrón del infortunio
dibuja el rostro de la felicidad.

DÉJEUNER DU MATIN

Il a mis le café
Dans la tasse
Il a mis le lait
Dans la tasse de café
Il a mis le sucre
Dans le café au lait
Avec la petite cuiller
Il a tourné
Il a bu le café au lait
Et il a reposé la tasse
Sans me parler
Il a allumé
Une cigarette
Il a fait des ronds
Avec la fumée
Il a mis les cendres
Dans le cendrier
Sans me parler
Sans me regarder
Il s’est levé
Il a mis
Son chapeau sur sa tête
Il a mis
Son manteau de pluie
Parce qu’il pleuvait
Et il est parti
Sous la pluie
Sans une parole
Sans me regarder
Et moi j’ai pris
Ma tête dans ma main
Et j’ai pleuré.

DESAYUNO

Echó café
En la taza
Echó leche
En la taza de café
Echó azúcar
En el café con leche
Con la cucharilla
Lo revolvió
Bebió el café con leche
Dejó la taza
Sin hablarme
Encendió un cigarrillo
Hizo anillos
De humo
Volcó la ceniza
En el cenicero
Sin hablarme
Sin mirarme
Se puso de pie
Se puso
El sombrero
Se puso
El impermeable
Porque llovía
Y se marchó
Bajo la lluvia
Sin decir palabra
Sin mirarme
Y me cubrí
La cara con las manos
Y lloré.

 

 

 

 

 

EL SILENCIO DEL MAR de Vercors

FR: Vercors (alias Jean Bruller) lors de la remise du prix liiteraire de laResistance

El mar, «hogar tranquilo», como lo llama Valéry, tan sereno y silencioso bajo el cielo azul, no por ello disimula menos la refriega de los animales en las profundidades, que se desgarran entre sí y se devoran unos a otros. Así, bajo el silencio de la joven y su tío se encuentra todo el ardor y los sentimientos escondidos, toda la violencia de un combate espiritual.

Así explicaba el propio Jean Bruller el significado del título de El silencio del mar (Le Silence de la mer, 1942), su obra más conocida y uno de los hitos de la narrativa sobre la Resistencia Francesa durante la ocupación alemana. Publicado, junto a otros relatos, de manera clandestina bajo el seudónimo de Vercors -nombre de un macizo el-silencio-del-mar-en-edicin-de-ctedramontañoso que fue escenario de enfrentamientos entre partisanos y alemanes-, el texto hizo enormemente famoso a su autor en toda Francia cuando ni siquiera sus más allegados conocían su verdadera identidad.

Esta alegórica historia tiene como protagonista al oficial Werner von Ebrennac, un soldado alemán que ha de instalarse durante una temporada en una casa de una localidad cercana a París en la que viven un anciano y su sobrina. Durante su estancia, este hombre amable, culto y refinado, pero demasiado idealista e ingenuo con relación a las intenciones de su país, intenta entablar diálogo con los otros dos personajes hablándoles sobre su admiración por la historia y la cultura francesas y trasladándoles sus equivocadas ideas sobre el entendimiento entre Francia y Alemania. La respuesta que obtendrá por parte del anciano y de la muchacha -de la propia Francia- será el silencio más absoluto, la callada resistencia.

Después de un breve viaje a París para entrevistarse con sus superiores, von Ebrennac descubrirá que la verdadera intención del ejército alemán es someter a Francia y eliminar su identidad, lo que le llevará a adoptar una trágica decisión. Solo entonces, por primera y única vez, recibirá una palabra y una mirada de sus anfitriones.

El silencio se prolongaba. Se hacía cada vez más espeso, como la niebla de la mañana. Espeso e inmóvil. La inmovilidad de mi sobrina, y sin duda también la mía, hacían más pesado ese silencio, como de plomo. El mismo oficial, desorientado, permanecía inmóvil; hasta que al fin vi nacer una sonrisa en sus labios. Era una sonrisa grave y sin rastro alguno de ironía. Esbozó un gesto con la mano, cuyo significao no capté. Sus ojos se posaron en mi sobrina, siempre tensa y rígida, y pude observar con tranquilidad su perfil poderoso, su nariz prominente y delgada. Vi brillar, entre sus labios semiabiertos, un diente de oro. Movió al fin los ojos y miró el fuego de la chimenea y dijo:

-Siento una gran estima por las personas que aman a su patria -y levantó bruscamente la cabeza y clavó la mirada en el ángel esculpido sobre la ventana-. Ahora me gustaría subir a mi habitación -dijo-. Pero no conozco el camino.

Publicado por Cátedra, con traducción de Santiago R. Santerbás.

Tras realizar el corto Vingt-quatre heures de la vie d’un clown (1946), el gran Jean-Pierre Melville escogió el relato de Vercors para dirigir su primer largometraje, estrenado en 1949. La homónima adaptación, que sigue paso a paso el original literario, es una película magnífica, hermosa, triste y desoladora, que ya contiene algunas de las características del «cine silencioso» de su autor. En mi opinión, la mejor de su primera etapa, hasta la llegada de las grandes obras maestras encabezadas por El confidente (Le Doulos, 1962).

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Editada por Memory Screen.

ROSY & JOHN de Pierre Lemaitre

final

Antes de abrirse las puertas del Premio Goncourt en el año 2013 con Nos vemos allá arriba (Au revoir là-haut), ambientada en la Primera Guerra mundial, el escritor parisino Pierre Lemaitre ya era un reconocido y premiado autor de novelas policiacas, varias de ellas protagonizadas por el comandante Camille Verhoeven. Rosy y John (2013), la más breve de la serie con apenas 150 páginas, tiene su origen en un folletín por episodios titulado Les Grands Moyens (2011), un encargo destinado a ser leído en smartphone, lo cual influye ya no solo en su brevedad, sino también en su estructura y en su endiablado ritmo.

En esta ocasión, Verhoeven se enfrenta a un joven que, tras hacer estallar un obús en plena calle, se entrega a la policía y les avisa de que hay otros seis programados para explotar. La condición para señalarles la situación de los obuses, que liberen a su madre, encarcelada por el asesinato de la novia del joven, y que les embarquen en un avión rumbo a Australia tras entregarles cuatro millones de euros. Tras este planteamiento, en el que entramos sin prolegómenos de ningún tipo, la novela nos mete de cabeza en una frenética carrera contra el reloj con sorpresas a cada vuelta de página, en la que John manipula a la policía y Lemaitre a nosotros en un juego del ratón y el gato que va sembrando dudas en torno a las intenciones reales del detenido.

Sin florituras estilísticas ni digresiones innecesarias que entorpezcan su ritmo, Rosy y John es una estupenda lectura para una noche veraniega de insomnio que además -cosa que, por desgracia, no siempre sucede en el género- nos reserva un magnífico final a la altura del resto de la novela.

La explosión tiene lugar a cincuenta metros. Por mucho que se lo esperase, le asombra su potencia. Se queda con la boca abierta, y en su rostro se leen a la vez la admiración y la ansiedad.

La detonación abofetea a los clientes del café y hace temblar el suelo como si, bajo sus pies, el metro hubiese sido sustituido de repente por un tren de alta velocidad. Las mesas se tambalean, los vasos vibran y se derraman, y harán falta varios segundos para que las miradas de estupefacción se vuelvan en la dirección correcta. Será en ese mismo instante cuando el andamio se ponga en movimiento para derrumbarse con un terrible estruendo.

El joven se levanta y se marcha sin pagar la consumición, aunque nadie va a reparar en ello. Da unas cuantas zancadas y se dirige al metro, que está lejos.

Llamémosle Jean. De hecho se llama John, pero esa es una larga historia. Se hace llamar Jean desde la adolescencia, ya volveremos a ello más adelante. Por el momento, pues, Jean.

La bomba ha funcionado aceptablemente. Según sus cálculos, es para estar satisfecho. Aunque albergue dudas sobre el alcance final de la operación, tendría que dar sus frutos.

Los supervivientes intentan ayudar a las víctimas. Jean se mete en el metro.

Él no va a ayudar a nadie. Él es quien ha puesto la bomba.

Traducción de Juan Carlos Durán Romero.

Publicada por Alfaguara.

EL SALARIO DEL MIEDO de Georges Arnaud

Contemporáneo de Sartre, Camus y Malraux, Georges Arnaud, de nombre real Henri Girard, no es precisamente uno de los escritores franceses más prestigiosos del pasado siglo. Activista político a favor de la independencia de Argelia, conoció el éxito gracias, sobre todo, a su novela El salario del miedo (Le salaire de la peu, 1950). Escrita tras su estancia en Sudamérica, cuenta la historia de unos exiliados que malviven esperando un trabajo que les permita ganar lo suficiente para largarse. A cuatro de ellos les llega la oportunidad: deberán conducir un camión cargado de nitroglicerina que al menor descuido les hará saltar por los aires.

        Con cierta crítica hacia la explotación capitalista, la novela es ante todo un estudio sobre el miedo a morir, sobre los límites que puede llegar a soportar la condición humana (que diría Malraux) para conseguir aquello que se desea por encima de todo, sin saber que las paradojas del destino esperan a la vuelta de cualquier curva. Sin recurrir a golpes de efecto ni a parafernalias estilísticas, el gran logro de Arnaud es hacernos sentir de la manera más directa cómo la angustia de los personajes va creciendo a cada minuto, a cada segundo de un trayecto que les hará descubrirse a sí mismos.

        La popularidad de la novela fue aún mayor tras el estreno en 1953 de la extraordinaria adaptación cinematográfica de Henri-Georges Clouzot, mucho mejor, desde luego, que el remake de 1977 titulado Carga maldita (Sorcerer), dirigido por William Friedkin y con nuestro Paco Rabal formando parte de un reparto internacional.

        El siguiente fragmento corresponde a la que es, posiblemente, la escena más terrible de la novela y de la película de Clouzot, protagonizada por unos estupendos Ives Montand y Charles Vanel.

        «Johnny sigue retrocediendo delante de los faros. Como en un sueño, resbala y tropieza en esa pesadilla de fango; como en un sueño, tropieza y cae de espaldas. Pero no es un sueño, porque no se despierta al gritar. Con la cabeza fuera del líquido que cubre por completo su cuerpo caído, grita una y otra vez. El camión continúa avanzando implacablemente hacia él. Gerard lo ha visto todo, pero no levanta el pie para frenar; lo importante es pasar. La rueda delantera llega al pie del rumano, lo pisa, lo aplasta contra el fango que se solidifica bajo la enorme presión. Johnny forcejea, grita, siente cómo le trituran la pierna, aúlla como si lo mataran. Sturmer, con la mirada fija en lo alto de la cuesta que va a subir, no presta atención a ese cuerpo desarticulado que está aplastando, o tal vez ahogando, quién sabe, bajo las ruedas; qué importa, hay que pasar. Hay que pasar.»

               Traducción de Encarna Castejón.

               Publicada por Editorial Debate.

ALMAS GRISES de Philippe Claudel

Si un escritor actual reconoce como una de sus grandes referencias la literatura de Georges Simenon y, además, ese buen gusto se ve reflejado en sus propias novelas, ahí me tendrá como asiduo lector. Es el caso de Philippe Claudel, profesor, guionista, director de cine (debutó en 2008 con Hace mucho que te quiero (Il y a longtemps que je t´aime), un film que no estaba nada mal, protagonizado por Kristin Scott Thomas) y, sobre todo, uno de los grandes novelistas de la última literatura francesa.

        Almas grises (Les âmes grises, 2003), su quinta novela, fue la primera que leí. Su narrador es un policía que recuerda los hechos ocurridos veinte años atrás, durante la I Guerra Mundial, en un pequeño pueblo francés donde apareció asesinada una niña llamada Belle. Estamos pues, en principio, ante una novela policiaca, pero al igual que ocurre tantas veces con Simenon (y ahí está La muerte de Belle, una de sus mejores novelas, reseñada aquí hace tiempo, como inmejorable ejemplo) el crimen y su investigación son sólo un punto de apoyo para ir más allá, para adentrarse en la compleja y sorprendente naturaleza humana. A medida que avanza la crónica, escrita con una prosa que parece susurrada como un pudoroso secreto y que es capaz de sugerir toda la terrible tristeza que esconde la historia, van apareciendo las mentiras y las sombras sobre las que se sustentan las vidas de esas almas que nunca son blancas o negras, que pueden cargar, en silencio, con los pecados más imperdonables, y que son, al mismo tiempo, víctimas y culpables.

        «Cuando pienso en las manos de Destinat, largas, finas, cuidadas, salpicadas de manchas, todo tendones; cuando las veo, un atardecer de invierno, apretando el delgado y frágil cuello de Belle de Jour, mientras en el rostro de la niña la sonrisa se borra y una gran pregunta asoma a sus ojos; cuando imagino todo eso, esa escena que ocurrió, esa escena que no ocurrió, me digo que Destinat no estaba estrangulando a una niña, sino un recuerdo, un dolor; que, de pronto, lo que tenía entre las manos, bajo los dedos, era el fantasma de Clélis, y el de Lysia Verhareine, a los que intentaba retorcer el cuello para deshacerse de ellos definitivamente, para no volver a verlos, para no seguir oyéndolos, para no acercarse a ellos durante la noche sin poder alcanzarlos jamás, para no seguir amándolos en vano.

        Qué difícil es matar a los muertos, hacerlos desaparecer…Cuántas veces lo habré intentado yo…Qué sencillo sería todo si no fuera así.

        Así pues, otros rostros debieron de asomar al de la niña, de aquella niña encontrada por casualidad, al final de un largo día de nieve y hielo, cuando empezaba a llegar la noche y, con ella, todas las sombras dolorosas. De pronto, el amor y el crimen debieron de confundirse, como si, allí, sólo pudiera matarse aquello que se ama. Nada más.

        He vivido mucho tiempo con la idea de Destinat como asesino por error, por espejismo, por esperanza, por recuerdo, por terror. Me parecía hermosa. No atenuaba el crimen, pero lo hacía resplandecer, lo arrancaba de la sordidez. Asesino y víctima se transformaban en mártires, cosa poco frecuente.»

                 Traducción de José Antonio Soriano.

                 Publicada por Ediciones Salamandra.

VIDAS MINÚSCULAS de Pierre Michon

Probablemente la prosa atemporal de Pierre Michon no llegue a demasiados lectores en estos tiempos de lecturas rápidas en el metro, de libros de autoayuda que, precisamente, ayudan sobre todo a quien los escribe, de novelas de entretenimiento y evasión que, aunque magníficas en ocasiones, se olvidan en cuanto se gira la última página. Y es que la escritura de Michon necesita paciencia y tranquilidad, pide un lector al que no le importe volver a la página anterior, que disfrute leyendo de nuevo el último fragmento, que se deje mecer por un ritmo y una musicalidad que son fruto de una labor de orfebrería.

        Vidas minúsculas (Vies minuscules, 1984), la primera piedra de una obra narrativa excepcional, es una suerte de autobiografía a caballo entre la memoria recuperada y la memoria inventada, una recreación de la propia vida a partir de las vidas de otros personajes que tuvieron relación, más o menos cercana, con el autor. El fragmento que aquí os dejo pertenece al último capítulo, titulado Vida de la pequeña muerta, y es suficiente por sí solo, como lo serían muchos otros, para apreciar un estilo inconfundible.

        «Desde entonces dijeron «la pobre pequeña», como decían: «tu pobre hermanita». Y es que en Mourioux, como quizás más generalmente entre la gente humilde a la que traicionan estas páginas complacientes, les repugna decir muerto, difunto, desaparecido; hasta «el difunto Fulano» es raro; no, todos los muertos son «pobres», tiritando quién sabe dónde de frío, de hambre indecisa  y de gran soledad, «los muertos, los pobres muertos», más empobrecidos que los vagabundos y más perplejos que los idiotas, todos desconcertados, enredados sin una palabra en unos líos de pesadilla, y que parecen tan terribles en las viejas estampas cuando son tan dulces, bonachones, y están perdidos en la oscuridad como pulgarcitos, los últimos entre los últimos, por siempre jamás, los más pequeños entre la gente pequeña. Eso lo concebía fácilmente: cuando íbamos al cementerio de Chatelus, bien veía, por el aire consternado de las mujeres, por la pesada reprobación de Félix que se quitaba la gorra, que alguien, allá abajo, debía de estar muy triste; alguien que hubiera querido estar presente y no podía, a quien algo retenía duramente, como esos primos lejanos que cada año escriben que tienen muchísimas ganas de volver a verte, pero el viaje es tan largo, el poco dinero los detiene, la rueda de su vida los mantiene ahí cada vez más y los aplasta, por fin se avergüenzan y se callan, su rastro se pierde. Encontraba qué hacer; iba a buscar agua para las flores, llenaba de tierra buena las macetas, hundía taimadamente la cara en el polvo de eternidad de los crisantemos; muchas veces era en invierno; la iglesia era alta sobre la alta colina del cementerio, el campanario y el cielo del mismo gris saltaban en mi corazón, y como los valles eran ricos a la vista, qué viva viva era mi carrera imaginada hacia ellos, y poderoso el grito seco de una rama pisoteada, la carcajada de lo visible multiplicada en los charcos; me hubiera gustado vivir. Lo vivido, lo desvanecido, me recibían cuando regresaba llevando mi jarra de agua con el brazo extendido para no salpicar mi pantalón de los domingos, y me llamaban al orden la extensión de grava que unas manos lentas llenaban de flores, la sal echada a puñados como sobre una ciudad muerta, y en el vuelo de un cuervo el llamado desolador allá abajo, más abajo que la sal y las flores de las que tenebrosamente se alimentaba, de la pequeña muda, la oscura, la sepultada, mi hermana. ¿Pero qué? ¿Ella también era un ángel? Sí, la vida del ángel era esa desgracia. El milagro era la desgracia.»

                Traducción de Flora Botton-Burlá.

                Publicada por Anagrama.