Archive for the ‘Literatura japonesa’ Category

47 RONIN. LA HISTORIA DE LOS LEALES SAMURÁIS DE AKO de Tamenaga Shunsui

El relato protagonizado por los 47 ronin (samurái sin señor) de Ako es uno de los hechos más famosos de la historia de Japón. Acaecido en nuestro año de 1703 -era Genroku japonesa-, convertido en leyenda a lo largo de los años por medio de sus muchas versiones y motivo de orgullo para el carácter nipón, ha estado presente en la novela, en el teatro kabuki y en el bunraku y, ya en el siglo XX, en el cine y en el cómic. Popular incluso en Occidente, el mismo Jorge Luis Borges se hizo eco de él en el cuento “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké”, incluido en el volumen Historia universal de la infamia (1935). Fue en dicho cuento, precisamente, donde leí por primera vez sobre la leyenda.

El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal.

La versión novelada de los sucesos que escribió Tamenaga Shunsui, titulada en su edición española 47 ronin. La historia de los leales samuráis de Ako (Iroha Bunko), es quizá la forma literaria más accesible para nosotros de conocer la historia de estos 47 samuráis que esperaron pacientemente casi dos años para, aun conociendo las consecuencias, vengar la muerte de su señor Asano, obligado por las leyes a practicarse el seppuku o suicidio ritual por haber atacado al maestro de ceremonias que lo ofendió y cuyo nombre da título al cuento de Borges; una historia repleta de aventura, tragedia y poesía, marcada por el sentido del honor de unos personajes que, tras consumar su venganza, aceptaron también el castigo del suicidio.

Después, relató brevemente la vida de los cuarenta y siete ronin, deteniéndose a menudo para enjugar las lágrimas de sus mejillas. Su elocuencia emocionó profundamente a los oyentes, quienes, de vez en cuando, dejaban oír piadosas exclamaciones y mojaban sus mangas con el rocío de la pena y la alegría.

Cuando hubo hecho el elogio de todos los mártires, concluyó así su oración:

-El recuerdo de sus sufrimientos, de su heroísmo y su lealtad está grabado en una tablilla de oro, y el roce del tiempo, que casi todo lo borra, no podrá menos que dar más lustre a sus gloriosos nombres.

Traducción de Ángel González y Marián Bango.

Publicada por Satori Ediciones.

La historia de estos 47 vengadores ha conocido, desde los tiempos del cine mudo, muchas adaptaciones a la pantalla, incluida alguna estadounidense que podía haberse quedado en el baúl de los proyectos. El gran Kenji Mizoguchi realizó una de las más conocidas, La venganza de los cuarenta y siete samuráis (Genroku chusingura, 1941), pero no me parece que pueda contarse entre sus mejores películas. De las que he visto, recomendaría 47 Ronin (Chusingura), de Hiroshi Inagaki, un estupendo film que cuenta los hechos básicamente de la misma forma que la novela de Shunsui y que, a pesar de sus tres horas y media, no se le hará nada pesada al espectador habituado al cine japonés clásico.

 

 

TATUAJE (1966) de Yasuzo Masumura

En su breve relato, de apenas diez páginas, “Tatuaje” (Shisei, 1910), Junichiro Tanizaki nos contaba la turbia historia de Seikichi, un maestro tatuador que encuentra en la piel perfecta de una inocente joven el lienzo ideal para realizar su obra maestra: el tatuaje de una enorme araña. Una vez realizado el trabajo, el carácter violento de la araña posee a la muchacha, cuya primera víctima será el propio Seikichi.

El texto de Tanizaki es la base del guion escrito por el también director Kaneto Shindô y convertido en seductoras imágenes por Yasuzo Masumura, uno de los más brillantes cineastas japoneses entre los que comenzaron su andadura a finales de los años 50. Centrado en el personaje de la chica, Otsuya (la bellísima y estupenda actriz Ayako Wakao), el film Tatuaje (Irezumi) nos relata cómo, tras huir de casa de sus padres con su novio, es forzada mediante engaños a ingresar en una casa de geishas y a practicar la prostitución. En ese lugar será donde le tatúen la araña, cuyo espíritu se adueñará de ella y la impulsará a vengarse de los hombres que la han llevado a esa situación.


El talento de Masumura nos gana para la causa desde el esplendoroso inicio del film, que recuerda, quizá demasiado, al de una de las películas más controvertidas del cine japonés: Nieve negra (Kuroi Yuki, 1965), de Tetsuji Takechi. Mientras en un lado de la pantalla vemos sobreimpresionados los títulos de crédito, en el otro se nos muestra lo que básicamente contaba el relato de Tanizaki: cómo a una Otsuya que experimenta a la vez dolor y placer le tatúan la enorme araña con rostro humano en la espalda. Tras esta magnífica escena, la película nos cuenta la historia de la joven desde el principio, las razones que la han llevado hasta ese momento crucial, que volveremos a ver, para en su tramo final relatarnos la sangrienta venganza.

El film de Masumura, como otras de sus obras, es una sinfonía de color -fotografía de Kazuo Miyagawa- en magistral pantalla ancha, que brilla especialmente en las escenas exteriores, lienzos dominados por la lluvia, el barro y la nieve; una coreografía casi musical de la violencia, con una composición del plano cuidada hasta el mínimo detalle, que indaga con el mejor gusto visual posible, como probablemente solo el cine japonés haya podido hacer, en temas tan controvertidos como el sexo, el erotismo, la prostitución y el sadomasoquismo.

EL SECRETO de Junichiro Tanizaki / M. BUTTERFLY (1993) de David Cronenberg

Usted no está enamorado de mí, sino de una mujer misteriosa, la mujer de un sueño.

“El secreto” (Himitsu, 1911), uno de mis relatos preferidos de Junichiro Tanizaki, cuenta la historia de un hombre que, aburrido de su monótona vida y seducido por sus lecturas de novelas policiacas y de aventuras exóticas, busca el placer y el morbo de lo desconocido saliendo de noche por la ciudad disfrazado de mujer. Durante una de esas noches se encuentra con una mujer con la tuvo una relación efímera en el pasado durante la que ni siquiera intercambiaron sus nombres. Ambos deciden retomar esa relación con una condición pactada: el hombre accederá a ser trasladado a la residencia de la mujer con los ojos vendados para que no pueda descubrir dónde vive y cuál es su identidad.

Incluido en el volumen Cuentos de amor, es un perfecto ejemplo de la literatura de uno de los grandes escritores japoneses: el amor, el sexo, el erotismo y el fetichismo en sus vertientes más turbadoras, misteriosas y transgresoras; la búsqueda del lado oscuro de las relaciones humanas servida con sensualidad y elegancia.

Durante un buen rato estuve a merced de los tumbos del vehículo. Era evidente que la mujer sentada a mi lado era “ella”, la dama T, aunque no abrió los labios y permaneció todo el tiempo inmóvil. Su presencia probablemente se debía a que deseaba asegurarse de que llevaba los ojos bien tapados. Una precaución innecesaria, pues, aun sin vigilancia, no me habría quitado la venda. La joven conocida en alta mar, el refugio bajo la capota de un rikisha en una noche de lluvia feroz, el secreto de la ciudad nocturna, la ceguera, el silencio…, todos esos elementos se conjugaron para formar la bruma pura de misterio en cuya espesura yo decidí lanzarme de cabeza.

Traducción de Akihiro Yano y Twiggy Hirota.

Publicado por Alfaguara.

En una de esas relaciones entre las diversas artes que nos llegan de improviso, al releer el relato de Tanizaki me vino a la memoria la estupenda película de David Cronenberg M. Butterfly. No tienen nada que ver en su argumento y en su tono, pero sí comparten la huida por parte de sus protagonistas de una vida rutinaria y acomodada, atraídos por oscuras y desconocidas formas del amor y del sexo ajenas a las convenciones de su mundo y por “la mujer misteriosa, la mujer de un sueño”. Cómo no recordar a René Gallimard, encarnado por un portentoso Jeremy Irons, el diplomático en busca de su Butterfly particular que acaba convirtiéndose precisamente en la dama mitificada a la que buscaba en la secuencia en que, vestido de mujer, representa su tragedia ante los presos de la cárcel. En mi opinión, uno de los momentos más hermosos y tristes que nos haya dejado el cine.

OCHO ESCENAS DE TOKIO de Osamu Dazai

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Me devoraba un demonio que se ocultaba y me llamaba sin cesar.

Osamu Dazai, seudónimo de Tsushima Shuji, es uno de los escritores japoneses más controvertidos del siglo XX, una apasionante figura cuya caótica vida dominada por la autodestrucción quedó reflejada en sus relatos y novelas.

dazaiNacido en el seno de una familia acomodada en 1909, estudió literatura francesa en la universidad de Tokio; pero su falta de interés por las clases le hizo abandonarla y, poco después, se enroló en el comunismo clandestino, por lo que fue encarcelado y torturado. Desheredado por culpa de su relación con una geisha, adicto a la morfina y al alcohol, intentó suicidarse varias veces hasta que lo consiguió, junto a su amante, en 1948, poco después, precisamente, de alcanzar el reconocimiento por su obra más famosa, la novela Indigno de ser humano (Ningen shikkaku, 1948).

Ocho escenas de Tokio es una selección de relatos -el género que más cultivó Dazai- en los que el autor japonés se muestra en carne viva, desnudándose como personaje. Su vida nocturna, las geishas, el alcohol, las tentativas de suicidio, las penurias económicas, el miedo al fracaso o la dificultad de organizarse para escribir forman parte de una literatura, a menudo teñida de erotismo y de un humor paradójicamente triste, en la que el protagonista muestra sus cicatrices y vuelca todas sus dudas existenciales. La belleza de los relatos de Dazai proviene no solo de las palabras sino también, y sobre todo, de la sensación de vacío que nos deja, de aquello que podemos leer sin que esté escrito, como suele ocurrir en la obra de los mejores escritores del género.

Este fragmento pertenece a Tokyo hakkei (1941), el relato que da título al libro.

Recuerdos se considera ahora mi obra inaugural. Quería poner en claro, sin el más mínimo ornamento, todas las cosas terribles que había hecho desde mi infancia. Lo escribí en el otoño de mis veinticuatro años. Me sentaba junto a la ventana de la casita y miraba el jardín abandonado, completamente cubierto de malas hierbas, incapaz de una simple sonrisa. De nuevo, mi única intención era morir. Llamadlo afectación si queréis, pero estaba harto de mí mismo. Veía la vida como un drama. Mejor: veía el drama como la vida. Ya no era útil a nadie. H., que había sido todo lo que yo podía considerar mío, tenía las manos marcadas. No existía un solo motivo para continuar viviendo. Decidí que yo, uno de los necios, uno de los condenados, interpretaría fielmente el papel que el destino me tenía reservado; el triste y servil papel de uno que inevitablemente tiene que perder.

Pero la vida, como quedó demostrado, no era un drama. Nadie sabe con seguridad qué va a ocurrir en el segundo acto. El personaje señalado por la autodestrucción permanece a veces sobre el escenario hasta que cae el telón. Había escrito mi pequeña nota de suicidio, el testamento de mi niñez, el relato de primera mano sobre un chaval odioso que, en lugar de liberarme, se convirtió en una abrasadora obsesión que proyectaba una tenue luz en el vacío de la oscuridad. Aún no podía morir. Recuerdos no era suficiente.

Selección de Daniel Osca.

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.

Publicado por Sajalín Editores.

 

 

 

 

 

LLUVIA NEGRA (1989) de Shohei Imamura

Vaya por delante que, en general, la filmografía de Shohei Imamura no me parece de las más destacables del cine japonés. Ni siquiera La balada de Narayama (Narayama bushiko, 1983), que para muchos es su mejor película, me entusiasma demasiado, y menos aún si la comparo con la versión de 1958 dirigida por Keisuke Kinoshita, que, en mi opinión, es mucho mejor. Pero, al igual que me ocurre con otros directores que no son santo de mi devoción, uno de los films de Imamura sí me parece una obra maestra, y es Lluvia negra (Kuroi ame), adaptación de la novela homónima de Masuji Ibuse, publicada de forma seriada en 1965 y como libro un año más tarde.

        El texto escrito por Ibuse, basado en documentos, entrevistas y diarios de algunas de las víctimas de la masacre de Hiroshima, es la crónica del desconcierto y de las consecuencias que ocasionó la bomba entre unos seres humanos a los que, de repente, les cayó encima toda la ferocidad de la guerra. Huyendo del pesimismo y sin perder el tiempo en buscar causas o señalar culpables, Ibuse se centra en el drama cotidiano (la búsqueda de familiares, la escasez de alimentos y medicinas, los primeros síntomas de la radiación y el desconocimento de cómo tratarlos, etc) y en las esperanzas de futuro. Sin necesidad de que el autor recurra a ningún tipo de exhibicionismo literario, algunas de las páginas de esta soberbia novela ponen los pelos de punta.

        La película de Imamura, con un blanco y negro impresionante, consigue trasladar a sus imágenes el tono de la novela, y acierta al dar mayor protagonismo a la historia de Yasuko, la joven a la que su pretendiente rechaza porque ha estado expuesta a las radiaciones de la bomba y que, poco a poco, irá experimentando los síntomas de la enfermedad.

        Si bien Lluvia negra es toda ella sobresaliente, aunque sólo se haya visto una vez resulta difícil no recordar especialmente dos momentos: la escena, no apta para estómagos sensibles, que muestra, tras el estallido de la bomba, el caos absoluto, los cadáveres amontonados, los heridos deformes y mutilados caminando como zombis, la lluvia negra cayendo sobre la gente…; y el plano, tan bello como triste, en que Yasuko, mientras se baña, se acaricia el cabello y ve cómo se le cae a jirones y se le queda en las manos.

        En ese instante de gran cine, posiblemente el mejor que haya filmado nunca, Imamura consigue resumir en una sola mirada el miedo, la desolación y las preguntas sin respuesta de todo un pueblo.

EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE de Gabriel García Márquez / LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES de Yasunari Kawabata

El origen de Memoria de mis putas tristes (2004), la última novela de García Márquez, está en otra novela corta escrita por Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes (Nemureru Bijo, 1961). Pero la influencia del Nobel japonés y de esta novela en la literatura del Nobel colombiano aparece ya en el relato El avión de la bella durmiente -uno de los mejores del libro Doce cuentos peregrinos (1992)-, en el que el narrador, durante un viaje en avión de ocho horas, observa a la mujer sentada a su lado, la más hermosa que ha visto nunca, dormida durante todo el trayecto:

“Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.”

La novela de Kawabata, mi preferida junto a País de nieve (Yuki Guni, 1947), es uno de los grandes textos sobre el sexo y el erotismo en relación con el paso del tiempo y la vejez, pero también sobre la incomunicación, el desconocimiento y la frialdad en las relaciones humanas. Ahora que Haruki Murakami se ha convertido en un fenómeno de ventas incluso en España, no estaría de más asomarse a la literatura del que probablemente fuera el mayor escritor japonés del siglo pasado.

        “La repelente senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad -¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años?-. Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa? Eguchi pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban.”

               Doce cuentos peregrinos está publicado en Ed. Mondadori.

               La casa de las bellas durmientes en Ed. Caralt.