Archive for the ‘Literatura norteamericana’ Category

ESTILO de Charles Bukowski / ORDINARIA LOCURA (1981) de Marco Ferreri

Uno de mis poemas preferidos del tan controvertido Charles Bukowski es el titulado “Estilo” (Style), que forma parte del libro Ruiseñor, deséame suerte (Mockingbird Wish Me Luck, 1972). Aquí os dejo la versión original en inglés.

STYLE

style is the answer to everything —                                                       
a fresh way to approach a dull or a
dangerous thing.
to do a dull thing with style
is preferable to doing a dangerous thing
without it.

Joan of Arc had style,
John the Baptist,
Christ,
Sócrates,
Caesar,
Garcia Lorca.

style is the difference,
a way of doing,
a way of being done.

6 herons standing quietly in a pool of water
or you walking out of the bathroom naked
without seeing
me.

Una versión extendida del poema, que me gusta aún más, abre la primera secuencia del film Ordinaria locura (Storie di ordinaria follia), recitada por Henry Chinasky (estupendo Ben Gazzara), alter ego del autor y protagonista de buena parte de sus novelas y relatos. Como la mayoría de las firmadas por Marco Ferreri, la película no es como para tirar cohetes, pero en sus mejores momentos consigue introducirnos en su recreación nada académica y muy onírica de una vida entregada a la literatura, el alcohol, el sexo y la autodestrucción, elementos los dos últimos encarnados también en el personaje interpretado por Ornella Muti. A quienes se animen a verla, les puede traer a la memoria algunos momentos de la segunda etapa del cine de Fellini o de la película de Eliseo Subiela El lado oscuro del corazón (1992).

Aquí os dejo traducida la versión que aparece en el film de Ferreri.

ESTILO

El estilo es la respuesta a todo.
Una manera desenvuelta de afrontar algo aburrido o peligroso.
Hacer algo aburrido con estilo es mejor que hacer algo peligroso sin estilo.
Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo arte.
Torear puede ser un arte.
Boxear puede ser un arte.
Amar puede ser un arte.
Abrir una lata de sardinas puede ser un arte.
No muchos tienen estilo.
No muchos pueden conservar el estilo.
He visto perros con más estilo que hombres.
A pesar de que no muchos perros tengan estilo.
Los gatos lo tienen en abundancia.

Cuando Hemingway estampó sus sesos en la pared de un disparo, eso era estilo.
Algunas veces la gente te aporta estilo.
Juana de Arco tenía estilo.
Juan el Bautista.
Cristo.
Sócrates.
García Lorca.

He encontrado hombres en prisión con estilo.
He encontrado más hombres en prisión con estilo que hombres fuera de prisión.
El estilo es una diferencia, una manera de hacer, una manera de ser hecho.
Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo
del baño desnuda sin verme.

 

 

 

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Adiós a Sam Shepard (y 2): un poema de CRÓNICAS DE MOTEL

Y para finalizar el recuerdo a Sam Shepard, aquí os dejo mi poema preferido de Crónicas de motel, la miscelánea de prosa y poesía que dio origen a París, Texas, en traducción de Enrique Murillo para Ed. Anagrama.

me encontré con la doble de la Estrella

al abrirse hacia los lados la puerta del ascensor

y yo salía

y ella entraba                                                                              

a las cuatro de la madrugada

y vi que estaba absolutamente pirada

le pregunté qué había tomado

dijo 6 Valium y Vino Blanco

porque hoy era el último día de rodaje

y le pareció que había que celebrarlo

jodiendo con algún tío del equipo

y colocándose

porque éste era su pueblo

y ella iba a quedarse

mientras nosotros nos íbamos

y la tortura de no ser más que una doble

dejada atrás

en un pueblo en el que le dolía haber nacido

estaba destrozándola ahora

de verdad

y eso hizo que volviera a avergonzarme

de trabajar como actor en una película

y provocar ilusiones tan estúpidas

de modo que me la llevé a mi habitación

sin planes respecto a su cuerpo

y ella se sintió tan desesperadamente decepcionada

intentó arrojarse por la ventana

y le dije que no valía la pena

no es más que una película estúpida

no tan estúpida, dijo ella, como la vida

1/11/81

Seattle, Wa.

 

Adiós a Sam Shepard (1): PARÍS, TEXAS (1984) de Wim Wenders

Sam Shepard tuvo el buen gusto de no dejar sola a Jeanne Moreau en su último viaje. Conocido en España sobre todo por su trabajo como (gran) actor, fue también director de cine, guionista, autor teatral, poeta y escritor de relatos. Compañero de fatigas artísticas de Raymond Carver, James Salter, Richard Ford, Bob Dylan y tantos otros autores que han ido creando la gran crónica norteamericana de los siglos XX y XXI, su literatura nos muestra la cara más cotidiana y amarga de las relaciones humanas, el otro lado del sueño, siempre susurrando entre líneas mucho más de lo que dicen las palabras. Como muestra de ello pasó por aquí hace tiempo el relato Todos los árboles están desnudos, uno de mis favoritos.

En cuanto a su labor como guionista, Shepard escribió para Wim Wenders -cineasta alemán pero absolutamente enamorado de cierta mitología norteamericana- dos películas hermanadas: Llamando a las puertas del cielo (Don’t Come Knocking, 2005) y, sobre todo, París, Texas (Paris, Texas), una de mis películas preferidas de siempre, la odisea homérica de un hombre llamado Travis (portentoso Harry Dean Stanton) que cruza el país con su hijo para llevarlo de nuevo junto a su madre (Nastassja Kinski), cuyo germen es un libro del propio Shepard, compuesto de textos en prosa y poemas, titulado Crónicas de motel (Motel Chronicles, 1982). En palabras del propio Wenders: “El film que yo había querido hacer en los Estados Unidos estaba ahí, en ese lenguaje, esas palabras, esa emoción americana. No como un guion, sino como una atmosfera, un sentido de la observación, una suerte de verdad”

Wenders y Shepard agarran esa “atmósfera” para realizar uno de los films más genuinamente americanos de la historia, compendio de una forma de entender la vida trasladada al arte. Carreteras interminables, moteles y tugurios, luces nocturnas de neón, vidas derrotadas en busca de algo o de alguien para encontrarse a sí mismas, para alcanzar la redención: toda una iconografía estética y ética de la derrota que tiene no poco de romántico y que está presente en la mejor literatura de Shepard y de sus contemporáneos -incluido el austriaco Peter Handke, especialmente el de Carta breve para un largo adiós-, en la música de Dylan y de tantos otros, en la obra de fotógrafos como Robert Adams o en la pintura, tan cinematográfica y con tantas historias dentro por imaginar o descubrir, de Edward Hopper.

Aspectos culturales que, en mi opinión, no son ajenos -o quizá incluso provengan de él- al wéstern, el género norteamericano por antonomasia, cuya filmografía está repleta de tipos solitarios que buscan su lugar en el mundo o que ya han renunciado a él, de desarraigados que tratan de olvidar su pasado o que han de retomarlo para dejarlo definitivamente atrás y reencontrarse. Parte de su imaginería está también presente, y de qué manera, a lo largo y ancho de París, Texas, desde su inicio con nuestro protagonista  deambulando amnésico por el desierto, hasta la enorme influencia que, a mi modo de ver, recibe de un clásico como Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.

Tanto Ethan Edwards (John Wayne) como Travis emprenden un viaje para encontrar a alguien -Ethan, a su sobrina, raptada por los comanches; Travis, a su esposa-, y al terminar esa odisea con éxito, algo de absolución, de paz con respecto al pasado y a ellos mismos, se llevan consigo; pero también la inevitable derrota de saber que ya no pueden quedarse entre sus familiares, que su lugar ya no está entre ellos. Con la figura de Ethan traspasando el umbral de la puerta para dirigirse al desierto y con las luces del coche de Travis desapareciendo en la noche hacia no sabemos dónde, dos almas gemelas, dos de los más grandes personajes del cine norteamericano, nos abandonan para continuar su propia búsqueda.

QUIZÁ NO SEA SIEMPRE ASÍ… de e. e. cummings

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Por segunda vez aparece en este blog el gran poeta norteamericano e. e. cummings (Edward Estlin Cummings), esta vez con el poema número XI del apartado “Sonetos-Irrealidades”, incluido en su libro Tulipanes y chimeneas (Tulips & Chimneys, 1923). La traducción es de José Casas.

 

quizá no sea siempre así;y digo

que si tus labios,que he amado,tocasen

los de otro,y tus fuertes queridos dedos se apoderasen

de su corazón,como del mío no hace mucho;

si tu dulce cabello descansase sobre otro rostro

en medio de un silencio como el que yo conozco,o

unas palabras grandes y retorcidas,como las pronunciadas con énfasis,

se alzasen indefensas ante el espíritu acosado;

 

si esto ocurriese,digo que si esto ocurriese-

tú,corazón mío,envíame un pequeño mensaje;

para que pueda acercarme a él,y cogiendo sus manos,

le diga,Acepta de mí toda la felicidad.

Entonces volveré la cabeza y escucharé a un pájaro

cantar terriblemente lejos en las tierras perdidas.

 

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it may not always be so;and i say

that if your lips,which i have loved,should touch

another’s,and your dear strong fingers clutch

his heart,as mine in time not far away;

if on another’s face your sweet hair lay

in such a silence as i know,or such

great writhing words as,uttering overmuch,

stand helplessly before the spirit at bay;

 

if this should be,i say if this should be-

you of my heart,send me a little word;

that i may go unto him,and take his hands,

saying,Accept all happiness from me.

Then shall i turn my face,and hear one bird

sing terribly afar in the lost lands.

LOS IMPUNES de Richard Price

Richard Price is also the author of, among others, Clockers, Freedomland and The Wanderers.

Tras La vida fácil (Lush Life, 2008), que ya tuvo aquí su espacio, el gran Richard Price vuelve a la novela con Los impunes (The Whites, 2015), otra magistral crónica sobre la violenta realidad de las calles de Nueva York igual de buena o mejor que la anterior. Repleta de diálogos memorables al servicio de ese estilo tan visual marca de la casa que bebe tanto de la literatura y el cine policiacos como, en mi opinión, de la novela del XIX, la literatura de Price es uno de esos valores seguros que difícilmente defraudan.

41Dw2FIx1KL._SY445_QL70_Billy Graves es el único miembro aún en activo de una antigua división contra el crimen del Bronx, un grupo de compañeros y amigos que de vez en cuando se reúnen para tomar unas copas, comprobar que se van haciendo viejos y recordar aquello que los une de manera obsesiva: todos ellos guardan en el armario un fracaso, un culpable a quien no consiguieron llevar ante la justicia. Cuando uno de estos “impunes” aparece asesinado en una estación de tren, los fantasmas del pasado volverán para interrumpir la rutina de Billy. Paralelamente, conoceremos a otro agente llamado Milton Ramos, un policía alcohólico y violento que también tiene cuentas pendientes y parece dispuesto a todo para que se las paguen. Por supuesto, las vidas de Billy y Milton no tardarán en encontrarse.

Obra coral en la que, como es habitual en las novelas y los guiones televisivos de Price, cada personaje tiene sus momentos de gloria literaria, Los impunes supone una nueva y compleja incursión del autor en la realidad de las calles neoyorquinas, en la lucha diaria de los policías contra la delincuencia y contra su propia rutina diaria, pero sobre todo es una historia sobre los trapos sucios que nunca podrán lavarse y su peso en la conciencia, sobre la doble moral a la que agarrarnos cuando nos conviene y su influencia a la hora de perdonar a los demás y a nosotros mismos. Al terminar de leer su última página, resulta inevitable preguntarnos quiénes son realmente los impunes.

Milton cogió la toalla sucia y la dobló cuidadosamente hasta formar una gruesa tira. A continuación se puso a horcajadas sobre el borracho y extendió la toalla transversalmente sobe su garganta. Abrió al máximo la porra extensible y la colocó en el centro de la toalla. Apoyando con cuidado el pie derecho sobre el extremo más estrecho, presionó la barra de acero contra uno de los costados de la garganta del tipo. Después, agarrándose a una rama para mantener el equilibrio y modular la presión, colocó el otro pie sobre el mango de la porra, de modo que todo su peso cayera sobre la nuez; dicho peso fluctuaba entre los ochenta y los ochenta y cinco kilos dependiendo de la época del año y de qué festividad acabara de pasar.

Los ojos repentinamente saltones del borracho adquirieron una rojez húmeda y dorada, y el único sonido que fue capaz de proferir fue un débil gorjeo, como el de un pollito recién nacido en una granja cercana.

Al cabo de aproximadamente unos treinta segundos, Milton se bajó de la porra, primero un pie y después el otro, a continuación se acuclilló y retiró la gruesa toalla de debajo; el cuello no tenía ni una sola marca. Volvió a colocar la toalla sobre la garganta del tipo y nuevamente extendió la porra justo en el centro.

-¿Una vez más?

El borracho negó con la cabeza, hasta el débil gorjeo había desaparecido.

-Vamos… -Milton se irguió cuan largo era, volvió a equilibrarse sobre ambos extremos de la porra y empezó a balancearse de lado a lado-. Por si acaso nunca volvemos a vernos.

Traducción de Óscar Palmer Yáñez.

Publicada por Mondadori.

LA ÚLTIMA GALOPADA de Thomas Eidson

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Paralelamente a la recuperación de los grandes clásicos del wéstern literario como Alan Le May, Dorothy M. Johnson o James Warner Bellah, la editorial Valdemar ha tenido la feliz idea de presentarnos a Thomas Eidson, uno de los más reconocidos autores contemporáneos del género. Para ello ha escogido su segunda y estupenda novela, La última galopada (The Last Ride, 1995), llevada al cine en 2003 por el habitualmente impersonal y sosainas Ron Howard. Protagonizada por Tommy Lee Jones y Cate Blanchet, Desapariciones (The Missing) resultaba un puro entretenimiento simplificador de la novela que apuntaba directamente a sus componentes de acción, aventura y terror.

Los acontecimientos que narra La última galopada nos sitúan en Nuevo México en 1886. Mientras Brake Baldwin, 516Ln0Uj6ZL._SX337_BO1,204,203,200_sentado frente a su rancho, lee en un periódico que “El Salvaje Oeste ha muerto”, se acerca a su rancho un anciano jinete fantasmal, un enorme hombre blanco vestido como un apache que pregunta por el hogar de los Baldwin. Brake le ofrece acogida, pero su esposa Maggie, al ver al anciano, se comporta de manera extraña y solo accede a que se quede un par de días en el establo y después se vaya. Sin embargo, cuando una partida de apaches secuestra a su hija mayor y deja malherido a Brake, Maggie no tendrá más remedio que aceptar la ayuda del extraño visitante para perseguir a los indios, dando comienzo así un largo y sangriento itinerario durante el cual iremos conociendo la oculta relación entre los dos protagonistas, a la par que sabremos que aquel titular del periódico con que comenzaba la novela distaba mucho de estar en lo cierto.

Habitada por varios personajes de los que dejan huella, como el large_tKDKvntptlj36WUTzm9Bl3N9bpkanciano jinete Samuel Jones, el mejicano Mannito, el sheriff John o el terrorífico líder de los apaches, y repleta de fragmentos de gran literatura violenta, tensa y misteriosa, La última galopada probablemente pierde fuerza cuando nos da excesivas explicaciones sobre los personajes y cuando resulta redundante al tratar la lucha entre la fe del cristianismo y la magia del paganismo, pero en sus mejores páginas, que son muchas, consigue que regresemos en parte al argumento de Centauros del desierto -a la novela de Le May y al film de John Ford- y que volvamos a sentir la atmósfera opresiva de películas como La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968), de Robert Mulligan, o La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), de Robert Aldrich.

-Buenas noches -dijo Baldwin.

El hombre asintió. Los ojos de Baldwin se movían lentamente sobre él. Era viejo, probablemente de unos setenta años, y grande, casi dos metros de altura, muy delgado pero con algo de barriga. Era imposible saber si era blanco o mestizo. En otro tiempo debió de tener la complexión de un toro salvaje… ahora era todo huesos, crestas y valles. Su rostro curtido se había tostado oscureciéndose a un tono ocre y parecía remendado con trozos de arcilla húmeda que no encajaban unos con otros totalmente; su pesada nariz estaba rota, tal vez en más de una ocasión, y parecía cansado o borracho, o ambas cosas. Su atuendo era extravagante: fronterizo, indio y mexicano. La gente había dejado de vestir así hacía al menos cuarenta años. Los ojos de Baldwin regresaron a las facciones brutales del rostro del hombre.

Un pequeño terrier negro y blanco, del tamaño de un sacabotas, estaba posado sobre la grupa del caballo con el pelo ondeando al viento tormentoso, haciéndole parecerse al perro del circo que Baldwin vio en una ocasión. Sin previo aviso dio un salto en el aire, se desplomó sobre el suelo y luego trotó nerviosamente alrededor de las piernas del ranchero -justo fuera del alcance de una patada- gruñendo como si pesara cien libras en lugar de diez.

-¿Muerde? -aulló Baldwin levantando la voz sobre el creciente rugido de la tempestad.

El anciano asintió otra vez, revelándose ante los ojos de Baldwin durante unos segundos como un demonio que galopaba en aquel oscuro viento.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Publicada por Valdemar.

LAS FORMAS de Sharon Olds

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olds1Los muertos y los vivos (The Dead and the Living, 1983) -título que recuerda, por supuesto, a las últimas líneas del más famoso relato de Joyce-, galardonado con el National Book Critics’ Circle Award for Poetry de 1984, fue el segundo libro publicado por Sharon Olds, una de las más importantes poetisas estadounidenses actuales.

Uno de los mejores poemas del libro, el titulado “Las formas” (The Forms), es un estupendo ejemplo de la poesía de esta autora: lenguaje sencillo pero muy expresivo al servicio de una imágenes duras, contundentes y, a menudo, impúdicas, apegadas siempre a la realidad política, social e incluso, como en este caso, personal.

 

LAS FORMAS

Siempre tuve la sensación de que mi madre

moriría por nosotros, se lanzaría a un fuego

para sacarnos, el pelo incandescente como

un halo, se zambulliría en el agua, su cuerpo

blanco sucumbiendo y girando lentamente,

ese astronauta cuyo cable se corta

para

perderse

en la nada. Nos habría

protegido con su cuerpo, habría interpuesto

sus senos entre nuestro pecho y el cuchillo,

nos habría metido en el bolsillo del abrigo

lejos de las tormentas. En la tragedia, el animal

habría muerto por nosotros,

 

pero en la vida tal y como era

tuvo que mirar

por ella.

Tuvo que hacer a los niños

lo que él dijera, tenía que

protegerse. En la guerra, habría

dado la vida por nosotros, te aseguro que sí,

y lo sé: soy una estudiosa de la guerra,

de hornos de gas, de asfixia, de cuchillos,

de ahogamientos, quemaduras, de todas las formas

en las que sufrí su amor.

 

THE FORMS

I always had the feeling my mother would / die for us, jump into a fire / to pull us out, her hair burning like / a halo, jump into water, her white / body going down and turning slowly, / the astronaut whose hose is cut / falling / into / blackness. She would have / covered us with her body, thrust her / breasts between our chests and the knife, / slipped us into her coat pocket / outside the showers. In disaster, an animal / mother, she would have died for us, / / but in life as it was / she had to put herself / first. / She had to do whatever he / told her to do to the children, she had to / protect herself. In war, she would have / died for us, I tell you she would, / and I know: I am a student of war, / of gas ovens, smothering, knives, / drowning, burning, all the forms / in which I have experienced her love.

 

Traducción de J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas.

Publicado por Bartleby Editores.

 

 

 

 

EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO de Nelson Algren

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La película de Edward Dmytryk titulada La gata negra (Walk on the Walk Side, 1962) lo tenía todo, en principio, para ser estupenda: un buen director, un reparto de campanillas y un guion del gran John Fante; pero la cosa no acabó de funcionar, en parte, creo yo, por el excesivo respeto al material original: en sus diálogos había mucha literatura, gran literatura.

Parecía, pues, recomendable acudir a la novela homónima, publicada en 1956, en que se basaba la película -y, por cierto, la celebérrima canción de Lou Reed- para descubrir a un autor poco conocido en España, contemporáneo de Fante y uno de los grandes amores de Simone de Beauvoir. Su nombre, Nelson Algren.

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El tal Algren resultó ser también el responsable de El hombre del brazo de oro (The Man with the Golden Arm, 1949), novela con la que ganó el National Book Award en 1950 y que Otto Preminger transformó en uno de los grandes éxitos cinematográficos de 1955 y en uno de sus films más populares, protagonizado por Frank Sinatra, Eleanor Parker y Kim Novak. Nunca me ha parecido de lo mejor de Preminger y menos aún tras leer la novela, a la que adultera de manera salvaje en muchas de sus partes más importantes. No es extraño que Algren la detestara.

Sinatra en El hombre del brazo de oro

La historia del ex soldado, drogadicto y crupier con un brazo El-hombre-del-brazo-de-orode oro Frankie Machine, que intenta darle un nuevo giro a su vida y escapar del destino que parece tener marcado buscando trabajo como batería en una orquesta- y de quien Don Winslow debió de tomar prestado el nombre para el protagonista de su novela El invierno de Frankie Machine (The Winter of Frankie Machine, 2006) -,es una de las crónicas más crudas y desesperanzadas sobre la otra cara del Sueño Americano, sobre los desheredados que no encuentran su lugar en la tierra de las oportunidades. Algren hunde su pluma en la mugre, en la suciedad, en la pobreza y en la derrota de los personajes que habitan el barrio polaco de Chicago y lo que extrae es una narrativa compleja de alta graduación, que se recrea en su poética casi feísta, repleta de imágenes metafóricas exuberantes, al describir ambientes y caracteres -leyéndola, he pensado en Quevedo y en los esperpentos de Valle-Inclán-y que exige al lector esfuerzo y paciencia adicionales. Quien se los entregue se verá recompensado con una literatura apasionante, con una novela extraordinaria.

Frankie Machine había visto tipos duros en sus veintinueve años. Pero cualquiera de los que estaba mirando parecía víctima de una paliza con duelas de tonel que le hubieran propinado durante toda la noche. Caras ensangrentadas como carne de cerdo cruda y picada lentamente en la inmensa trituradora de la gran ciudad; caras como bolsas blancas reventadas; una con ojos de gallina agonizante, y otra con los de la audacia de un bulldog acorralado; ojos con el leve resplandor de la histeria y ojos velados por el apagado esmalte del dolor. Miraban, hablaban y escuchaban sin prestar mucha atención, y respondían con vaguedades; pero todo el día parecían contemplar un horror incesante que se revolvía en su interior: las ruinas retorcidas de sus propias vidas torturadas, inútiles y sin amor.

Aunque no había visto a ninguno de ellos en su vida, Frankie los conocía a todos y cada uno. Porque todos sin excepción habían sido abrasados por la misma antorcha cuya llama también le había tocado a él. Una antorcha que ardía como una llama oscura y lenta dentro de uno mismo, hasta que lo desecaba por completo, vaciándolo de todo salvo de un sentimiento de culpa carbonizado.

El espléndido y secreto sentimiento de culpa tan propio de los americanos: el de no poseer nada, nada en absoluto, en la única tierra en que la propiedad y la virtud son uno y lo mismo.

Traducción de Vicente Campos.

Publicada por Galaxia Gutenberg.

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE de Dorothy M. Johnson

Bert Barricune murió en 1910. A su funeral no fueron más de una docena de personas. Entre ellos estaba un destacado y joven periodista que esperaba encontrarse con una historia de interés humano. Corría la leyenda de que el viejo había sido una especie de pistolero en sus años mozos. Unos pocos carcamales andaban torpemente, ya a solas, ya en parejas, nerviosos y ceñudos, aferrándose a sus deteriorados sombreros. Hombres que fueron los compañeros de Bert en la bebida o en las partidas de póquer en las que se jugaban cantidades nimias mientras el mundo rodaba delante de ellos. También vino una mujer que lucía un denso velo que le ocultaba el rostro. Rayas blancas y amarillas se adivinaban en su pelo teñido de negro. El reportero tomó nota mentalmente: un viejo colega del viejo barrio. No hay ninguna historia que merezca la pena.

Blog14Habitualmente se desconoce o no se tiene en cuenta que muchas de las obras maestras del wéstern cinematográfico clásico son adaptaciones más o menos fieles de textos literarios, de relatos o novelas. Si alguien se sorprende por el dato, no tiene más que acudir, por ejemplo, a la filmografía por excelencia del género, la de John Ford.

La venerable señora que aparece sentada frente a su escritorio en la foto de la derecha se llamaba Dorothy M. Johnson, y fue, aunque pueda parecer chocante, una de las autoras que más y mejor escribió sobre las andanzas de indios y pistoleros en el viejo y lejano oeste americano. Entre sus relatos más conocidos, gracias a sus adaptaciones al cine, se encuentran Dorothy M_ Johnson - Indian Country (portada)“Un hombre llamado caballo” (A Man Called Horse), “El hombre que mató a Liberty Valance” (The Man Who Shot Liberty Valance” -ambos incluidos en la colección titulada Indian Country (1953)- o “El árbol del ahorcado” (The Hanging Tree, 1957).

El relato que nos ocupa, de apenas veinte páginas, sirvió de base para que Willis Goldbeck y James Warner Bellah -otro de los grandes autores del género, también llevado a la pantalla por Ford anteriormente- escribieran un guion portentoso que amplía la historia e introduce numerosos cambios, empezando por el nombre de los personajes interpretados por John Wayne (Bert Barricune/Tom Doniphon) y James Stewart (Ransome Foster/Ransom Stoddard). Gracias a esas variaciones, el film adquiere una dimensión que probablemente no alcance el magnífico relato de Johnson, pero sin este no podríamos disfrutar, una y otra vez, del que para mí es el mejor wéstern que se haya filmado.

Al principio habéis podido leer cómo empieza la historia; ahora, otro de sus grandes fragmentos. El resto es leyenda.

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-Tú no mataste a Liberty -le indicó.

Foster frunció el ceño.

-Le enterraron.

Liberty disparó una vez. Tú disparaste otra y fallaste. Yo disparé una vez, y nunca fallo. De todas formas, yo tampoco iré a recoger la recompensa, Hallie no aprueba la violencia.

-Eso es todo lo que tenía para estar orgulloso -dijo Foster pensativo.

-Le hiciste frente -afirmó Barricune-, fuiste a su encuentro. Si quieres estar orgulloso de algo, puedes recordar eso. Es cierto que no hiciste mucho más.

Ranse le miró fijamente.

-Bert, ¿eres mi amigo?

Barricune sonrió sin humor.

-Sabes que no lo soy. Te recogí en la pradera, pero lo hubiera hecho por la última escoria que se debatiera en esa situación. Si hubiera querido, no lo habría hecho.

-Entonces, ¿por qué…?

Bert miró hacia la punta de sus botas.

-Hallie te quiere. Soy amigo de Hallie. Es lo que siempre seré mientras tú andes por aquí.

-Luego, yo soy el hombre que mató a Liberty Valance -dijo Ranse.

Eso fue lo más cerca que estuvo de atreverse a decir “gracias”. Y desde entonces Bert Barricune comenzó a ser su conciencia, su némesis, su enemigo vitalicio y el hombre que le hizo grande.

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Traducción de José Menéndez-Manjón.

Publicado por Valdemar en Colección Frontera.

 

ONCE MANERAS DE SENTIRSE SOLO de Richard Yates

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Supongamos que alguien te escribe una carta diciendo: “Bob, como hoy no tenía tiempo para escribirte una carta breve, he decidido escribirte una más larga”.

once-maneras-de-sentirse-solo_richard-yates_libro-OAFI416Conocido en España sobre todo a raíz de la película de Sam Mendes Revolutionary Road (2008), que adaptaba su esplendorosa novela homónima, Richard Yates fue también un maestro del relato, uno de los más grandes en la interminable lista de narradores norteamericanos que han llevado el género breve a las más altas cotas de la literatura.

Buena muestra de ello es la colección Once maneras de sentirse solo (Eleven Kinds of Loneliness, 1962), su primer libro de relatos, sendas historias en las que sus protagonistas experimentan y nos hacen sentir algún tipo de soledad, por su forma de ser y de pensar, por lo que los demás opinan de ellos, por determinada circunstancia que no pueden compartir… Maravillosos ejemplos de depuración literaria, del tan difícil arte de contar más con menos. Once soledades con esa admirable y misteriosa capacidad para conseguir que sepamos de ellas mucho más de lo que nos dicen las palabras.

Aquí os dejo un fragmento del cuento que pone fin al libro, titulado “La construcción”, la historia de un aspirante a escritor que se enfrenta a una extraña propuesta por parte de un taxista. Una obra maestra sobre los sueños rotos en la que Yates relaciona la creación literaria con la vital, la luz que ha de iluminar una buena historia con la que ha de entrar en nuestras vidas.

-Bien. Ahora probemos desde otro ángulo. Antes te hablaba de “construir”, ¿no? Veamos, ¿te das cuenta de que escribir un relato también es construir algo?, ¿que es como construir una casa? -Y tanto le agradó esta imagen de cosecha propia que ni siquiera esperó a recibir de mi parte el aplicado gesto de cabeza con que pensaba felicitarlo por ello-. Pues bien, una casa necesita un tejado, pero si construyes el tejado lo primero de todo luego tendrás problemas, ¿no es cierto? Antes de construir el tejado tienes que levantar las paredes. Antes de levantar las paredes tienes que poner los cimientos, y así sucesivamente. Antes de pensar en los cimientos tienes que poner las excavadoras a trabajar y hacer un agujero a la medida de tus necesidades. ¿Me equivoco?

No podía estar yo más de acuerdo con mi interlocutor, pero él seguía ajeno a mi extasiada mirada aduladora. Se frotó el borde de la nariz con uno de sus gruesos nudillos y a continuación me miró de nuevo con aire triunfal.

-Está bien, vamos a suponer que construyes una casa así. ¿Y luego qué? ¿Cuál es la primera pregunta que tienes que hacerte una vez terminada la casa?

Pero yo ya veía que le daba igual si ésta la fallaba como si no. Él sabía cuál era la pregunta y casi no pudo esperar a decírmelo.

-¿Dónde están las ventanas? -Extendió las manos con las palmas hacia arriba-. Ahí tienes la pregunta. ¿Por dónde entra la luz? Porque ¿entiendes lo que quiero decir con esto de que entre la luz, Bob? Hablo de la… de la filosofía de nuestra historia; hablo de su verdad; de su…

-De su iluminación, por así decir -le corté, y él dejó de buscar un tercer sustantivo con un sonoro y feliz chasquido de los dedos.

-Eso es. Eso es, Bob. Lo has entendido.

Traducción de Luis Murillo Fort.

Publicado por RBA.