Archive for the ‘Literatura norteamericana’ Category

FAT CITY de Leonard Gardner

Tully se fue temprano a la cama aquella noche, harto de pollo frito y puré de patatas, y oyendo los ruidos de la calle se dejó llevar con su derrota hacia la oscuridad.

En 1972 se estrenó Fat City, ciudad dorada (Fat City), una de las mejores películas de John Huston para quien esto escribe. Protagonizada por Stacy Keach, en el mejor papel de su vida, Jeff Bridges y Susan Tyrrell, candidata al Oscar a la mejor actriz secundaria por su interpretación, nos mostró sin cortapisas el lado más amargo, cruel y poco romántico de la derrota. Gracias a la realista fotografía de Conrad L. Hall, el film olía a mugre, a sudor, a alcohol, a soledad, a sueños rotos. Y, de propina, nos reservaba una de las escenas finales más hermosas y desesperanzadoras que nos haya dejado el cine.

Ese fragmento tan simbólico, en el que un Billy Tully vencido, sentado a la barra de un bar, contempla su rostro envejecido en un espejo mientras el mundo se paraliza, literalmente, a su alrededor, no aparece en la novela original de Leonard Gardner -se le debió de ocurrir al propio Gardner al escribir el guion o, incluso, a John Huston-, pero sí está en ella todo lo demás, la historia de un exboxeador que va de hotel en hotel, de bar en bar y de trabajo en trabajo, y que decide volver al entrenar para regresar al ring como una forma de no darse aún completamente por vencido, de aferrarse por última vez de manera desesperada, y quizá engañosa, al único sueño que ha dado sentido a su vida. Junto a él, un joven llamado Ernie, en el que Billy se ve reflejado, que empieza a dar sus primeros pasos en el boxeo y que pronto descubrirá que, para la mayoría, la vida real tiene poco que ver con promesas de éxito.

Áspera, cruda, limada hasta despojarla de cualquier adorno innecesario -el propio autor declaró que había depurado las 400 páginas de la primera versión hasta dejarlas en unas 200-, Fat City (1969) es la única novela escrita hasta ahora por Leonard Gardner y una de esas obras maestras de la literatura estadounidense que muestran la otra cara del American Dream. Su inicio ya deja bien a las claras en qué fango nos movemos. Aquí os lo dejo.

Vivía en el Hotel Coma, que tal vez tomaba el nombre de algún fundador de la ciudad -un explorador de California o un pionero- o de algún inmigrante italiano fallecido mucho tiempo atrás que no fundó más que el hotel. Con independencia de a quién conmemorase, el hotel era un monumento mediocre, y Billy Tully no tenía intención de quedarse allí. Seguía guardando la ropa limpia en la maleta que tenía sobre la cómoda, lista para abandonar aquel alojamiento por otro mejor a las primeras de cambio. A lo largo del año y medio transcurrido desde que le dejó su mujer había vivido en cinco hoteles. Observó desde la ventana el raquítico horizonte de Stockton -una ciudad de ochenta mil habitantes rodeada por pantanos, riachuelos y los terrenos cultivados del delta del río San Joaquín-, una vista de edificios de oficinas, chapiteles, chimeneas, torres de agua, tanques de gas y tejados bajos de residencias que se alzaban entre árboles sin hojas en medio de calles completamente planas. Desde su ventana veía hombres entrar y salir de bares y licorerías, cafés, tienda de segunda mano y hoteles sin ascensor. Unas palomas del color mismo de las calles picoteaban en las canaletas, volaban entre edificios, iban de cornisa en cornisa y arrullaban en el alféizar de Tully. Su habitación era alta y estrecha. Marcas de cabezas grasientas oscurecían el papel pintado entre los barrotes del cabecero de la cama. La persiana estaba hecha trizas, la bombilla apenas daba luz y los vecinos parecían sufrir todos alguna afección pulmonar.

Traducción de Rubén Martín Giráldez.

Publicada por Underwood.

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DESENGAÑO de Joyce Carol Oates

Desmembrado (Dismember, 2017) es la última colección de relatos de Joyce Carol Oates traducida al castellano, siete piezas que oscilan entre lo estupendo y lo prescindible y que fueron publicadas previamente en diversas revistas estadounidenses. En general, no me parece que esté entre lo mejor de la ingente producción de su autora; pero, aun así, no cabe duda de que la literatura de esta casi octogenaria escritora, perpetua candidata al Nobel, conserva intacta su capacidad para crear atmósferas inquietantes y malsanas y para adentrarse en los rincones más incómodos de la condición humana. Si haces reverencias a lo políticamente correcto, esto no es para ti.

Mi relato preferido, “Desengaño”, cuenta la historia de Steff, una adolescente cuyos celos de su hermana Caitlin y su primo Hunt desembocan en una obsesión de trágicas consecuencias. Tiene en común con otros cuentos del libro el protagonismo femenino y la narración en primera persona, pero creo que es aquí donde más brilla la maestría de Oates a la hora de trabajar el punto de vista narrativo que nos obliga a dudar de los pensamientos y de las impresiones de la protagonista -probable herencia de Henry James- y de ir sembrando detalles aquí y allá que van cobrando su importancia a medida que nos acercamos al desenlace.

Este es el inicio del relato:

La pistola se guardaba en el primer cajón de la cómoda de mi padrastro. Descargada.

Me llegaban unas carcajadas de la parte trasera de la casa. Mi hermana Caitlin, con aquella risa que sonaba como un cristal que se hiciera añicos, y mi primo Hunt Lesinger, que había traído consigo su rifle calibre 22 a petición de Caitlin.

Le daba clases de tiro. Pero a mí no, a mí ni siquiera me miraba.

Intentaba impresionar a Caitlin, eso es lo que hacía. Y Caitlin a él.

En el espejo que había sobre la cómoda, yo veía un rostro borroso y sonrojado. Había aprendido a apartar rápidamente la mirada de aquel rostro, pues a menudo odiaba lo que veía.

¡Tenía en la mano la pistola (prohibida) del señor Lesinger! Pesaba más de lo que habría imaginado.

Traducción de Patricia Antón.

Publicado por Gatopardo ediciones.

 

EL HIJO DE CÉSAR de John Williams

En 1948, Thornton Wilder publicaba Los idus de marzo (The Ides of March), una canónica novela histórica en la que, mediante una estructura epistolar, recordaba los últimos meses de la vida de Julio César y el complot que desembocó en su asesinato y en el final de la república en Roma. Veinticuatro años después, John Williams daba a luz El hijo de César (Augustus, 1972), una novela superlativa, ganadora del National Book Award, que puede leerse como una suerte de continuación y que, en mi opinión, supera a su modelo.

Al igual que Wilder, Williams también elige el género epistolar para, en su caso, recrear la historia de Roma desde la muerte de César hasta la de Octavio, pasando por las dos guerras civiles y el comienzo del imperio. Las voces de Octavio Augusto, Marco Antonio, Bruto, Agripa, Cicerón, Julia, Tiberio y otros muchos protagonistas de la época se sinceran por medio de una correspondencia inspirada en los textos que se conservan pero, en su mayoría, fruto de la imaginación de Williams, plasmada en ese estilo inconfundible que huye de los fuegos de artificio, en esa prosa limpia y depurada que nos cautiva en voz baja.

El hijo de César es, de principio a fin, la obra de un maestro de la literatura en la plenitud de sus facultades; pero en ella hay incluso una parte que está más allá de todo elogio: la última y extensa carta que Octavio le envía a su amigo Nicolás de Damasco en agosto del año 14 d. C, poco antes de morir. La paz, la sabiduría y la brillantez literaria que emanan de esas palabras resuenan en la memoria mucho tiempo después de leídas, y las hermanan con las que ponen fin a esa otra obra maestra de la novela histórica titulada Memorias de Adriano (Mémoires d’ Hadrien, 1951), de Marguerite Yourcenar. Aquí os dejo un fragmento.

No me entiendas mal. Nunca he sentido ese amor sentimental y retórico por el pueblo común que estaba tan en boga durante mi juventud e incluso ahora. En su conjunto la raza humana me parece bruta, ignorante y ruda, cualidades que se ocultan tanto bajo la basta túnica del campesino como bajo la toga blanca y púrpura del senador. No obstante, en el más débil de los hombres he apreciado, en momentos en que estaban solos y eran ellos mismos, arranques de fuerza como filones de oro en una roca que se descompone; y en el más cruel de los hombres, atisbos de ternura y compasión; y en el más vano, momentos de elegancia y sencillez. Recuerdo a Marco Emilio Lépido: un hombre viejo despojado de sus títulos a quien hice pedir perdón públicamente por sus delitos y suplicar por su vida. Después de haberlo hecho, en presencia de los soldados a los que había mandado, me miró durante un largo instante, sin vergüenza, miedo ni arrepentimiento, y sonrió. A continuación se dio la vuelta y, muy erguido, comenzó a caminar hacia su oscuridad. Y recuerdo a Marco Antonio en Actium, que miraba desde la proa de su barco cómo Cleopatra y su flota se alejaban condenándole a una derrota segura, y que en aquel momento entendió que ella jamás le había amado. Había no obstante en su rostro una expresión sabia y casi femenina de afecto y perdón. Y recuerdo a Cicerón, cuando finalmente supo que sus imprudentes intrigas habían fallado, y cuando en secreto le informé de que su vida corría peligro. Sonrió como si entre los dos no hubiera pasado nada y dijo:

-No te preocupes. Soy un hombre viejo. Aunque haya cometido errores, he amado a mi país.

Tengo entendido que rindió el cuello a su verdugo con esa misma elegancia.

Así pues, no fue por idealismo o porque me creía moralmente superior que decidí cambiar el mundo, motivos que invariablemente engendran el fracaso. Ni tampoco lo hice para incrementar mis riquezas y mi poder, dado que la riqueza que va más allá de la comodidad de uno mismo me ha parecido siempre la más aburrida de las posesiones, y el poder que va más allá de su utilidad, la más despreciable. Lo que vino a buscarme aquella tarde en Apolonia hace casi sesenta años era el destino, y decidí no rehusar su abrazo.

Traducción de Christine Monteleone.

Publicada por Ediciones Pàmies.

MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA de Lucia Berlin

Los suspiros, el ritmo de nuestros latidos, las contracciones de parto, los orgasmos, acaban todos por acompasarse, igual que los relojes de péndulo colocados uno cerca del otro pronto sincronizan su vaivén. Las luciérnagas en un árbol se encienden y se apagan como una sola. El sol sale y se pone. La luna crece y mengua y el periódico suele caer en el porche a las seis y treinta y cinco de la mañana.

El tiempo se detiene cuando alguien muere. Por supuesto se detiene para ellos, quizá, pero para los que sufren la pérdida el tiempo se desquicia. La muerte llega demasiado pronto. Olvida las mareas, los días que se alargan y se acortan, la luna. Hace trizas el calendario. No estás en tu escritorio o en el metro o preparando la cena para los niños. Estás leyendo People en la sala de espera de un quirófano, o temblando en un balcón mientras fumas toda la noche. Miras al vacío, sentada en el cuarto de tu infancia con el globo terráqueo sobre la mesa. Persia, el Congo Belga. El problema es que cuando vuelves a la vida normal, todas las rutinas, las marcas del día a día parecen mentiras sin sentido. Todo es sospechoso, una trampa para adormecernos, para volver a arroparnos en la plácida inexorabilidad del tiempo.

El mejor libro que leí en 2017 -y en muchos años- se titula Manual para mujeres de la limpieza (A Manual for Cleaning Women: Selected Stories, 2015), de la olvidada y, afortunadamente, redescubierta autora Lucia Berlin, una cita inexcusable para quien guste de la mejor literatura y, sobre todo, para los amantes de ese pozo sin fondo de obras maestras que es el relato norteamericano. Cómo no, la prosa de Berlin ha sido comparada inevitablemente con la de Chéjov o la de Carver, entre otros. De manera muy personal, por su libertad expresiva y sus sorprendentes imágenes me ha devuelto a Cortázar; por su sinceridad y su capacidad para impresionar con una sola frase o un corto párrafo, a John Cheever.

De todas formas, al hablar de Lucia Berlin las comparaciones resultan bastante ociosas; sus relatos, muy a menudo autobiográficos, no aceptan fácilmente parangón. Su prosa a flor de piel, su cadencia de grito silencioso, el humor que enmascara la tristeza, la engañosa espontaneidad que oculta el esfuerzo de pulir los textos o su pasmosa facilidad para pintar escenas cotidianas, bodegones de la rutina, entre cuyos objetos se cuelan sus sentimientos consiguen la ineludible sensación de encontrarnos ante una literatura completamente nueva, de no haber leído nunca nada similar.

El fragmento que encabeza la entrada es el inicio del relato “Espera un momento”, uno de mis favoritos de la antología, en el que recuerda a su hermana, fallecida víctima de un cáncer en Ciudad de México. Aquí os dejo el final.

La última vez llegaste unos días después de la ventisca. El hielo y la nieve todavía cubrían el suelo, pero casualmente hubo un día de calor. Las ardillas y las urracas parloteaban y los gorriones y los pinzones cantaban en los árboles desnudos. Abrí todas las puertas y las cortinas. Tomé el té en la mesa de la cocina, sintiendo la caricia del sol en la espalda. Las avispas salieron del nido del porche, flotaban somnolientas por mi casa, zumbando en círculos lentos de un lado a otro de la cocina. Justo en ese momento se agotó la batería de la alarma de incendios, así que empezó a chirriar como un grillo en verano. El sol caía sobre la tetera y el tarro de la harina, el jarrón plateado de los esquejes.

Una iluminación perezosa, como una tarde mexicana en tu habitación. Pude ver el sol en tu cara.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino.

Publicado por Alfaguara.

 

ESTILO de Charles Bukowski / ORDINARIA LOCURA (1981) de Marco Ferreri

Uno de mis poemas preferidos del tan controvertido Charles Bukowski es el titulado “Estilo” (Style), que forma parte del libro Ruiseñor, deséame suerte (Mockingbird Wish Me Luck, 1972). Aquí os dejo la versión original en inglés.

STYLE

style is the answer to everything —                                                       
a fresh way to approach a dull or a
dangerous thing.
to do a dull thing with style
is preferable to doing a dangerous thing
without it.

Joan of Arc had style,
John the Baptist,
Christ,
Sócrates,
Caesar,
Garcia Lorca.

style is the difference,
a way of doing,
a way of being done.

6 herons standing quietly in a pool of water
or you walking out of the bathroom naked
without seeing
me.

Una versión extendida del poema, que me gusta aún más, abre la primera secuencia del film Ordinaria locura (Storie di ordinaria follia), recitada por Henry Chinasky (estupendo Ben Gazzara), alter ego del autor y protagonista de buena parte de sus novelas y relatos. Como la mayoría de las firmadas por Marco Ferreri, la película no es como para tirar cohetes, pero en sus mejores momentos consigue introducirnos en su recreación nada académica y muy onírica de una vida entregada a la literatura, el alcohol, el sexo y la autodestrucción, elementos los dos últimos encarnados también en el personaje interpretado por Ornella Muti. A quienes se animen a verla, les puede traer a la memoria algunos momentos de la segunda etapa del cine de Fellini o de la película de Eliseo Subiela El lado oscuro del corazón (1992).

Aquí os dejo traducida la versión que aparece en el film de Ferreri.

ESTILO

El estilo es la respuesta a todo.
Una manera desenvuelta de afrontar algo aburrido o peligroso.
Hacer algo aburrido con estilo es mejor que hacer algo peligroso sin estilo.
Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo arte.
Torear puede ser un arte.
Boxear puede ser un arte.
Amar puede ser un arte.
Abrir una lata de sardinas puede ser un arte.
No muchos tienen estilo.
No muchos pueden conservar el estilo.
He visto perros con más estilo que hombres.
A pesar de que no muchos perros tengan estilo.
Los gatos lo tienen en abundancia.

Cuando Hemingway estampó sus sesos en la pared de un disparo, eso era estilo.
Algunas veces la gente te aporta estilo.
Juana de Arco tenía estilo.
Juan el Bautista.
Cristo.
Sócrates.
García Lorca.

He encontrado hombres en prisión con estilo.
He encontrado más hombres en prisión con estilo que hombres fuera de prisión.
El estilo es una diferencia, una manera de hacer, una manera de ser hecho.
Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo
del baño desnuda sin verme.

 

 

 

Adiós a Sam Shepard (y 2): un poema de CRÓNICAS DE MOTEL

Y para finalizar el recuerdo a Sam Shepard, aquí os dejo mi poema preferido de Crónicas de motel, la miscelánea de prosa y poesía que dio origen a París, Texas, en traducción de Enrique Murillo para Ed. Anagrama.

me encontré con la doble de la Estrella

al abrirse hacia los lados la puerta del ascensor

y yo salía

y ella entraba                                                                              

a las cuatro de la madrugada

y vi que estaba absolutamente pirada

le pregunté qué había tomado

dijo 6 Valium y Vino Blanco

porque hoy era el último día de rodaje

y le pareció que había que celebrarlo

jodiendo con algún tío del equipo

y colocándose

porque éste era su pueblo

y ella iba a quedarse

mientras nosotros nos íbamos

y la tortura de no ser más que una doble

dejada atrás

en un pueblo en el que le dolía haber nacido

estaba destrozándola ahora

de verdad

y eso hizo que volviera a avergonzarme

de trabajar como actor en una película

y provocar ilusiones tan estúpidas

de modo que me la llevé a mi habitación

sin planes respecto a su cuerpo

y ella se sintió tan desesperadamente decepcionada

intentó arrojarse por la ventana

y le dije que no valía la pena

no es más que una película estúpida

no tan estúpida, dijo ella, como la vida

1/11/81

Seattle, Wa.

 

Adiós a Sam Shepard (1): PARÍS, TEXAS (1984) de Wim Wenders

Sam Shepard tuvo el buen gusto de no dejar sola a Jeanne Moreau en su último viaje. Conocido en España sobre todo por su trabajo como (gran) actor, fue también director de cine, guionista, autor teatral, poeta y escritor de relatos. Compañero de fatigas artísticas de Raymond Carver, James Salter, Richard Ford, Bob Dylan y tantos otros autores que han ido creando la gran crónica norteamericana de los siglos XX y XXI, su literatura nos muestra la cara más cotidiana y amarga de las relaciones humanas, el otro lado del sueño, siempre susurrando entre líneas mucho más de lo que dicen las palabras. Como muestra de ello pasó por aquí hace tiempo el relato Todos los árboles están desnudos, uno de mis favoritos.

En cuanto a su labor como guionista, Shepard escribió para Wim Wenders -cineasta alemán pero absolutamente enamorado de cierta mitología norteamericana- dos películas hermanadas: Llamando a las puertas del cielo (Don’t Come Knocking, 2005) y, sobre todo, París, Texas (Paris, Texas), una de mis películas preferidas de siempre, la odisea homérica de un hombre llamado Travis (portentoso Harry Dean Stanton) que cruza el país con su hijo para llevarlo de nuevo junto a su madre (Nastassja Kinski), cuyo germen es un libro del propio Shepard, compuesto de textos en prosa y poemas, titulado Crónicas de motel (Motel Chronicles, 1982). En palabras del propio Wenders: “El film que yo había querido hacer en los Estados Unidos estaba ahí, en ese lenguaje, esas palabras, esa emoción americana. No como un guion, sino como una atmosfera, un sentido de la observación, una suerte de verdad”

Wenders y Shepard agarran esa “atmósfera” para realizar uno de los films más genuinamente americanos de la historia, compendio de una forma de entender la vida trasladada al arte. Carreteras interminables, moteles y tugurios, luces nocturnas de neón, vidas derrotadas en busca de algo o de alguien para encontrarse a sí mismas, para alcanzar la redención: toda una iconografía estética y ética de la derrota que tiene no poco de romántico y que está presente en la mejor literatura de Shepard y de sus contemporáneos -incluido el austriaco Peter Handke, especialmente el de Carta breve para un largo adiós-, en la música de Dylan y de tantos otros, en la obra de fotógrafos como Robert Adams o en la pintura, tan cinematográfica y con tantas historias dentro por imaginar o descubrir, de Edward Hopper.

Aspectos culturales que, en mi opinión, no son ajenos -o quizá incluso provengan de él- al wéstern, el género norteamericano por antonomasia, cuya filmografía está repleta de tipos solitarios que buscan su lugar en el mundo o que ya han renunciado a él, de desarraigados que tratan de olvidar su pasado o que han de retomarlo para dejarlo definitivamente atrás y reencontrarse. Parte de su imaginería está también presente, y de qué manera, a lo largo y ancho de París, Texas, desde su inicio con nuestro protagonista  deambulando amnésico por el desierto, hasta la enorme influencia que, a mi modo de ver, recibe de un clásico como Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.

Tanto Ethan Edwards (John Wayne) como Travis emprenden un viaje para encontrar a alguien -Ethan, a su sobrina, raptada por los comanches; Travis, a su esposa-, y al terminar esa odisea con éxito, algo de absolución, de paz con respecto al pasado y a ellos mismos, se llevan consigo; pero también la inevitable derrota de saber que ya no pueden quedarse entre sus familiares, que su lugar ya no está entre ellos. Con la figura de Ethan traspasando el umbral de la puerta para dirigirse al desierto y con las luces del coche de Travis desapareciendo en la noche hacia no sabemos dónde, dos almas gemelas, dos de los más grandes personajes del cine norteamericano, nos abandonan para continuar su propia búsqueda.

QUIZÁ NO SEA SIEMPRE ASÍ… de e. e. cummings

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Por segunda vez aparece en este blog el gran poeta norteamericano e. e. cummings (Edward Estlin Cummings), esta vez con el poema número XI del apartado “Sonetos-Irrealidades”, incluido en su libro Tulipanes y chimeneas (Tulips & Chimneys, 1923). La traducción es de José Casas.

 

quizá no sea siempre así;y digo

que si tus labios,que he amado,tocasen

los de otro,y tus fuertes queridos dedos se apoderasen

de su corazón,como del mío no hace mucho;

si tu dulce cabello descansase sobre otro rostro

en medio de un silencio como el que yo conozco,o

unas palabras grandes y retorcidas,como las pronunciadas con énfasis,

se alzasen indefensas ante el espíritu acosado;

 

si esto ocurriese,digo que si esto ocurriese-

tú,corazón mío,envíame un pequeño mensaje;

para que pueda acercarme a él,y cogiendo sus manos,

le diga,Acepta de mí toda la felicidad.

Entonces volveré la cabeza y escucharé a un pájaro

cantar terriblemente lejos en las tierras perdidas.

 

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it may not always be so;and i say

that if your lips,which i have loved,should touch

another’s,and your dear strong fingers clutch

his heart,as mine in time not far away;

if on another’s face your sweet hair lay

in such a silence as i know,or such

great writhing words as,uttering overmuch,

stand helplessly before the spirit at bay;

 

if this should be,i say if this should be-

you of my heart,send me a little word;

that i may go unto him,and take his hands,

saying,Accept all happiness from me.

Then shall i turn my face,and hear one bird

sing terribly afar in the lost lands.

LOS IMPUNES de Richard Price

Richard Price is also the author of, among others, Clockers, Freedomland and The Wanderers.

Tras La vida fácil (Lush Life, 2008), que ya tuvo aquí su espacio, el gran Richard Price vuelve a la novela con Los impunes (The Whites, 2015), otra magistral crónica sobre la violenta realidad de las calles de Nueva York igual de buena o mejor que la anterior. Repleta de diálogos memorables al servicio de ese estilo tan visual marca de la casa que bebe tanto de la literatura y el cine policiacos como, en mi opinión, de la novela del XIX, la literatura de Price es uno de esos valores seguros que difícilmente defraudan.

41Dw2FIx1KL._SY445_QL70_Billy Graves es el único miembro aún en activo de una antigua división contra el crimen del Bronx, un grupo de compañeros y amigos que de vez en cuando se reúnen para tomar unas copas, comprobar que se van haciendo viejos y recordar aquello que los une de manera obsesiva: todos ellos guardan en el armario un fracaso, un culpable a quien no consiguieron llevar ante la justicia. Cuando uno de estos “impunes” aparece asesinado en una estación de tren, los fantasmas del pasado volverán para interrumpir la rutina de Billy. Paralelamente, conoceremos a otro agente llamado Milton Ramos, un policía alcohólico y violento que también tiene cuentas pendientes y parece dispuesto a todo para que se las paguen. Por supuesto, las vidas de Billy y Milton no tardarán en encontrarse.

Obra coral en la que, como es habitual en las novelas y los guiones televisivos de Price, cada personaje tiene sus momentos de gloria literaria, Los impunes supone una nueva y compleja incursión del autor en la realidad de las calles neoyorquinas, en la lucha diaria de los policías contra la delincuencia y contra su propia rutina diaria, pero sobre todo es una historia sobre los trapos sucios que nunca podrán lavarse y su peso en la conciencia, sobre la doble moral a la que agarrarnos cuando nos conviene y su influencia a la hora de perdonar a los demás y a nosotros mismos. Al terminar de leer su última página, resulta inevitable preguntarnos quiénes son realmente los impunes.

Milton cogió la toalla sucia y la dobló cuidadosamente hasta formar una gruesa tira. A continuación se puso a horcajadas sobre el borracho y extendió la toalla transversalmente sobe su garganta. Abrió al máximo la porra extensible y la colocó en el centro de la toalla. Apoyando con cuidado el pie derecho sobre el extremo más estrecho, presionó la barra de acero contra uno de los costados de la garganta del tipo. Después, agarrándose a una rama para mantener el equilibrio y modular la presión, colocó el otro pie sobre el mango de la porra, de modo que todo su peso cayera sobre la nuez; dicho peso fluctuaba entre los ochenta y los ochenta y cinco kilos dependiendo de la época del año y de qué festividad acabara de pasar.

Los ojos repentinamente saltones del borracho adquirieron una rojez húmeda y dorada, y el único sonido que fue capaz de proferir fue un débil gorjeo, como el de un pollito recién nacido en una granja cercana.

Al cabo de aproximadamente unos treinta segundos, Milton se bajó de la porra, primero un pie y después el otro, a continuación se acuclilló y retiró la gruesa toalla de debajo; el cuello no tenía ni una sola marca. Volvió a colocar la toalla sobre la garganta del tipo y nuevamente extendió la porra justo en el centro.

-¿Una vez más?

El borracho negó con la cabeza, hasta el débil gorjeo había desaparecido.

-Vamos… -Milton se irguió cuan largo era, volvió a equilibrarse sobre ambos extremos de la porra y empezó a balancearse de lado a lado-. Por si acaso nunca volvemos a vernos.

Traducción de Óscar Palmer Yáñez.

Publicada por Mondadori.

LA ÚLTIMA GALOPADA de Thomas Eidson

thomas-eidson

Paralelamente a la recuperación de los grandes clásicos del wéstern literario como Alan Le May, Dorothy M. Johnson o James Warner Bellah, la editorial Valdemar ha tenido la feliz idea de presentarnos a Thomas Eidson, uno de los más reconocidos autores contemporáneos del género. Para ello ha escogido su segunda y estupenda novela, La última galopada (The Last Ride, 1995), llevada al cine en 2003 por el habitualmente impersonal y sosainas Ron Howard. Protagonizada por Tommy Lee Jones y Cate Blanchet, Desapariciones (The Missing) resultaba un puro entretenimiento simplificador de la novela que apuntaba directamente a sus componentes de acción, aventura y terror.

Los acontecimientos que narra La última galopada nos sitúan en Nuevo México en 1886. Mientras Brake Baldwin, 516Ln0Uj6ZL._SX337_BO1,204,203,200_sentado frente a su rancho, lee en un periódico que “El Salvaje Oeste ha muerto”, se acerca a su rancho un anciano jinete fantasmal, un enorme hombre blanco vestido como un apache que pregunta por el hogar de los Baldwin. Brake le ofrece acogida, pero su esposa Maggie, al ver al anciano, se comporta de manera extraña y solo accede a que se quede un par de días en el establo y después se vaya. Sin embargo, cuando una partida de apaches secuestra a su hija mayor y deja malherido a Brake, Maggie no tendrá más remedio que aceptar la ayuda del extraño visitante para perseguir a los indios, dando comienzo así un largo y sangriento itinerario durante el cual iremos conociendo la oculta relación entre los dos protagonistas, a la par que sabremos que aquel titular del periódico con que comenzaba la novela distaba mucho de estar en lo cierto.

Habitada por varios personajes de los que dejan huella, como el large_tKDKvntptlj36WUTzm9Bl3N9bpkanciano jinete Samuel Jones, el mejicano Mannito, el sheriff John o el terrorífico líder de los apaches, y repleta de fragmentos de gran literatura violenta, tensa y misteriosa, La última galopada probablemente pierde fuerza cuando nos da excesivas explicaciones sobre los personajes y cuando resulta redundante al tratar la lucha entre la fe del cristianismo y la magia del paganismo, pero en sus mejores páginas, que son muchas, consigue que regresemos en parte al argumento de Centauros del desierto -a la novela de Le May y al film de John Ford- y que volvamos a sentir la atmósfera opresiva de películas como La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968), de Robert Mulligan, o La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), de Robert Aldrich.

-Buenas noches -dijo Baldwin.

El hombre asintió. Los ojos de Baldwin se movían lentamente sobre él. Era viejo, probablemente de unos setenta años, y grande, casi dos metros de altura, muy delgado pero con algo de barriga. Era imposible saber si era blanco o mestizo. En otro tiempo debió de tener la complexión de un toro salvaje… ahora era todo huesos, crestas y valles. Su rostro curtido se había tostado oscureciéndose a un tono ocre y parecía remendado con trozos de arcilla húmeda que no encajaban unos con otros totalmente; su pesada nariz estaba rota, tal vez en más de una ocasión, y parecía cansado o borracho, o ambas cosas. Su atuendo era extravagante: fronterizo, indio y mexicano. La gente había dejado de vestir así hacía al menos cuarenta años. Los ojos de Baldwin regresaron a las facciones brutales del rostro del hombre.

Un pequeño terrier negro y blanco, del tamaño de un sacabotas, estaba posado sobre la grupa del caballo con el pelo ondeando al viento tormentoso, haciéndole parecerse al perro del circo que Baldwin vio en una ocasión. Sin previo aviso dio un salto en el aire, se desplomó sobre el suelo y luego trotó nerviosamente alrededor de las piernas del ranchero -justo fuera del alcance de una patada- gruñendo como si pesara cien libras en lugar de diez.

-¿Muerde? -aulló Baldwin levantando la voz sobre el creciente rugido de la tempestad.

El anciano asintió otra vez, revelándose ante los ojos de Baldwin durante unos segundos como un demonio que galopaba en aquel oscuro viento.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Publicada por Valdemar.