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HOMBRES IMPRUDENTEMENTE POÉTICOS de Valter Hugo Mãe

Entre las novedades literarias de este año que acaba, una de las más singulares, ya desde su precioso título, es Hombres imprudentemente poéticos (Homens imprudentemente poéticos, 2018), la última novela hasta la fecha de Valter Hugo Mãe. Y utilizo el término “novela” aunque en puridad no se ajuste exactamente a la naturaleza del texto, lo cual puede servir de aviso ya de inicio para muchos navegantes.

Su delgado argumento nos lleva a una aldea japonesa y a la confrontación entre dos de sus vecinos: Itaro, un artesano fabricante de abanicos que vive con su hermana ciega, Matsu, y con su criada, Kame, y Saburo, un alfarero que cuelga el kimono de su esposa, asesinada al parecer por un espíritu, en el espantapájaros de su jardín para que, de algún modo, continúe acompañándolo. El odio entre ambos hombres y el deseo de verse muertos será el núcleo de esta novela protagonizada en realidad por la magia, las creencias, los rituales y la belleza del Japón tradicional.

Encabezada por una cita del gran escritor Yasunari Kawabata y dedicada a los cineastas Yasujiro Ozu y Hayao Miyazaki, Hombres imprudentemente poéticos es una extraordinaria obra escrita a contracorriente, ajena a modas o escuelas, en la que la sintaxis, la significativa ausencia del adverbio “no”, las sugerentes expresiones y palabras y sus hermosas connotaciones consiguen unir sutilmente prosa y poesía hasta hacerlas inseparables, como si fueran un mismo género.

Sospecho que estamos ante una novela que, al menos en nuestro país, no encontrará demasiados lectores y que, probablemente, su autor sea consciente de ello; sospecho que Valter Hugo Mãe también sea, en cierto modo, un hombre imprudentemente poético.

Para sentir la ilusión de algún alivio, Matsu comenzó a contar historias tontas acerca de la vecindad. Escuchaba las conversaciones de quienes pasaban por el camino. En algunas ocasiones, abandonaban su recorrido e iban a saludarla, elogiando sus maneras recatadas al sol. Y la joven reconocía las voces y los olores, la pisada e incluso el sonido de los tejidos mejores y peores. Por el sonido, Matsu distinguía a las personas y las memorizaba sin confusión. Por simpatía, a las pocas personas de la comunidad les gustaba alegrar a la joven ciega, contándole tan solo peripecias simpáticas, aventuras y asombros cómicos que servían de ayuda para cargar con la oscuridad. Por la noche, sin ignorar lo terrible de la vida pero queriendo a su vez alegrar a su hermano y a su madre de cerca, Matsu hablaba, a menudo inventando versiones propias de los rumores más simples, otorgándoles mayor grandeza y mayor interés. Lentamente, por afecto, el artesano Itaro y la señora Kame se entregaban a la satisfacción de aquel instante. Podía ocurrir que protestasen por la difícil verosimilitud de los relatos, podía ser que añadiesen datos que ellos habían escuchado durante los breves descansos de su trabajo, o podía pasar que tan solo riesen. Estaban vivos y juntos, pensaban. Estaban vivos y juntos. La felicidad podía ser aquello. Matsu, por incapacidad de contenerse, decía aquello mismo: la felicidad está en la atención a un detalle. Como si el resto se ausentase para admitir la fuerza de un instante perfecto.

Traducción de Martín López Vega.

Publicada por :Rata_

ESCALOFRÍO EN LA TARDE de Eugénio de Andrade

Del poeta portugués Eugénio de Andrade (1923-2005), seudónimo de José Fontinhas, los versos de Escalofrío en la tarde, poema que pertenece al libro Los surcos de la sed (Os sulcos da sede,2001) y que puede encontrarse en la antología Todo el oro del día, a cargo de Ángel Campos Pámpano y publicada por Pre-Textos.

ESCALOFRÍO EN LA TARDE        

No sé quién, ni en qué lugar,

pero alguien se me debe haber muerto.

He sentido esa muerte en un escalofrío de la tarde.         

Algún amigo, uno de los varios

que no conozco y sólo la poesía

sustenta. Quizá la muerte fuese

otra: un pequeño reptil                                                 

al sol súbito y caliente de marzo

aplastado por un golpe certero;

un perro atropellado por un bruto

que, al volante, se cree un dios

de arrabal, con éxito seguro

entre las tres o cuatro putas de turno.

Quizá la de una estrella, porque también

ellas mueren, también ellas mueren.

 

ARREPIO NA TARDE

Não sei quem, nem em que lugar,

mas alguém me deve ter morrido.

Senti essa morte num arrepio da tarde.

Qualquer amigo, um dos vários

que não conheço e só a poesia

sustenta. Talvez a morte fosse

outra: un pequeno réptil

no sol súbito e quente de março

esmagado por pancada certeira;

um cão atropelado po um bruto

que, ao volante, se julga um deus

de arrabalde, com sucesso garantido

junto de três ou quatro putas de turno.

Talvez a de uma estrela, porque também

elas morrem, também elas morrem.