Archive for the ‘Literatura uruguaya’ Category

YA NO… de Idea Vilariño

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Idea-Vilariño.-Poesía-completaLa poetisa Idea Vilariño fue una de las componentes de la Generación del 45 uruguaya, junto a otros grandes autores más conocidos como Emir Rodríguez Monegal, Mario Benedetti o, por supuesto, Juan Carlos Onetti, con quien mantuvo durante años una apasionada relación tras conocerse en 1950.

Cuatro años más tarde, Onetti le dedicaba Los adioses, una de sus mejores novelas, y en 1957, tras romper su relación, Idea le escribía el poema Ya no…, publicado en la colección Poemas de amor y que puede encontrarse actualmente en su Poesía completa (Lumen, 2008). Aquí os lo dejo.

YA NO…

Ya no seráIdea Vilariño

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué

ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que eraidea-onn

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya no serás para mí

más que tú.idea_fullscreen

Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.

 

LA CACERÍA de Alejandro Paternain

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Con el recuerdo de la literatura de Conrad, Stevenson, Kipling, Falkner y O´Brian por bandera y las bodegas repletas del cine de Curtiz, Walsh, Tourneur y tantos otros, en 1997 nos llegó, de la mano del maestro uruguayo Alejandro Paternain, la maravillosa novela La cacería, devolviéndonos de nuevo en todo su esplendor el género de aventuras en el mar y, con él, tantas otras cosas que echábamos de menos.

12154-10083-largeAl mando de la historia, John Blackbourne, marino de Baltimore y capitán de la goleta La Intrépida, con patente de corso bajo pabellón uruguayo, y Basilio de Brito, capitán del brick portugués Espíritu Santo, a quien el gobierno de su país ordena detener a toda costa al navío norteamericano. Dos personajes que, sin haberse visto nunca y a través de la distancia que separa sus barcos, intentan conocerse y descubrir sus puntos débiles, y que acaban respetándose y admirándose mutuamente. A sus órdenes, una tripulación de secundarios memorables, entre los que destaca el marinero irlandés de La Intrépida Patrick Donagall, cuya historia irá paulatinamente cobrando importancia en boca de sus compañeros hasta erigirse en protagonista al final de la novela. Y junto a ellos, el resto de personajes imprescindibles: el honor, la valentía, la gloria sin recompensa, los abordajes y los funerales marinos, las leyendas corsarias ante el grog o el brandy, las tormentas que deciden el destino de los hombres, la nostalgia de la tierra dejada atrás, las mujeres que esperan el regreso…

Entre el metálico encuentro de los sables y el rugido de los cañones, la exquisita y ensoñadora prosa de La cacería, elegante como pocas, nos hace navegar a toda vela y sin descanso por sus páginas, volver sobre ellas para saborearlas de nuevo y, una vez terminadas, buscar alguna otra de las novelas que nos dejó escritas este Don Alejandro Paternain, que en 2004 partió definitivamente en busca de nuevos mares por descubrir.

“¡El timón!”, informa Luis de Almeida. “No gobierna”, exclama el timonel, despavorido. Insto a los carpinteros reparación urgente, encargo a Pinto que restablezca el orden en cubierta, pongo a Freire da Nóbrega bajo asistencia del jesuita Araújo, y aprovechando que la lluvia ha cesado, mando a los artilleros que apresten otra andanada. Despliego el catalejo, escruto la goleta, veo su cañón giratorio, ha asestado golpes muy duros, no sé con qué artes, y procuro descubrir al capitán. Lo he juzgado mal, he subestimado su capacidad o no he comprendido que la suerte viaja con él. Será tal vez aquel hombre alto, sobre la toldilla, que golpetea una prenda -¿su gorra de lana, empapada?- contra la balaustrada, que corre ahora por cubierta, dando órdenes a los veleros, haciéndolos bracear las vergas hasta obtener ángulos que les permitan acercar la goleta a mi barco sin gobierno. Ése ha de ser, un perfil de hombre joven que trabaja a la par de cualquier marinero, que aparta los artilleros de sus piezas para que empuñen los garfios de abordaje, que induce a la marinería para que, cuchilla en mano, cimbren sus aceros de modo amenazante. Ése es, qué duda cabe, volviendo a su puesto en la toldilla. Un poco más de luz en este día encapotado, y adivinaría las líneas de su rostro, el carácter que componen esas líneas, el orgullo, la vanidad, la rapacidad, la felicidad que me halagarían si estuviese en su lugar, sin importarle -como tampoco a mí me hubiese importado- que ese pabellón sostenido a despecho de la lluvia pertenezca a una fuerza vencida a miles de millas, hace meses. Lo mismo sentiría yo si hubiese desarbolado y dejado sin timón al enemigo. Dos cañonazos bastaron, disparados con puntería implacable. Los cielos así lo disponen; y la lluvia, que arrecia o escampa cuando quiere, riéndose de lo que los hombres proponen.

Publicada por Alfaguara.

LOS ADIOSES de Juan Carlos Onetti

Onetti ya estuvo por aquí con sus relatos, pero a un escritor de su envergadura es obligado volver una y otra vez. Los adioses (1954), que no pertenece al más conocido Ciclo de Santa María, me parece, sencillamente, una de las mejores novelas en nuestro idioma, apenas sesenta páginas a las que la etiqueta de imprescindibles se les queda pequeña.

21154133Dedicada a uno de los grandes amores de su vida, la poetisa uruguaya Idea Vilariño, es una obra maestra de la ambigüedad narrativa y de lo que supone la técnica del punto de vista en la novela. La historia de los tres personajes principales, el enfermo que llega al sanatorio y las dos mujeres que le visitan, lo que ocurre entre ellos o lo que quizá ocurre, lo conocemos sólo a través de la mirada de un observador, de un testigo que no sabe pero imagina, supone y chismorrea, obligando al lector a ponerse en su piel, a convertirse en otro personaje asomado a la ventana indiscreta. Onetti nos manipula a su antojo, nos hace partícipes de la culpabilidad moral del narrador, y ni siquiera se apiada de nosotros ofreciéndonos la resolución completa del enigma.

El inicio de esta novela portentosa es suficiente para atraparnos definitivamente y para recordarnos, por si hacía falta, que nadie ha escrito como Onetti.

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.”

Publicada por Barral, Bruguera y otras.

LA BUENA TINIEBLA de Mario Benedetti

Geografías, publicado en 1984, es uno de los libros en los que Mario Benedetti mezcla poesía y cuentos. En él aparece el poema La buena tiniebla, uno de mis preferidos del autor uruguayo.

LA BUENA TINIEBLA

Una mujer desnuda y en lo oscuro

genera un resplandor que da confianza

de modo que si sobreviene

un apagón o un desconsuelo

es conveniente y hasta imprescindible

tener a mano una mujer desnuda

entonces las paredes se acuarelan

el cielo raso se convierte en cielo

las telarañas vibran en su ángulo

los almanaques dominguean

y los ojos felices y felinos

miran y no se cansan de mirar

una mujer desnuda y en lo oscuro

una mujer querida o a querer

exorcisa por una vez la muerte.

               Publicado por Alfaguara.

CUENTOS de Juan Carlos Onetti

“Estábamos en San Francisco con Mario (Vargas Llosa). Él me dijo que escribía de tal hora a tal hora, y ese tipo de cosas. Al final yo le dije: mirá, lo que pasa es que vos tenés con la literatura relaciones conyugales. Para mí es una puta. Si viene, viene. Mario se sienta a escribir, y si no le salen bien las cosas, putea y sigue. Yo no. Yo me pararía, me iría a pasear, y volvería al otro día para ver si la cosa estaba a punto.”     

        Quien así hablaba, en una entrevista de 1973 con Jorge Barnechea, incluida en el libro Peregrinos de la lengua (Alfaguara, 1997), es Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909- Madrid, 1994), uno de los más grandes escritores de la literatura hispana y aún de todas las literaturas. Galardonado en 1980 con el premio Cervantes, nunca llegó a tener la fama de un García Márquez o un Vargas Llosa, en parte porque rehuía la popularidad, las entrevistas y las opiniones públicas, y en parte porque su literatura no participa de grandes argumentos, no usa traje y corbata, sino que lleva la ropa sucia, huele a alcohol y a tabaco, odia, ama, sueña, siente piedad y, a veces, tira de pistola o de navaja.

      Onetti escribió la que para mí sigue siendo, junto a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, la mejor novela corta en castellano : Los adioses (1954), apenas cien páginas deslumbrantes, y algunos de los mejores relatos que uno haya tenido ocasión de leer.

      En Un sueño realizado, la portadora de ese sueño es descrita así por Onetti: “… aquel aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días”.

     En La cara de la desgracia, no se puede narrar mejor la gratitud por el amor que redime: “Nos ayudamos a desnudarla en lo imprescindible y tuve de pronto dos cosas que no había merecido nunca: su cara doblegada por el llanto y la felicidad bajo la luna, la certeza desconcertante de que no habían entrado antes en ella”.

     En Bienvenido, Bob se nos muestra la forma más cruel e infinita del odio y el desprecio: “Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro”.

     Tan triste como ella es una historia de amor y resentimiento, acaso la más terrible: “De pronto vio la enorme luna que se alzaba entre el caserío gris, negro y sucio; era más plateada a cada paso y disolvía velozmente los bordes sanguinolentos que la habían sostenido. Paso a paso, comprendió que no avanzaba con la valija hacia ningún sitio, ninguna cama, ninguna habitación. La luna ya era monstruosa. Casi desnuda, con el cuerpo recto y los pequeños senos horadando la noche, siguió marchando para hundirse en la luna desmesurada que continuaba creciendo”.

     De la lectura de Onetti se sale con un regusto amargo, salpicado como si hubiéramos paseado junto a sus personajes. Sus historias son pequeñas, cotidianas, las más universales en el fondo. De hecho, el único tipo de historia que nos pertenece a todos.

     Los Cuentos Completos de Onetti están publicados en Alfaguara.