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TODOS LOS FUNES de Eduardo Berti

Todos los funes (1994), finalista del XXII Premio Herralde de Novela, cuenta dos historias de amor, de amor por la literatura y de amor por una mujer, los cuales, como es bien sabido, pueden llegar a ser el mismo. Jean-Yves Funès, el protagonista de la novela, es un profesor de literatura jubilado que viaja a Lyon para asistir a un ciclo de conferencias. Durante su estancia allí, a través de las conversaciones con los enigmáticos personajes que va conociendo y mientras se agrava su larga enfermedad, Funès rememora su gran amor por Marie-Hélène – la esposa fallecida años atrás-, bucea en el misterio sobre su propia identidad que siempre le ha acompañado, y recuerda el proyecto nunca realizado de escribir un libro sobre todos los Funes de la literatura hispanoamericana, desde el protagonista de Funes el memorioso -uno de los más impresionantes cuentos de Borges-, hasta los que aparecen en El examen, Bestiario y Sobremesa de Julio Cortázar, pasando por los que crearon Horacio Quiroga o Augusto Roa Bastos.

        De lectura amable y fácil, con los diálogos intercalados en la voz del narrador, lo que consigue que fluya mejor la historia sin entorpecerla en ningún momentoy con un personaje central al que enseguida cogemos cariño, Todos los Funes guarda desde sus primeras páginas un aire de irrealidad, de que estamos leyendo algo soñado más que sucedido, sensación inevitablemente acentuada por la sucesiva aparición de personajes improbables. La maravillosa escena final nos aporta algunas claves sobre la historia, pero su ambigüedad, afortunadamente, nos sigue acompañando.

        “Inútilmente Funès revisó hasta su último bolsillo. Nada, dictaminó, me temo que no me queda ni una pero, a ver, ¡ya lo tengo!, y se aflojó la correa del reloj. Si cae boca arriba paseamos junto al Rhône, si cae boca abajo paseamos junto al Sâone, ¿estás de acuerdo?, sugirió. Estoy de acuerdo, aseguró ella, ¿pero puedo hacerlo yo?

        Funès le entregó algo dubitativo el reloj, ella lo puso en el hueco de su mano y luego lo envió por los aires, con tal fuerza, con una fuerza más allá de lo posible, que el reloj se elevó sobre los tejados, sobre las copas de los árboles, siguió a la manera de un pájaro intrépido, volando, ascendiendo, volando, y no sólo eso: ya arriba empezó a crecer, a inflarse, a ocupar más y más cielo, hasta taparles el sol, como una piedra inconmensurable que en su inminente caída fuese a hacer mil pedazos el remanso de un lago dormido.

        Marie-Hélène no decía palabra.

        Entretanto Funès tosía, tosía.”

                        Publicada por Anagrama.

        Acudiendo a  los enlaces podéis encontrar una entrevista con Eduardo Berti en el blog Internacional microcuentista, así como el blog del propio Berti, titulado Bertigo.

MUERTE EN LA RECTORÍA de Michael Innes

Los que somos aficionados a la literatura criminal, o de misterio, o como se le quiera llamar, a menudo nos sentimos decepcionados con el desenlace de muchas novelas. Nos han obligado a robarle horas al sueño, a pasar una página más, y otra, buscando nuevas pistas y aceptando caer en nuevas trampas, deseosos de descubrir por fin el quién, el cómo y el porqué. Pero entonces llega la desilusión, porque el autor parece haber elegido al culpable al azar, eliminando al resto de personajes y escogiendo uno a dedo, sin una razón que nos satisfaga. La maquinaria perfecta que deberían ser las novelas y relatos del género comienza entonces a hacer aguas, y a los cinco minutos de haberla terminado nos olvidamos de esa historia que tanto prometía y del buen rato que nos ha hecho pasar.

        Uno de los autores a los que me refiero es la francesa Fred Vargas, una magnífica escritora que consigue mantenernos en vilo durante horas sin que tengamos que esforzarnos, pero a la que le suelen fallar las últimas quince páginas, el momento de redondear el círculo. Seguiré leyéndola, porque pocos escritores del género consiguen como ella hipnotizarte desde la primera página, pero sabiendo de antemano que no es oro todo lo que reluce.

        En la otra liga, en la que juegan los autores que hacen honor a lo que se ha llamado novela-problema y cuyos desenlaces acostumbran a ser la guinda que corona el entretenidísimo pastel, están mis autores preferidos. El imprescindible Chesterton, Gaston Leroux, o John Dickson Carr son algunos de ellos. Incluso la tantas veces subestimada Agatha Christie se cuela a veces en el equipo, sobre todo con la magnífica El asesinato de Roger Ackroyd (The murder of Roger Ackroyd, 1926).Y, desde luego, el escocés Michael Innes, profesor universitario, editor de Montaigne, y escritor de novelas y relatos en los que, como diría Gila, “aquí alguien ha matado a alguien”.

        La primera novela que escribió Michael Innes es Muerte en la rectoría (Death at the President´s lodging, 1944). El rector de la Facultad de San Antonio es asesinado en su habitación, cerrada con llave. Los demás profesores son los sospechosos, y todos pueden tener una razón para cometer el crimen, y todos tienen algo que ocultar. Se establece entonces, durante unos días y en un espacio cerrado, un juego de inteligencias, una batalla intelectual entre el detective Appleby y los profesores, que no se lo pondrán nada fácil al investigador. Entretenimiento asegurado y un final que responde a las espectativas.

        Y si alguien decide seguir la pista del crimen, en la selección realizada por Borges y Bioy Casares Los mejores cuentos policiales puede volver a encontrarse con Innes, esta vez con el magnífico relato La tragedia del pañuelo (Tragedy of a handkerchief).

              Traducción de María Celia Velasco.

              Publicada por Punto de Lectura.

AUTOBIOGRAFÍA de Gilbert Keith Chesterton

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Borges y Bioy Casares, en su antología Los mejores cuentos policiales (1943 y 1956), incluyen dos escritos por Chesterton: Los tres jinetes del Apocalipsis  y El honor de Israel Gow. El primero, una pequeña obra maestra, forma parte del libro Las paradojas de Mr. Pond (The paradoxes of Mr. Pond, 1937); el segundo es uno de los relatos protagonizados por el Padre Brown, el personaje más popular de Chesterton, y aparece en El candor del Padre Brown (The innocence of Father Brown, 1911), el primer libro de la serie dedicada al famoso sacerdote-detective. Es esta faceta de creador de breves ficciones detectivescas, en las que la deducción impera sobre la acción, junto a la admiración que por él sintió Borges, la que sin duda más prestigio ha dado al escritor londinense, sin olvidar que es también el autor de una fabulosa novela, El hombre que fue Jueves (The man who was Thursday, 1908). Pero en Chesterton hay mucho más.

En chestertonsu Autobiografía, publicada tras su muerte en 1936, más que narrarnos los hechos y las fechas que marcaron su vida Chesterton nos presenta al poeta, al periodista, al pensador, al polemista que le acompañó toda su vida. Nos ofrece sus opiniones sobre la corrupción en la política inglesa de la época, sobre la Gran Guerra o sobre el conflicto de los Bóers, sobre el conflicto religioso (Chesterton se convirtió al catolicismo), y pasa revista a las numerosas enemistades (llegaron incluso a caricaturizarle) que esas opiniones le grangearon. Aparecen también en el libro las semblanzas de muchos personajes públicos de la época, políticos, periodistas, y escritores como H.G.Wells, Bernard Shaw o Henry James. Y nos descubre a su amigo el padre O´Connor, en quien se inspiró para crear al Padre Brown.

Pero aun siendo el libro un magnífico muestrarigkc2001largeo de la Inglaterra pública de principios del siglo xx, lo que sobre todo consigue que resulte una lectura fascinante es, junto al sentido del humor que recorre sus páginas, que siempre logra una sonrisa y muchas veces una carcajada, la presencia del Chesterton más humano, el que exalza la compañía de sus amigos y de una buena conversación que, acompañada de un buen vino, podía durar horas y horas. Hablando de uno de sus más queridos amigos, un tal Hillaire Belloc también escritor y muy presente a lo largo del libro, Chesterton escribe:

“…el propio Belloc frecuentaba especialmente un grupo mucho menor llamado el Club Republicano. Por lo que he podido deducir, el Club Republicano no tuvo nunca más de cuatro miembros y, generalmente, menos; uno o más de ellos había sido solemnemente expulsado por conservadurismo o por socialismo. Este era el club que Belloc glorificaba en la hermosa dedicatoria de su primer libro, de la que dos líneas se han hecho célebres: “El cansancio de la victoria no vale la pena salvo por la risa y el amor de los amigos”, y en el que también describía con más detalle los ideales de esta exigente camaradería:

El plan de Rabelais mantuvimos,

los melindrosos claustros honramos,

con la Ley Natural, Canciones, Estoicismo

los Derechos del Hombre, Ostras y Vino

enseñamos el arte de escribir

sobre hombres que desearíamos estrangular,

y dónde encontrar sangre de reyes

a sólo media corona la botella.”

No me importaría nada leer la autobiografía, si es que existe, del tal Belloc; un tipo que se preocupa de realizar un Ensayo sobre los puentes, en el cual escribe “Ha llegado la hora de hablar detenidamente sobre puentes. El puente más largo del mundo es el Forth Bridge y el más corto es un tablón sobre una zanja en el pueblo de Loudwater.”, seguro que no tiene desperdicio.

La Autobiografía de Chesterton es, en fin, la obra imprescindible para conocer a este autor clave de las letras inglesas, que cultivó todos los géneros y se sintió ante todo periodista, y cuya elegancia y sentido del humor a la hora de escribir deberían ser visita obligada en cualquier escuela de periodismo. Un lujo.

Traducción de Olivia de Miguel.

Publicada por Acantilado.