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En recuerdo de Alber Finney (1): ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (1974) de Sidney Lumet

Para despedir al recientemente fallecido Albert Finney, uno de los gigantes británicos de la interpretación tanto sobre los escenarios como ante las cámaras, en lugar de recurrir a las que me parecen las dos mejores películas en las que participó, Dos en la carretera (Two for the Road, 1967), de Stanley Donen, y Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, 1990), de Joel Coen, he preferido echar mano de las dos primeras interpretaciones suyas que recuerdo haber visto, que me parecieron impresionantes entonces y me lo siguen pareciendo y que ejemplifican a la perfección el tipo de actor que era.

La primera de esas interpretaciones es la de Hercule Poirot en la magnífica Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express), de Sidney Lumet, la segunda mejor adaptación al cine de Agatha Christie, solo por detrás, faltaría más, de Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), de Billy Wilder. Ni que decir tiene que el Poirot de Finney está muy por encima del que encarnó Peter Ustinov -quien, al parecer, se hizo cargo del personaje tras la negativa de Finney a seguir con él- y a galaxias de distancia del que en 2017 perpetró el insufrible Kenneth Branagh en aquel churro dirigido (es un decir) por él mismo.

Inspirándose en las interpretaciones de Charles Laughton, uno de sus maestros, Finney da vida a un Poirot único e intransferible, histriónico, exagerado, con aires de elegante Charlot, extravagante en su indumentaria y en su forma de expresarse, casi un patito feo del que los demás se mofan hasta que la cosa se pone seria y saca a pasear sus células grises. De él dijo la propia Agatha Christie, por si hacía falta, que era el mejor Poirot que había visto; quizá a sus compañeros de reparto, grandes actores y actrices casi todos, no les entusiasmó tanto, al ser absolutamente eclipsados en cada escena que compartían con la estrella de la función.

Prohibido, como pocas veces, no escuchar su voz original.

 

 

 

 

Recordando a Charles Laughton

charles_laughtonEl día 15 de diciembre se cumplieron 50 años de la muerte de Charles Laughton, uno de los grandes genios de la historia del cine. Lo fue detrás de la cámara a pesar de dirigir una sola película en toda su vida, pero siendo ésta La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955) no le hizo falta más. Y lo fue, por supuesto, en su faceta de actor. Pocos como él conseguían robarles el plano a sus compañeros de reparto, por grandes que fueran, como si la cámara sólo tuviera ojos para su interpretación.

     Aquí lo recordamos en algunos de los mejores momentos de su filmografía y en las palabras que le dedicó Billy Wilder, quien lo consideraba el mejor actor con el que había trabajado, en la extensa entrevista con Hellmuth Karasek, publicada en España con el título Nadie es perfecto (Billy Wilder, 1992) en traducción de Ana Tortajada.

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     En Esmeralda la zíngara (The Hunchback of Notre Dame, 1939) compuso para William Dieterle el mejor Quasimodo que se ha visto.

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     Junto al gran Jean Renoir, para quien protagonizó Esta tierra es mía (This Land is Mine, 1943). Su discurso final quedó para la historia de la interpretación.

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     En un descanso del rodaje de La noche del cazador, señalando a Robert Mitchum cómo colocar las manos más famosas de la historia del cine.

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     Elsa Lanchester (su esposa en la vida real) interpretaba a su insufrible enfermera en la inolvidable Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), la mejor adaptación de Agatha Christie de parte de Billy Wilder.

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     Despidiéndose de Varinia (Jean Simmons) y de Batiato (Peter Ustinov) antes de suicidarse en Espartaco (Spartacus, 1960) de Kubrick. Mi película de romanos preferida no sería tan buena sin su interpretación de Sempronio Graco.

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     Discutiendo con Walter Pidgeon en una escena de Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1962) de Otto Preminger. El mejor film ambientado en el mundo de la política fue su testamento cinematográfico.

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     Laughton y Preminger, dos genios jugando al póquer.

Cuando cinco años más tarde, en 1962, empecé a planear Irma la dulce, quise tener para el tercer papel protagonista, el del encargado del bistro Moustache, a Charles Laughton. Pero Laughton en aquella época ya estaba marcado por la muerte. Tenía cáncer. Poco antes de su muerte me recibió en su casa. Estaba sentado a la sombra, se había maquillado de un tono rosado y cuando me acerqué se levantó y se me acercó charlando, como si aquel hombre gordo, con el rostro arrugado, quisiera demostrarme con su agilidad lo recuperado que estaba. Interpretaba el papel del hombre sano o convaleciente perfectamente, con demasiada perfección. Lo hacía de un modo casi exagerado. Quería hacerme creer que al cabo de poco tiempo volvería a estar en situación de interpretar el papel del encargado del Moustache. Lo que realmente me demostró, fue su inmensa fuerza de voluntad. El admirable egoísmo de un actor que quiere actuar a cualquier precio. Fue su mejor papel. Poco después murió. En Irma la dulce le eché mucho de menos, a pesar de que Lou Jacobi interpretó muy bien el papel, que acorté considerablemente.

MUERTE EN LA RECTORÍA de Michael Innes

Los que somos aficionados a la literatura criminal, o de misterio, o como se le quiera llamar, a menudo nos sentimos decepcionados con el desenlace de muchas novelas. Nos han obligado a robarle horas al sueño, a pasar una página más, y otra, buscando nuevas pistas y aceptando caer en nuevas trampas, deseosos de descubrir por fin el quién, el cómo y el porqué. Pero entonces llega la desilusión, porque el autor parece haber elegido al culpable al azar, eliminando al resto de personajes y escogiendo uno a dedo, sin una razón que nos satisfaga. La maquinaria perfecta que deberían ser las novelas y relatos del género comienza entonces a hacer aguas, y a los cinco minutos de haberla terminado nos olvidamos de esa historia que tanto prometía y del buen rato que nos ha hecho pasar.

        Uno de los autores a los que me refiero es la francesa Fred Vargas, una magnífica escritora que consigue mantenernos en vilo durante horas sin que tengamos que esforzarnos, pero a la que le suelen fallar las últimas quince páginas, el momento de redondear el círculo. Seguiré leyéndola, porque pocos escritores del género consiguen como ella hipnotizarte desde la primera página, pero sabiendo de antemano que no es oro todo lo que reluce.

        En la otra liga, en la que juegan los autores que hacen honor a lo que se ha llamado novela-problema y cuyos desenlaces acostumbran a ser la guinda que corona el entretenidísimo pastel, están mis autores preferidos. El imprescindible Chesterton, Gaston Leroux, o John Dickson Carr son algunos de ellos. Incluso la tantas veces subestimada Agatha Christie se cuela a veces en el equipo, sobre todo con la magnífica El asesinato de Roger Ackroyd (The murder of Roger Ackroyd, 1926).Y, desde luego, el escocés Michael Innes, profesor universitario, editor de Montaigne, y escritor de novelas y relatos en los que, como diría Gila, “aquí alguien ha matado a alguien”.

        La primera novela que escribió Michael Innes es Muerte en la rectoría (Death at the President´s lodging, 1944). El rector de la Facultad de San Antonio es asesinado en su habitación, cerrada con llave. Los demás profesores son los sospechosos, y todos pueden tener una razón para cometer el crimen, y todos tienen algo que ocultar. Se establece entonces, durante unos días y en un espacio cerrado, un juego de inteligencias, una batalla intelectual entre el detective Appleby y los profesores, que no se lo pondrán nada fácil al investigador. Entretenimiento asegurado y un final que responde a las espectativas.

        Y si alguien decide seguir la pista del crimen, en la selección realizada por Borges y Bioy Casares Los mejores cuentos policiales puede volver a encontrarse con Innes, esta vez con el magnífico relato La tragedia del pañuelo (Tragedy of a handkerchief).

              Traducción de María Celia Velasco.

              Publicada por Punto de Lectura.