Archive for the ‘Akira Kurosawa’ Tag

LA DIOSA (1960) de Satyajit Ray

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Tras dirigir El mundo de Apu (Apur sansar, 1959) -tercera parte de la impresionante Trilogía de Apu, con la que se dio a conocer en todo el mundo-, Satyajit Ray realizó otra obra maestra titulada La diosa (Devi), probablemente la película más misteriosa, compleja y controvertida de su filmografía y, en mi opinión, una de las más hermosas, un retrato parcial de la sociedad bengalí de 1860, en la que la nobleza comenzaba a entrar en decadencia, y un estudio nada complaciente ni maniqueo en torno a las consecuencias del fanatismo religioso y de la sumisión a sus creencias.

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El film nos traslada al seno de una familia de la clase alta compuesta por el anciano patriarca Kalikincar (Chhabi Biswas) -un hombre anclado en el pasado y en sus supersticiones religiosas-, sus dos hijos -uno de los cuales se encuentra en Calcuta estudiando-, las esposas de ambos y un nieto. Cierto día, Kalikincar afirma que en un sueño le ha sido revelado que su nuera Doyamoyee (Sharmila Tagore) es la reencarnación de la diosa Kali. Ante la pasividad de los familiares, que no creen en el anuncio divino pero que tampoco hacen nada por desafiar la autoridad paterna y desmentirlo, el rumor de la reencarnación se extiende y los creyentes van llegando a la casa para adorar a la diosa y pedirle que cure a sus enfermos. Al enterarse de la noticia, Umaprasad (Soumitra Chatterjee), el esposo de Doyamoyee, regresa de Calcuta dispuesto a llevarse consigo a su mujer, pero su indecisión a la hora de desobedecer a su padre y a la ortodoxia religiosa y el desconcierto nacido en la muchacha al ver que los enfermos sanan en su presencia provocarán la tragedia familiar en forma de muerte.

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Si bien es cierto que el film critica la fe ciega en los postulados religiosos y muestra hasta qué punto era difícil, en aquella sociedad, oponerse a ellos, creo que también nos ofrece maravillosas ambigüedades a las que agarrarnos como espectadores: por un lado, no queda claro si el anciano ha tenido ese sueño y cree en él o si no es más que un engaño para rebelarse contra las ideas modernas de los jóvenes, para conseguir que los ancestrales dogmas ortodoxos vuelvan a entrar en su casa y que su hijo Umaprasad deje sus estudios y regrese al redil; por otro, el hecho de que algunos enfermos que acuden ante Doyamoyee se recuperen pero esta no sea capaz de impedir que la muerte entre en su propio hogar nos sitúa ante la posibilidad de estar contemplando una serie de casualidades o ante la de una verdadera reencarnación de Kali, de la diosa regeneradora de vida para los que creen en ella y de la diosa de la destrucción para los que dudan. Diferentes posibilidades de lectura que no hacen sino enriquecer aún más esta portentosa película.

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Desde el punto de vista puramente cinematográfico, La diosa nos regala, como buena parte del cine de Ray, una sucesión de momentos mágicos: las escenas nocturnas en la alcoba de Doyamoyee, maravillosamente fotografiadas por el gran Subrata Mitra, habitual colaborador del cineasta; la peregrinación de creyentes a casa de Kalikincar mientras escuchamos el canto agradecido de un hombre cuyo hijo ha vuelto a la vida ante la supuesta diosa; el regreso a casa de Umaprasad, justo en uno de los instantes en que su esposa, con lágrimas en los ojos, es adorada por sus fieles, o el impresionante y turbador plano final en que vemos a Doyamoyee huyendo entre la niebla -quizá la niebla de su propia mente-, uno de esos instantes sublimes que engrandecen por sí solos el cine.

En cierta ocasión, Akira Kurosawa afirmó: “No haber visto el cine de Ray es como existir en este mundo sin haber visto el sol o la luna”. También en cierta ocasión alguien dijo que la exageración es la mejor forma de mostrar la verdad.

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Adiós a Setsuko Hara

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Aunque su familia no difundió hasta ayer la noticia de su fallecimiento, Setsuko Hara -cuyo nombre real era Masae Aida- nos dejó el 5 de septiembre, a la edad de 95 años. Conocida sobre todo por sus trabajos para el gran Yasujiro Ozu, su presencia ha quedado para siempre como una de las más importantes, admiradas e influyentes de todo el cine japonés -a pesar de abandonar su carrera como actriz y la vida pública a los 42 años-, hasta el punto de inspirar, según parece, el personaje protagonista de la estupenda película de animación Millennium Actress (Sennen joyû, 2001), dirigida por Satoshi Kon.

Mi película preferida de las protagonizadas por esta inmensa actriz, Primavera tardía (Banshun, 1949), ya tuvo aquí su propio espacio hace tiempo, así que hoy la recuerdo en otras tres de las muchas maravillas que lo habrían sido menos sin ella: No añoro mi juventud (Waga seishun ni kuinashi, 1946) de Akira Kurosawa, Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) de Ozu y La voz de la montaña (Yama no oto, 1954) de Mikio Naruse, la maravillosa adaptación de la novela homónima escrita por otro grande, Yasunari Kawabata.

Gracias por todo.

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TERESA RAQUIN (1953) de Marcel Carné

zzzzzzzEl escritor francés Émile Zola fue uno de los principales representantes del Naturalismo, ese movimiento ideológico y literario que, como ya se ha indicado aquí en otras ocasiones, tanta influencia ejerció en el posterior género negro. Entre sus más relevantes novelas, hay dos que demuestran claramente esa influencia y que tienen varios elementos comunes: Teresa Raquin (Thérèse Raquin, 1868) y La bestia humana (La bête humaine, 1890). La segunda fue llevada al cine en 1938 por Jean Renoir, en una adaptación estupenda bajo el mismo título, y en 1953 por Fritz Lang, dando como resultado una de sus obras maestras americanas: Deseos humanos (Human Desire).

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Precisamente en 1953, Marcel Carné dirigió la adaptación homónima de Teresa Raquin, que supuso su mayor éxito -ganó el León de Plata en el Festival de Venecia- tras la ruptura profesional con el guionista Jacques Prévert y que, como curiosidad, era una de las cien películas preferidas de Akira Kurosawa.

La historia que nos cuenta les resultará muy familiar a los aficionados al cine negro, con las salvedades de que aquí la pareja de amantes no actúa por ambición económica (aunque esta sí aparece con relación a un personaje secundario y crucial) y de que la protagonista no es precisamente una femme fatale: la joven Teresa (Simone Signoret) está infelizmente casada con su primo Camille, un tipo enfermizo, aburrido e insoportable, dominado por una madre igual de insoportable, que vive con ellos. La aparición de Laurent (Raf Vallone), un atractivo camionero italiano, despierta en ella los instintos de la juventud que permanecían aletargados y le abre la puerta a la posibilidad de una nueva vida.

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Pero estamos en territorio naturalista, en territorio negro, y ya sabemos que aquí la felicidad brilla por su ausencia, que aquí el que la hace la paga. Quien se deja llevar de manera irracional por sus instintos primarios, intentando alterar el orden establecido, acaba sucumbiendo a los giros de la suerte, al destino escrito, a la fatalidad.

Carné muestra a esos personajes que desean y odian, que chantajean y matan, que no se resignan a lo que les ha tocado en el sorteo sin recurrir a excesos melodramáticos, sin interferir tomando partido o juzgándolos, tan solo dejando que la realidad estropee naturalmente los guiones que habían intentado escribir para sus propias vidas.

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Editada en DVD por Cinecom.

 

 

TRES SAMURÁIS FUERA DE LA LEY (1964) de Hideo Gosha

Tres_samurais_fuera_de_la_ley-384461559-largePara que el aficionado a las buenas historias de samuráis no viva únicamente de las obras maestras de Kurosawa y Kobayashi, el cine doméstico, por fortuna, nos acerca de vez en cuando alguna joya olvidada que nos amplía el panorama. Este es el caso de Tres samuráis fuera de la ley (Sanbiki no Samurai), una estupenda película del no menos olvidado Hideo Gosha que tiene algún punto en común con la obra maestra de Kurosawa Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954).

En esta ocasión no son siete sino tres los samuráis que acaban uniendo sus fuerzas para ayudar a unos campesinos que han secuestrado a la hija del magistrado local con el fin de negociar unas mejores condiciones de vida, aunque a la postre serán los tres luchadores, ante la cobardía de los campesinos, quienes les tendrán que sacar las castañas del fuego enfrentándose solos a los sicarios del magistrado.

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A pesar de esa marcada crítica, el film de Gosha es ante todo un entretenimiento de primera fila en el que prima la acción, una película de espadachines de apenas hora y media tan cercana o más al cine norteamericano como a sus parientes japonesas, quizá más accesible para el gran público pero filmada también con mano maestra. En definitiva, todo un descubrimiento para los que gustan del buen cine japonés.

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Editada en DVD por Filmax.

HARAKIRI (1962) / REBELIÓN SAMURÁI (1967) de Masaki Kobayashi

Harakiri_Seppuku-539847961-largeSi de cine de samuráis hablamos, es indudable que Los siete samuráis (Shichinin no samurai, 1954) y Yojimbo (1961), ambas de Akira Kurosawa, son las dos películas más famosas y que más influencia han ejercido en el cine occidental, hasta el punto de ser llevadas al terreno del wéstern y del cine negro. Muy lejos de ellas en cuanto a popularidad pero, en mi opinión, a la misma altura cinematográfica, lo cual no es decir poco, se encuentran Harakiri (Seppuku) y Rebelión Samurái (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu), las dos obras maestras que sobre el tema realizó Masaki Kobayashi a partir de las novelas de Yasuhiko Takiguchi. De la primera de ellas, por cierto, se realizó hace un par de años una nueva versión a cargo de Takashi Miike.

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Al igual que en los dos films citados de Kurosawa, el protagonista de Harakiri es un ronin sin Señor al que servir, un samurái pobre y caído en desgracia llamado Tsugumo (impresionante interpretación de Tatsuya Nakadai) que acude a la casa de un Clan a pedir ayuda para practicarse el seppuku, el suicidio ritual japonés. Su deseo es concedido, pero antes pide permiso para contar su historia, para relatar los hechos que le han llevado a tomar esa decisión y que están relacionados con el suicidio, tiempo antes y en esa misma casa, de un joven ronin al que conocía.

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De estructura compleja repleta de flash-backs, pausada y serena y a la vez cargada de tensión e intensidad en cada uno de sus planos, Harakiri es una de las más hermosas y perfectas películas del cine japonés, un espectáculo visual y narrativo sin fisuras a lo largo de sus más de dos horas y cuarto y repleto de imágenes para el recuerdo, como el suicidio del joven abriéndose las entrañas con una espada de bambú (una de las escenas más escalofriantes y de mayor desasosiego, sin necesidad de recurrir al mal gusto, que he visto en el cine) o el momento final en que el Señor del Clan se queda a solas, en la oscuridad, con su vergüenza tras la impresionante pelea, claro referente ésta, o a mí me lo parece, de la filmada por Tarantino en la sobrevalorada Kill Bill (2003).

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samurai-rebellion--japanese-Cinco años más tarde, tras realizar otra maravilla, ésta del género de fantasmas, titulada El más allá (Kwaidan, 1964), Kobayashi volvía a contar una historia de samuráis en Rebelión samurái, con Toshiro Mifune, más contenido que de costumbre, en una de sus mejores interpretaciones, y de nuevo con Nakadai en un papel secundario.

El protagonista aquí es Isaburo, el mejor espadachín de un Clan cuyo Señor le obliga a aceptar en su casa a una de sus concubinas para que se case con su hijo. Tras aceptar a regañadientes, los dos jóvenes acaban enamorándose, pero al cabo de un tiempo el Señor se arrepiente de su decisión y ordena que la mujer vuelva con él. Isaburo y su hijo, ante esa gran injusticia, anteponen el honor de su casa a la obediencia y se rebelan, enfrentándose a los guerreros del jefe del Clan en el apabullante tramo final filmado por Kobayashi.

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Ambas películas son dos ejemplos mayúsculos de algunas de las constantes del mejor Kobayashi: impresionante utilización de la pantalla ancha tanto en las escenas de interior como en las exteriores, deslumbrante composición del encuadre, estupendos diálogos e interpretaciones, el uso del zoom como recurso expresivo y no, como de costumbre, gratuito, y una belleza en la puesta en escena que admite pocas comparaciones.

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Sin las gotas de humor de los dos films de Kurosawa, más dramáticas y trágicas, HarakiriRebelión Samurai se cuentan entre las más grandes películas que abordan el tema del honor y el sacrificio, que muestran lo que una persona ha de hacer aunque se deje la vida en ello. En este aspecto me recuerdan muchísimo al mejor cine de Peckinpah. Pienso que, sin duda, el cineasta que filmó Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) y Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring me the Head of Alfredo Garcia, 1974) las habría aplaudido y admirado.

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Harakiri está editada en DVD por DeAPlaneta.

 

Isuzu Yamada, la gran Lady Macbeth del cine

El pasado 9 de julio nos dejó, a los 95 años, la actriz Isuzu Yamada, una de las grandes del cine japonés. A lo largo de su carrera trabajó con muchos de los mejores cineastas nipones, entre ellos Mizoguchi -su mejor colaboración me parece Las hermanas de Gión (Gion no shimai, 1936)- y Ozu, para quien protagonizó la impresionante Crepúsculo en Tokio (Tokyo boshoku, 1957). Sus interpretaciones más vistas en nuestro país, lógicamente, son las que realizó para Kurosawa, el director japonés más conocido y difundido en Occidente. Yamada aparece en Los bajos fondos (Douzoko, 1957) -una adaptación que no me gusta demasiado de la obra teatral de Gorki, llevada al cine años antes y algo mejor por Jean Renoir-, en la magistral Yojimbo (1961) y, sobre todo, en la obra maestra Trono de sangre (Kumonosu-Djo, 1957), tremenda adaptación del Macbeth de Shakespeare, mejor incluso, en mi opinión, que las rodadas por Orson Welles y Roman Polanski. Junto al gran Toshiro Mifune, la actriz da vida, casi recurriendo sólo a la fuerza de su mirada, a la mejor Lady Macbeth que ha visto el cine. Sin duda, su interpretación más recordada.

NUBES FLOTANTES (1955) de Mikio Naruse

Las grandes filmografías de Ozu, Mizoguchi y Kurosawa han conseguido que el cine japonés goce de un merecidísimo prestigio internacional, pero también han logrado sin pretenderlo eclipsar la obra de otros grandes cineastas nipones clásicos, decisiva para que algunos aficionados al cine consideremos a la cinematografía japonesa entre las más importantes.

        Mikio Naruse suele ser considerado el cuarto en discordia, e incluso los que no acaban de comulgar con el cine occidentalizado de Kurosawa opinan que Naruse debería ocupar su lugar en el triunvirato. Dejando de lado los gustos de cada cual y las controversias a menudo apasionantes pero que no suelen llevar a nada (algún día aparecerá por aquí Masaki Kobayashi, y entonces a ver en qué lugar colocamos a esa otra bestia cinematográfica), las películas que conozco de Naruse me lo sitúan más cercano a Ozu que a los otros dos grandes, tanto en la manera de filmar, sin grandes movimientos de cámara y otorgando todo el protagonismo a los actores y sus personajes, como al contar de manera realista historias del Japón de su época, aunque con un mayor pesimismo y sin el humor y la inocencia que a menudo aparecen en el cine de Ozu.

        Nubes flotantes (Ukigumo), una de sus obras maestras y una manera inmejorable de adentrarse en la filmografía de Naruse, cuenta la relación a lo largo de los años de la joven Yukiko (Hideo Takamine) con el maduro hombre casado Tomioka (el gran actor Masayuki Mori, impresionante su duelo interpretativo con Toshiro Mifune en Rashomon (1950) de Kurosawa) desde que se conocen durante la guerra. Naruse nos muestra sus encuentros y separaciones, sus relaciones paralelas, la pobreza y la riqueza que ambos conocen, el odio y el desprecio que a menudo siente Yukiko por Tomioka, y la invencible convicción de que ambos se aman y se necesitan por encima de todo. De manera siempre serena, sin recurrir a estridencias melodramáticas ni a fáciles sentimentalismos, sin ni siquiera buscar esos dos o tres momentos álgidos que destaquen del conjunto, Nubes flotantes me parece una de las historias trágicas de amor más hermosas, enfermizas y apasionadas que nos haya dejado el cine.

                Editada en DVD por Filmax.

LA COSECHA DE DASHIELL HAMMETT (I)

La novela de Dashiell Hammett El halcón maltés (The maltese falcon, 1_cosecha_roja__d_499c5a495a09e4930) fue llevada al cine de manera fiel y con el mismo título por John Huston, su debut como director en 1941. La película ha contribuido decisivamente a que sea ésta la obra más conocida del escritor norteamericano, al menos en nuestro país. El cine suele hacerle estos favores a la literatura y, sobre todo, a los editores.

        Cosecha roja (Red harvest, 1929), la primera obra de Hammett, pionera en sentar las bases de la novela negra con su enrevesada trama, su crítica social y sus diálogos vertiginosos, le ha servido al cine como fuente de inspiración en varias ocasiones, pero nunca, al menos que yo sepa, bajo el mismo título, y no siempre de manera reconocida, lo cual ha facilitado que sea menos popular. Las andanzas del agente de la Continental, que llega a la ciudad de Personville y consigue que los gangsters locales se enfrenten en una guerra hasta eliminarse, han sido recogidas por muy diversos cineastas y adaptadas bajo diferentes géneros y miradas: la gran literatura produciendo una magnífica cosecha cinematográfica.

        Yojimbo (1961) es una de las muchas obras maestras de Akira Kurosa144037_1010_a1wa. En ella el director japonés convierte al agente creado por Hammett en un ronin con los rasgos de Toshirô Mifune, un samurai sin dueño que ofrece sus servicios al mejor postor y que conseguirá engañar a dos bandas rivales hasta que se aniquilen. Con una sublime fotografía en blanco y negro y una impresionante utilización del cinemascope Kurosawa consigue algunas de las mejores escenas de su filmografía.  En 1962 recuperará al personaje, ahora ya sin Hammett, y al actor – la relación entre Kurosawa y Mifune y su colaboración en varias películas aparece detallada en el libro El emperador y el lobo (The emperor and the wolf, 2002), de Stuart Galbraith- para realizar Sanjuro (Tsubaki Sanjuro), otro magnífico film.