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GLENGARRY GLEN ROSS (1992) de James Foley

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La obra de teatro Glengarry Glen Ross, estrenada en 1984 y ganadora del Pulitzer, posiblemente sea la más popular de David Mamet, dramaturgo de referencia en todo el mundo durante el último medio siglo, a lo que sin duda contribuyó el éxito de crítica y público de su adaptación al cine, conocida también en nuestro país por el título Éxito a cualquier precio, una enorme película en torno a ese ámbito tan caníbal, falto de escrúpulos y falso por los cuatro costados que es el mundo comercial, especialidad ventas a domicilio.

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El guion del propio Mamet enjaula en una oficina, durante parte de una noche y la mañana siguiente, como a fieras desesperadas a un grupo de agentes inmobiliarios amenazados con perder su trabajo si no aumentan las ventas, que dependen de unas fichas antiguas con los datos de clientes mil veces visitados. Solo si consiguen que alguno de ellos compre, recibirán las nuevas fichas, las Glengarry, promesa del éxito asegurado. Pero alguien que no está dispuesto a esperar entra por la noche en la oficina para robarlas y vendérselas a la competencia.

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Los magistrales y vertiginosos diálogos, escritos para ser dichos y escuchados más que para ser leídos, y la presencia de Jack Lemmon, Al Pacino, Ed Harris, Kevin Spacey, Alan Arkin, Jonathan Pryce y un Alec Baldwin que en solo diez minutos nos deja boquiabiertos, en una de las interpretaciones corales más imponentes que recuerdo, se llevaron en su día todo el protagonismo y el mérito por parte de las generales alabanzas. Lógico, pero quizá injusto. No estaría de más romper una lanza en favor de James Foley, director de más que mediocre filmografía al que el guion de Mamet debió de caerle como regalo del cielo, pero que en esta ocasión supo estar a la altura. Su puesta en escena, de montaje tan frenético como los diálogos, contribuye decisivamente a convertir el teatro en cine y a que la película se pase en un suspiro y nos deje con ganas de más.

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Posible heredera de otros estupendos films ambientados en el ámbito de los negocios repleto de tiburones, como La torre de los ambiciosos (Executive Suite, 1954), con dirección de Robert Wise y guion de Ernest Lehman, o El precio del triunfo (Patterns, 1956), dirigida por Fielder Cook y escrita por Rod Serling, con la diferencia de que estos apuntan sus venenosas flechas hacia las altas esferas, Glengarry Glen Ross me sigue pareciendo, casi veinte años después de su estreno, la visión más demoledora, realista y despiadadamente crítica que se haya visto en una pantalla en relación con el mundo de las ventas, sin la cual probablemente no existirían dos más que notables películas españolas tituladas Smoking Room (2002), de J. D. Wallovits y Roger Gual, y A puerta fría (2012), de Xavi Puebla.

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Sidney Lumet, adiós a un grande del cine

El pasado sábado día 6 nos dejó, a los 86 años, Sidney Lumet, uno de los grandes directores de aquella generación que pasó de la televisión al cine para dejarnos un buen puñado de obras maestras. Aquí lo recuerdo en cinco de ellas, mis favoritas, mis imprescindibles.

Doce hombres sin piedad (Twelve angry men, 1957)

Una de las mejores óperas primas de la historia, para ver cien veces y que siempre parezca la primera. Pudo quedarse en teatro bien filmado pero resultó ser un espectáculo cinematográfico con doce bestias de la interpretación metidos en 30 metros cuadrados. Todavía hoy sigue siendo su película más aclamada, con varias versiones en cine, televisión y teatro, incluyendo una española magnífica.

Punto límite (Fail-safe, 1964)

La visión terrorífica de lo que podía haber pasado si Estados Unidos y la URSS hubiesen entrado en guerra. Del mismo año, curiosamente, que ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, or how I learned to stop worrying and love the bomb) de Stanley Kubrick, pero sin su coña marinera. El montaje congelado de sus últimos planos da más miedo que cualquier hecatombe creada por ordenador. Stephen Frears realizó una versión en el año 2000 para televisión que no le hace ni sombra.

Serpico (1973)

Uno de los grandes policiacos realistas, con un inmenso Al Pacino. De visión obligada para saber de dónde vienen las grandes series de televisión sobre la vida y milagros de los policías. Con Harry Callahan nos lo pasamos como enanos; con Frank Serpico también y, además, nos lo creemos.

Network (1976)

La visión más demoledora que he visto sobre la televisión, la competencia por los índices de audiencia, el éxito profesional a cualquier precio frente a la dignidad humana y el mundo visto como una enorme multinacional. El guión de Paddy Chayefsky, en boca de William Holden, Faye Dunaway, Peter Finch y Robert Duvall, me parece uno de los mejores que se hayan filmado. Treinta y cinco años después de su estreno resulta más actual que nunca, y si todavía hay alguien que no entiende la mierda en la que andamos metidos no tiene más que echarle un vistazo. Para ver en sesión doble, antidepresivos a mano, con La muerte en directo (La mort en direct, 1979) de Bertrand Tavernier, otro que tira con bala.

Veredicto final (The verdict, 1982)

Paul Newman y James Mason frente a frente en uno de los grandes dramas judiciales. Posiblemente la película más absolutamente clásica de Lumet, la más reposada, la que atiende tanto a los gestos y a las miradas de los personajes como a sus palabras. No sé si es la mejor, pero sí me parece que es en la que alcanza su absoluta madurez como cineasta.

DAMAS DEL TEATRO (1937) de Gregory La Cava

La pensión Candilejas es la puerta al escenario, el sitio donde las muchachas que aspiran a convertirse en actrices esperan una ocasión de demostrar su talento, una oportunidad que las convierta en damas del teatro. Mientras la oportunidad llega subsisten actuando en locales nocturnos, fingen cariño como chicas de compañía, se dejan engatusar por empresarios sin escrúpulos, se critican y se ayudan, se odian y se quieren, y nos hacen reír con unos vertiginosos diálogos que son de lo mejor del género en los años 30. La última en llegar (Katharine Hepburn) será la primera en triunfar, pero involuntariamente provocará el suicidio de otra de las muchachas, una actriz que tuvo su efímero momento de gloria pero a la que ya no ofrecían ningún papel (el plano en el que sube las escaleras para tirarse por una ventana es impresionante). El drama interrumpiendo la comedia. La vida estropeando el guión, que diría Mankiewicz. Pero la rutina vuelve enseguida a la pensión Candilejas, y a ella siguen acudiendo las muchachas que sueñan con triunfar algún día.

        Damas del teatro (Stage door) es una de las grandes comedias del hoy demasiado olvidado Gregory La Cava, y uno de los mejores films sobre el mundo del teatro junto a Eva al desnudo (All about Eve, 1950) de Mankiewicz, Cómicos (1953) de Juan Antonio Bardem, y Opening Night (1977) de John Cassavetes, a los que habría que añadir las originales propuestas de Louis Malle en Vanya en la calle 42 (Vanya on 42nd Street, 1994) y de Al Pacino en Looking for Richard (1996), que proponen sacar el teatro a la calle y acercarlo al gran público.

            Editada en DVD por Manga Films.