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EL FOTÓGRAFO DEL PÁNICO (1960) de Michael Powell

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Cuenta la leyenda que Lady Godiva, allá por el siglo XI, se paseó por las calles de Coventry a lomos de su caballo con su larga cabellera rubia por toda vestimenta. Todos los vecinos debían cerrar sus ventanas para no verla, pero el sastre Tom no pudo evitar echar un vistazo, tras lo cual quedó ciego. A raíz de la leyenda, en Inglaterra a un mirón se le denomina Peeping Tom.

        El mirón y aspirante a director de cine Mark Lewis (Carl Boehm), creado por Michael Powell y el guionista Leo Marks en El fotógrafo del pánico (Peeping Tom), es bastante menos inofensivo que el pobre sastre de Coventry, ya que se dedica a inmortalizar con su cámara el miedo que provoca en el rostro de sus víctimas justo antes de asesinarlas. Pero como Powell y Marks tampoco tenían nada de inocentes, El fotógrafo del pánico no es sólo una película de miedo y sobre el miedo, sino también -y ante todo- una reflexión perversa sobre el cine, sobre los directores que, a través de una cámara, captan historias ajenas, y sobre nosotros que, como espectadores -representados por el personaje de Helen (Anna Massey)-, nos asomamos a ellas.

        Destrozado en su momento por una crítica que lo consideró demasiado enfermizo y escandaloso, el film queda hoy como una de las propuestas más singulares y controvertidas de la historia del cine, repleta de detalles impresionantes -los planos de Mark mirando a través de la ventana de su vecina, o el momento en que besa el objetivo de su cámara para que guarde el inocente beso de Helen-, y a la que ni siquiera el molesto psicoanálisis, que tanto daño hizo a muchas películas, consigue perjudicar demasiado.

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        Como en el caso de su prima-hermana La ventana indiscreta (Rear window, 1954), de Alfred Hitchcock -igual de venenosa, pero con filtro-, la influencia de El fotógrafo del pánico ha sido enorme, desde Blow up (1965) -uno de los habituales tostones de Antonioni- hasta Tesis (1995), de Amenábar, pasando por el cine de Brian De Palma. Y no me extrañaría que Almodóvar la hubiese tenido en cuenta cuando planificó la escena de Los abrazos rotos (2009) en que Penélope Cruz se despide de José Luis Gómez desde una pantalla.

             Editada en DVD por Universal.

OJOS SIN ROSTRO (1959) de Georges Franju

Guste más o menos el cine de Alejandro Amenábar lo que es innegab199821_1020_Ale es su buen gusto a la hora de inspirarse en otras películas, principalmente europeas, del género fantástico y de una misma época. Si en Tesis (1995) tuvo presente la impresionante El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell, y en Los otros (2001) la no menos buena Suspense (The innocents, 1961) de Jack Clayton, en Abre los ojos (1997) algo hay de esa maravilla que dirigió Georges Franju y que se titula Ojos sin rostro (Les yeux sans visage), con música de Maurice Jarre, y guión de Claude Sautet (el director de, entre otras,Un corazón en invierno), Jean Redon, y Pierre Boileau y Thomas Narcejac (ambos autores de las novelas De entre los muertos y Las diabólicas, llevadas al cine por Hitchcock y Clouzot, respectivamente).

        La película narra la historia de un famoso cirujano (Pierre Brasseur) que intenta transplantar un nuevo rostro a su hija, desfigurada (excepto sus ojos) tras un accidente y a la que se ha dado por muerta. Con ayuda de otra antigua paciente a la que ya recontruyó la cara (Alida Valli, en un registro inusual que me recuerda a un monstruo de Frankenstein de apariencia humana pero inexpresivo), secuestra y asesina muchachas con cierto parecido a su hija para robarles el rostro y que ella pueda recuperar el suyo.

        Ojos sin rostro no es en absoluto un típico film de terror o de misterio. No tiene un ritmo trepidante, no depara grandes sustos, no intenta sacar gran partido de sus elementos góticos (el panteón y el cementerio), y la investigación policial apenas tiene presencia. Lo que hace que sea especial es la poesía y el desasosiego que transmiten sus imágenes en blanco y negro: la abnegada ayudante buscando a sus víctimas por la ciudad; las operaciones a las que somete el cirujano a las muchachas, extirpándoles el rostro; la última y simbólica escena, que confirma que nos acaban de contar una historia de amor asfixiante de un padre por su hija, cuya liberación ha de ser inevitablemente trágica; y, sobre todo, esa imagen recurrente e inolvidable de unos ojos que nos miran a través de una máscara, y que nunca volverán a tener un rostro.

SUSPENSE (1961) de Jack Clayton

 

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Pantalla en negro. Comienza a escucharse, en la voz inocente de una niña, la melodía O willow waly. Mientras sigue sonando la canción aparece el logotipo de la Fox, para dar paso a los títulos de crédito: Deborah Kerr, Jack Clayton, William Archibald y Truman Capote en el guión…y unas manos que se alzan en la oscuridad, como rezando o pidiendo perdón.

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theinnocentsdvdTras este impresionante inicio -el mejor que he visto, el que más me ha prometido estar a punto de ver una película única- se encuentra Suspense (The innocents, 1961), la gran obra maestra del género de terror, adaptación de la novela La vuelta de la tuerca (The turn of the screw, 1898) de Henry James, que ha servido de base para otras películas, entre ellas un telefilm de John Frankenheimer con Ingrid Bergman, que desconozco; Los últimos juegos prohibidos (The nightcomers, 1971), un engendro protagonizado por Marlon Brando y perpetrado por el infumable Michael Winner, precuela de lo narrado en el texto de James; y Otra vuelta de tuerca (1985), dirigida -es un decir- por Eloy de la Iglesia.

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La historia de la institutriz que se traslada a la mansión de Bly para hacerse cargo de la educación de los niños Miles y Flora nos arrastra a un mundo poblado por fantasmas que nacen de la represión adulta y de la perversión infantil, en una atmósfera malsana que va en aumento a medida que se suceden las escenas (por citar sólo una de entre tantas maravillosas, aquella en la que Miles, disfrazado, a la luz de las velas, recita un enigmático poema y se acerca a la ventana como esperando una aparición), hasta alcanzar el trágico final ya anunciado, mediante la estructura circular, en el inicio del film. Y todo ello sobrevolado por la ominosa y omnipresente canción en los labios de Flora. Creo que ninguna melodía, ni siquiera la creada por Anton Karas para El tercer hombre o la que tararea Robert Mitchum en La noche del cazador, ha conseguido tal presencia en una película.

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Obra ambigua, aunque menos que la novela, Suspense se disfraza de película gótica de fantasmas para recrear los miedos ocultos que salen a la luz a través de la imaginación, consiguiendo una elegancia en sus imágenes nunca igualada dentro del género y que ha ejercido enorme influencia en películas recientes y muy populares como Los otros (The others, 2001) de Amenábar y El orfanato (2007) de Juan Antonio Bayona. Lástima que en este país algún animal al que no le sobraba imaginación le endilgara un título tan absurdo.

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Editada en DVD por Filmax.