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Adiós a Farley Granger

El pasado domingo 27 nos dejaba, a los 85 años, el actor Farley Granger. A diferencia de lo ocurrido con el fallecimiento de Liz Taylor, los medios de comunicación apenas se han hecho eco de su desaparición, cosas de la fama y de eso que llaman glamour. Nunca me pareció un gran actor, pero varios de los grandes contaron con él para sus películas, así que al César lo que es del César.

        Aquí lo recuerdo junto a James Stewart y John Dall en La soga (Rope, 1948) de Alfred Hitchcock, con Cathy O´Donnell en Los amantes de la noche (They live by night, 1949) de Nicholas Ray, frente a Robert Walker en Extraños en un tren (Strangers on a train, 1951), también de Hitchcock, y enamorando y engañando a Alida Valli en Senso (1954) de Luchino Visconti. Palabras mayores.

                                         Farley Granger

    (San José, California, 1 de julio de 1925 – Nueva York, 27 de marzo de 2011)

TODOS LOS ÁRBOLES ESTÁN DESNUDOS de Sam Shepard

El último relato de la colección El gran sueño del paraíso (Great dream of heaven, 2002), titulado Todos los árboles están desnudos, es un buen ejemplo de la narrativa de Sam Shepard: breves escenas, situaciones cotidianas, retratos de la vida de los norteamericanos en los que, entre líneas, adivinamos mucho más de lo que nos dicen las palabras, abiertas a diferentes interpretaciones.

        En este relato en concreto, asistimos al diálogo anodino y sin mucho sentido que mantiene una pareja, a través del cual, y gracias sobre todo a la última frase del narrador, vislumbramos el aburrimiento, la falta de comunicación, y el recuerdo de momentos pasados en los que los árboles estaban poblados de hojas. El relato tiene además para mí un encanto especial, ya que la conversación gira en torno al film El tercer hombre (The third man, 1949) de Carol Reed y, en especial, al plano que cierra la película, uno de los más hermosos del cine: Joseph Cotten espera en el camino a Alida Valli, espera su última oportunidad, ella pasa de largo sin mirarle, y todos los árboles están desnudos.

        “Sale de la habitación, bostezando y estirándose. Aprieto el mando y la televisión se apaga y se queda negra. Miro el camino por el que se ha alejado. El cielo se ilumina con relámpagos intermitentes a través de los grandes ventanales. Puedo ver el río tan claramente como si fuera de día. Se oyen truenos a lo lejos, en el valle. Huele a lluvia y a pescado. Los perros rascan la puerta delantera. Son cobardes cuando se trata de truenos. ¿Cuánto hace que la besé por primera vez y quién pretendía ser?”

              Traducción de Eugènia Broggi.

              Publicado por Anagrama.

OJOS SIN ROSTRO (1959) de Georges Franju

Guste más o menos el cine de Alejandro Amenábar lo que es innegab199821_1020_Ale es su buen gusto a la hora de inspirarse en otras películas, principalmente europeas, del género fantástico y de una misma época. Si en Tesis (1995) tuvo presente la impresionante El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell, y en Los otros (2001) la no menos buena Suspense (The innocents, 1961) de Jack Clayton, en Abre los ojos (1997) algo hay de esa maravilla que dirigió Georges Franju y que se titula Ojos sin rostro (Les yeux sans visage), con música de Maurice Jarre, y guión de Claude Sautet (el director de, entre otras,Un corazón en invierno), Jean Redon, y Pierre Boileau y Thomas Narcejac (ambos autores de las novelas De entre los muertos y Las diabólicas, llevadas al cine por Hitchcock y Clouzot, respectivamente).

        La película narra la historia de un famoso cirujano (Pierre Brasseur) que intenta transplantar un nuevo rostro a su hija, desfigurada (excepto sus ojos) tras un accidente y a la que se ha dado por muerta. Con ayuda de otra antigua paciente a la que ya recontruyó la cara (Alida Valli, en un registro inusual que me recuerda a un monstruo de Frankenstein de apariencia humana pero inexpresivo), secuestra y asesina muchachas con cierto parecido a su hija para robarles el rostro y que ella pueda recuperar el suyo.

        Ojos sin rostro no es en absoluto un típico film de terror o de misterio. No tiene un ritmo trepidante, no depara grandes sustos, no intenta sacar gran partido de sus elementos góticos (el panteón y el cementerio), y la investigación policial apenas tiene presencia. Lo que hace que sea especial es la poesía y el desasosiego que transmiten sus imágenes en blanco y negro: la abnegada ayudante buscando a sus víctimas por la ciudad; las operaciones a las que somete el cirujano a las muchachas, extirpándoles el rostro; la última y simbólica escena, que confirma que nos acaban de contar una historia de amor asfixiante de un padre por su hija, cuya liberación ha de ser inevitablemente trágica; y, sobre todo, esa imagen recurrente e inolvidable de unos ojos que nos miran a través de una máscara, y que nunca volverán a tener un rostro.