Archive for the ‘Anthony Mann’ Tag

Adiós a Omar Sharif

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Ayer viernes, 10 de julio, falleció el actor egipcio Omar Sharif, víctima de un infarto. Conocido sobre todo por sus dos interpretaciones a las órdenes de David Lean, debutó en el cine de la mano del gran cineasta egipcio Youssef Chahine, con un pequeño papel en Shaytan al-Sahra (1954).

Aquí lo recuerdo en las que me parecen sus cuatro mejores películas: Siraa Fil-Wadi (1954) de Chahine, en la que tuvo su primer papel protagonista y en cuyo rodaje conoció a su futura esposa, la gran actriz egipcia Faten Hamama; Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, 1962) y Doctor Zhivago (1965), dos de las grandes obras maestras de Lean, y La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1964), el estupendo film de Anthony Mann.

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SERENATA de James M. Cain

Un cantante de ópera de oscuro pasado que, tras perder la voz, malvive en Méjico; una prostituta mejicana de la que se enamora y que le hace recobrar el interés por la vida; un capitán de barco amante de la ópera y la música clásica que les ayudará a llegar a Estados Unidos, donde espera de nuevo la gloria y el éxito en el cine; un famoso y manipulador director de orquesta que en el pasado mantuvo una relación homosexual con el cantante y que vuelve para recuperarle…Amor fou, tragedia, ópera, el Hollywood de los años 30, la homosexualidad reprimida, la religión, la belleza y la muerte con toda la carga simbólica que estos temas tienen en la cultura mejicana para una novela de culto e inclasificable titulada Serenata (Serenade, 1937), en la que el gran James Mallahan Cain, gran aficionado a la ópera, se desvía del género negro más clásico para otorgarle otra dimensión y las que hagan falta. De argumento imposible y delirante, casi como una pesadilla en primera persona, que podría hacer babear durante horas a quienes gustan de las telenovelas, gracias a la prosa de Cain Serenata se convierte en una de las más insólitas, singulares y apasionadas obras maestras de la literatura norteamericana, y cuyo equivalente en el cine podríamos encontrarlo sobre todo en las filmografías de Nicholas Ray o Douglas Sirk.

        De hecho, durante años circuló el malentendido, por la similitud entre algunas de sus escenas, de que la película de Sirk titulada Interludio de amor (Interlude, 1956) –remake del film de John M. Stahl When Tomorrow Comes (1939)- era una adaptación de Serenata, cuando en realidad lo era, y también la película de Stahl, de otra obra de Cain titulada Una cenicienta moderna (A Modern Cinderella). Curiosamente, en el mismo año 1956 se estrenaba Dos pasiones y un amor (Serenade), protagonizada por Mario Lanza y Sara Montiel, que sí está basada, aunque con importantes variaciones, en Serenata, pero que, lamentablemente, supone uno de los escasos puntos negros en la formidable filmografía de Anthony Mann.

        “-Por la noche, cuando estoy solo, escuchando mi radio, pienso mucho en la belleza. Trato de descubrir la razón, por qué un hombre como Strauss pudo poner en la superficie los peores sonidos que jamás profanaron la noche y a la vez darme algo tangible. Hay una cosa que sé: la verdadera belleza tiene terror. Ahora responderé a tus juicios despectivos sobre Beethoven. Hay terror en él, no así en los compositores de oberturas. Escribieron buena música, después de lo que has dicho los escucharé con respeto. Pero si arrojas una piedra sobre Beethoven, jamás la oirás llegar al fondo. Transmite la eternidad y el infinito, que llegan al alma como la muerte. Recuerda lo que te digo. En esa pequeña hay terror, espero que no lo olvides en tus relaciones con ella.

        No tenía nada que responder. Dios sabe que yo había percibido ese terror en ella. Encendimos las pipas y contemplamos Ensenada, bajo la luz gris que por momentos se volvía azul y violeta. No me quedaban cigarrillos, fumaba el tabaco del capitán, en una pipa que él me había prestado después de limpiarla con un chorro de vapor en la caldera. A menos de treinta metros del barco surgió del agua una aleta negra, horrible. Debía de medir unos veinte centímetros y no zigzagueó ni hendió el agua ni hizo ninguna de esas cosas que dicen los libros. Permaneció allí un par de segundos, hasta que se produjo un fuerte coletazo y desapareció bajo el agua.

        -¿Lo viste, muchacho?

        -¿Qué cosa tan horrible, no?

        -Es la demostración de lo que estoy tratando de decirte. Mira bien. Mira el agua, la espuma, los colores de la orilla. ¿Crees que ahí está la belleza del mar del Trópico? No está ahí. Está en el conocimiento de lo que acecha bajo la superficie, esa cosa horrible, como la llamas tú, que lleva la muerte en cada uno de sus movimientos. Así es la belleza. Así es México. No lo olvides.”

                  Traducción de Daniel Zadunaisky.

                  Publicada por Emecé Editores.

EL DÍA DE LOS FORAJIDOS (1959) de André de Toth

Conflicto entre ganaderos y agricultores. Alambradas que limitan los pastos. El duro Blaise Starrett (Robert Ryan) dispuesto a resolver las cosas por la fuerza y a eliminar al líder de los agricultores, aunque la lucha por las tierras no sea la principal razón: en un temprano diálogo entre Starrett y la esposa de su adversario, separados por una mesa y por tantas cosas, resuelto magníficamente por de Toth con un plano fijo, se nos informa de que ambos habían sido amantes y de que Starrett sigue enamorado de ella. A los pocos minutos el duelo en el salón está servido, y de Toth lo filma de manera poco creíble pero impecable cinematográficamente. Starrett ordena a su ayudante que haga girar una botella a lo largo de la barra para que al caer al otro lado sirva como señal para empezar a disparar. De Toth realiza entonces un fantástico travelling encuadrando a los duelistas y a la botella girando a lo largo de la barra. Justo antes de caer ésta al suelo, la puerta se abre y entra como un vendaval la banda del capitán Bruhn (tremendo Burl Ives, portentoso sobre todo en la escena en que el veterinario del pueblo ha de sacarle una bala del cuerpo), y lo que era un argumento tantas veces visto en el género se transforma en El día de los forajidos (Day of the Outlaw), uno de los westerns más singulares, fantasmal, psicológico, casi abstracto.

        La lucha de Starrett por los pastos y por la mujer deja paso entonces a la defensa del pueblo contra la violencia del grupo de Bruhn o, lo que es lo mismo, contra su propia violencia. Los forajidos aparecen de la nada, en el momento justo para evitar que Starrett asesine a su enemigo, sin que se nos hubiese avisado de su llegada, perseguidos, tras cometer un atraco, por una caballería de la que en ningún momento tendremos noticia, porque no existe, porque, en realidad, los malos de la película, como personajes con entidad narrativa, no existen. Al igual que ocurría en la obra maestra de Anthony Mann Hombre del Oeste (Man of the West, 1958), son sólo una representación de la parte violenta del protagonista: eliminándolos a ellos, se deshace del aspecto de sí mismo que rechaza (justo antes del duelo con el granjero su rostro se refleja en un espejo, y no le gusta lo que ve), y puede vivir en paz. Para ello, Starrett ni siquiera se servirá de su revólver. Con la connivencia de Bruhn, que se sabe con las horas contadas a causa de la herida de bala y que prefiere que los tipejos de los que se sirve mueran a que arrasen el pueblo, guiará a la banda a través de la nieve y del viento, por una ruta inexistente, con el fin de burlar a la caballería. Durante esa secuencia extraordinaria, a la vez un viaje físico y de redención, la ambición por el oro y el frío acabarán con ellos (otra referencia: el cadáver congelado en la nieve con el rifle en la mano, que recuerda al del malvado Robert Taylor en aquel terrible plano final de La última cacería (The Last Hunt, 1956) de Richard Brooks. Curiosamente, en ambas películas el director de fotografía fue Russell Harlan).

        Estupendo guión del gran Philip Yordan y gélida y deslumbrante fotografía en blanco y negro para un film portentoso en su planificación, quizá de ritmo algo teatral a raíz de su carga simbólica, con una gran violencia más aún moral que física (extraordinario también el baile entre los forajidos y las mujeres del pueblo, rodado por de Toth de tal manera que sugiere una brutalidad mucho mayor que la que nos muestra), y que en una fantasía cinéfila podría parecerse al western que Ingmar Bergman nunca filmó. Quizá su singularidad haya hecho de El día de los forajidos un western casi desconocido, que ni siquiera aparece citado en la mayoría de estudios sobre el género, pero precisamente su alejamiento de los parámetros clásicos es una buen razón, y no la única, para recuperarlo.

            Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

En recuerdo de Harry Morgan

El pasado martes día 7 se nos fue, a los 96 años, Harry Morgan, uno de los últimos grandes secundarios del Hollywood clásico. Habitual en producciones para televisión, recibió un Emmy en 1980 por su interpretación del coronel Potter en la serie M*A*S*H, posiblemente el papel por el que más se le recuerda, pero su inconfundible físico estuvo antes presente en un montón de grandes películas, entre las que destacan westerns como Cielo amarillo (Yellow Sky, 1948) de William A. Wellman, Solo ante el peligro (High Noon, 1952) de Fred Zinnemann, Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952) y Tierras lejanas (The Far Country, 1955), ambas de Anthony Mann. Aquí lo recuerdo junto a Henry Fonda en Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, 1943), obra maestra de Wellman, y junto a John Wayne en el magnífico fragmento que dirigió John Ford para La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962). Descanse en paz.