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LA MITAD DE ÓSCAR (2010) de Manuel Martín Cuenca

Grandes escritores, sobre todo en la literatura norteamericana, nos han dejado extraordinarios relatos en los que apenas ocurre nada, pero que nos señalan, entre líneas, mil cosas sobre la vida y el carácter de los personajes, mil sombras sobre su pasado, su presente y su futuro que nosotros mismos deberemos completar. Quien haya leído a Raymond Carver, John Cheever o Tobias Wolff, o al modelo de todos ellos Anton Chéjov, sabe a lo que me refiero. Si esto vale, y de qué manera, para la literatura, es justo considerar que también debe valer para el cine, aunque a menudo se le cuelgue, en estos casos, la pedantesca etiqueta de “ejercicio de estilo”. Dependerá entonces más que nunca, ante la casi total ausencia de argumento y desarrollo narrativo, de cómo se las apañe el director para que lo que ofrece nos llegue y nos conmueva o nos parezca un insufrible pestiño.

         La excusa argumental de La mitad de Óscar, última película hasta la fecha de Manuel Martín Cuenca, es mínima: Óscar, que trabaja como vigilante en una salina en Almería, lleva una vida tan triste y monótona como su trabajo. Su hermana María, a la que no ve desde hace dos años, viaja desde París con su novio Jean para ver a su abuelo, que está a punto de morir. Entre los dos hermanos apenas hay comunicación, parecen casi dos extraños (María y Jean se alojan en un hotel, en lugar de hacerlo en casa de Óscar), y esa extraña relación nos hace pensar que ambos guardan un secreto de su pasado.

        Poco más. Al director no le interesa tanto mostrar como insinuar lo que hay detrás de los personajes, lo que éstos no exteriorizan, renunciando a la representación dramática y permitiéndose el lujo de resolver los dos momentos que podrían ofrecer mayor juego narrativo (la muerte del abuelo y el episodio entre Óscar y el taxista) mediante elipsis. Gracias a la iluminación, a la interpretación sin apenas gestos de los actores, a la ausencia de primeros planos o a la elección de lo que nos muestra el encuadre y de lo que queda fuera de él pero suponemos u oímos (un mensaje en el contestador escuchado de manera obsesiva, unas simples llamadas telefónicas, que no serán contestadas, a una habitación de hotel), la cámara observa a los personajes siempre de manera contenida, sin terminar de desnudarlos, sin completar sus historias.

        ¿Cómo eran Óscar y María en el pasado y qué será de ellos a partir de ahora? ¿Qué sabe y qué siente Jean, testigo mudo de la relación entre los dos hermanos? ¿Cómo es la vida de la amante de Óscar, siempre dispuesta a acogerle sin hacer preguntas, y de la que ni siquiera sabremos su nombre? ¿Quién nos contará su historia en otra película? Creo que fue Hemingway quien dijo que un buen relato ha de ser como un iceberg, del que sólo vemos una pequeña parte y todo lo demás queda bajo la superficie. Pues eso.  

        Hermanada, dentro del cine más reciente, con propuestas como las de Jaime Rosales o Nobuhiro Suwa, o incluso en algunos momentos y salvando las distancias, con aquella obra maestra absoluta que filmó Claude Sautet titulada Un corazón en invierno (Un coeur en hiver, 1992), La mitad de Óscar les parecerá a algunos espectadores una de las mejores y más singulares películas de nuestro último cine, y a otros, sencillamente, una irritante tomadura de pelo. El hecho de que aparezca por aquí ya indica con cuál de los dos grupos me haría yo la foto.

                Editada en DVD por Cameo.

REVOLUTIONARY ROAD de Richard Yates

El omnipresente escritor argentino Rodrigo Fresán nos define de manera inmejorable la novela Revolutionary Road (1961), llevada recientemente al cine por Sam Mendes en una magnífica adaptación que, sospecho, ganará prestigio con los años: “Una novela de terror sin monstruos imposibles que la hagan soportable”.

        La historia de Frank y April Wheeler es la historia del fin de los sueños, de la pérdida de valores, de la renuncia a todo aquello que consideramos imprescindible y que nos hace diferentes a cambio de la comodidad que nos ofrece la sociedad, que nos aletarga y alimenta nuestras envidias y nuestra hipocresía, y si su lectura nos puede resultar incómoda es porque podemos ver reflejadas en sus personajes a personas de nuestro entorno o, peor aún, a nosotros mismos. El narrador los observa de manera fría y distante, casi como un entomólogo literario, lo cual acentúa la sensación de soledad y de abandono en que están inmersos, y su imposibilidad de cambiar las cosas: cuando April decide que su vida no le sirve y que quiere recuperar sus antiguas ilusiones y las de su marido, y choca contra la incomprensión de éste y siente que sus sentimientos hacia él se desmoronan, sólo encontrará una última y trágica salida.

        Creo que fue Chéjov quien dijo que algunas personas pasan de largo por sus propias vidas. Eso es lo que les ocurre a los personajes de esta novela opresiva pero magistral, de esta visión del otro lado del sueño americano en los años 50, extensible a cualquier sociedad desarrollada de la actualidad. No, aquí no hay monstruos imposibles porque los monstruos son las personas que habitan la novela, por las que el autor, a excepción de April, no siente ninguna piedad.

        En un fragmento hacia el final de la novela, Shep, el mejor amigo de los Wheeler, que siempre había admirado y deseado a April, mira a su esposa Milly y lo que piensa termina por redondear el sentido de Revolutionary Road: lo importante es seguir vivos y no estar solos, a pesar de todo.

        “Al mirarla ahora a la luz de la lámpara, mirando a aquella mujer estúpida y ajada, supo que lo que había dicho era verdad. Porque, maldita sea, ella estaba viva, ¿no? Si se acercaba al sillón y le tocaba la nuca, ella cerraría los ojos y sonreiría, ¿verdad? Pues claro que sí. Y cuando los Brace se marcharan -con la ayuda de Dios no tardarían en largarse de una vez-, cuando los Brace se marcharan ella se iría a la cocina y empezaría a fregar platos y a hablar por los codos (“A mí me caen muy bien; ¿a ti no?”). Luego se iría a la cama, y por la mañana se levantaría y volvería a bajar medio encorvada con su bata deshilachada y su olor a sueño y a zumo de naranja y a jarabe para la tos y a desodorante; y continuaría viviendo”.

                Traducción de Luis Murillo Fort.

                Publicada por Alfaguara.