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DÍAS DE VINO Y ROSAS (1962) de Blake Edwards

Otro que se nos va. El miércoles 15 de diciembre fallecía, a los 88 años, el cineasta Blake Edwards, el artífice de Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s, 1961), una de las películas más famosas de la historia, uno de esos films que, como Casablanca o Lo que el viento se llevó, van más allá de su calidad cinematográfica para convertirse en iconos de la cultura popular, una mítica dulcificación de la magistral novela de Truman Capote: Audrey Hepburn, Moon River, un gato bajo la lluvia…

        A Edwards se le ha considerado ante todo como uno de los grandes de la comedia. Particularmente, tanto la serie de la pantera rosa como El guateque (The party, 1968), con Peter Sellers, me parecen muy sobrevaloradas, y suelo encontrar lo mejor de su cine en otros géneros: además de Desayuno con diamantes, el magnífico y no muy conocido policiaco Chantaje contra una mujer (Experiment in terror, 1962), el fallido pero atractivo western crepuscular a lo Peckinpah Dos hombres contra el Oeste (Wild Rovers, 1971) y, sobre todo, Días de vino y rosas (Days of wine and roses), posiblemente su film más perfecto y la mejor radiografía que nos ha dado el cine sobre el mundo del alcoholismo.

        Extraordinario guión de J. P. Miller, música del habitual Henry Mancini y canción principal escrita por el gran Johnny Mercer, y unas interpretaciones deslumbrantes de Jack Lemmon y Lee Remick (ambos, candidatos al Oscar) para contarnos la historia de un matrimonio de alcohólicos cuya vida se va poco a poco por el desagüe. Extrema y sin concesiones, con momentos en los que casi puede olerse el whisky y sentirse la desesperación de los dos personajes y su paulatina degradación, la película culmina con uno de esos momentos que ponen la piel de gallina: la despedida de Kirsten, ante un casi rehabilitado Joe, tras confesarle que se ve incapaz de dejar de beber. Él la verá, a través de una ventana de su nuevo piso, alejarse en la noche por una calle desierta, mientras en el vidrio se refleja el cartel luminoso de un bar. Fin.

                Editada en DVD por Warner.

CHARADA (1963) de Stanley Donen

Es muy posible que una película como Charada (Charade) nunca ocupe un puesb70-9705to en ninguna lista de las mejores películas de la historia, y probablemente no lo merezca si nos atenemos a su importancia en el desarrollo del cine, su influencia posterior, la ausencia de interpretaciones intelectuales en su argumento, y demás razones que nos importan más bien poco cuando nos sentamos ante la pantalla. Aunque nos hagan disfrutar una y mil veces, este tipo de films seguirá viéndose desplazado por el prestigio de egregios castigos firmados por Resnais, Pasolini, Bertolucci, Antonioni o, incluso, Robert Altman. Y es que, a veces, el género humano merece todo el aburrimiento que le caiga encima.

        Charada es, sencillamente, un fiestón para los que buscan una buena historia que les mantenga clavados a la butaca durante un par de horas. Desde su inicio, con la escena que sirve de prólogo, los fantásticos títulos de crédito, la música de Henry Mancini, y el plano de una pistola apuntando a Audrey Hepburn, la película de Donen es como una montaña rusa que no da un momento de respiro. En el impresionante guión de Peter Stone -basado en una historia del propio Stone y de Marc Behm, autor de esa esa joya de la novela negra que es La mirada del observador (The eye of the beholder, 1980)- caben la intriga, la acción, el humor, el romanticismo, las sorpresas constantes y unos cuantos cadáveres, y el resultado, de la mano de Donen, es un manual de ritmo cinematográfico al que ni se acercan las películas actuales del género. Y, cómo no, al frente de un reparto de lujo (Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy), Cary Grant y Audrey Hepburn, él veinticinco años mayor y qué más da.

        Donen intentó repetir la fiesta tres años después con Arabesco (Arabesque, 1966), pero la cosa no acabó de cuajar. Yo, desde luego, volveré de vez en cuando a repetirla.

              Editada en DVD por Universal.

ARIANE (1957) de Billy Wilder

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Las películas de determinados directores, incluso sus grandes obras maestras, me resultan a menudo perfectas en exceso, demasiado cerradas, demasiado matemáticas, como si les faltara un agujero por el que respirar. Desde luego, ésta es una opinión muy personal y, sin duda, equivocada, pero como espectadores es lógico que, en definitiva, nuestra percepción sea más emocional que intelectual.

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Entre estos directores situaría -reconozco que he pecado- a tres de los más grandes: Mankiewicz, Hitchcock y Wilder- en el otro equipo, para entendernos, estarían Ford, Mizoguchi y Erice (¿para cuándo otra película?)-. Y los tres realizaron, al menos, un film que supone la excepción a lo expuesto anteriormente. En el caso de Mankiewicz escogería El fantasma y la señora Muir (The ghost and Mrs.Muir,1947), de la cual nos ocuparemos en próximas fechas; de Hitchcock, sin duda, De entre los muertos (Vertigo,1958), que además es su obra maestra absoluta, la más misteriosa, viva e inabarcable de sus películas, reconocida desde hace tiempo como una de las grandes obras del cine; y en la filmografía de Wilder aparece, rodeada de películas perfectas, analizadas mil veces y emitidas por televisión otras mil, un film pequeño, no muy conocido y habitualmente despachado con rapidez en los estudios sobre su autor: Ariane (Love in the afternoon).

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¿Qué le voy a hacer? A mí, entre tanta película redonda del genio vienés, me sigue pareciendo la más encantadora, la más cercana de todas. Divertida y triste a partes iguales, con unos diálogos-como siempre- brillantísimos, a cargo del propio Wilder y de I.A.L.Diamond, es su film menos intelectual. Posiblemente no alcance la maestría de, por ejemplo, El apartamento (The apartment,1960), pero la emoción y la perfección no siempre son hermanas. Y, por supuesto, en él aparece una Audrey Hepburn más maravillosa que nunca (si eso es posible), sin la cual ni ésta ni ninguna otra de sus películas habrían sido lo mismo. Ella siempre será la chica misteriosa cuyo nombre empieza por A y que, cuando Mr. Flannagan (Gary Cooper) le pregunta: “Who are you?”, simplemente responde: “You know who I am. I am the girl in the afternoon”. Pues eso. Audrey será siempre “the girl in the afternoon”. ¿Será por eso que me gusta tanto esta película?

Editada en DVD por Regia Films.