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LA ISLA DEL DR. MOREAU de H. G. Wells / LA ISLA DE LAS ALMAS PERDIDAS (1932) de Erle C. Kenton

Sin guerras interplanetarias, máquinas del tiempo u hombres invisibles a los que agarrarse para tomar distancia con ella, La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1896), quizá la novela más inquietante de cuantas escribió H. G. Wells, levantó polvareda desde el momento de su publicación al tratar temas científicos que ya en la época eran motivo de debate y que aun hoy siguen plenamente vigentes.

Por si alguien a estas alturas anda despistado, el narrador y protagonista Edward Prendick nos cuenta sus horribles experiencias en una isla del Pacífico en la que el doctor Moreau y su ayudante Montgomery realizan macabros experimentos genéticos. Por medio de la vivisección y cruzando diferentes especies, crean seres monstruosos a los que dotan de cierta humanidad, que incluso llegan a caminar erguidos y a tener la capacidad de hablar, y a los que mantienen a raya gracias al uso de la fuerza y a una serie de normas a las que denominan «la Ley».

Ingeniería genética, vivisección, el hombre que juega a ser un dios creador de vida por medios artificiales… La novela de Wells toca diversos temas y se presta a múltiples debates. Particularmente, el que más me atrae es el que identificaría a las criaturas de Moreau no con una nueva especie, sino directamente con nosotros, humanos pero también animales, y que tiene que ver con la sociedad y su civilización: la necesidad de unas leyes y, sobre todo, de una educación para lograr la convivencia y reprimir nuestros instintos más primarios y siempre latentes, aquellos que, en muchos casos, saldrían nuevamente a la luz si nos viéramos libres, como llega a ocurrir en la novela, de todo control. En este sentido, quizá La isla del Dr. Moreau se acerque a la filosofía de Thomas Hobbes -homo homini lupus- y pueda considerarse como una influencia de El señor de las moscas (Lord of the Flies,1954), la gran novela de William Golding.

Pero Moreau parecía tan irresponsable, tan profundamente irreflexivo… Su curiosidad, sus insensatas e inútiles investigaciones lo empujaban a continuar ni él mismo sabía hasta dónde, a arrojar a la vida a esas pobres criaturas, por espacio de uno o dos años, para luchar, equivocarse, sufrir y, en última instancia, morir con dolor. Aquellas criaturas eran intrínsecamente perversas; su odio animal los incitaba a incordiarse mutuamente, al tiempo que la Ley los refrenaba de librar una encarnizada batalla y del fin definitivo de su animosidad natural.

Traducción de Catalina Martínez Muñoz para Editorial Alianza.

De sus diversas adaptaciones al cine, quizá las más conocidas sean la de 1977, dirigida por Don Taylor y con Burt Lancaster en el papel de Moreau, y la de 1996, de John Frankenheimer, con un más que extravagante Marlon Brando como protagonista. Ambas me parecen infumables. La que más me gusta es La isla de las almas perdidas (Island of Lost Souls), de Erle C. Kenton, director de una filmografía no precisamente relevante y el irresponsable responsable de algunas de las cintas de Bud Abbott y Lou Costello. Sin ser una obra maestra, el film de Kenton conserva la bendita ingenuidad de aquel cine de terror de bajo presupuesto que dejaba espacio a la imaginación y a la fantasía del espectador y que, para provocar algo cercano al miedo, recurrían a una atmósfera desasosegante y a las sombras nocturnas de su fotografía en blanco y negro. Además, cuenta con un delirante y muy peludo Bela Lugosi, en el papel de una de las criaturas, y con el gran Charles Laughton, uno de esos actores, acaparadores de miradas, que con su sola presencia eran capaces de conseguir que pasáramos por alto las carencias de cualquier película.

 

LA CASA DEL HORROR (1927) de Tod Browning / LONDRES DESPUÉS DE MEDIANOCHE de Augusto Cruz

¿Existe aún alguna copia de La casa del horror (London After Midnight)? Esa es la pregunta que historiadores de cine y buscadores de leyendas se hacen todavía, a pesar de que oficialmente desapareció de manera definitiva en el incendio de un almacén de la Metro en 1967, sobre la que pasa por ser la película perdida más importante de la historia y una de las que más misterios ha levantado a su alrededor. Último film protagonizado por el gran Lon Chaney, que interpreta un doble papel de inspector de policía y de vampiro -impresionante su caracterización con capa alada, sombrero de copa y dientes de sierra-, supone además, al parecer, la primera aparición del personaje del vampiro en el cine norteamericano.

Las críticas de la época no la alabaron en exceso ni la consideraron entre los mejores trabajos de Tod Browning, pero lo cierto es que, a pesar de ello, su fama no ha dejado de crecer desde su estreno en 1927, en parte porque los aficionados al género de terror son muy proclives al culto por determinadas películas y en parte por todas las habladurías que se han generado en torno a ella: desde un crimen pasional en 1928 ordenado, según el asesino, por el vampiro protagonista, hasta el rumor de que existe una copia de la que se han organizado pases privados, pasando por la leyenda de que vampiros auténticos trabajaron en la película y por la maldición de que los cines que la proyectaban acababan destruidos por un incendio.

Y entre tanto misterio y a falta de sorpresa en forma de copia milagrosamente salvada, los cinéfilos podemos conformarnos con el montaje de 46′ -el original era de 72′- que la Turner estrenó en 2002 y que está disponible en la red, a base de fotogramas ordenados según el guion y con acompañamiento musical; con el remake sonoro, protagonizado por Bela Lugosi, que el propio Browning dirigió en 1935, La marca del vampiro (Mark of the Vampire) -film que goza de bastante prestigio, aunque a mí no me parece nada del otro jueves-, o con la lectura de la novela Londres después de medianoche (2014), escrita por el mejicano Augusto Cruz.

La ópera prima de Cruz la disfrutarán especialmente los cinéfilos aficionados también al género negro. Con influencias varias -el propio autor ha reconocido la de Dashiell Hammet y la de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles, y la búsqueda de Rosebud-, y una mezcla prácticamente indisoluble de ficción y hechos reales fruto de una profusa investigación, Londres después de medianoche arranca con la entrevista entre Mc Kenzie, antiguo ayudante de J. Edgar Hoover en el FBI, y el famoso historiador cinematográfico y coleccionista Forrest Ackerman -personaje real y uno de los principales admiradores de la película de Browning-, quien quiere contratarlo para que intente encontrar alguna copia de la famosa película. Ritmo trepidante, cultura a raudales y un final sorprendente para una estupenda novela.

Le voy a contar una historia que empezó hace setenta y nueve años, cuando yo acababa de cumplir los once y usted ni siquiera había nacido: la serie de extraños sucesos que han rodeado a Londres después de medianoche, el filme perdido más buscado en la historia del cine.

Se me acusa de haber elevado a Santo Grial 5.692 pies de película de nitrato. De convertirlos, a través de mi revista Famous Monsters of Filmland, en el Necronomicón de nuestros días. De provocar que cientos de adolescentes, como caballeros de la Edad Media en busca de dragones y unicornios, huyeran de sus casas para perseguir con más fe que pruebas científicas esos siete rollos, que, tal como estuvieron por un tiempo las sagradas escrituras del mar Muerto, permanecen ocultos en algún mohoso sótano o protegidos por muerciélagos en un desván lleno de telarañas, en espera de ser recuperados. Pues bien, señor Mc Kenzie, me declaro culpable de todos los cargos.

Publicada por Seix Barral.

¡FELIZ 2018 PARA TODOS!

 

 

 

 

 

EL LADRÓN DE CADÁVERES (1945) de Robert Wise

Las películas producidas por Val Lewton para la RKO (alguna ya ha aparecido por aquí) merecen un capítulo aparte en la historia del cine norteamericano, y de hecho Martin Scorsese les dedicó un libro que, si no me equivoco, aún no conoce traducción al español. Ya estuviera Jacques Tourneur, Mark Robson o Robert Wise tras la cámara, el inconfundible sello Lewton era su auténtico toque de distinción, a veces incluso colaborando en el guión, como en El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher), una de las imperecederas joyas de la corona, adaptación con muchas variantes del relato corto de Robert Louis Stevenson Los ladrones de cadáveres (The Body Snatchers).

        Todo lo que me encantó la primera vez que la vi hace ya tantos años sigue ahí tras volver a ella una y otra vez, la misma ambientación de un Edimburgo gótico envuelto en sombras marca de la casa, el mismo careto ominoso de Boris Karloff en su mejor presencia en el cine, la misma atmósfera de cuento escuchado al calor del hogar. La sucesión de escenas de antología es difícil de olvidar: la aparición de la sombra del cochero John Gray en el cementerio, matando con una pala al perro que guarda la tumba de su amo antes de desenterrar el cuerpo; Gray obligando al doctor MacFarlane a mirar su rostro en el espejo de la taberna, componiendo las dos caras de un mismo Dorian Gray, la que acumuló los pecados y la que salió indemne; el enfrentamiento entre Karloff y Bela Lugosi (el criado de MacFarlane), un guiño para los mitómanos, un fragmento que no aparece en el relato original; la chica ciega que pide limosna cantando y que se aleja en la noche hasta desaparecer entre las sombras, seguida por el coche de Gray y el sonido de los cascos de su caballo, motivo recurrente durante todo el film para anunciar la llegada de la maldad; el cuerpo muerto y desnudo de Gray, difuminado como un fantasma, abrazándose a un MacFarlane incapaz de librarse de su recuerdo…

        Imposible dar más en apenas hora y cuarto de película. Si damos algún crédito al tópico, en esta ocasión viene como anillo al dedo: ya no se hacen películas como ésta.

              Editada en DVD por Manga Films.