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LA CASA NÚMERO 322 (1954) de Richard Quine

Tras el atraco a un banco en el que es asesinado el guardia de seguridad, el policía Paul Sheridan (Fred MacMurray) entra en contacto, por orden de sus superiores, con la amante del criminal (Kim Novak) con el fin de obtener información sobre su paradero; pero cuando la pasión surge entre ambos, deciden hacerse con el botín del robo y huir juntos. Para ello, Sheridan deberá burlar la vigilancia que él mismo y sus compañeros han establecido día y noche ante el apartamento de la chica y sorprender a su amante cuando venga a visitarla.

Diez años después de Perdición (Double Indemnity, 1944), una de las obras maestras de Billy Wilder, el nunca suficientemente reconocido Fred MacMurray interpreta un papel similar, el de un tipo en principio íntegro y honrado que, harto de no poder escapar de una vida mediocre, cae en la doble tentación de conseguir a la chica y el dinero fácil; pero el guion de La casa número 322 (Pushover), escrito por Roy Huggins a partir de una novela de Bill S. Ballinger, se aleja del cinismo despiadado y la frialdad de que hacía gala el film de Wilder y se adentra en un territorio en el que tienen cabida el romanticismo y los escrúpulos: el personaje de MacMurray no es el típico policía corrupto y violento dispuesto a todo y el de Kim Novak no responde ni de lejos al de la femme fatale tan habitual en el género.

En una de sus contadas incursiones en el cine negro, Richard Quine realiza una película tensa y claustrofóbica gracias a una puesta en escena que aprovecha al máximo los espacios cerrados, donde todos los personajes se cruzan y se vigilan constantemente, pero a la que quizá le falte algo de nervio en sus diálogos y un mejor dibujo de personajes, sobre todo en el caso del jefe de policía al que interpreta un desaprovechado E. G. Marshall y en el de la vecina, decisiva en el desenlace, a la que presta rostro y talento la gran Dorothy Malone, para superar el escalón que la separa de la cima del género. Aun así, hora y media más que recomendable en compañía de MacMurray y de una Kim Novak a la que ni siquiera le hace falta esforzarse mucho para deslumbrarnos desde su primera aparición en pantalla, desde la magistral escena en que se conocen los dos protagonistas y que abre el film tras los títulos de crédito.

 

 

 

 

 

LOS PAPELES DE ASPERN de Henry James / VIVIENDO EL PASADO (1947) de Martin Gabel

Los papeles de Aspern (The Aspern Papers, 1888), basada quizá en el caso real de un editor que intentó conseguir las cartas que el poeta Percy Shelley había enviado a su cuñada Claire Clairmont, es una de las novelas breves de Henry James más reconocidas y una de las muchas muestras de su interés por el encuentro entre la cultura estadounidense y la europea. Su protagonista y narrador, cuyo nombre no conoceremos, es un especialista en la obra del poeta Jeffrey Aspern obsesionado con conseguir unos papeles que el escritor había enviado a su amada Juliana Bordereau y que, supuestamente, siguen en poder de la ya centenaria mujer. Para conseguir su objetivo, alquila por un precio desorbitado y ocultando su verdadera identidad unas habitaciones del palazzo veneciano en que vive la anciana junto a su sobrina Tina, una mujer madura y no demasiado agraciada, a quien el editor intenta seducir y manipular para que lo ayude a encontrar los documentos y que, finalmente, se convierte en el personaje más determinante de la historia.

Al fin pareció darse cuenta de que nos hallábamos frente a frente, a pesar de que llevaba sobre los ojos una suerte de horrible visera verde, que casi le servía de antifaz. Al momento pensé que se la había puesto a propósito para poder espiarme cómodamente detrás de ella, sin que yo pudiera verla, y al mismo tiempo me asaltó la sospecha de que tras aquel extraño velo acaso se ocultara alguna espantosa calavera. La divina Julia, convertida en horrible esqueleto. Y la idea se mantuvo un instante en mi mente, hasta que, al fin, pasó. Después me di cuenta de que era inmensamente vieja, tanto que la muerte se apoderaría de ella de un momento a otro, antes de que me diera tiempo a fraguar mis planes. Luego rectifiqué mis opiniones, lo que ayudó para aclarar la situación. Podría morirse la semana siguiente, podría morirse al otro día. Y, entonces, yo asaltaría sus cosas y entraría a saco en sus cajones. Mientras pensaba todo esto, ella permanecía inmóvil y sin hablar. Era muy pequeña y consumida; estaba inclinada hacia adelante, con las manos sobre el regazo. Vestía de negro y se cubría la cabeza con una especie de velo de encaje, que le ocultaba el pelo.

La emoción no me dejaba articular palabra, y fue ella la primera en hablar. Y la observación que me hizo fue para mí de lo más inesperado.

Traducción de Enrique Campbell.

La mejor adaptación al cine que conozco de la novela de James es Viviendo el pasado (The Lost Moment), la única película dirigida por el actor, habitualmente secundario, Martin Gabel, que trabajó en teatro a las órdenes de Orson Welles y de quien el lector seguramente recordará su interpretación del no demasiado espabilado doctor Eggelhofer en Primera plana (The Front Page, 1974), de Billy Wilder. A partir del guion de Leonardo Bercovici, Gabel realiza una versión muy libre, con un final muy distinto, en la que lo fantástico, ausente en el original literario, adquiere gran importancia en relación con el personaje de Tina (una Susan Hayward, por supuesto, más joven y mucho más atractiva que la mujer creada por James), que cada noche es poseída por el espíritu de la joven Juliana, amante del poeta aquí llamado Jeffrey Ashton, lo que provoca que el editor Lewis Venable (Robert Cummings) se enamore de ella.

Resulta extraño que el film de Gabel -producción estadounidense, buen reparto, Henry James, elementos fantásticos- no sea demasiado conocido; sin llegar a ser una obra maestra, su atmósfera de misterio, gótica y fantasmal (fotografía de Hal Mohr), resulta fascinante y sus mejores momentos, como las apariciones de una irreconocible Agnes Moorehead en el papel de la anciana Bordereau o la escena, maravillosamente escrita, en que Venable muestra su obsesión por Ashton y por revivir su historia de amor («Te quiero porque tu nombre es Juliana») están a la altura de las mejores películas del género.

 

 

En recuerdo de Alber Finney (1): ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (1974) de Sidney Lumet

Para despedir al recientemente fallecido Albert Finney, uno de los gigantes británicos de la interpretación tanto sobre los escenarios como ante las cámaras, en lugar de recurrir a las que me parecen las dos mejores películas en las que participó, Dos en la carretera (Two for the Road, 1967), de Stanley Donen, y Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, 1990), de Joel Coen, he preferido echar mano de las dos primeras interpretaciones suyas que recuerdo haber visto, que me parecieron impresionantes entonces y me lo siguen pareciendo y que ejemplifican a la perfección el tipo de actor que era.

La primera de esas interpretaciones es la de Hercule Poirot en la magnífica Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express), de Sidney Lumet, la segunda mejor adaptación al cine de Agatha Christie, solo por detrás, faltaría más, de Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), de Billy Wilder. Ni que decir tiene que el Poirot de Finney está muy por encima del que encarnó Peter Ustinov -quien, al parecer, se hizo cargo del personaje tras la negativa de Finney a seguir con él- y a galaxias de distancia del que en 2017 perpetró el insufrible Kenneth Branagh en aquel churro dirigido (es un decir) por él mismo.

Inspirándose en las interpretaciones de Charles Laughton, uno de sus maestros, Finney da vida a un Poirot único e intransferible, histriónico, exagerado, con aires de elegante Charlot, extravagante en su indumentaria y en su forma de expresarse, casi un patito feo del que los demás se mofan hasta que la cosa se pone seria y saca a pasear sus células grises. De él dijo la propia Agatha Christie, por si hacía falta, que era el mejor Poirot que había visto; quizá a sus compañeros de reparto, grandes actores y actrices casi todos, no les entusiasmó tanto, al ser absolutamente eclipsados en cada escena que compartían con la estrella de la función.

Prohibido, como pocas veces, no escuchar su voz original.

 

 

 

 

Adiós a Neil Simon: LA EXTRAÑA PAREJA (1968) de Gene Saks

El día 26 de este mes fallecía a los 91 años Neil Simon, uno de los grandes dramaturgos y guionistas estadounidenses, recordado sobre todo por sus comedias. Entre sus aportaciones al cine, Descalzos por el parque (Barefoot in the Park, 1967) y La extraña pareja (The Odd Couple), ambas de Gene Saks; Un cadáver a los postres (Murder by Death, 1976), de Robert Moore, o La chica del adiós (The Goodbye Girl, 1977), de Herbert Ross. Las dos últimas tuvieron ya hace tiempo su espacio en este blog.

Tanto en teatro como en cine, posiblemente sea La extraña pareja el texto más recordado de Simon. El «matrimonio» formado por Felix (Jack Lemmon) y Oscar (Walter Matthau), que han de convivir juntos tras la separación del primero, protagonizan una sucesión de escenas tronchantes dominadas por unos diálogos antológicos, a la altura de cualquier obra maestra del género. Quién no recuerda la neurosis de Felix por el orden y la limpieza, su manía por ahorrar y por que Oscar coma sus fabulosas recetas, y la escena en el restaurante en la que da un recital de ruidos extraños y muecas porque se le taponan los oídos. O los caretos y la mala leche de Matthau aguantando que intenten transformar su piso de divorciado en el lugar más aséptico del planeta. Por no hablar de la timba de póquer más hilarante de la historia, saboteada por el ambientador y los sándwiches de Felix. O de las hermanas «Periquito», las vecinas a las que el mujeriego Oscar lleva al apartamento para que les alegren la noche y que acaban llorando junto a su sensible compañero.

La presencia de Lemmon y Matthau y el hecho de que sea tan buena han propiciado que mucha gente aún piense que el film fue dirigido por Billy Wilder y no por un cineasta muchísimo menos conocido como Gene Saks, un buen director que sabía sacarle partido a guiones geniales como los de Simon. En esta ocasión estuvo a la altura del maestro: La extraña pareja sigue siendo una de las películas con las que más me reído -y sigo en ello- de la historia del cine.

 

MENSCHEN AM SONNTAG (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

Los_hombres_del_domingo-691848423-largeUnos años antes de abandonar Alemania a causa de la llegada al poder del partido nazi, Fred Zinnemann, Robert y Curt Siodmak, Edgar G. Ulmer y Billie (Billy) Wilder colaboraron en la realización de una película muda difícilmente clasificable que mostraba, a caballo entre la realidad y la ficción, la vida cotidiana de los berlineses de la época. Titulada Menschen am Sonntag, es conocida actualmente en español como Gente en domingoHombres en domingoLos hombres del domingo. Oficialmente, Robert Siodmak y Ulmer se encargaron de la dirección, Wilder y Curt Siodmak del guion y Zinnemann de la fotografía, aunque resulta imposible, como es lógico, dilucidar dónde empezaban y acababan las funciones de cada uno.

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Interpretada por actores y actrices no profesionales, la película se desmarca del trágico pesimismo expresionista que aún imperaba en el cine alemán y recurre a un nuevo realismo luminoso y humanista para mostrarnos cómo pasan un caluroso domingo de verano los habitantes de Berlín, centrándose en la ficticia historia de dos chicos y dos chicas que hacen una excursión a un lago durante la que los coqueteos, las bromas y la alegría por sentirse aún lejos de la rutina del lunes van dando paso al deseo, los celos y la tristeza.

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Estamos pues ante un film que probablemente estaba llamado a abrir nuevas vías en la cinematografía de su país, un eslabón por fortuna no perdido del cine europeo que descubrió a un grupo de grandes cineastas y cuya influencia, si no en el cine alemán posterior, quizá sí se pueda rastrear en el cine francés de los años 30 -por ejemplo, en la breve filmografía de Jean Vigo o en la obra maestra de Jean Renoir Una partida de campo (Une partie de campagne, 1936)- y, aunque sin su carga dramática y de denuncia social, en el neorrealismo italiano.

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Editada por Feel Films.

 

ASFALTO (1929) de Joe May

Asphalt posterMucho menos conocido que Murnau, Lang o Lubitsch, entre otras razones porque su aventura americana tras huir del nazismo fue bastante desastrosa, Joe May fue uno de los pioneros que contribuyeron a crear la gran cinematografía alemana del periodo mudo. De nombre real Joseph Otto Mandel, adoptó artísticamente el apellido de su esposa Mia May, actriz a la que dirigió en 1921 en la primera versión de El tigre de Esnapur La tumba india, el film de aventuras escrito por Thea von Harbou y Fritz Lang que el propio Lang recrearía en 1959.

Una de sus películas más accesibles, gracias a la edición en dvd, es Asfalto (Asphalt), un drama urbano romántico y violento ambientado en un Berlín que desde el inicio, mediante un montaje trepidante y modernísimo que alterna primeros planos, travellings y transparencias, se nos muestra como una ciudad caótica y rebosante de vida, una jungla de asfalto en la que, como veremos, cualquier polluelo está en peligro de caer en tentaciones que le aparten del camino recto.

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Tras este magnífico comienzo, la película se cierra en torno a la historia de John Holk (Gustav Frölich), un honrado e ingenuo policía que se apiada de una ladrona -Betty Amann, con un peinado que recuerda a los de Tony Curtis y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder, quien, por cierto, conocía a May- porque cree que roba para sobrevivir. Cuando se da cuenta del engaño y quiere actuar correctamente llevándola a la cárcel, cae en las redes de esta femme fatale y se enamora de ella; pero, como mandan los cánones, cerca de una de estas perlas siempre anda un tipo con malas pulgas que no atiende a razones.

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Aunque la historia y los personajes sean quizá demasiado simples y la moralina final nos traiga la redención de la protagonista -a pesar del erotismo y la violencia presentes, aquí no estamos en el territorio pesimista, asfixiante, sórdido y recargadamente expresionista de La caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929), la obra maestra de G. W. Pabst-, la maravillosa planificación y el ritmo febril que otorga May a las imágenes, junto a la gran fotografía de reminiscencias expresionistas de Günther Rittau, hacen de Asfalto una estupenda película en la que, además, podemos descubrir ya ciertos elementos argumentales que formarán parte de lo que en la década de los 40 se conocerá como «cine negro».

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Editada por Divisa.

UN MARIDO RICO (1942) de Preston Sturges

The-Palm-Beach-StoryUno de los elementos característicos de la screwball comedy americana que tantas grandes películas nos dejó durante los años 30 y 40 es la presencia de una protagonista femenina dominante, inteligente y manipuladora, que impone su voluntad llegando hasta donde haga falta y trae de cabeza al personaje masculino, a menudo pasivo cuando no directamente bobalicón. Este intercambio de papeles -que de manera nada cómica y mucho más sibilina se da también en el cine negro- está en la base de algunas de las mejores comedias de Hawks, Leisen, Lubitsch o Preston Sturges.

La que maneja el cotarro en Un marido rico (The Palm Beach Story) es la gran Claudette Colbert. Es ella quien lleva los pantalones en casa-la que fuma y se emborracha, detalles de guion nada casuales- y quien decide poner fin a las penurias económicas de su matrimonio abandonando a su esposo y viajando a Palm Beach para casarse con algún millonario despistado que, de paso, sufrague el proyecto arquitectónico de su marido, a quien haría pasar por su hermano. El pobre esposo abandonado (Joel McCrea), cuya opinión, por supuesto, no cuenta un comino, la seguirá hasta Palm Beach para tratar de impedir sus planes.

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Este disparatado argumento le sirve como excusa a Sturges para escribir y dirigir una de las más divertidas, locas y vertiginosas películas del género, repleta de situaciones dominadas por una total ausencia de lógica y por un humor, a menudo, antológicamente absurdo. Aquí poco importan los personajes como individuos, cómo son y cómo evolucionan, ni siquiera sus relaciones sentimentales, sino lo que de ellos puede obtener Sturges para montar su fiesta, para alcanzar la pura comedia. No hay más que ver el delirante final para darnos cuenta de que todo vale si nos lo hemos pasado bien.

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Y no tenemos que esperar demasiado para percatarnos del absoluto despiporre que es Un marido rico. Ya antes de llegar a Palm Beach y conocer a Hackensacker III -a quien, por cierto, no me cuesta mucho imaginármelo, con unos cuantos años más, enamorándose de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder- y a su hermana -la misma Mary Astor que lidiaba con Bogart/Spade en El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941) de John Huston-, nos encontramos con personajes inolvidables como el anciano magnate de las salchichas que va a conocer el piso del que van a echar a nuestros protagonistas o el grupo de cazadores gracias a los cuales la Colbert puede viajar de gorra en tren a Palm Beach y que protagonizan una de las mayores juergas etílicas de la historia del cine, convirtiendo el tren en su propio coto de caza, en un absoluto desmadre que podría rivalizar con el del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera (A Night at the Opera, 1935) de Sam Wood.

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Editada en DVD por Sherlock.

 

EL BANQUETE DE LOS GENIOS de Manuel Hidalgo

2009022802105740_375En noviembre de 1972, el cineasta George Cukor organizó en su mansión de Hollywood una comida en homenaje a Luis Buñuel, cuya película El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972) ganaría el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa en marzo de 1973. Buñuel acudió a la comida acompañado de su hijo Rafael, de su guionista Jean-Claude Carrière y del productor Serge Silberman. Cukor, a su vez, invitó a unos cuantos amigos y compañeros de profesión: Billy Wilder, George Stevens, William Wyler, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Wise, Robert Mulligan, John Ford y Fritz Lang, quien no pudo acudir debido a su delicado estado de salud.

EL-BANQUETE-DE-LOS-GENIOSDe la reunión se conservan varias fotos de los invitados conversando y unas cuantas del grupo posando para la cámara. Estas últimas, a pesar de que en ellas no aparece Ford porque tuvo que retirarse, indispuesto, antes de tiempo, muestran la que todavía hoy está considerada como la mayor concentración de talento cinematográfico que se haya visto.

El novelista, guionista y crítico de cine Manuel Hidalgo ha querido recordar aquel momento histórico en su estupendo libro El banquete de los genios (2013). En él realiza un exhaustivo análisis de El discreto encanto de la burguesía, repasa las personalidades y las filmografías de los invitados y su posible relación con las de Buñuel y, por supuesto, se centra en recuperar las sabrosas anécdotas relacionadas con la reunión. Una invitación en toda regla, que se lee de una sentada, para cualquier buen amante del cine.

En esta foto aparecen conversando George Stevens y Billy Wilder mientras, fumando sentado, John Ford los escucha.

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Y aquí la foto de familia. De pie, de izquierda a derecha: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silberman. Sentados, de izquierda a derecha: Billy Wilder, George Stevens, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulian.

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Publicado por Ediciones Península.

Recordando a Charles Laughton

charles_laughtonEl día 15 de diciembre se cumplieron 50 años de la muerte de Charles Laughton, uno de los grandes genios de la historia del cine. Lo fue detrás de la cámara a pesar de dirigir una sola película en toda su vida, pero siendo ésta La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955) no le hizo falta más. Y lo fue, por supuesto, en su faceta de actor. Pocos como él conseguían robarles el plano a sus compañeros de reparto, por grandes que fueran, como si la cámara sólo tuviera ojos para su interpretación.

     Aquí lo recordamos en algunos de los mejores momentos de su filmografía y en las palabras que le dedicó Billy Wilder, quien lo consideraba el mejor actor con el que había trabajado, en la extensa entrevista con Hellmuth Karasek, publicada en España con el título Nadie es perfecto (Billy Wilder, 1992) en traducción de Ana Tortajada.

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     En Esmeralda la zíngara (The Hunchback of Notre Dame, 1939) compuso para William Dieterle el mejor Quasimodo que se ha visto.

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     Junto al gran Jean Renoir, para quien protagonizó Esta tierra es mía (This Land is Mine, 1943). Su discurso final quedó para la historia de la interpretación.

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     En un descanso del rodaje de La noche del cazador, señalando a Robert Mitchum cómo colocar las manos más famosas de la historia del cine.

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     Elsa Lanchester (su esposa en la vida real) interpretaba a su insufrible enfermera en la inolvidable Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), la mejor adaptación de Agatha Christie de parte de Billy Wilder.

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     Despidiéndose de Varinia (Jean Simmons) y de Batiato (Peter Ustinov) antes de suicidarse en Espartaco (Spartacus, 1960) de Kubrick. Mi película de romanos preferida no sería tan buena sin su interpretación de Sempronio Graco.

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     Discutiendo con Walter Pidgeon en una escena de Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1962) de Otto Preminger. El mejor film ambientado en el mundo de la política fue su testamento cinematográfico.

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     Laughton y Preminger, dos genios jugando al póquer.

Cuando cinco años más tarde, en 1962, empecé a planear Irma la dulce, quise tener para el tercer papel protagonista, el del encargado del bistro Moustache, a Charles Laughton. Pero Laughton en aquella época ya estaba marcado por la muerte. Tenía cáncer. Poco antes de su muerte me recibió en su casa. Estaba sentado a la sombra, se había maquillado de un tono rosado y cuando me acerqué se levantó y se me acercó charlando, como si aquel hombre gordo, con el rostro arrugado, quisiera demostrarme con su agilidad lo recuperado que estaba. Interpretaba el papel del hombre sano o convaleciente perfectamente, con demasiada perfección. Lo hacía de un modo casi exagerado. Quería hacerme creer que al cabo de poco tiempo volvería a estar en situación de interpretar el papel del encargado del Moustache. Lo que realmente me demostró, fue su inmensa fuerza de voluntad. El admirable egoísmo de un actor que quiere actuar a cualquier precio. Fue su mejor papel. Poco después murió. En Irma la dulce le eché mucho de menos, a pesar de que Lou Jacobi interpretó muy bien el papel, que acorté considerablemente.

THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: «¡No hablaré!». Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.