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Adiós a Sam Shepard (1): PARÍS, TEXAS (1984) de Wim Wenders

Sam Shepard tuvo el buen gusto de no dejar sola a Jeanne Moreau en su último viaje. Conocido en España sobre todo por su trabajo como (gran) actor, fue también director de cine, guionista, autor teatral, poeta y escritor de relatos. Compañero de fatigas artísticas de Raymond Carver, James Salter, Richard Ford, Bob Dylan y tantos otros autores que han ido creando la gran crónica norteamericana de los siglos XX y XXI, su literatura nos muestra la cara más cotidiana y amarga de las relaciones humanas, el otro lado del sueño, siempre susurrando entre líneas mucho más de lo que dicen las palabras. Como muestra de ello pasó por aquí hace tiempo el relato Todos los árboles están desnudos, uno de mis favoritos.

En cuanto a su labor como guionista, Shepard escribió para Wim Wenders -cineasta alemán pero absolutamente enamorado de cierta mitología norteamericana- dos películas hermanadas: Llamando a las puertas del cielo (Don’t Come Knocking, 2005) y, sobre todo, París, Texas (Paris, Texas), una de mis películas preferidas de siempre, la odisea homérica de un hombre llamado Travis (portentoso Harry Dean Stanton) que cruza el país con su hijo para llevarlo de nuevo junto a su madre (Nastassja Kinski), cuyo germen es un libro del propio Shepard, compuesto de textos en prosa y poemas, titulado Crónicas de motel (Motel Chronicles, 1982). En palabras del propio Wenders: “El film que yo había querido hacer en los Estados Unidos estaba ahí, en ese lenguaje, esas palabras, esa emoción americana. No como un guion, sino como una atmosfera, un sentido de la observación, una suerte de verdad”

Wenders y Shepard agarran esa “atmósfera” para realizar uno de los films más genuinamente americanos de la historia, compendio de una forma de entender la vida trasladada al arte. Carreteras interminables, moteles y tugurios, luces nocturnas de neón, vidas derrotadas en busca de algo o de alguien para encontrarse a sí mismas, para alcanzar la redención: toda una iconografía estética y ética de la derrota que tiene no poco de romántico y que está presente en la mejor literatura de Shepard y de sus contemporáneos -incluido el austriaco Peter Handke, especialmente el de Carta breve para un largo adiós-, en la música de Dylan y de tantos otros, en la obra de fotógrafos como Robert Adams o en la pintura, tan cinematográfica y con tantas historias dentro por imaginar o descubrir, de Edward Hopper.

Aspectos culturales que, en mi opinión, no son ajenos -o quizá incluso provengan de él- al wéstern, el género norteamericano por antonomasia, cuya filmografía está repleta de tipos solitarios que buscan su lugar en el mundo o que ya han renunciado a él, de desarraigados que tratan de olvidar su pasado o que han de retomarlo para dejarlo definitivamente atrás y reencontrarse. Parte de su imaginería está también presente, y de qué manera, a lo largo y ancho de París, Texas, desde su inicio con nuestro protagonista  deambulando amnésico por el desierto, hasta la enorme influencia que, a mi modo de ver, recibe de un clásico como Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.

Tanto Ethan Edwards (John Wayne) como Travis emprenden un viaje para encontrar a alguien -Ethan, a su sobrina, raptada por los comanches; Travis, a su esposa-, y al terminar esa odisea con éxito, algo de absolución, de paz con respecto al pasado y a ellos mismos, se llevan consigo; pero también la inevitable derrota de saber que ya no pueden quedarse entre sus familiares, que su lugar ya no está entre ellos. Con la figura de Ethan traspasando el umbral de la puerta para dirigirse al desierto y con las luces del coche de Travis desapareciendo en la noche hacia no sabemos dónde, dos almas gemelas, dos de los más grandes personajes del cine norteamericano, nos abandonan para continuar su propia búsqueda.

EL ÚLTIMO VALS (1978) de Martin Scorsese

La afición de Martin Scorsese a la música popular ha sido puesta de manifiesto en varios documentales a lo largo de toda su filmografía, especialmente durante la última década: Nostalgia del hogar (Feel Like Going Home, 2003), dentro de la serie Martin Scorsese Presents The Blues, producida por él mismo; No Direction Home (2005), sobre la trayectoria de Bob Dylan; o Shine a Light (2008), sobre The Rolling Stones.

        Muchos años antes ya había realizado El último vals (The Last Waltz), la filmación de uno de los grandes conciertos de la historia, la despedida de los escenarios, el 25 de noviembre de 1976 en San Francisco, del mítico grupo The Band, liderado por Robbie Robertson, quien a raíz del encuentro hizo amistad con Scorsese y compuso la música de El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982) y El color del dinero (The Color of Money, 1986).

        Al evento acudieron músicos de la talla de Van Morrison, Eric Clapton, Bob Dylan, Neil Young, Neil diamond, Muddy Waters y un largo etcétera, lo mejorcito de la música popular de la época. Junto a un par de actuaciones de The Band filmadas en estudio, que no desentonan en absoluto, y las entrevistas intercaladas a los miembros del grupo, la cámara de Scorsese es capaz de captar tanto la espectacularidad del momento como la emoción de la despedida, logrando un documento histórico que va mucho más allá de la mera filmación de un concierto. En mi opinión, una de sus mejores películas.

“Creo que tenemos algo muy especial, porque todo se ha centrado en la música, en la interacción entre los músicos. No he rodado secuencias del público enloquecido y exaltado con la música. Eso ya lo hemos visto en la película de Woodstock, que trataba, sobre todo, del público y del acontecimiento. Esto ha sido música pura.” (Martin Scorsese)

                Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

EN MI OFICIO U HOSCO ARTE de Dylan Thomas

Fallecido a los 39 años víctima del alcoholismo, el galés Dylan Thomas es una de las figuras literarias más legendarias del pasado siglo. Junto a su poesía, posiblemente la parte más popular de su obra, nos dejó también unos cuantos magníficos cuentos, reunidos algunos de ellos bajo el título Retrato del artista cachorro (Portrait of an artist as a young dog, 1940), inspirándose en la novela de Joyce Retrato del artista adolescente (Portrait of an artist as a young man, 1916). Como curiosidad, parece ser que Bob Dylan, que en realidad se llama Robert Allen Zimmerman, adoptó su nombre en señal de admiración.

        Aquí os dejo el poema En mi oficio u hosco arte (In my craft or sullen art), toda una declaración de intenciones acerca de su poesía.  

EN MI OFICIO U HOSCO ARTE

En mi oficio u hosco arte

ejercido en la noche en calma

cuando sólo rabia la luna

y los amantes descansan

con sus penas en los brazos,

trabajo a la luz cantora

no por ambición ni pan

lucimientos o simpatías

en los escenarios de marfil

sino por el común salario

de su recóndito corazón.

No para los soberbios aparte

de la rabiosa luna escribo

en estas páginas rociadas

por las espumas del mar

ni para los encumbrados muertos

y sus ruiseñores y salmos

sino para los amantes, sus brazos

abarcando las penas de los siglos,

que no elogian ni pagan ni

hacen caso de mi oficio o arte.

                             Traducción de Esteban Pujols.